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Homilía
pronunciada por el Pbro. Ricardo Antonio López Rocha, Presbítero de la Diócesis de Culiacán, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

Celebró Mons. Benjamín Jiménez Hernández, Obispo de la Diócesis de Culiacán.

17 de Agosto de 2008

Dios te Salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo bendita eres entre todas las mujeres y bendito el fruto de vientre, Jesús.

Como todos ustedes, mis hermanos, yo también deseo presentar a nuestra Madre, la Morenita del Tepeyac, muchas intenciones y quiero aprovechar este momento para acoger de corazón todas las que guardan sus amantes corazones y presentarlas a nuestra Madre, con la esperanza y la certeza de que Ella sabrá dar pronta solución a todas ellas.

Muchos sentimientos de afecto embargan hoy mi corazón; de antemano descubro la limites de mis palabras para dirigirme con gran amor a mi Madre Santísima, a nuestra Madre María de Guadalupe; pero me consuela el saber que estas palabras son la expresión de los sentimientos más nobles de nuestros corazones, me consuela saber que en este santo lugar hay muchos hermanos que desean poner en corazón de María toda su vida, todas sus esperanzas. Desde tierras muy lejanas, desde Culiacán, Sinaloa, muchos hermanos hemos venido hoy peregrinando para encontrarnos con nuestra Madre María y queremos escuchar de sus labios amorosos aquellas hermosas palabras que son consuelo para toda la humanidad: ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y mi resguardo?

Saludo con reverencia a nuestro padre y pastor de nuestra gran familia diocesana, don Benjamín Jiménez Hernández. Saludo a mis entrañables hermanos sacerdotes; muy cordialmente me dirijo a todos hermanos y hermanas de la Vida Consagrada; a mis amados hermanos diocesanos, aquí presentes, sean muy bienvenidos. A todos los que estamos aquí presentes que hemos venido de diferentes partes del país. A todos ustedes, mis hermanos, gracia, misericordia y paz de parte de Jesucristo, el Señor.

Hoy nos hemos reunido para celebrar con gozo y gratitud a Dios, nuestro Padre, el único don que en el caminar histórico de nuestra querida patria mexicana, fue capaz de conquistar los corazones de los hombres y mujeres que construyeron nuestra nación. Nos reunimos para celebrar el único don que, no obstante la diversidad cultural de nuestros pueblos, hace posible que todos nosotros, aquí reunidos, nos llamemos y nos queramos como verdaderos hermanos. Hoy, en el hermoso hogar de nuestra Madre María, el hogar por excelencia de los hermanos y discípulos de Jesús, celebramos con gran júbilo nuestra fe. El don de la fe en el verdaderísimo Dios por quien se vive.

La historia de nuestro pueblo mexicano, la historia de nuestra bendita tierra sinaloense, está marcada con las huellas, muchas de ellas con sangre: de hombres y mujeres, jóvenes y niños, que atraídos por la exquisita fragancia de las rosas del Tepeyac y de la mano de María de Guadalupe, aprendieron que sólo a los pies de Jesús, sólo a los pies del Maestro, como fieles discípulos, es como se puede alcanzar la eterna dicha y felicidad.

"EI buen olor de Dios" nace de las manos de María, nuestra querida Madre, a quien la Iglesia proclama con perfecta certeza: “Que Ella es la fiel discípula y misionera de Jesucristo”. Ella es quien habiendo acogido la Palabra de Dios en su corazón va y anuncia a sus hermanos, en estas hermosas tierras que Dios vive y que Dios ama profundamente a su pueblo. Aquellos hombres y mujeres aprendieron que María era su única esperanza para llegar a Dios

¡Qué dicha tan grande, mis hermanos! ¡Qué dicha tan grande tenemos todos nosotros de saber que nuestra querida Madre de Dios, se dignó a visitar estas tierras y revelarnos un mensaje lleno de esperanza; un mensaje capaz de conquistar los corazones más empedernidos; un mensaje que lleno de mucha esperanza a estas tierras que adoraban otros dioses. Ella nos enseña con su ejemplo, entonces, a ser discípulos de Jesucristo, a ser verdaderos misioneros en la proclamación de la Palabra de Dios.

