InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías>Peregrinaciones
   
 

Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Salvador Martínez Pérez, Obispo de la Diócesis de Huejutla, en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

30 de marzo de 2008

Amados hermanos sacerdotes, religiosas, seminaristas y laicos que nos acompañan en esta ocasión.

Con alegría y esperanza, hemos venido hoy en peregrinación a esta Insigne Basílica de Santa María de Guadalupe para compartir nuestra fe en Cristo Resucitado y presentar nuestro homenaje de filial amor a María e implorar su maternal protección. Ya que ha querido ser, como expresó a san Juan Diego, nuestra Madre compasiva que escucha las penas, tristezas y miserias de cuantos acudimos a Ella.

En este segundo Domingo de la Pascua, la lectura del Evangelio de san Juan nos habla de Jesús Resucitado, quien aparece en el lugar donde se hallaban sus discípulos, que habían conocido de cerca de Jesús durante los tres años de su vida pública, convivieron con Él, fueron testigos de todo cuanto hizo y dijo y lo reconocieron como el Mesías anunciado. Sin embargo, una vez que Jesús fue aprehendido en el Huerto de los Olivos, lo abandonaron y después de haber muerto en la cruz, fueron víctimas de un terrible miedo a los dirigentes del pueblo judío.

¿Cuántas veces nos ha pasado lo mismo? Nos decimos cristianos porque estamos bautizados. Hemos aceptado las enseñanzas de Jesús, nos esforzamos por vivirlas y llevarlas a la práctica. Pero, no nos manifestamos cristianos ante los demás, somos demasiados precavidos en las manifestaciones de nuestra fe. No queremos ser tenidos o identificados como seguidores de Jesús, a veces por miedo o por otras razones, que no acertamos a explicar de manera satisfactoria.

Participamos los domingos en la Celebración Eucarística, amamos de corazón a la Virgen de Guadalupe, somos solidarios con los pobres y marginados, los ayudamos en sus carencias. Pero no somos capaces de abrirnos a los demás, compartiendo con ellos los beneficios de nuestra fe. Cuando así vivimos y actuamos, necesitamos de la presencia de Jesús Resucitado para ser más abiertos y comunicativos con nuestros familiares, amigos y vecinos, en lo que se refiere a nuestra vida cristiana y a las cosas de Dios. Recordemos que la vida nueva de fe, que recibimos en el bautismo nos compromete a vivirla abiertamente; sin complejos y respetos humanos y temores.

Hemos de estar siempre dispuestos a compartir la vivencia y la práctica de nuestra fe, con nuestros hermanos en los distintos ambientes que frecuentemos cada día: la familia, el trabajo y la vida social. El discípulo de Cristo, no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino, también, profesarla y difundirla. La difusión y el testimonio de la fe son exigencias para alcanzar la salvación eterna: “Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, Yo, también, me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Pero a quien me niegue ante los hombres, lo negaré, también, Yo ante mi Padre que está en los cielos”.

Otra reflexión que quiero compartir con ustedes, es que el día de la Resurrección Jesús saluda a sus discípulos diciéndoles: “La paz esté con ustedes” que es el saludo de la presencia viva de Jesús Resucitado, por eso la alegría de los discípulos fue incontenible y comentaban entre sí “El Señor está vivo”. En efecto, Cristo Resucitó gloriosamente el sepulcro, en virtud de su propio poder. La Resurrección del Señor fue necesaria para confirmar nuestra fe, sin la cual los bautizados no podemos justificarnos, es decir, no podemos llevar una vida santa y agradable a Dios y por consiguiente no podemos alcanzar la salvación eterna. Además fue necesaria la Resurrección de Jesús para alentar y apoyar nuestra esperanza. Si Cristo ha Resucitado, nosotros podemos tener la certeza de que también resucitaremos con Él. Debiendo, seguir los miembros la misma suerte que la cabeza. En este sentido san Pedro en la segunda lectura que hemos escuchado, nos dice: “Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, por su gran misericordia, porque al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, nos concedió renacer a la esperanza de una vida nueva”,

En fin. La Resurrección de Jesucristo fue necesaria como precioso broche de oro de nuestra redención. Con su muerte nos liberó el Señor del pecado y con su resurrección nos restituyó los bienes superiores que habíamos perdido por la culpa. Por eso, nos enseña san Pablo, Jesús fue entregado por nuestros pecados y resucitado por nuestra justificación, para que así nada faltara a la salvación de los hombres, fue necesario que Cristo resucitase, como antes había sido necesaria su muerte.

Por otra parte, la primera lectura que se ha proclamado del Libro de lo Hechos de los Apóstoles, nos recuerda las primeras comunidades cristianas permanecían constantes en escuchar las enseñanzas de los apóstoles, recibían una formación cristiana continúa, bajo la guía de los discípulos de Jesús, testigos de su resurrección. Esta formación de los primeros cristianos se llama en nuestros días Evangelización.

