10 de octubre de 2008
Muy estimados hermanos sacerdotes, saludo de una manera muy
especial a los frailes franciscanos que siempre han querido estar
con nosotros dando una señal, una muestra de solidaridad con la
diócesis en la cual están trabajando.
Muy estimados hermanos, todos en el Señor, pues, un año más
Él nos permite estar aquí frente a la imagen de su Madre para vivir
la Eucaristía y a la que queremos tener presente todas las intenciones
que traigamos para presentárselas a Ella. Este es el momento, como
decía el padre Jesús, pues cada quien puede presentar su preocupación,
su necesidad y también pensar que no podemos olvidar a nuestra diócesis.
Por eso él decía: vamos a pensar y a pedir por nuestros sacerdotes,
por nuestros seminaristas, por nuestros enfermos, por todos aquellos
que más que nunca están necesitados de una muestra de presencia
de cariño, de afecto de parte de la Santísima Virgen de Guadalupe.
Hoy una vez más, los padres que estamos aquí arriba, vemos
este hermoso espectáculo, que ustedes no pueden contemplar. Ver
como está este atrio, esta explanada de la Basílica de ustedes peregrinos,
que algunos han venido a pie, otros han venido en bicicleta, otros
han llegado con antorcha y otros finalmente se han añadido, porque
todos queremos sentirnos un sólo pueblo, una sola familia para bendecir
a Dios y para expresar el enorme cariño que sentimos por su Madre
la Virgen de Guadalupe. Yo los felicito, hermanos, para mí, como
les dije a los peregrinos a pie y a los ciclistas, ustedes son un
estímulo para que mi fe de obispo crezca cada día: ¡Gracias,
hermanos, por demostrarme esa fe sencilla, pero fuerte y transparente!
Bueno, también, hermanos, creo que es digno de gratitud y de
admiración el hecho de que siempre hemos contado con sacerdotes
que caminan, que peregrinan, con su pueblo. Algunos lo hicieron
con los ciclistas, otros a pie, algunos eventualmente fueron a celebrar
misa a sus lugares de reposo, otros no pudieron venir, pero espiritualmente
se unen, pero al final aquí están muchos. Algunos que a lo mejor
llegan ayer, pero que pensaron no podemos dejar a nuestro pueblo.
Ellos manifestado su amor a la Virgen de Guadalupe, nosotros no
podemos estar aquí, y hoy vinieron, aquí están ellos.
Bueno, hermanos, cuando la Santísima Virgen María asistió a
aquella boda llevando a su Hijo, el Evangelio nos dice: que faltó
el vino y este era un elemento importante, porque ahora lo que para
nosotros representa pues, alegría, también en algunos casos ebriedad,
para el tiempo de Cristo el vino siempre era alegría, siempre. Muchas
veces la Biblia cuando habla de la otra vida la expresa también
con abundancia de comida, con abundancia de vino, pero en una boda
no podía faltar y nos dice, san Juan en su Evangelio, que el vino
comenzó a escasear y fue la Santísima Virgen María la que estaba
ocupando como un lugar especial que se dio cuenta de la necesidad
de aquella joven pareja y quien fue a Jesús para decirle Hijo: no
tienen vino.
Bueno, esta imagen la quiero recordar porque así es la Virgen
María para con nosotros, desde el momento en que Ella quiso quedarse
aquí en el Tepeyac y decirle a Juan Diego. Juan Diego no tengas
miedo, aquí estoy, soy tu Madre. La Virgen María se multiplica por
millones para estar en cada pueblo, en cada rancho, cada ciudad,
en cada familia y estar atenta a ver: que le falta a este enfermo,
que le falta a este sacerdote, que le falta a esta familia entera,
que le falta a esta parroquia, que le falta a esta rectoría. Ahí
está la Virgen pendiente de ver que es lo que nos falta y dispuesta
en cualquier momento a acercarse a su Hijo para interceder por nosotros.
De esto podemos estar ciertos y llevar así con espíritu de fe, que
no estamos solos, que cuando a veces nos sentimos que nadie se ocupa
de uno, ni de la familia, ni de los problemas tenemos a la Virgen
de Guadalupe. Ella está así como estuvo pendiente en Caná para ver
que faltaba e interceder ante su Hijo. Así está la Virgen María
de Guadalupe cerca de nosotros, junto a nosotros, con nosotros y
podemos estar ciertos que especialmente en esos momentos de dificultad
personal, de familia, de salud, de pobreza ahí está la Virgen diciéndole:
hijito aquí está tienen esta necesidad. Y seguro que aunque aparentemente
el Señor diga: ¿y tú y yo que tenemos que ver en esto? El Señor
finalmente dirá: sí, vamos a darle una respuesta a nuestra Madre.
Digo esto porque seguramente cada uno viene aquí por una situación
diferente. Algunos vendrán pensando, por ejemplo, en sus hijos que
están en el norte, seguro, porque estamos viendo en la situación
es difícil, complicada, compleja. Se habla de que estos meses vendrán
aproximadamente medio millón de hijos de nosotros, de hijos de nuestro
pueblo, que no podrán seguir trabajando en los Estados Unidos, que
no podrán seguir mandando las remezas necesarias para una vida digna
de la familia. La Virgen está viendo esto, un problema de injusticia,
es un problema de maldad, se ha dejado crecer un problema económico
que afecta al mundo, pero que está golpeado sobretodo a los más
pobres. Y en esos pobres están nuestros hijos, están nuestros familiares,
nuestros hermanos. Por eso hoy podemos decirle a la Virgencita:
María es cierto que está así, pero yo quiero encomendarte a mi esposo,
a mi hijo, a mi hija, que pase lo que pase que estés tú con ellos.