Nuestra madre, la Iglesia defiende con firmeza a través de los siglos, que María es la primera cristiana, que María es el modelo de todos los cristianos, pues gracias a su gran fe, gracias a su generosa respuesta a Dios, como creyente y discípula de su Hijo, María se convierte en la fiel discípula, en la fiel misionera del Evangelio de Dios. Ella tiene una misión muy especial para todos nosotros, mis hermanos. María tiene la misión de ser Madre; María, nuestra Madre, tiene la misión de acompañarnos a nuestro encuentro con Dios.

Nuestro venerable Papa, el Papa Juan Pablo, II llamaba a la Virgen María “Madre y Evangelizadora de América" y al mismo tiempo le pedía fila fuerza para anunciar con valentía la Palabra de Dios, en la tarea de la nueva evangelización de nuestros pueblos. Hermanos, quisiera hacer una pregunta a todos ustedes: Si María se convierte por la gracia de Dios en la fuerza evangelizadora del Evangelio ¿quién de nosotros aquí reunidos, mis hermanos, se negaría a escuchar a aquel mandato de María, que diría a sus discípulos de su Hijo en las Bodas de Caná: “Hagan lo que Él les diga”? ¿quién de nosotros si escuchará la dulce voz de nuestra Madre sería capaz de decir: no Madre, muchas gracias, yo no quiero ser discípulo de Cristo, yo no quiero obedecerle? ¿Cuándo fue precisamente Ella la primera que obedeció a su propio Hijo? ¿quién de nosotros de negaría, mis hermanos? Yo estoy seguro que ninguno de nosotros. Todos estaríamos en consonancia, todos estaríamos en la fiel disposición de un discípulo que escucha el Maestro para hacer todo lo que Él nos pide.

El ejemplo de nuestra amada Morenita del Tepeyac, se convierte de este modo, en una insustituible llamada a ser verdaderos discípulos y misioneros de Jesucristo en nuestra vocación particular, que nace y se desarrolla cuando estamos insertados en la vida diaria de nuestra comunidad parroquia. En efecto, el espacio por excelencia para vivir el encuentro personal con Dios, es la comunidad de los creyentes, sólo quien vive para Dios es capaz de amar a sus hermanos, como María nos enseña.

Es en la parroquia, en la comunidad parroquial, donde nosotros podemos vivir esta hermosa vocación, que María nos enseña con su ejemplo. Es en la parroquia en donde nosotros podemos servir con amor a nuestros hermanos. La fidelidad a esta vocación, como hemos hecho mención, se resume en la vivencia del discipulado; se resume en la vivencia de ir y predicar a los hermanos lo bueno que Dios ha sido con nosotros. Muchos hermanos nuestros que gozan ya de la presencia de Dios en compañía de nuestra Madre, María, nos dan ejemplo de esto. Muchos de ellos descubren en el ejemplo de María la fuerza para vencer al enemigo, muchos de ellos han encontrado en María, de manera preferencial, la fuerza para vencer las batallas que el enemigo nos presenta a nosotros, mis hermanos, para que no amemos a Dios.

En una ocasión, el patrono de todos los párrocos, sacerdotes, el santo Cura de Ars, le preguntó a un demonio de un poseso: le dijo el santo cura ¿te posesionarías tú de nuestro país? Y el cruel enemigo respondió: no puedo hacerlo, porque esa Señora, que ustedes llaman Virgen María, se pasea de norte a sur y de oriente a occidente impidiéndome actuar. Y tú, cura, sino fuera por Ella ya serías mi esclavo.

Como muchos otros santos, mis hermanos, san Juan Diego, fue en nuestra querida patria mexicana, signo preclaro de la obediencia fiel a María de Guadalupe. Su vocación cristiana podemos resumirla en la meditación y práctica de la caridad. La caridad que nace de la vivencia de la fe, por tanto, mis hermanos, la vivencia de nuestra fe es el lugar, es el momento, la vivencia de nuestra fe es la actitud de un auténtico discípulo y misionero de Jesucristo. Si nosotros no creemos, si nosotros no nos abandonamos en las manos de Dios, no podemos ser testigos de Dios en nuestra vida, mis hermanos. Tenemos que creer y María nos enseña a creer en Dios, porque Ella es la primera en creer en las promesas de Dios. Así lo hace saber Jesús, nuestro Señor en el Evangelio de este domingo, cuando alaba la fe de aquella mujer cananea y le dice: “mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se haga como tú has pedido.”

