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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Gonzalo Galván Castillo, Obispo de la Diócesis de Autlán, en la misa celebrada en ocasión de la peregrinación de las Diócesis de Autlán y Ciudad Guzmán a la Basílica de Guadalupe.

Concelebró Mons. Braulio Rafael León Villegas, Obispo de la Diócesis de Ciudad Guzmán.

25 de marzo de 2008

Estimado amigo y hermano del episcopado Mons. Braulio Rafael León, dignísimo Obispo de Ciudad Guzmán. Estimados hermanos sacerdotes de la Diócesis de Ciudad Guzmán, hermanos sacerdotes de la Diócesis de Autlán; seminaristas de la Diócesis de Autlán; hermano diácono, también, de la Diócesis de Autlán.

Estimados hermanos, todos, que están acompañándonos a todos nosotros, a todos los hermanos de la Diócesis de Ciudad Guzmán y también a quienes vienen de la Diócesis de Autlán. A todos ustedes peregrinos, desde donde vengan, les saludo y les participo de esta reflexión.

“En el Señor está nuestra esperanza”. Con este estribillo, hemos respondido al Salmo 32, que nos abre horizontes de esperanza, en este luminoso día pascual que viene a alimentarnos a cada uno de nosotros nuestra fe en el resucitado.

Como todos los años el martes de la Octava de Pascua a las 10:00 a.m. la fe en Jesucristo Resucitado nos ha traído peregrinando a esta Basílica con profunda devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe, Nuestra Madre, quien se apareció a san Juan Diego y le dijo éstas significativas palabras: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y mi resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría?”

San Juan Diego es representante de la sabiduría y profunda religiosidad popular de los mexicanos y modelo de fe y de evangelizador. Esa misma fe ha de afrontar serios retos, pues, están en juego el desarrollo armónico de la sociedad católica de nuestra patria y nuestras Diócesis de Ciudad Guzmán y Autlán.

Después del descubrimiento del sepulcro vacío el Evangelio de Juan nos refiere la aparición de Jesús Resucitado a María Magdalena. La precede una visión de ángeles quienes preguntan ¿Por qué lloras? Y ella explica, se han llevado a su Señor. Viene luego la visión de Jesús Resucitado, Él la llama por su nombre María y ella le responde con el nombre que se le daba a Jesús en su vida terrena Rabuni, Maestro. Cuando ella quiere permanecer abrazada a sus pies, Jesús la envía a llevar un mensaje a los hermanos.

En este relato encontramos tres momentos: la iniciativa, el reconocimiento y la misión. A Magdalena que busca un muerto, Jesús se le manifiesta vivo; pero el reconocimiento del resucitado no se produce en el puro encuentro de los sentidos con Jesús, que en ese primer momento sigue siendo un desconocido. Se produce cuando su presencia se vuelve un llamado personal: “María” y finalmente cuando ella trata de retener a Jesús tenemos la revelación del pleno significado del acontecimiento. El retorno de Jesús al Padre y la investidura de la misión de llevar el anuncio a los hermanos. De esta manera María Magdalena es convertida en el primer apóstol, enviada, la primera evangelizadora de la historia cristiana.

Entonces, centraremos nuestra mirada en esta reflexión en dos personajes modelo de nuestra vida: María magdalena y san Juan Diego, quienes respondieron generosamente en esta labor, fueron asociados a difundir la fe en el resucitado. Una en los comienzos del cristianismo y el otro en los comienzos de la evangelización de nuestra patria. De la misma forma, ahora somos nosotros también llamados a compartir la fe y la esperanza, alimentados por Aquel quien quiso quedarse entre nosotros y ofrendado en la carne por la Santísima Virgen María, con amor al Señor presente en la Eucaristía, al Dios Encarnado, Muerto y Resucitado para ser pan de vida eterna.

Es necesario que los cristianos experimentemos que no seguimos a un personaje de la historia pasada, sino a Cristo vivo presente en el hoy y el ahora de nuestras vidas, Él es el viviente que camina a nuestro lado, descubriéndonos el sentido de los acontecimientos del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta, entrando a nuestras casas y permaneciendo en ellas, alimentándonos con el pan que da la vida.

El encuentro con Cristo en la Eucaristía suscita el compromiso de la evangelización y el impulso a la solidaridad. Despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evangelio y testimoniarlo en la sociedad, para que sea más justa y humana. De la Eucaristía ha brotado a lo largo de los siglos un inmenso caudal de caridad, de participación en las dificultades de los demás de amor y de justicia. Llegados a este punto podemos preguntarnos ¿cómo puede contribuir la Iglesia a la solución de los urgentes problemas sociales y políticos, en los que penosamente vemos como se va deteriorando nuestra cultura cristiana, como se van desintegrando las familias azotadas por el narcotráfico y la drogadicción, el alcoholismo que está arraigado tanto en nuestras comunidades rurales, como en las grandes ciudades? ¿Cómo podemos responder al gran desafío de la miseria? Los problemas son múltiples y no se pueden enfrentar con programas generales. También, san Juan Diego responde a la misión, evangelizando con la imagen de la Virgen María en su tilma y con la Biblia en la mano.

La historia de la Iglesia nos enseña que la verdad del Evangelio, cuando se asume su belleza con nuestros ojos y es acogida con fe por la inteligencia y el corazón, nos ayuda a contemplar las dimensiones del misterio que provoca nuestro asombro y nuestra adhesión. Ahora nosotros fortalecidos por este encuentro con Jesucristo vivo, presente en la Eucaristía, en la casita donde quiso quedarse Nuestra Madre, regresaremos a nuestra vida habitual, a nuestros lugares con nuestras familias para anunciarles con gozosa esperanza y llenos de fe que Dios está con nosotros y camina con nosotros para transformar nuestro llanto en alegría. “En el Señor está nuestra esperanza”, con este estribillo hemos respondido al Salmo 32, que nos pone frente a la Santísima Virgen quien, a partir de la cruz, se convirtió en Madre de una manera nueva, Madre de todos los que quieren creer en tu Hijo Jesús y seguirlo.

Madre nuestra con esta fe en la oscuridad del Sábado Santo fue también certeza de la esperanza, te has encontrado con la mañana de Pascua, la alegría de la Resurrección ha conmovido tu corazón y te ha unido de modo nuevo a los discípulos, destinados a convertirse en familia de Jesús mediante la fe. Así estuviste en la comunidad de los creyentes, que en los días después de la Ascensión oraban unánimes en espera del don del Espíritu Santo, que recibieron el día de Pentecostés.
El reino de Jesús era distinto de como lo habían podido imaginar los hombres. Este reino comenzó en aquella hora y ya nunca tendría fin, por eso tú permaneces con los discípulos como Madre suya, como Madre de la esperanza.
Santa María Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella de la Evangelización brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino.
Así sea.
 
 
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