Homilía
pronunciada por Mons. Luis Artemio Flores Calzada,
Obispo de la Diócesis de Valle de Chalco,
en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.
8 de julio de 2008
"Yo soy la madre del amor, del temor, del conocimiento y de la santa
esperanza", palabras
que leemos en el libro del eclesiástico. (Eclo 24,23)
Muy
queridos hermanos sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos,
religiosas y fieles laicos y laicas de toda nuestra querida Diócesis
de Valle de Chalco. Nos encontramos en la casita de nuestra madre
santísima de Guadalupe, donde ella misma nos dejó milagrosamente
pintada su imagen bendita, que todos podemos contemplar.
"...floreció el milagro en la tilma del pobre Juan Diego refiere la
tradición, pinceles que no eran de aquí abajo dejaban como pintada
una imagen dulcísima que la labor corrosiva de los siglos maravillosamente
respetaría". Estas
son las palabras que envió el Papa Pio XII en su mensaje
radiofónico que envío a nuestra patria el 12 de octubre de 1945,
con motivo de los cincuenta años de la coronación pontificia de
la Virgen de Guadalupe.
Estamos
aquí reunidos para darle gracias a Dios acompañados de María nuestra
querida madre del Tepeyac, por el V Aniversario de la Erección de
nuestra amada Diócesis de Valle de Chalco, que decretó el Siervo
de Dios Juan Pablo II, precisamente el día 8 de Julio de 2003.
En
esta solemne celebración diocesana aquí en el Tepeyac, quisiera
reflexionar en esa hermosa palabra que escuchamos en el libro del
eclesiástico: "YO SOY LA MADRE DEL AMOR".
Queridos
hermanos y hermanas, el apóstol san Juan en su primera carta nos
resume todo lo que es Dios: "Dios es amor" (1 Jn 4,8),
y en su evangelio nos dice: "Porque tanto amó Dios al mundo
que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca,
sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16) Y luego san Pablo,
el apóstol, en su carta a los Romanos nos dice: "El amor
de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu
Santo que se nos ha dado" (Rom 5,5) Y hoy en la segunda
lectura que escuchamos de la carta del Apóstol san Pablo a los Gálatas,
nos decía: "Al llegar la plenitud de los tiempos, envío
Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar
a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacemos hijos suyos"
(Gal 4, 4-5), así pues, hermanos, esa hermosa mujer de la cual
nos habla san Pablo es María. Y es la misma Virgen María la que
pisó nuestra patria, y que nos dejó su mensaje en la persona de
quien también es nuestro patrón, san Juan Diego.
En
efecto, el Hijo de Dios se encarna en el seno purísimo de María,
por obra del Espíritu Santo (cfr. Lc 1, 30-35), por eso es María
la Madre de Dios, la madre del amor, ella siempre fiel y obediente
al plan de Dios es la mejor discípula de Jesús, porque ella meditaba
la palabra de Dios y siempre la cumplía. Por eso es bendita porque
es la Madre de Dios, pero también porque llevando en seno al Hijo
de Dios, escuchaba la palabra de Dios y la ponía en práctica. En
las bodas de Caná de Galilea, María está atenta a las necesidades
de los novios y les dice a los sirvientes hagan lo que Él les diga
(cfr. Jn 2,1). Eso es lo que María también hoy, nos recuerda a
todos: Hagan lo que Él les diga. Estén atentos a la voz de Jesús
y síganlo.
María
es la que siguió a Jesús y siempre lo acompañó desde su infancia
hasta el último momento de su muerte cruenta de cruz, es ahí donde
Jesús nos la entregó como nuestra madre en la persona de Juan: "mujer,
ahí tienes a tu Hijo, luego dice al discípulo: ahí tienes a tu madre,
y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa"
(Jn 19, 26-27)
Sí
hermanos, Jesús nos dio a María, su propia madre, para que ella
cuidara de nosotros como cuidó de Él. Por eso María es madre de
Dios, pero también es nuestra madre, madre de la Iglesia.
Esta
bendita madre que Jesús nos entregó en la cruz ha tenido cariño
a todos, pero de una manera especial a nosotros los mexicanos. Otro
Papa decía: María no hizo cosa igual con otra nación. Precisamente,
visitó nuestra patria y nos dejó su bendita imagen. ¿Quiénes somos
los mexicanos para que la madre de Nuestro Señor venga a visitarnos?
Y se quede con nosotros.
Queridos
hermanos y hermanas, María, es la madre de Dios, la madre del amor,
ella misma se presentó ante nosotros en la persona de Juan Diego,
patrono de nuestra Diócesis, y le dice: "SABELO, TEN POR CIERTO,
HIJO MÍO EL MÁS PEQUEÑO, QUE YO SOY LA PERFECTA SIEMPRE VIRGEN SANTA
MARÍA, MADRE DEL VERDADERÍSIMO DIOS POR QUIEN SE VIVE, EL CREADOR
DE LAS PERSONAS, EL DUEÑO DE LA CERCANÍA Y DE LA INMEDIACIÓN, EL
DUEÑO DEL CIELO, EL DUEÑO DE LA TIERRA. MUCHO QUIERO, MUCHO DESEO
QUE AQUÍ ME LEVANTEN MI CASITA SAGRADA. ... PORQUE ALLI LES ESCUCHARÉ
SU LLANTO, SU TRISTEZA, PARA REMEDIAR, PARA CURAR TODAS SUS DIFERENTES
PENAS, SUS MISERIAS, SUS DOLORES" (Nican Mopohua 26.32).
