Homilía
pronunciada por Mons. Eduardo P. Patiño Leal, Obispo
de la Diócesis de Córdoba, en ocasión
de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.
12 de junio de 2008
Muy
queridos padres, hermanos y hermanas todos en el Señor, bienvenidos
a esta casa:
Aquí
estamos como cada año a los pies de la Virgen Morena, nuestra dulce
Madre de Guadalupe. Cada peregrino viene con un saludo filial, una
ofrenda de amor, un gracias por tantos favores recibidos y una súplica
para que Ella siga brindándonos su presencia maternal y su compañía
siempre segura.
Así
quiso Ella misma presentarse al bendito indio san Juan Diego: “Sábelo,
ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta
siempre Virgen Santa María, Madre del Verdaderísimo Dios por quien
se vive, el Creador de las personas, el Dueño de la cercanía y de
la inmediación, el Dueño del cielo, el Dueño de la tierra. Mucho
deseo que aquí me levanten mi casita sagrada. En donde lo mostraré,
lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto: lo daré a las gentes en todo
mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación:
porque yo en verdad soy vuestra Madre compasiva, tuya y de todos
los hombres que en esta tierra estáis en uno, y de las demás variadas
estirpes de hombres, mis amadores, los que a mí clamen, los que
me busquen, los que confíen en mí, porque allí les escuchare su
llanto, su tristeza, para remediar para curar todas sus diferentes
penas, sus miserias, sus dolores”.
María
de Guadalupe, hermanos, nos enseña y nos invita a acudir confiados
y a poner en sus poderosas manos junto con nuestros proyectos, también,
nuestras penas y miserias. Cada uno de nosotros, cada familia, cada
comunidad parroquial de nuestra Diócesis de Córdoba, viene trayendo
sus anhelos y esperanzas, así como sus incertidumbres y angustias.
María,
por su parte, quiere aumentar nuestra fe, alentar nuestra esperanza
y encender el fuego de nuestra caridad. Ella que fue proclamada
"dichosa" por haber creído, así escuchábamos en el Evangelio
de hoy, nos invita a descubrir el camino de la felicidad, a través
de una fe más madura y comprometida, una fe que para ser salvífica
y eficaz ha de actuar por la caridad. Ella que esperó aun en los
momentos de mayor dolor y desolación, al pie de la cruz de su Hijo,
se convierte en maestra de oración y de fidelidad a los compromisos
de quienes queremos ser discípulos y testigos del Señor.
Ahora
que como Madre escucha las confidencias que le hacemos nosotros
sus hijos le dirigimos en esta casa, María podría repetimos el mensaje
de consuelo que comunicó a san Juan Diego, cuando éste se debatía
en la angustia por la muerte inminente de su tío Juan Bernardino.
Cada uno podría escuchar sus palabras consoladoras: “Escucha,
ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te
espantó, lo que te afligió, que no se perturbe tu rostro, tu corazón;
no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante,
aflictiva. ¿No estoy aquí, yo, que soy tu Madre? ¿No estás bajo
mi sombra y resguardo? ¿No soy, yo la fuente de tu alegría? ¿No
estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes
necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija,
te perturbe; que no te apriete con pena la enfermedad de tu tío,
porque de ella no morirá por ahora ten por cierto que ya está bueno"
Hoy,
hermanos, queremos presentarles especialmente a la multitud de jóvenes
de nuestra diócesis y de todo México. El santo Padre Benedicto,
en su invitación a reunirse con él, a los jóvenes del mundo, este
próximo mes de julio en Australia hace alusión a tantos cuestionamientos
de la juventud.
Muchos
jóvenes miran su vida con aprensión y se plantean tantos interrogantes
sobre su futuro. Ellos se preguntan preocupados: ¿Cómo insertarse
en un mundo marcado por numerosas y graves injusticias y sufrimientos?
¿Cómo reaccionar ante el egoísmo y la violencia que a veces parecen
prevalecer? ¿Cómo dar sentido pleno a la vida? ¿Cómo contribuir
para que los frutos del Espíritu Santo, «amor, alegría, paz paciencia,
benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sÍ» (Gal
5,22) todos estos frutos inunden este mundo herido y frágil. El
mundo sobre todo de los jóvenes. ¿En qué condiciones el Espíritu
vivificante de la primera creación, y sobre todo de la segunda creación
o redención, puede convertirse en el alma nueva de la humanidad?
Todas estas preguntas están en el corazón de nuestros jóvenes.
Nuestra
iglesia diocesana, se une aquí con María, como lo hicieron los apóstoles
en el Cenáculo, esperando una nueva efusión del Espíritu de Jesús
el Resucitado. Sólo en Jesús podrán los jóvenes encontrar la respuesta
a tantas preguntas y a tantas aspiraciones. Con María nuestra Madre
queremos hoy dirigirnos a su amado Hijo Jesucristo, el verdadero
Dios por quien se vive:
Señor
Jesús, eternamente joven la iglesia de Córdoba pone ante tu mirada
de pastor la multitud de nuestros jóvenes.
