Homilía
pronunciada por Emmo. Sr. Cardenal Juan Sandoval Iñiguez,
Arzobispo de la Arquidiócesis
de Guadalajara, en ocasión de la peregrinación de la arquidiócesis
a la Basílica de Guadalupe.
3 de abril de 2008
Excelentísimos
señores obispos, muy queridos hermanos sacerdotes, hermanas
religiosas, muy queridos hermanos y hermanas todos, hemos venido
en estos días alegres de la Pascua, como es ya tradición,
a la Casa de nuestra Madre La Virgen de Guadalupe, a esta Casa que
es el corazón de México, donde nos sentimos acogidos
por el amor tierno, compasivo, misericordioso y protector de la
siempre Virgen María Madre del Verdadero Dios por quien se
vive.
Hemos venido en representación de una Iglesia
particular, la Iglesia de Guadalajara que va peregrinando en este
mundo hacia la vida eterna, como dijo San Agustín, entre
los consuelos de Dios y las persecuciones del mundo.
Pero venimos alegres y contentos porque venimos
a visitar a nuestra Madre, a estar aquí con Ella para que
con su amor nos consuele, nos proteja, nos ayude, y nos dé
esas alegrías propias del tiempo pascual que estamos celebrando.
¡Cristo resucitó! Y si resucitó
Cristo, resucitaremos nosotros y viviremos con El.
Y de ello la Virgen es ejemplo, es la primicia.
Cuando terminó su carrera mortal fue llevada en cuerpo y
alma a los cielos, como lo enseña el dogma de la Asunción
de la Virgen María. Ella está allá, fue la
primera discípula y es la primera de los que han gozado de
la plena redención de Cristo que murió para rescatarnos
no solamente en el alma sino también en el cuerpo. Viviremos,
tendremos vida plena en la Casa de Nuestro Padre Dios; es la esperanza
cristiana que nos alegra en estos días de la Pascua.
El Concilio Vaticano II, de los 21 concilios ecuménicos
que ha habido, es el que más doctrina dio acerca de la Virgen
María, en la Constitución fundamental sobre la Iglesia.
Ahí habla de la verdadera devoción a la Virgen María,
que es lo que quiero comentar brevemente con ustedes, porque somos
devotos de la Virgen María pero a la mejor nuestra devoción
no es completa, correcta, bien orientada, fructuosa.
La devoción a la Virgen María, dice
el Concilio, consiste, en primer lugar, en conocer su grandeza,
su dignidad única, y por lo tanto, alabarla, bendecirla y
darle un culto especial que está por encima del culto a los
ángeles o a los santos.
La grandeza de la Virgen María es porque
es la Madre de Dios. Dios decidió hacerse cargo de la suerte
del hombre mediante el envío de su Hijo, el cual se encarnó
por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María,
y así, con un cuerpo como nosotros, unido a la divinidad
y una naturaleza humana completa, pudo ser nuestro hermano, nuestro
compañero de camino, nuestro sacrificio, el cordero de Dios
inmolado por nosotros. Y también pudo ser y es nuestro alimento,
su cuerpo y su sangre, que comemos como maná de los que peregrinamos
hacia la vida eterna.
Esto se lo agradecemos a la Virgen María
porque dio un si, porque cooperó libremente a la obra de
la redención. Porque si tenemos un sacrificio que borra los
pecados del mundo y los nuestros es porque Ella le dio carne al
Hijo de Dios para que pudiera aparecer en esa carne mortal. Si tenemos
un alimento que nos fortalece, del cuerpo y la sangre del Señor,
es porque Ella le dio carne, y la carne de Cristo es carne de María.
La devoción a la Virgen está pues
en reconocer, ante todo, que es la Madre del Hijo de Dios hecho
hombre; del Hijo de Dios en cuanto hombre, en cuanto se encarnó,
y en consecuencia alabarla, bendecirla, aclamarla, y agradecerle
todos los favores que con esa cooperación suya nos han venido.
Dice el Concilio Vaticano II, el segundo aspecto
de la devoción a la Virgen María, es la intercesión.
