Homilía
pronunciada por Mons. Carlos Garfías
Merlos, Obispo de la Diócesis de Nezahualcóyotl,
en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de
Guadalupe.
1 de mayo de 2008
¿Qué hacen ahí mirando el cielo?
Queridos
hermanos y hermanas, con profunda emoción celebro hoy la Eucaristía
aquí junto a «Nuestra Santísima Madre María de Guadalupe», que habita
en esta Insigne Basílica. Convirtiéndose Ella, en la mejor testigo
presencial de nuestros esfuerzos por continuar caminando hacia su
Hijo Amado, en comunión y solidaridad, en unidad de lucha y ardor,
para seguir descubriendo y practicando su voluntad en nuestra vida
como iglesia diocesana de Nezahualcóyotl. Desde María de Guadalupe
protectora nuestra y estrella que nos guía con seguridad hasta su
Hijo Único, les saludo a todos con mucho cariño y afecto: «Que Cristo
nuestra paz esté con todos ustedes» (cf. Ef2,4).
Saludo
con mucho afecto y cordialidad a todas las personas que se encuentran
aquí haciendo su peregrinación a los pies de nuestra amada Madre,
María de Guadalupe. Quisiera estrechar la mano a cada uno, mirándoles
a los ojos y diciéndoles: Gracias por abrir su corazón a Jesús,
«camino, verdad y vida» (cf. Jn 14. 6). Gracias por llegar hoy hasta
este lugar a encontrase con María de Guadalupe. Gracias por dejarse
mover por su cercanía y su ternura. Saludo a cada hombre y mujer,
a los niños y a los adolescentes, a los jóvenes. Principalmente
a todos estos jóvenes que han venido en peregrinación a pie, que
han llegado en bicicleta o haciendo relevos y que han expresado
como jóvenes el profundo cariño a Santa María de Guadalupe y el
anhelo que tienen que sintamos en nuestra diócesis la presencia
de la juventud que busca a Dios y que a través de María se encuentra
con Jesucristo. Saludo a los ancianos, a los esposos y esposas,
a los hombres y mujeres solteros, a los viudos y viudas, a los enfermos
y a los que sufren en el espíritu y en el cuerpo, de manera muy
especial a todos aquellos que carecen de la alegría de vivir. Saludo
a todos los que con su trabajo de cada día, hacen que nuestra comunidad
diocesana de Nezahualcóyotl, multiplique el bien y el progreso y
así colabore en el crecimiento de nuestro amado pueblo mexicano.
Saludo
de manera muy especial a todos los sacerdotes, a las personas consagradas,
a los seminaristas, por su entrega total a Jesucristo, nuestro Señor.
A todos, gracias por ser con su presencia, la mejor expresión de
nuestra iglesia, pueblo sacerdotal en entrega total.
Ustedes
recibirán una fuerza, cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes
y serán mis testigos... hasta los confines de la tierra (Hch 1.8)
La
partida del Señor no es motivo de tristeza y nostalgia desesperante
y trágica para nosotros los cristianos, sino más bien, es la oportunidad
de plantearnos lo que significa ser receptores de ésta fuerza que
nos proporciona el Espíritu Santo para convertimos en testigos del
Resucitado. La partida del Señor es la oportunidad para proclamar
nuestra verdadera identidad, es junto a san Pablo gritar «Ya no
vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20), creyendo que esta
identidad nos es dada en nuestro bautismo.
En
efecto queridos hijos, ser bautizados en el «Nombre del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19), es permitirle la entrada
al Señor Resucitado a la vida de cada uno por la puerta del corazón.
Es vivir la vida de comunión del Resucitado, que viene y une su
vida a la de cada uno, introduciendo en cada cual, la fuerza viva
de su amor, a fin de formar la unidad, siendo uno en Él y de este
modo logrando la unidad entre nosotros.
Es
cierto, ser pueblo sacerdotal es ser pueblo que vive su identidad
de bautizado, lo que significa que en realidad, las personas bautizadas
y creyentes nunca son extrañas unas para las otras. Pueden separamos
estructuras sociales, culturales, temporales e incluso históricas,
pero cuando nos encontramos nos reconocemos en el mismo Señor, en
la misma fe, en la misma esperanza, en el mismo amor, que nos conforman
y nos dan identidad. Es entonces cuando experimentamos que el fundamento
de nuestra vida es el mismo «Ser Hijos de Dios». Así, podemos tener
la certeza de que, en lo más profundo de nosotros mismos, estamos
enraizados en la misma identidad, a partir de la cual todas las
diversidades exteriores, por más grandes que sean, resultan secundarias.
Somos comunión a causa de nuestra identidad más profunda: «Cristo
en nosotros y nosotros en Él. Somos Hijos en el Hijo». Así la fe
es una fuerza de paz y reconciliación en el mundo; es la prueba
de que la lejanía ha sido superada y es testimonio de que «estamos
unidos en el Señor» (cf. Ef2, 13).
Es
ésta identidad de ser Hijos de Dios la que nos capacita para escuchar
el mandato del Resucitado, «serán mis testigos en Jerusalén, en
toda Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8).
