Versión estenográfica
de la
Homilía
pronunciada por Mons. Renato Ascencio León, Obispo de la Diócesis de
Ciudad Juárez, en ocasión de la peregrinación
de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.
18 de julio de 2008
Muy
queridos hermanos sacerdotes, queridas religiosas, amadísimos seminaristas.
Hermanos peregrinos, hermanos, también, que nos están escuchando
desde Ciudad Juárez a través de Radio Guadalupana. ¡Que hermoso!
que esta radio haya nacido precisamente el día de la Virgen de Guadalupe
del año pasado. Y que por más de seis meses esté siendo el vehículo
de comunicación de la iglesia diocesana con el pueblo católico de
esa diócesis fronteriza y como nosotros la llamamos la radio
católica de la frontera norte. A todos los saludamos.
Saludamos
a todos los peregrinos que vienen de los diversos lugares de nuestra
patria y muy probablemente, también, de otras partes de allende
a los límites de México. Un saludo muy especial a la adoración nocturna,
que tanto en la Montaña de Cristo Rey, como aquí en la Basílica
estarán en adoración pidiendo por nuestras necesidades y las necesidades
de nuestras familias, y las de cada uno de nosotros.
Quiero
comenzar esta reflexión con las propias palabras de la Virgen dichas
a Juan Diego: “Mucho deseo que aquí se me levante mi casita sagrada,
en donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto lo daré
a todas las gentes. En todo mi amor personal, en mi mirada compasiva,
en mi auxilio, en mi salvación: porque yo soy en verdad vuestra
Madre compasiva” Esta es una traducción del Nican Mopohua realizada
por el Padre Mario Rojas, que tantas veces fuera a hablarnos sobre
la Santísima Virgen María a Ciudad Juárez. Cuantas veces lo escuchamos
explicándonos el manto de la Santísima Virgen.
En
efecto, mis queridos hermanos, venimos a esta casita sagrada para
que Ella, la Madre de Dios y Madre nuestra nos muestre a su Hijo
muy amado y nos muestre, igualmente, su amor personal en su mirada
compasiva, en su auxilio, en su salvación. Queremos apoyamos en
sus propias palabras: "Porque yo soy, en verdad, vuestra
Madre compasiva".
Nos
encontramos, pues, en este santo lugar venidos en peregrinación
desde nuestra Diócesis, desde nuestra Ciudad Juárez, y traemos el
memorial de nuestra súplica para dejarlos a los pies de nuestra
bendita Madre. Sí, queremos dejar ante Ella la situación desafortunada
que vive nuestra ciudad marcada por la tenebrosa realidad de la
muerte. Queremos decirle a nuestra Madre que en esa tierra, ahora
manchada por la sangre, derramada entre hermanos e hijos suyos,
también, estamos quienes queremos rendirle el testimonio de nuestro
amor y de nuestro desagravio.
Andando
de peregrinación nos hemos dado cuenta de los desastres que a causado
la lluvia en esa ciudad desprotegida para estas contingencias, también
queremos poner en las manos y en el corazón de la Santísima Virgen
María a todos aquellos que están sufriendo a consecuencia de esta
situación. Ella conoce nuestro dolor. No solamente el dolor que
emerge a los medios de comunicación, siempre impactante y terrible,
sino también la dolorosa situación que viven nuestras familias sometidas
a la presión de una cultura sin Dios.
Queremos
decirle que tal vez nuestras familias han dejado de ser esas primerísimas
e insustituibles escuelas de humanidad, que han dejado de ser el
lugar donde se aprende la paz, la convivencia y todas esas virtudes
humanas que constituyen el sustento de la vida social. Que gran
oportunidad tenemos en este Encuentro de las Familias, encuentro
mundial que habrá de realizarse, como nos lo decía el señor canónigo
en el saludo que nos dirigió, el próximo mes de enero aquí mismo
en este lugar. A Ella no le podemos contar mentiras conoce nuestra
realidad. Pero de la misma forma Ella conoce nuestro amor. Ella
sabe de los miles y miles de familias que viven, incluso, en medio
de las dudas y dificultades su vocación de ser comunidades íntimas
de vida y amor. Ella sabe de los miles y miles de hombres y mujeres
que madrugan todos los días para ir a su trabajo y ganarse el sustento
diario, sabe del esfuerzo de muchos ciudadanos, que desempeñan los
distintos papeles de la vida política y social, que hacen un esfuerzo
verdadero para que nuestra ciudad sea una ciudad de paz, de convivencia,
de trabajo y de acogida para muchos hermanos venidos de muchas partes.
