Amados hermanos sacerdotes, religiosas,
seminaristas y laicos que nos acompañan en esta ocasión.
Con alegría y esperanza, hemos venido hoy en peregrinación
a esta Insigne Basílica de Santa María de Guadalupe para compartir
nuestra fe en Cristo Resucitado y presentar nuestro homenaje de
filial amor a María e implorar su maternal protección. Ya que
ha querido ser, como expresó a san Juan Diego, nuestra Madre compasiva
que escucha las penas, tristezas y miserias de cuantos acudimos
a Ella.
En este segundo Domingo de la Pascua, la lectura
del Evangelio de san Juan nos habla de Jesús Resucitado, quien
aparece en el lugar donde se hallaban sus discípulos, que habían
conocido de cerca de Jesús durante los tres años de su vida pública,
convivieron con Él, fueron testigos de todo cuanto hizo y dijo
y lo reconocieron como el Mesías anunciado. Sin embargo, una vez
que Jesús fue aprehendido en el Huerto de los Olivos, lo abandonaron
y después de haber muerto en la cruz, fueron víctimas de un terrible
miedo a los dirigentes del pueblo judío.
¿Cuántas veces nos ha pasado lo mismo? Nos decimos
cristianos porque estamos bautizados. Hemos aceptado las enseñanzas
de Jesús, nos esforzamos por vivirlas y llevarlas a la práctica.
Pero, no nos manifestamos cristianos ante los demás, somos demasiados
precavidos en las manifestaciones de nuestra fe. No queremos ser
tenidos o identificados como seguidores de Jesús, a veces por
miedo o por otras razones, que no acertamos a explicar de manera
satisfactoria.
Participamos los domingos en la Celebración Eucarística,
amamos de corazón a la Virgen de Guadalupe, somos solidarios con
los pobres y marginados, los ayudamos en sus carencias. Pero no
somos capaces de abrirnos a los demás, compartiendo con ellos
los beneficios de nuestra fe. Cuando así vivimos y actuamos, necesitamos
de la presencia de Jesús Resucitado para ser más abiertos y comunicativos
con nuestros familiares, amigos y vecinos, en lo que se refiere
a nuestra vida cristiana y a las cosas de Dios. Recordemos que
la vida nueva de fe, que recibimos en el bautismo nos compromete
a vivirla abiertamente; sin complejos y respetos humanos y temores.
Hemos de estar siempre dispuestos a compartir la
vivencia y la práctica de nuestra fe, con nuestros hermanos en
los distintos ambientes que frecuentemos cada día: la familia,
el trabajo y la vida social. El discípulo de Cristo, no debe sólo
guardar la fe y vivir de ella, sino, también, profesarla y difundirla.
La difusión y el testimonio de la fe son exigencias para alcanzar
la salvación eterna: “Todo aquel que se declare por mí ante
los hombres, Yo, también, me declararé por él ante mi Padre que
está en los cielos. Pero a quien me niegue ante los hombres, lo
negaré, también, Yo ante mi Padre que está en los cielos”.
Otra reflexión que quiero compartir con ustedes,
es que el día de la Resurrección Jesús saluda a sus discípulos
diciéndoles: “La paz esté con ustedes” que es el saludo
de la presencia viva de Jesús Resucitado, por eso la alegría de
los discípulos fue incontenible y comentaban entre sí “El Señor
está vivo”. En efecto, Cristo Resucitó gloriosamente el sepulcro,
en virtud de su propio poder. La Resurrección del Señor fue necesaria
para confirmar nuestra fe, sin la cual los bautizados no podemos
justificarnos, es decir, no podemos llevar una vida santa y agradable
a Dios y por consiguiente no podemos alcanzar la salvación eterna.
Además fue necesaria la Resurrección de Jesús para alentar y apoyar
nuestra esperanza. Si Cristo ha Resucitado, nosotros podemos tener
la certeza de que también resucitaremos con Él. Debiendo, seguir
los miembros la misma suerte que la cabeza. En este sentido san
Pedro en la segunda lectura que hemos escuchado, nos dice: “Bendito
sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, por su gran misericordia,
porque al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, nos concedió
renacer a la esperanza de una vida nueva”,
En fin. La Resurrección de Jesucristo fue necesaria
como precioso broche de oro de nuestra redención. Con su muerte
nos liberó el Señor del pecado y con su resurrección nos restituyó
los bienes superiores que habíamos perdido por la culpa. Por eso,
nos enseña san Pablo, Jesús fue entregado por nuestros pecados
y resucitado por nuestra justificación, para que así nada faltara
a la salvación de los hombres, fue necesario que Cristo resucitase,
como antes había sido necesaria su muerte.
Por otra parte, la primera lectura que se ha proclamado
del Libro de lo Hechos de los Apóstoles, nos recuerda las
primeras comunidades cristianas permanecían constantes en escuchar
las enseñanzas de los apóstoles, recibían una formación cristiana
continúa, bajo la guía de los discípulos de Jesús, testigos de
su resurrección. Esta formación de los primeros cristianos se
llama en nuestros días Evangelización.
