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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Guillermo Ortíz Mondragón, Obispo de la Diócesis de Cuautitlán, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

27 de noviembre de 2008

Muy queridos hermanos y hermanas, que hemos venido caminando desde nuestras comunidades. Quiero reconocer de manera especial a los miembros de las comunidades de Santa María Magdalena en Cahuacán, Nuestra Señora de Guadalupe Progreso, Industrial, la Santísima Virgen de la Encarnación, san Pedro Apóstol y la Libertad. Algunos sacerdotes, sus pastores se animaron a organizar esta caminata, desde Nicolás Romero, les felicito por esta iniciativa. Espero que pronto podamos salir todos desde la casa de Juan Diego caminando, ya iremos viendo esta organización.

Saludo al señor diputado Alejandro Castro, al señor presidente don Martín Sobreira y personas que le acompañan: licenciado Bernabé Martínez. Saludo con mucho cariño a los miembros de nuestro seminario de las tres casas: Seminario Menor, Curso Introductorio, Seminario Mayor, a nuestras hermanas y hermanos de Vida Consagrada, a nuestros hermanos diáconos, presbíteros. Es un momento de gozo para todos nosotros poder encontrarnos aquí.

María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María la creatura saltó en su seno. Esta palabra se cumple para esta Diócesis de Cuautitlán que ha venido caminando al encuentro de la Madre del Señor y Ella sale a nuestro encuentro y nos saluda como a Isabel, ¿no es cierto que experimentamos el gozo de mirarla y de saber que nos está viendo?  Isabel es el símbolo de una humanidad que parecía estéril porque no veía la presencia del Salvador.

Nuestras tierras habitadas por pueblos ricos en cultura y en tradiciones, que esperaban en el Verdadero Dios por Quien se vive, miraban al horizonte de su historia con nostalgia, con el dolor de una promesa que no se cumplía. "Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo nacido de una mujer, bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacemos hijos suyos”. Él llegó a nuestras tierras, lo acogieron nuestros antepasados. Un signo vivo, fruto primero de la presencia del Señor, es nuestro tata san Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Después de haber acogido la nueva Palabra de Vida, es conducido por la misma Madre del Verdadero Dios a su participación plena en la misión de la Iglesia.

Nuestros antepasados no quisieron nunca cerrarse a la voz del Señor. Ciertamente no la comprendían, tenían la necesidad de más explicaciones, de más signos. Por eso quiso venir la Dulce Señora del Cielo y decirnos, a través de Cuauhtlatoatzin, que era necesario construir una nueva comunidad, una casita en la cual mostrara y diera todo su amor, Jesucristo misericordia del Padre.

Nosotros somos los que necesitamos de esta casita para encontrarnos con Cristo, convertimos a su amor bajo el cuidado de María, su Madre. Ella, como a los primeros discípulos, nos acoge en su casa, ahí donde cuida y atiende a su Hijo. La casa es el lugar de la educación y del amor. Su perenne presencia en la Tilma de Juan Diego, su discípulo amado de estas tierras, es un signo de la eternidad del Dios verdadero. Por eso venimos al Tepeyac, a la casita de nuestra Señora del Cielo para verla a Ella, escucharla, tener su aliento en nuestro corazón y para recordar bajo la acción del Espíritu Santo que nos lleva a la verdad completa, la promesa del Salvador.

Hoy, nosotros, también como san Juan Diego, recordando que en el Bautismo hemos recibido al Espíritu Santo, somos hijos y queremos ser discípulos. Discípulos de María para aprender la obediencia, la gracia de Dios que nos ha elegido, que nos ha encontrado en nuestro caminar en la historia de cada uno y como diócesis. Lo único que traemos es nuestra fe inicial, que quiere seguir creciendo.

Le venimos a decir que, como a san Juan Diego, nos indique, nos señale, dónde están las flores y los cantos. Por dónde hemos de caminar para encontrar la viva presencia de su Hijo que nos introduce en su reino. Nuestra fe es sencilla, simple, como la Tilma hecha de la tela del maguey. Queremos en Ella poner la Palabra del Señor que es como los cantos; la misericordia del Señor que miramos como hermosas flores de muchos colores, aquellas que no brotan naturales en nuestro jardín, pero que, si dejamos que Él las siembre, serán grandes y hermosas, siempre nuevas con su perfume en nuestra vida.