Ella conoce a la multitud de agentes de pastoral que nutren la vida
de nuestra iglesia, conoce el esfuerzo de los evangelizadores, de
las personas consagradas, de los religiosos y religiosas y de los
sacerdotes que soportan el peso y el calor de cada día. Ese es nuestro
homenaje, esa es la ofrenda que venimos a presentarle el día de
hoy en esta su Basílica.
Cuantas
veces nosotros mismos en nuestra vida personal y social hemos creído
haber llegado a esta situación límite y también decimos, como decía
el profeta Ezequias, en la lectura que corresponde al día de hoy:
“ya no hay esperanza”. Y entonces nos dejamos llevar por
la tristeza y la depresión. No hay, pues, ya lugar para la esperanza,
la sentencia, decía Ezequias, está dictada. El rey Ezequias tenía
que hacer su testamento y prepararse a morir, se trata de la situación
límite a la que puede llegar nuestra vida, toda nuestra vida. En
el horizonte, ya no brilla la esperanza porque en los tiempos de
Ezequias no tenía ni siquiera la esperanza, como a tenemos ahora,
después de la resurrección de Cristo, que también un día nosotros
habremos de resucitar con Él.
Esto,
mis queridos hermanos, nos sucede en nuestra vida personal ante
la enfermedad grave propia de nuestros seres queridos, sucede, también,
en el ámbito social. No pocas veces este mismo sentimiento se apodera
del pueblo en su conjunto y surge el desaliento, la desesperanza,
la desilusión y el pesimismo. En muchas partes de la Sagrada Escritura
encontramos esta actitud del pueblo en su conjunto, que se siente
abandonado por Dios, que creen que ya no hay ningún motivo para
la esperanza. Pero sí lo hay, existe un gran recurso. Este recurso
es nuestra fuerza y es al mismo tiempo la debilidad de Dios. Me
refiero a la oración. Al recibo la noticia el Rey Ezequias volvió
la cara hacia la pared oró al Señor y le dijo: “Acuérdate, Señor
de que te he servido con fidelidad y rectitud de corazón y de que
he hecho lo que a ti te agrada” y lloró con abundantes lágrimas.
En
las situaciones en la que nuestra propia vida puede desarrollarse
marcadas muchas veces por las dificultades, por la enfermedad que
afecta nuestro círculo íntimo, incluso por la muerte de nuestros
seres queridos, en las circunstancias de problemas familiares, de
nuestros problemas laborales o económicos, en las circunstancias
adversas que nos plantea una cultura desacralizada y por lo tanto,
deshumanizada, materialista y consumista, en todas estas circunstancias,
digo, personales, familiares y sociales, tenemos siempre a nuestro
alcance el gran recurso de la oración.
La
oración nunca se pierde, la oración siempre llega a Dios. En la
oración no le vamos a contar nada que no sepa. En la oración le
hablamos y lo escuchamos a Él que es nuestro Padre amoroso. A Él
que por las palabras de su Hijo querido nos ha invitado a orar siempre
y orar con insistencia en todo momento y en toda circunstancia.
Él nos ha invitado a no dejar nunca la oración, ni en el gozo ni
en la tristeza, con la plena conciencia de que escucha nuestras
súplicas, de que está con nosotros.
Y
el Señor escuchó a Ezequias y por medio del profeta le dice: “He
escuchado tu oración y he visto tus lágrimas. Voy a curarte y en
tres días podrás ir al templo del Señor”. ¡Que consoladoras
palabras! Siempre he creído que, vistas las cosas desde nuestra
fe, la verdadera crisis que padecemos es una crisis de oración.
¿Quién hace hoy, de verdad oración profunda llena de fe? ¿Cuánto
tiempo dedicamos a la oración? “Sin oración el cristianismo es
imposible”, decía Pablo VI. Nuestra vida tiene que estar marcada
por la oración, y la oración no se hace en el vacío, ni desde el
vacío. La oración presupone ese diálogo de un Tú que nos escucha
siempre, pero que también nos habla, y de un yo que desde la pequeñez
e insignificancia, puede levantar al cielo su súplica. Así lo ha
hecho el profeta que en su lecho de agonía saca fuerzas para gritarle
a Dios y pedir su salvación y para llorar.