Es suplicarle que interceda por nosotros, tenerla siempre como medianera
de las gracias de la Salvación. La Iglesia ha reconocido
a través de todos los siglos que la Virgen María es
la heredera universal de las gracias de la Salvación, en
razón de estar tan cerca del corazón de su Hijo Jesucristo;
en razón de haber cooperado a la Encarnación, y en
razón de haber sido asociada de manera muy especial a la
obra de la redención, con sus dolores y sufrimientos de Madre
al pie de la cruz.
Digo que fue asociada, de modo muy particular, porque
todos debemos asociarnos a la Pasión de Cristo, debemos cooperar.
Basta lo que Cristo sufrió porque tiene valor infinito pues
es Dios. Basta lo que Cristo sufrió para redimir al mundo
de todos sus pecados, pero es dignación ser asociado a los
que somos de Cristo también con nuestras cruces y dolores,
a la obra de la redención, como dejo escrito San Pablo: “completo
en mis miembros, con mis sufrimientos, lo que falta a la Pasión
de Cristo en bien de su cuerpo que es la Iglesia”.
Y cuando nosotros aceptamos el sufrimiento, la cruz
de la vida y lo aceptamos por amor y unidos a Cristo nuestro Señor,
ese sufrimiento se vuelve moneda de redención. Por lo tanto,
precio de gracia y de vida eterna.
La Virgen Santísima es intercesora, es abogada
nuestra, es la Madre nuestra, que para eso nos la dejó el
Señor cuando moribundo al pie de la Cruz le dijo a Juan,
el discípulo amado: “Ahí está tu Madre”.
Y ahí la tenemos como Madre nuestra para que le pidamos todo
lo que queremos. Y seguramente traemos muchas peticiones en este
día, y si las ponemos en las manos de la Virgen y Ella las
presenta a Cristo, van por buen camino, van a ser escuchadas.
Todas las peticiones que miren a la Gloria de Dios,
a nuestro bien espiritual, a nuestra salvación, al bien de
nuestro Pueblo, de la Iglesia, van a ser escuchadas porque el Señor
no le puede negar nada a la Virgen Santísima María
su Madre. No le niega nada.
Traemos muchas peticiones, cada quien en su corazón
tiene una súplica que dirigirle a esta Madre amorosa. Tenemos
que pedirle por nuestra Iglesia de Guadalajara, alegre en estos
días especialmente por el regalo que nos ha hecho el Santo
Padre de dos obispos, dos pastores que ayuden a la conducción
del pueblo de Dios por los caminos de la santidad y por lo tanto
de la Salvación.
Aquí están Mons. Juan Gutiérrez
Valencia y Mons. Francisco González que han sido designados
por el Papa Benedicto XVI, obispos auxiliares de Guadalajara; serán
consagrados de hoy en ocho días. Allá en San Bernardo
tendremos esa fiesta del Espíritu Santo sobre estos elegidos
para darles la plenitud del sacerdocio y lanzarlos por los caminos
de la Diócesis para llevar bendición y gracia, Palabra
de Dios, consuelo, ayuda, al pueblo cristiano. Nos alegramos, agradecemos
este favor y le pedimos a la Virgen por estos nuevos obispos, que
sean imágenes vivas del buen pastor Cristo Nuestro Señor.
Pedimos por los proyectos de nuestra Diócesis,
por el seminario, lleno de alumnos, bendito sea Dios, pero que sean
buenos, que no baste el número, sino que haya calidad en
los candidatos, que haya santidad en los que han de ser los pastores
del pueblo de Dios.
Pedimos por nuestros sacerdotes que están
gastándose y desgastándose en el cuidado de las comunidades,
que lo hagan unidos en amor a Cristo, con un profundo sentido de
paternidad espiritual con los fieles, entregados a su ministerio
de cuerpo y alma y siendo modelos para el rebaño que Dios
les confía.
Pedimos por la juventud, tan descarriada, tan alejada
en estos tiempos en que el mundo los atrae y los aleja de Dios y
de la Iglesia, en los tiempos éstos de la postmodernidad,
del secularismo, del hedonismo desenfrenado.
Pedimos por la familia, que está siendo agredida,
que ha sido erosionada , no podemos negarlo, de muchas maneras.
Para que la familia que es la célula básica fundamental
de la Iglesia y de la sociedad, sea sana; si la familia es sana,
si la familia vive unida a Cristo, si la familia educa a sus hijos,
en el amor de Dios, la sociedad se salvará, la iglesia permanecerá.