Nuestra conversión permanente que requiere el consuelo constante de su amor. Queremos aprender de María a tener en nuestra vida su perfume y su alegría, el gozo del Espíritu que nos lleva a la santidad. Desde nuestra Madre podemos decir al Padre: “Ten piedad de nosotros y bendícenos, vuelve Señor, tus ojos a nosotros. Que conozca nuestra tierra tu bondad y nuestros pueblos tu obra salvadora”. Elígenos, Señor, como testigos de tu misericordia, entonces se misericordioso con nosotros para que seamos testigos de tu misericordia. María, que tu ternura invada nuestra vida para que hoy seamos consolados. María, nuestra señora de Guadalupe, nos quiere a todos unidos. También para eso quiere su casita en la que nos cobije con su amor, nos reúna en torno a su Hijo, esté atenta a que nunca nos falte el vino que sólo su Hijo puede servimos en la copa de la salvación. El Bautismo y la Eucaristía nos llevan al permanente encuentro con Jesucristo y nos convierten paso a paso en sus discípulos, y María nos enseña a caminar. Construir el cuerpo de Cristo, la Iglesia, es la respuesta de todos los discípulos del Señor: laicos, consagrados, ministros ordenados.

Esta comunión, si bien es un don, es el resultado de nuestra respuesta conjunta que por la vocación propia, cada uno de nosotros da. Nuestro Proyecto Diocesano de Pastoral se va tejiendo así por los pasos de san Juan Diego que nos guía en la aceptación y conversión a Cristo, en la obediencia a María y en el gozo del Espíritu. Hemos concluido el análisis de la realidad y lo estamos recogiendo y evaluando. Ahora venimos para recibir la Iluminación que necesitamos. Y, en esta luz que ilumina a todos los hombres, encontramos el llamado a la santidad en la unidad. Por eso nos ha elegido el Señor, para eso nos ha convocado en san Juan Diego la Madre de Dios. ¿Cómo ser santos hoy en la Diócesis de Cuautitlán? ¿cómo ser verdaderos hijos de María? ¿cómo ser los discípulos amados del Señor? ¿cómo imitar a Cuauhtlatoatzin?

"El Poderoso ha hecho en mí grandes obras, Santo es su Nombre”. Son los cantos que escuchamos, la Palabra que se cumple en María. Al analizar la realidad, reconocer lo que Dios ha hecho por nosotros, el modo como Él nos convence de su amor y nos lleva a la esperanza para seguir caminando.

“Hagan lo que Él les diga”, escuchar a la Palabra hecha carne, a Jesús en nuestra historia, ser fieles a lo que Él nos dice a través de la Iglesia, en la voz del Papa, la doctrina de la Iglesia y la tradición en la Liturgia y en la disciplina de muchos aspectos de la vida de fe, en comunión y misión concreta.

Querida Niña nuestra, esperamos que te encuentres bien. Mira, aquí estamos con Cuauhtlatoatzin, queremos ser como él, tus queridos hijitos, los más pequeños, para que nos pongas en el hueco de tu manto, en el cruce de tus brazos, en tu regazo. Estamos aquí porque hemos escuchado tu voz, su deseo y queremos cumplirlo de inmediato. Tú nos conoces que somos pequeños, somos gente menuda, escalera de tablas, cola, que vemos tu mandato como imposible para nosotros, pero queremos cumplirlo. Queremos ir a donde tú nos mandas, seguir la voz de tu Hijo, el Verdadero Dios por quien se vive, y cumplirla de inmediato. Ven y acompáñanos, danos tu consuelo y tu luz. Que tu pequeño hijo, Juan Diego nos acompaña nos guía y nos fortalece.

Gracias Madre por escuchamos y damos tu consuelo y esperanza, tú la que estás mirando bien a todas partes no dejes de mirarnos. Mira con cariño a todos los niños y adolescentes, mira a los jóvenes que buscan su vida, mira a las familias que viven bajo la presión de tantos y tantos problemas, mira a nuestros gobernantes que necesitan la luz el camino, el consuelo para encontrar crecimiento en la justicia y en la paz. Mira a los representantes de tu Hijo, los sacerdotes, hazles sentir tu cariño y consuelo en su corazón. Que sepan ponerse en tus manos Madre nuestra y que todos bajo la guía de tu discípulo amado Juan Diego caminemos en el cumplimiento del Evangelio, que es tu Hijo Jesucristo que nos muestras y das en esta tu casita.

Gracias Madre por escucharnos, perdona, no queremos importunarte, pero no dejes de mirarnos.

Canto de la Salve
Oración para Consagrar a la Santísima Virgen de Guadalupe a la Diócesis de Cuautitlán
 
 
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