Ser testigo es transformarse en luz que refleja la radicalidad del
amor en el corazón de Dios y en el corazón del hombre, cuyos corazones
se entrelazan en Jesucristo. Es vivir la luz de la verdad y el fuego
del amor que transforma el ser de cada hombre y cada mujer y nos
permite comprender quienes somos y para qué existimos.
Ser
bautizados significa, entonces, ser testigos de que el fuego de
esta luz ha penetrado lo más íntimo de nosotros mismos por ello,
con justa razón podemos llamamos hijos de la luz. En efecto, nuestra
presencia aquí es la mejor expresión de que no queremos dejar que
se apague esta luz de la verdad que nos indica el camino. Que queremos
protegerla frente a todas las fuerzas que pretenden extinguida y
arrojamos a la oscuridad de nosotros mismos. Por eso en nuestro
ser de bautizados, hoy queremos convertimos en los testigos del
Resucitado que dicen:
no a la oscuridad de la comodidad,
no a la oscuridad de la monotonía,
no a la oscuridad de la mediocridad,
no a la oscuridad del sin sentido de la vida,
no a la oscuridad de la mentira del individualismo,
no a la oscuridad del desamor y del egoísmo,
no a la oscuridad de la falta de conciencia,
no a la oscuridad de la falta de responsabilidad,
no a la oscuridad de una vivencia de la vida sin valores,
no a la oscuridad de la división familiar y comunitaria,
no a la oscuridad del odio y del rencor,
no a la oscuridad de la condenación del hermano que
ha fallado,
no a la oscuridad de una cultura postmoderna que nos
quita la vivencia de nuestros valores y nos produce muerte.
Nosotros
queremos convertimos en personas que saben decir Si al Dios de la
vida, queremos convertimos en testigos, discípulos y misioneros
de Jesucristo que dicen:
Sí,
creo que mi vida, que la vida de mis hermanos y del mundo entero
tienen como principio y fundamento el amor eterno de Dios.
Sí,
creo que Jesucristo se encarno, que con su muerte y resurrección
ha creado nueva vida, creo que en Él, Dios está presente entre nosotros,
nos une y nos conduce hacia el amor eterno del Padre.
Sí,
creo que por la comunión en la Iglesia nos convertimos en una sola
familia y juntos, caminamos hacia la resurrección y la vida eterna.
Creo que es en la comunión de la Iglesia donde puedo encontrar ésta
fuerza de Dios, para ser testigo que transforme su corazón, para
ser hombre de Dios, para ser hombre de paz para este mundo.
Sí,
creo que junto a la presencia de Santa María de Guadalupe podré
retomar mi condición de discípulo y misionero y saberme fiel seguidor
de Jesucristo.
«Recibirán
la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos», este es el desafío,
ser testigos de Jesús, que vive en la Iglesia y en el corazón de
los hombres. Él es quien nos asigno una Misión y su Madre nos acompaña
en el cumplimiento de esa misión.
¿Galileos qué hacen ahí mirando el cielo?
Sí,
sabemos que nuestro destino final está en el cielo, «Él fue elevado
en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a sus ojos». Y ellos
«estaban mirando fijamente al cielo mientras se iba» (Hch 1,9-10).
Este es nuestro horizonte final, infinito, magnifico, el punto de
llegada definitivo de nuestra peregrinación terrena, el cielo. Ahí
esta nuestro destino final y lo tenemos claro, vivir «vida eterna»,
pero al mismo tiempo, tenemos claro que la vivencia del aquí y del
ahora, no es el tiempo de esperar el retorno del Señor, sino es
el tiempo de la difusión de la Palabra de Vida. Es tiempo de dar
testimonio como Iglesia Católica, con la propia existencia, de lo
que significa creer que Jesús es el Señor y Dueño de la vida. Es
el tiempo de construir con el Espíritu del Resucitado la plenitud
de la vida divina en nuestra vida humana. Es tiempo de dejarse interpelar
por los hombres vestidos de blanco, por los hombres que viven la
resurrección: ¿qué hacen ahí mirando el cielo?
Hoy
se abre el espacio para que todos nosotros cristianos, en medio
de la oscuridad que parece cómoda para el mundo e incluso en muchas
ocasiones para nosotros, reafirmemos con palabras y con hechos,
con pensamientos y sentimientos, con actitudes y compromisos lo
que significa creer que somos Discípulos y Misioneros de Jesucristo
para que el mundo tenga vida.
Hoy
nos toca a nosotros decir con nuestra existencia lo que significa
optar por la vida y de esta manera vivir construyendo día a día
«vida eterna de Dios en nosotros» Nos toca poner en práctica la
enseñanza de Jesús, nuestro amado Señor Resucitado.
Nos
toca enseñar a otros que vivir es entrar en comunión profunda con
todos los hombres, que vivir es tener capacidad para leer, entender
e interpretar sin condenaciones la propia historia, es amar, darse
y dignificarse, vivir es encontrar el sentido de la vida y alegría
que rompe la soledad y el egoísmo.
