Estimado amigo y hermano del episcopado Mons. Braulio Rafael León, dignísimo Obispo de Ciudad Guzmán.
Estimados hermanos sacerdotes de la Diócesis de Ciudad Guzmán,
hermanos sacerdotes de la Diócesis de Autlán; seminaristas de
la Diócesis de Autlán; hermano diácono, también, de la Diócesis
de Autlán.
Estimados hermanos, todos, que están acompañándonos
a todos nosotros, a todos los hermanos de la Diócesis de Ciudad
Guzmán y también a quienes vienen de la Diócesis de Autlán. A
todos ustedes peregrinos, desde donde vengan, les saludo y les
participo de esta reflexión.
“En el Señor está nuestra esperanza”. Con este estribillo,
hemos respondido al Salmo 32, que nos abre horizontes de esperanza,
en este luminoso día pascual que viene a alimentarnos a cada uno
de nosotros nuestra fe en el resucitado.
Como todos los años el martes de la Octava de Pascua
a las 10:00 a.m. la fe en Jesucristo Resucitado nos ha traído
peregrinando a esta Basílica con profunda devoción a la Santísima
Virgen de Guadalupe, Nuestra Madre, quien se apareció a san Juan
Diego y le dijo éstas significativas palabras: “¿No estoy yo
aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y mi resguardo?
¿No soy la fuente de tu alegría?”
San Juan Diego es representante de la sabiduría
y profunda religiosidad popular de los mexicanos y modelo de fe
y de evangelizador. Esa misma fe ha de afrontar serios retos,
pues, están en juego el desarrollo armónico de la sociedad católica
de nuestra patria y nuestras Diócesis de Ciudad Guzmán y Autlán.
Después del descubrimiento del sepulcro vacío el
Evangelio de Juan nos refiere la aparición de Jesús Resucitado
a María Magdalena. La precede una visión de ángeles quienes preguntan
¿Por qué lloras? Y ella explica, se han llevado a su Señor. Viene
luego la visión de Jesús Resucitado, Él la llama por su nombre
María y ella le responde con el nombre que se le daba a Jesús
en su vida terrena Rabuni, Maestro. Cuando ella quiere permanecer
abrazada a sus pies, Jesús la envía a llevar un mensaje a los
hermanos.
En este relato encontramos tres momentos: la
iniciativa, el reconocimiento y la misión. A Magdalena que
busca un muerto, Jesús se le manifiesta vivo; pero el reconocimiento
del resucitado no se produce en el puro encuentro de los sentidos
con Jesús, que en ese primer momento sigue siendo un desconocido.
Se produce cuando su presencia se vuelve un llamado personal:
“María” y finalmente cuando ella trata de retener a Jesús tenemos
la revelación del pleno significado del acontecimiento. El retorno
de Jesús al Padre y la investidura de la misión de llevar el anuncio
a los hermanos. De esta manera María Magdalena es convertida en
el primer apóstol, enviada, la primera evangelizadora de la historia
cristiana.
Entonces, centraremos nuestra mirada en esta reflexión
en dos personajes modelo de nuestra vida: María magdalena y san
Juan Diego, quienes respondieron generosamente en esta labor,
fueron asociados a difundir la fe en el resucitado. Una en los
comienzos del cristianismo y el otro en los comienzos de la evangelización
de nuestra patria. De la misma forma, ahora somos nosotros también
llamados a compartir la fe y la esperanza, alimentados por Aquel
quien quiso quedarse entre nosotros y ofrendado en la carne por
la Santísima Virgen María, con amor al Señor presente en la Eucaristía,
al Dios Encarnado, Muerto y Resucitado para ser pan de vida eterna.
Es necesario que los cristianos experimentemos
que no seguimos a un personaje de la historia pasada, sino a Cristo
vivo presente en el hoy y el ahora de nuestras vidas, Él es el
viviente que camina a nuestro lado, descubriéndonos el sentido
de los acontecimientos del dolor y de la muerte, de la alegría
y de la fiesta, entrando a nuestras casas y permaneciendo en ellas,
alimentándonos con el pan que da la vida.
El encuentro con Cristo en la Eucaristía suscita
el compromiso de la evangelización y el impulso a la solidaridad.
Despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evangelio
y testimoniarlo en la sociedad, para que sea más justa y humana.
De la Eucaristía ha brotado a lo largo de los siglos un inmenso
caudal de caridad, de participación en las dificultades de los
demás de amor y de justicia. Llegados a este punto podemos preguntarnos
¿cómo puede contribuir la Iglesia a la solución de los urgentes
problemas sociales y políticos, en los que penosamente vemos como
se va deteriorando nuestra cultura cristiana, como se van desintegrando
las familias azotadas por el narcotráfico y la drogadicción, el
alcoholismo que está arraigado tanto en nuestras comunidades rurales,
como en las grandes ciudades? ¿Cómo podemos responder al gran
desafío de la miseria? Los problemas son múltiples y no se pueden
enfrentar con programas generales. También, san Juan Diego responde
a la misión, evangelizando con la imagen de la Virgen María en
su tilma y con la Biblia en la mano.
La historia de la Iglesia nos enseña que la verdad
del Evangelio, cuando se asume su belleza con nuestros ojos y
es acogida con fe por la inteligencia y el corazón, nos ayuda
a contemplar las dimensiones del misterio que provoca nuestro
asombro y nuestra adhesión. Ahora nosotros fortalecidos por este
encuentro con Jesucristo vivo, presente en la Eucaristía, en la
casita donde quiso quedarse Nuestra Madre, regresaremos a nuestra
vida habitual, a nuestros lugares con nuestras familias para anunciarles
con gozosa esperanza y llenos de fe que Dios está con nosotros
y camina con nosotros para transformar nuestro llanto en alegría.
“En el Señor está nuestra esperanza”, con este estribillo
hemos respondido al Salmo 32, que nos pone frente a la Santísima
Virgen quien, a partir de la cruz, se convirtió en Madre de una
manera nueva, Madre de todos los que quieren creer en tu Hijo
Jesús y seguirlo.