La
oración es así de simple, es así de sencilla. La materia prima de
la oración es nuestra propia vida con todas sus limitaciones, con
sus alegrías y con sus tristezas, con sus logros y con sus fracasos,
con las dudas y los temores, pero marcada siempre por la esperanza
que no defrauda.
Y
de ahí brota el hermoso cántico del mismo rey y que hoy en la lectura,
en la liturgia, leemos en el salmo responsorial en el que, mediante
imágenes bellas, va describiendo el temor y la inminencia de la
muerte, su situación límite, de la que Dios lo saca escuchando su
súplica. Y por eso termina diciendo: “A los que Dios protege
viven, y entre ellos vivirá mi espíritu; me ha curado, me ha hecho
revivir”. No debemos pedir a Dios, mis queridos hermanos, que
proteja nuestras vidas, la vida de nuestras familias, de nuestra
sociedad, de nuestros pueblos, de nuestras autoridades, que nos
libre sobretodo de la muerte eterna.
Esta
gracia, queridos hermanos, es la que nosotros venimos a pedirle,
el día de hoy, a la Santísima Virgen María, para que la presente
a su Hijo, a Jesucristo. Ante Ella venimos no sólo con las penas
y las cargas personales, esto delataría un cierto egoísmo. Traemos,
también, ante los pies de nuestra Madre las necesidades de nuestra
iglesia diocesana. La necesidad de más abundantes vocaciones sacerdotales,
de agentes de pastoral de religiosas y religiosas, que vayan a esas
fronteras del norte de nuestra República a evangelizar nuestras
necesidades de vive nuestra sociedad, de una manera muy especial
en estos días. La situación extremadamente grave de falta de respeto
al don primario y original de la vida humana de la que sólo Dios
es Señor y dador. Traemos los graves problemas que afrontan nuestros
jóvenes y nuestras familias, y que asemejan, también, una situación
de muerte cultural.
Por
eso nuestra oración tiene que ser intensa y debemos derramar lágrimas
en nuestro corazón porque Dios es el primer ofendido por los asesinatos
perpetrados en nuestra ciudad, por la desintegración familiar, por
la violencia intrafamiliar, por el sufrimiento de los niños, los
más indefensos y protegidos, por el abandono de nuestros ancianos.
Esta
conciencia tiene que hacer brotar en nosotros, igualmente, el compromiso
evangelizador. A ejemplo de María, estrella de la evangelización,
primera evangelizadora en América, nosotros tenemos que llevar a
nuestros ambientes, el evangelio de la vida y de la verdadera libertad;
según el ejemplo que Jesús nos da en el Evangelio que hemos leído.
Nosotros,
guiados por los principios de su Palabra debemos anunciar, comprometidamente
en la misión que ha de emprender nuestra diócesis, juntamente con
todas las diócesis e iglesias de América, según nos lo ha pedido
el documento de Aparecida, en Brasil. Debe ser fiel a los lineamientos
que nuestros pastores nos han presentado.
Ponemos
a los pies de la Santísima Virgen María, de nuestra Señora de Guadalupe
las intenciones de cada uno de los que han peregrinado hasta este
bendito Santuario, representando a todos y cada uno de nuestros
sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas, agentes de pastoral
y laicos. Ponemos las necesidades de nuestra ciudad, de sus autoridades
y de cada uno de sus ciudadanos. Ponemos el esfuerzo y los proyectos
evangelizadores de nuestros pastores. Ponemos la súplica ferviente
y confiada de que nuestra ciudad vuelva por los caminos de la paz,
como lo hemos pedido a la Santísima Virgen María en la oración que
le hemos dirigido el día de hoy. Y que la concordia que Jesucristo
nuestro Señor nos ha marcado sea una realidad en nuestra vida, en
nuestras familias en nuestra ciudad, en nuestra diócesis.
Que
la Virgen de Guadalupe, Reina y Madre de todos los mexicanos nos
proteja y nos bendiga.
Se
lo pedimos al Señor por intercesión de Ella hoy y siempre.
Así
sea.