Nos
toca enseñar que el amor es la manifestación de Dios mismo, que
el amor es la energía transformadora de toda persona y de toda sociedad.
Y en este amor encontrar el sentido más profundo de la vida humana.
Nos toca ser testigos de que el amor es un compromiso de vida que
requiere donación personal, que jamás tranquiliza egoístamente la
conciencia o deja indiferente el corazón, sino al contrario, crea
en la persona un sentido de trascendencia que transforma al hombre
en una persona generosa, fraterna, libre, auténtica, consciente
y responsable de saberse llena de Dios. Nos toca enseñar a nosotros
cristianos católicos, que creer en Jesús significa vivir el amor
como vocación humana, que lleva a las personas a encontrarse y relacionarse
entre sí como hermanos, y que ello implica vivir la solidaridad,
que no es un sentimiento superficial frente a los problemas, tristezas,
injusticias y exclusiones de los seres humanos, sino la determinación
firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir por
el bien de todos y de cada uno, para que todos seamos verdaderamente
responsables de todos. La solidaridad que proclamamos los cristianos
está muy lejos de reducirse a enarbolar una bandera que dice luchar
de manera populista por los pobres. Nuestra solidaridad parte de
ver al otro como persona y no como un instrumento cualquiera para
conseguir fines egoístas, abandonándola cuando ya no sirve. Nuestra
solidaridad tiene que fundamentarse en ver al otro como nuestro
semejante, como el hermano que necesita la ayuda para participar
del banquete de la vida.
Hoy
nos toca enseñar a nosotros los cristianos católicos que es posible
crear el nacimiento de una sociedad nueva fundada en el compartir,
en la vida comunitaria, en la sensibilidad ante el dolor y la desesperanza
de los más necesitados, que supere aislamientos, egoísmos e indiferencias
y haga visible el llamado de Dios a vivir auténticamente como hermanos
e hijo de un mismo Dios y Padre de todos, que buscamos transformar
la historia para construir la Iglesia que vive en la comunión de
la paz, de la justicia y la libertad, del diálogo, de la participación,
de la aceptación, de la verdad y del amor.
Queridos
hermanos de esta Diócesis de Nezahualcóyotl, que hemos peregrinado
hasta esta Insigne Basílica de Santa María de Guadalupe, los invito
a todos a levantar nuestros ojos al cielo y a invocar al Eterno
Padre de nuestro Señor Jesucristo, para que nos envíe al Espíritu
de Amor, a nuestro protector y consolador, para que este día, nuestro
peregrinar sea la expresión concreta del compromiso que como Diócesis
de Nezahualcóyotl asumido para crear un pueblo que en comunión camine
hacia Aquel que se nos ha manifestado como Padre protector y providente,
cercano y amante de su pueblo.
Elevemos
nuestra plegaria, a fin de que cada hombre, cada mujer, joven, adolescente,
niño, anciano, enfermo y cualquiera de nosotros pueda experimentar
la salvación de Dios en camino que como peregrinos hemos iniciado
hacia la casa del Padre, que sea Él quien nos salve de la insolación
del día y del frío de la noche, que nos anime en nuestro cansancio
y de la fatiga que muchas ocasiones experimentamos, que nos ayude
a encontrar el sentido de la vida en la monotonía, en el desanimo
y la desilusión en nuestro caminar diario, para que seamos capaces
de abandonamos a su amor que vigila y protege nuestras vidas desde
su entrada hasta su salida, de día y de noche.
Los
invito a todos a unimos durante ésta semana en oración, a fin de
que el Congreso Eucarístico Nacional, que se está realizando en
la ciudad de Morelia, traiga muchos frutos para nuestra Iglesia
Mexicana. Y de manera muy especial pidamos al Espíritu Santo que
nos ayude a tener consciencia clara de que Jesús sigue siendo capaz
de hacer el Milagro de convertir el Pan y el vino en su cuerpo y
en su Sangre, y seamos todos en nuestra Diócesis de Nezahualcóyotl,
comunidad eucarística que encuentra en Él "vida eterna, fuerza
para su caminar de cada día".
Por
último, pidamos a Dios nos permita a cada uno de los que conformamos
esta diócesis de Nezahualcóyotl, trabajar con esperanza para alcanzar
la plenitud madura de nuestras vidas. Pido al Espíritu Santo fecunde
nuestras vidas como Iglesia diocesana y nos permita dar el testimonio
coherente que nos lleve a dar a luz a Jesucristo el sumo sacerdote
de nuestras vidas. Que la santificación de nuestra vida se vea reflejada
en la transformación nuestra realidad.
María
Santísima de Guadalupe nos proteja con su intercesión amorosa y
nos siga mostrando el rostro materno de Dios, rostro de ternura
y amor, de perdón y comunión, de entrega total al proyecto de Dios.
Madre Santísima protégenos tus hijos pequeños te lo imploramos,
por Jesucristo, Nuestro Señor.
Dios
los bendiga a todos en Cristo nuestra paz.