Pedimos por la familia.
Pedimos por la justicia en nuestra Patria. Hay mucha
gente pobre, mucha gente desheredada, mucha gente sin opciones,
sin trabajo, sin posibilidades. Por ellos pedimos también
para que podamos encontrar en esta Patria nuestra el camino del
progreso para todos en un sentido de hermandad, somos hijos de la
Virgen María. Tenemos esta Madre que nos cobija con su manto
y nos quiere a todos hermanos y solidarios.
Pedimos para que el crimen organizado y la violencia,
el narcotráfico y todo lo que eso conlleva, puedan ser combatidos
debidamente, y más por la conversión, por el cambio
de mentalidad de las personas que están desgraciadamente
inmiscuidas en esos ilícitos. Que no haya solamente castigo,
que haya gracia de Dios y recapaciten y piensen y cambien, y quieran
ser con todas sus capacidades, personas útiles a la Patria.
La tercera manera de ser devotos, dice el Concilio
Vaticano II, es la imitación de la Virgen. A la mejor ahí
nos quedamos cortos, porque al alabarla y bendecirla y cantarle
como Madre de Dios, mucho sale de este corazón del pueblo
cristiano muy mariano.
Le hemos pedido mucho, somos muy pedigüeños,
pero hay que pedirle imitarla en ser discípula de Cristo
nuestro Señor. La verdadera discípula, la verdadera
cristiana es la Virgen María. Bienaventurada porque creyó,
tuvo una grande fe en la Palabra de Dios. Ejemplo de obediencia
al mandato de Dios: “Hágase en mi según tu Palabra”.
Ejemplo de dedicación de toda una vida a la vocación,
al oficio, al encargo que Dios le dio: ser la Madre del redentor
y acompañarlo hasta el final.
Ejemplo de santidad, de limpieza de vida, inmaculada
y santa desde su Concepción y durante toda su vida. Si fuéramos
los devotos de la virgen, también imitadores de Ella, el
pueblo de Dios no derivaría en esa lacra de la separación
entre al fe y la vida. Nuestra fe nos dice una cosa, mentalmente
lo afirmamos, lo aceptamos, pero en la práctica la vida no
corresponde a la fe.
Y tiene que haber coherencia entre la fe y la vida.
Si fuéramos devotos de las Virgen de verdad
y la imitáramos pienso que no habría tanta corrupción
en nuestra Patria, tantos ilícitos, tanta violencia, tanta
injusticia; sería un pueblo en su mayor parte católico,
sería un pueblo de hermanos, un pueblo fraterno, un pueblo
respetuoso de la ley de Dios y de los hombres; un pueblo distinto
al que es actualmente.
Pues hemos venido queridos hermanos aquí
a la Casa de Nuestra Madre, a bendecirla porque es la Madre de Dios,
y sabemos que así se presentó. En Lourdes dijo que
era la Inmaculada Concepción; en Fátima dijo que era
Nuestra Señora del Rosario. Pero cuando le habló a
Juan Diego le dijo: “Sábete que soy la Madre del verdadero
Dios por quien se vive”. Se presentó pues como la Madre
del Dios eterno, encarnado en sus entrañas, que es el que
nos ha dado la vida y nos la tiene prometida, completa, feliz, eterna.
Venimos a pedirle su favor, su intercesión,
que nos recomiende ante Cristo Nuestro Señor. Y para eso,
venir con la Virgen de Guadalupe es venir a lo seguro, porque le
dije a Juan Diego y también a nosotros: “Nada te aflija,
no te preocupes, ¿qué no estás en mi regazo
y corres por mi cuenta?”. Estamos bajo la protección
y en el regazo materno de ésta nuestra Madre la Virgen de
Guadalupe, y ciertamente intercederá por nosotros.
Le pedimos que nos alcance gracia también
para imitarla, e imitándola, ir tras de Cristo, porque Ella
es imitadora de Cristo y el buen cristiano tiene que ser otro Cristo,
tiene que imitar a Cristo que es el único camino para llegar
al Padre Dios.
Que nos dé la gracia de ser buenos discípulos
de Cristo y que Ella sea el camino hacia Cristo, el camino para
llegar a nuestro Padre Dios.
Asi sea.