Y
cuando Juan Diego, estaba afligido por la enfermedad de su tío Juan
Bernardino e iba en búsqueda de un sacerdote a Tlaltilolco, para
que le ayudara a bien morir, la reina del cielo le salió al encuentro
y le dijo hijito, Juandieguito: ¿A dónde vas? - Voy a Tlaltilolco
a traer un sacerdote, porque mi tío está gravemente enfermo y lo
ayude a bien morir.
A
lo que la Virgen del responde con estas dulces palabras: "¿NO
ESTOY YO AQUÍ, QUE SOY TU MADRE? ¿NO ESTÁS BAJO MI SOMBRA Y RESGUARDO?,
¿NO SOY YO LA FUENTE DE TU ALEGRÍA? ¿NO ESTÁS EN EL HUECO DE MI
MANTO, EN EL CRUCE DE MIS BRAZOS? ¿TIENES NECESIDAD DE ALGUNA OTRA
COSA? QUE NINGUNA OTRA COSA TE AFLIJA, TE PETURBE; QUE NO TE APRIETE
CON PENA LA ENFERMEDAD DE TU TÍO, PORQUE DE ELLA NO MORIRÁ POR AHORA.
TEN POR CIERTO QUE YA ESTÁ SANO" (Nican Mopohua 119-120)
Juan
Diego al oír esas dulces palabras de María fue corriendo a cumplir
con su encargo y llevar las rosas al obispo que le había pedido
el signo que enviara la Reina del Cielo.
Sí
hermanos, María, es la madre del verdaderísimo Dios, por lo tanto,
la madre del amor, ella refleja en su propia persona, en su mirada
compasiva, en su ternura, en su corazón, en sus palabras dulces,
el Dios amor.
Por
ello lo más importante de la vida cristiana, es reflejar en la propia
vida al "Dios amor". Dios nos crea por amor y para amar,
es más nos ha hecho entrar en su misma vida de amor. Es importante
leer el evangelio, anunciar el amor, pero sobre todo mostrar el
amor en la propia vida, en nuestros labios en nuestro corazón, en
nuestra mirada, en nuestras manos. Jesús nos dice: "Como el
Padre me amó, así también los he amado yo: permanezcan en mi amor"
(Jn 15, 9). Y en otro pasaje nos dice: "Les doy un mandamiento
nuevo: Que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos
a otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que son
mis discípulos: en que se aman unos a otros" (Jn 13, 34-35)
Esto
es lo esencial del evangelio, hermanos: estar en comunión con Dios,
por lo tanto, dejarse llenar del amor de Dios. Y luego anunciar
el amor, pero anunciarlo con un testimonio de vida. Reflejar en
la propia vida el amor de Dios.
Tan
primordial es el amor que el mismo san Pablo nos dice: "aunque
hablará todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si me
falta el amor, sería como bronce que resuena o campana que retiñe.
Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios
y la ciencia entera, aunque tuviera tanta fe como trasladar montañas,
si me falta el amor nada soy, aunque repartiera todos mis bienes,
y entregara mi cuerpo a las llamas, sino tengo amor, de nada me
sirve". (1 Cor 13, 1-3)
Queridos
hermanos estamos en el proyecto de renovación diocesana. Nuestro
primer encargo es vivir la comunión. Vivir la fraternidad porque
Dios es amor. Y lo que nos une es el amor. Comunión fraterna entre
todos nosotros: obispo y sacerdotes, sacerdotes y fieles. Porque
todos somos familia de Dios. Por lo tanto hoy los invito queridos
hermanos, aquí, en la casita de nuestra madre a pensar:
Primero:
¿He descubierto el amor de Dios? ¿Me siento amado por Dios? Y por
lo tanto ¿amo a mis hermanos? ¿Qué tanto vivo en el amor? ¿Qué
tanto me parezco a María, la madre del amor?
Segundo:
¿Estamos haciendo de nuestra familia, de nuestras Comunidades Eclesiales
de Base, de nuestras Parroquias, de nuestra Diócesis, y de nuestro
presbiterio, verdaderos espacios de comunión y fraternidad, donde
todos experimenten y vivan el amor, donde todos se sientan valorados,
respetados y amados? Preguntémonos, queridos hermanos, ¿cómo trato
a mis hermanos? Nosotros, Obispo y sacerdotes ¿Cómo trato a los
fieles que Dios ha puesto bajo mi cuidado? ¿Con cariño y con amor?
O me aprovecho de mi oficio y les ofendo, les grito. Y con mi anti-testimonio
les alejo de Dios y de la Iglesia. Ojalá que esto nunca suceda,
ni en nuestro presbiterio, ni en nuestra diócesis. Todo lo contrario,
como Jesús seamos los pastores que aman a sus ovejas, que las cuidan.
Que si fallan, las buscamos las corregimos. No las maltratamos.
Ya el profeta Ezequiel duramente hablaba contra los malos pastores
que maltrataban a sus ovejas. Ojalá recibamos el gozo y la alegría
del pastor que nos dice: Venid, benditos de mi Padre porque cuidaron
de mis ovejas. Esa es nuestra tarea: brindar amor al pueblo de Dios.
Y entre todas las familias que haya amor, alegría en nuestras parroquias.
Esta es nuestra señal de discípulos de Cristo. Esta es la señal
de los hijos de María. Veamos con que palabras tan lindas y tan
dulces se dirige a Juan Diego.
Pidámosle,
pues, queridos hermanos, a la Madre de nuestro Dios, a la Madre
del amor, que a ejemplo de Ella, también, nosotros sepamos reflejar
en nuestra propia vida la vida de Dios, porque Dios es amor.
Así
sea.