Queridos hermanos y hermanas, la situación actual por la que está atravesando nuestro país. La situación actual que vive nuestra tierra sinaloense, es una llamada de Dios, es una invitación de Dios a no olvidar que la fe sin obras está muerta, que si no practicamos nuestra fe, nosotros no podemos formarnos y creer en el amor a Dios. Esta situación que vive nuestro país es también una llamada a vivir el auténtico compromiso de la fe en las responsabilidades que Dios nos ha confiado. Por eso Jesús nos recuerda en el Evangelio: “¡No tengan miedo, que Yo estoy con ustedes!”. Y por eso María nos dice: “¿No estás acaso en el hueco de mi mano, en el cruce de mis brazos?”

 Nuestra Iglesia, hermanos, necesita santos discípulos de Jesucristo, necesita misioneros valientes, necesita misioneros que se aventuren en la práctica de la caridad. Que se lancen a ofrecer de corazón lo que han recibido de las manos amorosas de Dios. Nuestra iglesia particular de Culiacán necesita hombres y mujeres que amen profundamente a Jesucristo porque sólo amando es como se entrega la vida e incluso  hasta la muerte, como Jesús lo hizo con nosotros.

Con ánimo alegre el santo Cura de Ars bien decía: “Es tanto, tanto, el amor que la Virgen María me ha dado de su gran tesoro, que su despensa, ya se hubiera acabado sino fuera porque su Hijo es el infinito Dios". María es el resguardo seguro a nuestras grandes necesidades. Si nosotros confiamos en Ella, hermanos, nunca quedaremos defraudados.

Con esta certeza de fe, desde hace mucho tiempo, cada año hemos venido peregrinando para que permanecer fieles a las enseñanzas de María. Cada año hemos venido a renovar nuestro espíritu misionero a los pies de nuestra Madre bendita del Tepeyac. Queremos acoger y guardar dentro del corazón las luces que Ella, desde lo alto nos invita a practicar.

Queremos que de modo especial en nuestra Diócesis de Culiacán, queremos que sea esta la oportunidad para agradecer a estos primeros cincuenta años como diócesis. Queremos confiar en el corazón maternal de nuestra Madre todos nuestros proyectos y la firme determinación de colaborar en la construcción del Reino de Dios siendo discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él, tengan vida.

Hermanos, este es un momento muy especial y yo quisiera que no nos fuéramos de esta bendita casa, sin experimentar que somos hijos de María, sin experimentar que todos nosotros, no importa de donde vengamos, somos hermanos en la fe. Por eso quisiera invitarlos a que levantarnos el corazón con gozo, que no tengamos miedo a decirle a María: Madre aquí estoy, Madre yo quiero ser un fiel discípulo de Jesucristo, como tú lo fuiste, que no tengamos miedo a comprometernos en la causa de Jesús, porque si no lo hacemos, mis hermanos, esto se acaba, tenemos que ser fuertes, tenemos que ser muy valientes y de la mano de María es como lo podemos lograr. Por eso les invito a que oremos juntos, vamos a orar, y quiero en este momento acoger en mis manos todas sus intensiones y presentarlas a María en este momento, diciendo una breve oración, quisiera invitarles, y si ustedes así gustan, a que cerremos un momento los ojos, mis hermanos, y entremos en esta sintonía de amor con nuestra Madre y desde ahí del secreto de nuestro corazón, le digamos: “Madre, María en este día consagro mi vida y corazón. Te ruego por mi familia, por todas mis necesidades. Te ruego por mis enfermos. Te ruego por mis ancianos y de modo especial te ruego por aquellos que han partido a la casa del Padre. Bendícenos Madre y alcánzanos la paz. Bendice nuestras diócesis, bendice a nuestros obispos, bendice a nuestro seminaria, a nuestros religiosos, bendice a nuestros sacerdotes, para que sean santos discípulos misioneros para que sean santos de Jesucristo.”

Ofrezcamos un fuerte aplauso a nuestra Madre, mis hermanos, en acción de gracias por todo lo beneficios obtenidos y recibidos.

 
 
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