En
su corazón inquieto has depositado el anhelo de infinito, una semilla
que los hace capaces de alegrarse con lo que comienza de comprometerse
sin reserva y darse sin recompensa, de recomenzar cada día y conquistar
la esperanza de un mundo nuevo.
Señor
Jesús, sal al encuentro de sus familias que encuentren en ellas
comprensión, guía segura y afecto, en tu Palabra que libera puedan
construir una familla verdadera una casa firme cimiento.
Sin
embargo, hermanos, la gracia que nunca nos es negada por el Padre
de quien procede todo bien, debe ir acompañada por la acción de
nosotros los cristianos, que integramos nuestra iglesia de Córdoba.
Los jóvenes requieren el testimonio de una iglesia en constante
renovación, una iglesia comprometida por los valores del Evangelio,
al servicio de una sociedad que aspira a vivir el Reino instaurado
por nuestro Salvador Jesucristo Reino de verdad, de justicia, de
reconciliación, de amor y de paz.
La
iglesia de Córdoba viene buscando esa renovación a través de su
Plan Diocesano de Pastoral, con la intención de obedecer más plenamente
al Espíritu Santo. Concretamente en este año 2008, hemos querido
intensificar nuestra oración por los sacerdotes y las vocaciones;
hemos querido estrechar la fraternidad al interior de los consejos
parroquiales y todos los grupos apostólicos. Deseamos que esta fraternidad
brote de una vivencia más profunda de la Eucaristía; hemos emprendido,
también, pequeñas acciones para cuidar de nuestro medio ambiente,
la casa que nuestro Creador puso en nuestras manos para administrarla
y disfrutarla con sabiduría. Continuando con la nueva evangelización
de las familias, hemos estado invitando a los jóvenes a hacer propia
la experiencia del amor de Dios manifestado en Jesucristo.
Los
caminos y veredas de nuestro Plan Diocesano, se entrecruzan y refuerzan
con los proyectos de la Iglesia Universal y sus ritmos salvíficos.
El año santo de san Pablo, convocado por el Santo Padre, que iniciaremos
dentro de unos pocos días, reforzará la convicción de que necesitamos
rejuvenecer el rostro de nuestra iglesia. A lo largo de un año,
desde este junio a junio 2009, a partir de esta próxima fiesta de
san Pedro y san Pablo, seremos atraídos a una profundización de
nuestra vida cristiana: nuestro encuentro con Cristo, nuestra conversión
sincera y comprometida, nuestra experiencia de la vida de la gracia
en la oración, en la comunión sincera con todos los miembros del
pueblo de Dios, en el fervor de las actividades apostólicas, en
las vicisitudes del trabajo diario y de nuestra familia, tal como
lo vivió san Pablo el gran apóstol de las gentes.
La
escucha de la Palabra de Dios, hermanos, que es una espada de dos
filos que a un tiempo nos consuela y purifica, nos llevará a una
renovación de nuestro entusiasmo por ser discípulos convencidos
y misioneros alegres de la Buena Nueva del Señor.
Desde
este Insigne Santuario Nacional de Guadalupe, la Virgen que fue
siempre dócil a la Palabra de Dios, quiero invitarlos a ustedes
a entrar en ese contacto cercano con esta Palabra y a revivir, según
la propia vocación, la experiencia de la Gracia que Dios concedió
al apóstol san Pablo. Que con la vivencia de este Año Santo Paulino
en nuestras comunidades parroquiales podamos esforzamos más decididamente
en la obra de nuestra santificación, y podamos así mostrarle a los
jóvenes el tesoro de la amistad que Jesús ofrece a todo aquel que
lo busca.
Por
último, hermanos, quiero aprovechar esta ocasión para agradecer
el cariño y la oración con la que ustedes me regalan todos los días,
especialmente en la Eucaristía. En su oración en comunión con el
Santo Padre y conmigo su servidor obispo, unidos sacerdotes, religiosos,
religiosas y todos los bautizados, construimos el edificio espiritual
de nuestra iglesia local, que pasado mañana cumplirá sus ocho años.
Sólo unidos como Cuerpo Místico de Cristo, intercambiando los carismas
y dones espirituales que cada uno recibe para beneficio de toda
la iglesia, solamente unidos en la oración y en la caridad genuina,
podremos dar al mundo el testimonio evangelizador que es capaz de
atraer a todos hacia el Corazón amoroso del Señor Jesús. A este
compromiso estamos llamados y sólo en el cumplimiento gozoso de
esa voluntad podremos encontrar.
Les
invito a orar con María de Guadalupe, para que este proyecto y este
compromiso se hagan realidad en nuestras vidas.
Que
María bendiga a todas las familias, especialmente a las de los trabajadores
del campo y de la ciudad, a los que llevan a sus casas las tortillas
de cada día, con su trabajo en los cultivos de la caña, del café,
de los cítricos y otros frutos de la tierra.
Hoy
junto con las ofrendas del pan y del vino, presentaremos al Señor,
todos estos esfuerzos, que como dice la oración: “son fruto de
la tierra y el trabajo del hombre”.
Los
invito ahora, hermanos, a orar unidos.