El Papa Pablo VI en su exhortación apostólica “Evangelii Nuntiandi”, nos enseña al respecto que la evangelización de todos los hombres, constituye la misión esencial de la Iglesia. Es una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen más urgente. Evangelizar, constituye la vocación propia de la Iglesia; su identidad, más profunda.

La Iglesia existe para evangelizar. En efecto la Iglesia continúa a lo largo de su historia la misión de Jesucristo, quien ha venido a proclamar con su Palabra y con su vida; con su muerte y su resurrección; la buena noticia del amor de Dios, por cada persona; la buena nueva del perdón y la felicidad eterna a la que todos estamos llamados.

Ante este hecho la misión de los agentes de pastoral de la Diócesis de Huejutla: obispo, sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos, es hacer presente el amor de Cristo en su triple función de profeta, sacerdote y pastor. Somos los depositarios y anunciadores legítimos de la buena noticia de la Salvación de la cual Dios a nadie quiere excluir, este es y seguirá siendo nuestro quehacer cotidiano, como agentes de pastoral, como hombres de Dios y de la Iglesia. Evangelizar por todos los medios a nuestro alcance a nuestros hermanos; a los que ya creen; a los que se resisten a creer; a los que creyeron, pero su fe ha venido a menos; a los que creyeron, sin embargo se han alejado sus prácticas de pie; también, a los que nos persiguen, atacan y calumnian, porque estos son los que tienen más necesidad de Dios y los beneficios espirituales de la Evangelización.

Nuestra palabra, nuestro testimonio de vida y nuestro trato sincero y amistoso han de reflejar y hacer presente la caridad de Cristo hacia todos los hombres, pero en especial a la de nuestra querida Diócesis de Huejutla, en ella trabajamos por conservar la fe y acrecentarla procurando en todo la gloria de Dios y el bien espiritual de las personas encomendadas por Él a nuestros cuidados pastorales. Somos concientes de que nos falta mucho camino por recorrer para llegar a ser una comunidad diocesana ideal. Pero tenemos puesta la esperanza en el Señor Jesús y apoyados en Él e impulsados por su Espíritu, los signos de muerte o sombras que hemos constatado en el análisis de nuestra realidad pastoral como son: el fenómeno creciente de la migración por falta de fuentes de trabajo; la pérdida de identidad en algunos jóvenes; el abandono de la tierra por los campesinos; la tala inmoderada de bosques; el alto índice de contaminación de los ríos y la progresiva desaparición de manantiales, son problemas que nos preocupan, pero los podemos resolver y convertir en signos de vida, si se promueve una reforestación comunitaria, si se liberan los ríos de sustancias tóxicas y contaminantes, para que ofrezcan vida y fertilidad a las tierras de la Huasteca y de la Sierra Madre Oriental. Si los dirigentes políticos se dedican realmente a la promoción del bien común en los municipios, si los padres de familia asumen con más sentido de responsabilidad la educación de sus hijos.

En fin, si los agentes de pastoral mostramos más solidaridad con los hermanos pobres y marginados. Si somos más generosos con quienes nos piden un poco más de tiempo para atenderlos en sus problemas personales; y sobre todo, si intervenimos con interés y sin escatimar tiempo y esfuerzo en la protección de los niños no nacidos. Cada uno de estos aspectos un tan o un mucho oscuros de nuestra realidad pastoral pueden cambiar si nos dejamos iluminar por la luz esplendorosa del Señor Resucitado, es Él quien da el verdadero sentido humano y cristiano a todos los problemas de las personas

Ahora, que tengo la oportunidad de dirigirme a ustedes, pido de corazón a Santa María de Guadalupe, Madre del Verdadero Dios por quien se vive y Madre nuestra que no cese en su condición de intercesora ante su Divino Hijo y que nos conceda todo genero de gracias y bendiciones a los quienes hemos venido en peregrinación, a los indígenas y mestizos, a los niños, a los padres de familia, a los jóvenes, a los que han emigrado en busca de mejores condiciones de vida, a los enfermos y ancianos y sobre todo le pido a Nuestra Morenita del Tepeyac una especial bendición para los sacerdotes, religiosas y catequistas, mis inmediatos colaboradores en el trabajo pastoral y que por lo mismo se gastan y desgastan en la instauración del reino de Dios en la Diócesis de Huejutla.

Agradezco, finalmente, a los sacerdotes que han organizado esta peregrinación guadalupana, el haber incorporado a la Celebración Eucarística, la banda de música, así como las danzas autóctonas, con sus cantos y flores que no sólo son expresión cultural, sino que están animadas por un profundo sentimiento religioso y hacen más alegre y festiva nuestra concelebración eucarística.

Deseo que la Santísima Virgen de Guadalupe les conceda un feliz regreso a sus lugares de origen.

Que así sea.

 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados