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Homilía
pronunciada por Mons. José Luis Castro Medellín, Obispo de la Diócesis Tacámbaro, Michoacán, en ocasión de la peregrinación de su diócesis  a la Basílica de Guadalupe.

8 de mayo de 2008

1. Saludo muy cordialmente a mis hermanos sacerdotes, religiosas, seminaristas y pueblo de Dios que como peregrinos, venimos a rendir homenaje a nuestra Madre Santísima, nuestra Señora de Guadalupe. A todos les deseo paz y gozo en el Señor Jesús y la abundante bendición de la Virgen Madre.

2. Tus hijos de la Diócesis de Tacámbaro te saludamos con mucho amor, te glorificamos por ser la Madre de Dios y la Madre de todos los cristianos, te damos gracias porque siempre has estado con nosotros. Sigue mostrándote Madre de todos los creyentes.

En representación de toda la comunidad diocesana recibe nuestro homenaje de amor y agradecimiento.

3. Contexto litúrgico.

Nuestra visita está en el contexto de la última semana de la Pascua cuando la Iglesia contempla a Cristo en la despedida de los suyos y su retorno al Padre. Previene a sus apóstoles de la tristeza por su separación, la conveniencia para poderles enviar al Espíritu de verdad, para prepararles un lugar en la casa del Padre, para asegurarles que no los dejará solos, para enviarlos a todo el mundo para que lleven la Buena del Evangelio.

Todo se desarrolla dentro del Plan misterioso de Dios y del misterio del hombre que aún no comprende ese misterio divino.  Pero, "El Espíritu que yo les enviaré, los guiará hasta la Verdad completa" (Jn. 16,12-13).

Sí, este es el Maestro que ha venido guiando a la Iglesia que fundó Cristo desde hace más de 2000 años, este es el Espíritu que nos ha sido dado a nosotros sus hijos, a los que tenemos que ser sus testigos en el mundo de hoy; a cada uno, desde de nuestra propia vocación, se nos dirige la palabra de Cristo que le fue dirigida a Pablo, según lo escuchamos en la primera lectura: "La noche siguiente, el Señor se le apareció y le dijo: ten ánimo Pablo, pues tienes que dar testimonio de mí en Roma igual que lo has hecho en Jerusalén" (hech. 23,11).

No pocas veces nos parecerá que llevar una vida plenamente cristiana es algo inútil o que no es necesario llegar a los extremos de sufrimientos y persecución.

No tengamos miedo, el Señor Jesús esta siempre con nosotros y nos invita a imitarlo: "Si el mundo os odia, recordar que primero me odio a mí… os tratarán así por mi causa, porque no conocen a aquel que me envío" (Jn 15, 18-21).

Vivir nuestra vocación cristiana con todas sus consecuencias debe ser motivo de santo orgullo, de profundo gozo y felicidad, sabiendo que el sufrimiento es paso obligado a la verdadera alegría y felicidad. ¡Espíritu Santo, ven, ven, ilumínanos, fortalécenos, santifícanos!

Un signo característico y propio del ser cristiano se nos revela en el Evangelio de hoy Cristo hace tres peticiones muy concretas al Padre:

a) "No te ruego solo por ellos sino también por todos los que creerán en mí por medio de su palabra" (Jn 17,20).

b) "Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tu estas en mI y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros, para que el mundo crea que tu me has enviado"(Jn 17,21).

c) "Padre yo deseo que todos estos que tu me has dado puedan estar conmigo donde este yo, para que contemplen la gloria que me has dado" (Jn 17,24).

Se revela en esta oración la voluntad muy expresa de parte de Cristo hacia el Padre, hacía sus discípulos y a hacía los que creerán en él por la palabra de aquellos discípulos.

Ahí precisamente encontramos nuestro lugar, allí esta también nuestro compromiso de manifestar la mundo que somos discípulos de Jesús si vivimos la fraternidad. Lo había dicho Cristo con anterioridad: "Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros como Yo os he amado... en esto conocerán todos que son discípulos míos, si se aman los unos a los otro" (Jn 13,34-35). Cuantas cosas se dicen y se comentan, cuantos proyectos pastorales formulamos y promovemos pero olvidando este signo que es prioritario: amar a Dios y amar al hermano por Dios.

3.2 El contexto eclesial en el que debemos vivir nuestra vocación cristiana, esta perfectamente iluminada por la voz del Papa y sus dos encíclicas sobre "Dios es amor" y "Salvados por la esperanza", además por la exhortación apostólica "Sacramentum Caritatis" sobre la sagrada Eucaristía. Con cuanta razón el documento de Aparecida nos señala el camino pastoral que hay que emprender sin miedo, porque la Iglesia esta viviendo un nuevo Pentecostés, pero para que actué en nosotros tenemos necesidad de entrar en un proceso de conversión pastoral. Colaboremos activamente para que la acción del Espíritu Santo siga santificándonos y por nuestro testimonio de vida, otras puedan llegar a la santificación.

3.3 El contexto social en que debemos vivir nuestra vocación cristiana exige un replanteamiento frecuente e iluminado por la luz del espíritu de Dios. La pérdida de valores de los derechos inalienables de la persona humana se han olvidado: Derecho a la vida, a la familia, la libertad, respeto a las personas, a sus creencias religiosas, a una vida digna, etc. etc. Querer fragmentar el ser y que hacer de las personas convirtiéndolas en objetos, nos esta llevando a la ruina moral y social de nuestro mundo.

Su Santidad Benedicto XVI, en su discurso inaugural de la V Conferencia del Episcopado en Aparecida, contemplando a la Iglesia y al mundo en el momento presente dijo: "Sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano" (DA 3). Nuestro mundo necesita conocer a Dios para poder aceptar su proyecto sobre el hombre y sobre las realidades de nuestro mundo.

Este es el gran reto que tenemos todos: Qué quiere Dios de mí; la respuesta la encontraremos en un diálogo sincero con él, con nuestra conciencia y con el mundo en que vivimos buscando el bien común y comprometiéndonos a asumir con responsabilidad la parte que nos corresponde. Así tendríamos mejores familias, mejores maestros, mejores políticos, mejores empresarios, mejores sacerdotes; tendríamos comunidades de hermanos que se tienden la mano en todo y para todo.

Cómo lamentamos que la violencia y crimen organizado hayan alcanzado a tener el dominio que ha causado tanto ruina y muerte en la sociedad, cómo lamentamos que nuestros legisladores que deberían crear leyes para promover el bien común estén rebuscando el lenguaje torpe y mentiroso para promover leyes que van contra los derechos fundamentales de toda persona: Derecho a la vida, a la familia, a una muerte digna y respetable. Cómo lamentamos el deterioro social en los niños y jóvenes que tienen derecho a una buena educación, están siendo victimas de maniobras sindicales y políticas del sector magisterial que de ninguna manera justifican su ausencia de las aulas.

3.4 Nuestras peticiones Madre, tienen presente estos ingentes problemas que nos aquejan, tú eres Nuestra Madre y sin duda nos ayudaras a encontrar soluciones adecuadas para que el Reino de tu Hijo Jesús se acoja, se promueva y dé mucho fruto de santidad en todos los sectores de nuestra sociedad: Personas, familias, empresarios, maestros, políticos, profesionistas, sacerdotes, religiosos, obispos, porque todos somos corresponsables del bien o mal que esta presente

Madre, queremos comprometemos a ser verdaderos discípulos y misioneros de tu Hijo, queremos responder con generosidad a la vocación que tenemos como hijo de Dios y miembros de una sociedad que esta en tensiones de cambio, nos comprometemos a buscar los medios y caminos que nos lleve a un conocimiento más profundo de Dios y su proyecto de salvación.

Bendícenos Madre, para que no echemos marcha atrás ni nos quedemos estacionados en el camino por los obstáculos que encontremos.

Queremos ser mejores discípulos y misioneros.

Así sea.

 
 
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