El Papa Pablo VI en su exhortación apostólica “Evangelii
Nuntiandi”, nos enseña al respecto que la evangelización de
todos los hombres, constituye la misión esencial de la Iglesia.
Es una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la
sociedad actual hacen más urgente. Evangelizar, constituye la
vocación propia de la Iglesia; su identidad, más profunda.
La
Iglesia existe para evangelizar. En efecto la Iglesia continúa
a lo largo de su historia la misión de Jesucristo, quien ha venido
a proclamar con su Palabra y con su vida; con su muerte y su resurrección;
la buena noticia del amor de Dios, por cada persona; la buena
nueva del perdón y la felicidad eterna a la que todos estamos
llamados.
Ante este hecho la misión de los agentes de pastoral
de la Diócesis de Huejutla: obispo, sacerdotes, religiosas y laicos
comprometidos, es hacer presente el amor de Cristo en su triple
función de profeta, sacerdote y pastor. Somos los depositarios
y anunciadores legítimos de la buena noticia de la Salvación de
la cual Dios a nadie quiere excluir, este es y seguirá siendo
nuestro quehacer cotidiano, como agentes de pastoral, como hombres
de Dios y de la Iglesia. Evangelizar por todos los medios a nuestro
alcance a nuestros hermanos; a los que ya creen; a los que se
resisten a creer; a los que creyeron, pero su fe ha venido a menos;
a los que creyeron, sin embargo se han alejado sus prácticas de
pie; también, a los que nos persiguen, atacan y calumnian, porque
estos son los que tienen más necesidad de Dios y los beneficios
espirituales de la Evangelización.
Nuestra palabra, nuestro testimonio de vida y nuestro
trato sincero y amistoso han de reflejar y hacer presente la caridad
de Cristo hacia todos los hombres, pero en especial a la de nuestra
querida Diócesis de Huejutla, en ella trabajamos por conservar
la fe y acrecentarla procurando en todo la gloria de Dios y el
bien espiritual de las personas encomendadas por Él a nuestros
cuidados pastorales. Somos concientes de que nos falta mucho camino
por recorrer para llegar a ser una comunidad diocesana ideal.
Pero tenemos puesta la esperanza en el Señor Jesús y apoyados
en Él e impulsados por su Espíritu, los signos de muerte o sombras
que hemos constatado en el análisis de nuestra realidad pastoral
como son: el fenómeno creciente de la migración por falta de fuentes
de trabajo; la pérdida de identidad en algunos jóvenes; el abandono
de la tierra por los campesinos; la tala inmoderada de bosques;
el alto índice de contaminación de los ríos y la progresiva desaparición
de manantiales, son problemas que nos preocupan, pero los podemos
resolver y convertir en signos de vida, si se promueve una reforestación
comunitaria, si se liberan los ríos de sustancias tóxicas y contaminantes,
para que ofrezcan vida y fertilidad a las tierras de la Huasteca
y de la Sierra Madre Oriental. Si los dirigentes políticos se
dedican realmente a la promoción del bien común en los municipios,
si los padres de familia asumen con más sentido de responsabilidad
la educación de sus hijos.
En fin, si los agentes de pastoral mostramos más
solidaridad con los hermanos pobres y marginados. Si somos más
generosos con quienes nos piden un poco más de tiempo para atenderlos
en sus problemas personales; y sobre todo, si intervenimos con
interés y sin escatimar tiempo y esfuerzo en la protección de
los niños no nacidos. Cada uno de estos aspectos un tan o un mucho
oscuros de nuestra realidad pastoral pueden cambiar si nos dejamos
iluminar por la luz esplendorosa del Señor Resucitado, es Él quien
da el verdadero sentido humano y cristiano a todos los problemas
de las personas
Ahora, que tengo la oportunidad de dirigirme a
ustedes, pido de corazón a Santa María de Guadalupe, Madre del
Verdadero Dios por quien se vive y Madre nuestra que no cese en
su condición de intercesora ante su Divino Hijo y que nos conceda
todo genero de gracias y bendiciones a los quienes hemos venido
en peregrinación, a los indígenas y mestizos, a los niños, a los
padres de familia, a los jóvenes, a los que han emigrado en busca
de mejores condiciones de vida, a los enfermos y ancianos y sobre
todo le pido a Nuestra Morenita del Tepeyac una especial bendición
para los sacerdotes, religiosas y catequistas, mis inmediatos
colaboradores en el trabajo pastoral y que por lo mismo se gastan
y desgastan en la instauración del reino de Dios en la Diócesis
de Huejutla.
Agradezco, finalmente, a los sacerdotes que han
organizado esta peregrinación guadalupana, el haber incorporado
a la Celebración Eucarística, la banda de música, así como las
danzas autóctonas, con sus cantos y flores que no sólo son expresión
cultural, sino que están animadas por un profundo sentimiento
religioso y hacen más alegre y festiva nuestra concelebración
eucarística.
Deseo que la Santísima Virgen de Guadalupe les
conceda un feliz regreso a sus lugares de origen.
Que así sea.