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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de la Diócesis de Ciudad Obregón, en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

12 de julio de 2008

Mi alma glorifica al Señor, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava.

Queridos hermanos como diócesis venimos a darle gracias a Dios porque puso sus ojos en la pequeñez de la Virgen María.  Venimos a decirle a nuestro Padre Dios que nosotros nos sentimos felices y contentos por este regalo inmerecido  de la presencia especialísima de la presencia de la Santísima Virgen de Guadalupe en todo el territorio nacional.

Yo creo que hoy todos nosotros vamos a hacer el compromiso de ser apóstoles de la devoción a la Santísima Virgen María, porque la Santísima Virgen María es la que nos enseña a entrar en una relación profunda, correcta, con Dios nuestro Padre. La Santísima Virgen María nos introduce, también, en una forma esplendida en el misterio de Jesucristo nuestro Señor. Si hay un camino seguro para llegar a Cristo es sin duda la Santísima Virgen María. Y la Santísima Virgen María es la mujer del Espíritu. El primer paso que Ella ha dado en la historia de la salvación se debe a la acción del Espíritu Santo. Es el Espíritu el admirable constructor del corazón de María. Es el Espíritu Santo el que puso en su corazón, en su alma, en su cuerpo al Verbo de Dios encarnado para salvación nuestra.

Por eso nosotros venimos a esta escuela de vida; venimos a esta escuela de sabiduría; venimos a esta escuela del amor; venimos a esta escuela para la eternidad. Lo que aquí no enseña la Santísima Virgen María nos lleva a la felicidad, a la vida eterna. Por eso, queridos hermanos, todos llenémonos de gozo junto con la Santísima Virgen María y no nos cansemos de bendecir y de adorar a Dios nuestro Padre, a su Hijo Jesucristo, a su Espíritu Santo.

Adoremos a la Santísima Trinidad al estilo de María, sirvamos a Dios al estilo de María, recojamos las bendiciones, la voluntad de Dios al estilo de María, que hoy nos dice en una forma tan profunda, pero tan especial, a los que pertenecemos y peregrinamos en esta iglesia de Ciudad Obregón, puso sus ojos en la pequeñez de su esclava.

El día que Dios puso sus ojos en Abraham comenzó el peregrinar de la Fe. El día que Dios puso sus ojos en Israel, cautivo, esclavizado en Egipto, comenzó el hermoso camino hacia la libertad. El día que Dios puso sus ojos en la pequeñez de María comenzó la nueva época, la definitiva, la etapa perfecta de la salvación, porque el Hijo de Dios se hacia presente en medio de nosotros.

Queridos hermanos, la Santísima Virgen hoy nos recuerda con tanta delicadeza este detalle que para muchos de nosotros o durante tanto tiempo ha pasado desapercibido. Dios puso sus ojos en la humildad de su esclava.

Hoy venimos a decirle a la Santísima Virgen que interceda ante el Padre para que ponga sus ojos en la pequeñez de nuestra diócesis. Que también nosotros ansiamos, también nosotros necesitamos la mirada de Dios. Esa mirada que ilumina, esa mirada que transforma; esa mirada que consuela; esa mirada que levanta; esa mirada que tanto bien hace a nuestras almas.

Venimos a decirle a la Santísima Virgen que nos comparta esa experiencia, de la dulce mirada de Dios a favor de su pueblo, porque necesitamos que la mirada de Dios presida nuestros trabajos evangelizadores. Que presida nuestra catequesis. Que presida la catequesis de los adultos. Que la Mirada de Dios no se aparte de nuestro seminario. Que la mirada de Dios no se aparte del trabajo y del ministerio de nuestros sacerdotes. Que la mirada de Dios penetre hasta lo más sagrado del corazón de nuestros hermanos los indígenas, los mayos, los yaquis, los pimas, los guarijíos y aquella porción tan pequeñita de los kikapúes en Bacerac.

Venimos a pedirle a la Santísima Virgen María que ese bálsamo hermoso, espiritual, transformador de la mirada de Dios, sea lo que una, lo que presida fuertemente la existencia de nuestra diócesis. Porque, entonces, también podremos ser una iglesia viva; una iglesia celebrativa; una iglesia que peregrina haciendo la caridad, como nuestra Señora, que dice hoy el santo Evangelio, se fue presurosa hacia las montañas de Judea. También, queremos ver a nuestra iglesia diocesana peregrinando por los valles: por el Valle del Yaqui, por el Valle del Mayo. También, queremos que nuestra iglesia diocesana peregrine hacia las montañas de Álamos, para llevar la buena nueva a los guarijíos o por las montañas de Yécora para que lleve la buena nueva a los pimas. Que también nuestra iglesia aprenda a peregrinar hacia las montañas llevando la buena nueva del Evangelio, porque puso sus ojos en la pequeñez de nuestra diócesis.

Venimos a suplicarle a Dios, que ponga sus ojos en nuestra diócesis para que nuestras celebraciones litúrgicas: la celebración del Bautismo, la celebración de la Sagrada Eucaristía, la celebración de la Confirmación, las celebraciones matrimoniales, las celebraciones de la Ordenación Sacerdotal lleven siempre ese toque festivo de que Dios sigue poniendo sus ojos en la existencia de nuestra diócesis. Y venimos a pedirle a nuestra Madre Santísima interceda por nosotros y nos atraiga esa mirada de Dios para nuestra Pastoral Social. Así como la Santísima Virgen María se puso al servicio de santa Isabel. Así como Ella se puso al servicio sin duda, también, de aquel niño recién nacido el Bautista. Así como la Santísima Virgen se puso al servicio de los jóvenes en las bodas de Caná. Así como la Santísima Virgen se puso a servicio de Cristo y del Colegio Apostólico, cuando todos decían que nuestro Señor estaba fuera de sí, como dice incluso el texto de Marcos, que se había vuelto loco y que la gente empezaba a despreciarlo y a dudar de Él y en eso hace presencia la Santísima Virgen María, que así haga también presencia en los momentos difíciles de nuestra iglesia diocesana.

Que así como la Santísima Virgen María sobretodo se hizo presente en el camino de la cruz, en el Calvario a los pies de Cristo. Así también sea la Santísima Virgen la que nos consiga de Dios su presencia salvadora, en esos momento de cruz, que están pasando los ancianos, los pobres, los desempleados, nuestros hermanos indígenas y muchas personas atribuladas por tantos males, que a todo mundo están constantemente aquejando. Que ponga sus ojos en nuestra diócesis para que el ardor de la Pastoral Social cada vez sea más vivo, que en verdad nuestra diócesis sea como la Santísima Virgen María. Aquella que hace presencia en donde está el dolor, el sufrimiento, la amargura. Que nuestra diócesis cada vez tenga más laicos comprometidos, ministros extraordinarios, sacerdotes fervorosos, que puedan asistir a todos los necesitados.

Venimos a pedirle a la Santísima Virgen María que esa mirada de Dios ilumine, llene de sabiduría, llene de gozo entusiasta los trabajos pastorales de nuestra diócesis.

Madre y Señora nuestra te volvemos a consagrar nuestra iglesia diocesana.

Madre y Señora nuestra, tú que con Cristo conoces lo más íntimo de nuestros corazones, recoge el fervor, tal vez la tibieza, recoge las ilusiones, recoge todo lo que hay en las almas amadas de todos nuestros hijos y hermanos que peregrinan hacia el Padre en la Diócesis de Cuidad Obregón.

Así sea.

 
 
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