Que los cuides, que los cubras con tu manto y te pido por ellos,
porque a pesar del presente difícil podamos encontrar pronto un
nuevo amanecer.
Sí, hermanos, la Virgen está viendo eso, está viendo cuantos
hogares viven preocupados en este momento porque sus ingresos pocos
o muchos podrán verse afectados por esta situación de los Estados
Unidos. Bueno, vamos a pedir por ellos son hijos de María, son familiares
nuestros, son mexicanos tienen derecho a una vida digna. Ahora pasan
por una crisis, pero la Virgen tiene que estar pendientes de ellos.
También, mis queridos hermanos, pues tenemos que ver que la
Virgen está pendiente porque sus hijos tengan por lo menos lo más
indispensable para vivir. Hoy muchos de ustedes que trabajan en
el campo pueden venir con dos actitudes: una de cierta frustración,
como me decía en una visita pastoral un campesino: padre la cuestión
del campo está triste, está para llorar. Y algunos dirán lo mismo
de nada sirve estar trabajando en la tierra si al final nuestro
producto no vale. La Virgen está viendo esto, pero ahora con mucha
lluvia a lo mejor algunos campesinos o agricultores dirán: gracias
Virgencita, tú intercediste tuvimos un buen temporal, tenemos suficiente
para vivir. Y alabamos y bendecimos a María, porque Ella intercede
en nuestra necesidad.
Pero, hermanos, yo quiero que le digamos a la Santísima Virgen
María que cuide la vida de nuestros hijos, que cuide nuestras familias,
que no exista más esto que estamos contemplando en México y también
en Guanajuato, que es lo que Juan Pablo II llamó: La cultura
de la muerte. Las ejecuciones, las muertes, los asaltos todo
esto Dios no lo puede querer para sus hijos, porque nos hace vivir
en una tremenda inseguridad y la Virgen seguro está viendo a sus
hijos sufrir. Y también le podemos decir Virgencita que no haya
más violencia, que no haya más ejecuciones, que no estemos viendo
esto a lo que nos estamos acostumbrando. Porque nuestro pueblo,
el pueblo católico y no católico de Guanajuato quiere vivir en paz,
como se merece. Pero, hermanos, yo quiero sobretodo que encomendemos
a nuestras familias. Soy conciente que muchas familias por el hecho
de la migración de un hijo, del esposo quedan en partes separados,
desintegrados esto afecta a la familia. Pero hay también lugares
donde no hay emigración y la familia está sufriendo.
Hoy la familia se ve agredida por el adulterio, se ve agredida
por la extrema pobreza, se ve agredida, también por la separación,
se ve agredida por la falta de amor y no hacer de la familia una
comunión de vida y amor. Todo esto se está viendo, pero, hermanos,
aunque el mundo nos diga: que lo de la familia ya pasó de moda,
que el matrimonio puede ser lo que quiera, divorciarse al momento
en que no se soportan, nosotros aquí oímos de María que nos dice:
no, el matrimonio es sagrado, la familia es sagrada y hay que luchar
porque la familia y el matrimonio perseveren siempre unidos, cumpliendo
la misión a la que fueron llamados. Y sobretodo, pues, pedirle que
la familia y el matrimonio sea el primer recinto sagrado donde se
reciban los hijos que Dios quiera dar.
Ayer oíamos una declaración del arzobispo, del cardenal de
Guadalajara, que decía: cuidado lo que se aprueba en el centro puede
llegar aquí y puede llegar acá lo del aborto y los estados podrán
aprobarlo. Hermanos, aunque nos den una y otra razón, un católico,
un devoto de la Virgen de Guadalupe, que dio a su Hijo en medio
de dificultades no puede estar a favor del aborto, ni de la eutanasia.
La familia tiene que custodiar la vida.
Imaginemos a la Virgen María que traía un Hijo, que no tenía
papá, era madre soltera, pudieron haberle dicho: pues, tú di que
esto fue un arrebato de una persona que no conoces y aborta a tu
Hijo. No, la Virgen Madre María aunque sabía a todo lo que se exponía,
como Madre soltera defendió a su Hijo hasta el final, claro era
un Hijo que Dios le regalaba.
Y aquí también, pues, cada pareja que tiene un hijo es porque
Dios se lo ha regalado y los católicos de todo México, y yo hago
esta exhortación a los católicos de Guanajuato a ponerse en pie
de lucha para defender la vida. Si nos duelen, si nos molestan,
nos indignan las ejecuciones que hemos visto en México y algunas
recientemente en Guanajuato, de ninguna manera podemos permanecer
indiferentes, cuando sabemos que en el aborto se están ejecutando
niños que tenía derecho a vivir.
Hermanos, antes la Virgen de Guadalupe reafirmamos, sí a la
vida, no a la muerte. Familias unidas en el amor y en la comunión
para salvaguardar sobretodo el tesoro de la vida humana. Claro una
vida que está en personas que tienen derecho a una educación integral
y sobretodo a una educación en la fe.
Bueno, hermanos, pues, cada quien tiene sus propias inquietudes,
necesidades en el trabajo en la familia, en los hijos enfermos...
Encomendárselos a la Virgen porque la Virgen dice: no, no temas,
dime lo que quieras, aquí estoy yo que soy tu Madre.
Benditos ustedes que están acá, benditos que pueden ver como
María, que nos ha dado a su Hijo de nuevo lo entrega en esta celebración,
para que nosotros lo podamos comer, que nos podamos alimentar de
Él y con este alimento seguir adelante por la vida construyendo
un mundo de civilización donde la vida sea un valor, donde el amor
sea la condición para una sana convivencia humana.
¡Felicidades, hermanos, que Dios les bendiga y a defender siempre
la vida humana!