Homilía
pronunciada por Mons. Roberto Domínguez Couttolec.
M.G., Obispo de la Diócesis
de Tlapa, Guerrero, en ocasión de la peregrinación de la
diócesis a la Basílica de Guadalupe.
11 de marzo de 2008
Queridos hermanos y hermanas, hoy hemos llegado hasta esta casa
de Santa María, Tonantzin Guadalupe, Madre del Verdadero
Dios por quien se vive, sus hijos e hijas que peregrinamos en la
Diócesis de Tlapa. Hemos bajado de nuestra montaña,
con un espíritu alegre, para saludar a nuestra Madre, llegamos
contentos y agradecidos con nuestro Dios y Padre, por el don de
la vida, y por el mundo que ha creado, puesto en nuestras manos
y en el que nos ha permitido vivir. Tenemos la certeza que Santa
María, Tonantzin Guadalupe, Madre nuestra, escucha nuestros
clamores, nuestras penas y esperanzas.
Ella con toda seguridad se encuentra también alegre porque
nosotros sus hijos e hijas de la Montaña, no la hemos olvidado,
la queremos, amamos y hoy como a San Juan Diego nos dice al escuchar
nuestras tristezas y necesidades: "¿no estoy aquí,
yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo?
¿No soy, yo la fuente de tu alegría? ¿No estás
en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes
necesidad de alguna otra cosa?"
Hermanas y hermanos hoy deseo darle gracias al Señor por
medio de su Mamá Santa María, Tonantzin Guadalupe,
por haber permitido a esta porción de su Iglesia llegar a
cumplir diez y seis años como diócesis, que Ella bendiga
a su primer pastor Don Alejo Zavala Castro, que bendiga a sus sacerdotes
y seminaristas, a las religiosas y religiosos, a los catequistas,
cantores y fieles que han caminado anunciando y viviendo comprometidamente
a pesar de los problemas, la presencia viva del Señor.
Hoy deseo darle gracias al Señor por medio de Santa María,
Tonantzin Guadalupe, y los invito a que me ayuden a manifestar mi
agradecimiento, por haberme escogido sin merito mío, a ser
pastor de esta iglesia que peregrina en Tlapa, pidámosle
a Santa María, Tonantzin Guadalupe, bendiga este caminar
que Ella sabe realizo con fe y esperanza, a pesar de los retos y
dificultades.
Que Ella interceda ante Jesús nuestro Señor, para
que me conceda la gracia de ser cada día un verdadero pastor,
que anuncie el amor de Dios y denuncie todo aquello que se antepone
a la presencia de su reino de amor, justicia, paz, reconciliación
y perdón.
Hermanas y hermanos, al llegar a vivir entre ustedes he sido testigo
de las arraigadas y hermosas tradiciones que se tienen en la montaña,
del amor a Dios, a Santa María, Tonantzin Guadalupe, al Señor
del Nicho, al Santo Entierro y a cada uno de los Santos Patrones
que se veneran en las comunidades, cada una de estas tradiciones
nos deben de conducir a vivir profundamente nuestro ser de cristianos.
En nuestras comunidades una hermosa tradición de oración
y costumbre, que tenemos que cuidar y cultivar es la llamada: "quema
de velas", por la que expresamos a Dios, a Santa María,
Tonantzin Guadalupe, a nuestros Santos Patrones nuestras súplicas
de bendición y protección, que nacen desde nuestro
corazón, donde residen los afectos y necesidades. Suplicamos
bendiciones y protecciones por la vida, el agua, la siembra, las
cosechas y en contra de todo mal.
Hermanas y hermanos, hoy hemos venido a expresar nuestro amor y
cariño a Santa María, Tonantzin Guadalupe, a manifestarle
que estamos dispuestos a ser mejores seguidores de su Hijo Jesucristo,
que deseamos cambiar nuestras actitudes de vida que no son evangélicas,
como es buscando la venganza y no el perdón, el vivir siendo
esclavos de los vicios y no en la libertad de los hijos de Dios,
el vivir alejados de los sacramentos, que reconocemos manifiestan
la Gracia de Dios presente entre nosotros.
Hoy hemos escuchado como en el libro del Eclesiástico se
manifiestan palabras que resuenan en nuestros corazones: "Yo
soy la madre del amor, del temor, del conocimiento y de la santa
esperanza. En mí está toda la gracia del camino y
de la verdad, toda esperanza de vida y de virtud".
Estamos aquí ya que deseamos corresponder al amor de Santa
María, Tonantzin Guadalupe, a Ella le queremos, decir, como
santa Isabel: "Bendito sea el fruto de tu vientre". En
todos los rincones de nuestra montaña, se ha hablado y se
habla de Ti. Constatamos tú presencia en nuestros campos,
ríos y bosques, esta presencia nos ha llevado a tener una
fuerte relación contigo, esta presencia es alimento para
nuestra fe.
Al escuchar los evangelios, hemos conocido un acontecimiento importante
de tu vida, Jesús, que nos ayuda a entender que somos tus
hijos: discípulos, misioneros. Estabas predicando y curando
a los enfermos y una mujer que te oía dijo: “¡Dichoso
el seno que te llevó y los pechos que te criaron!”.
Ciertamente fue un reconocimiento de la grandeza de Ti Señor,
pero, también, de la grandeza de quien te había traído
al mundo, de Santa María, Tonantzin Guadalupe. Pero en este
acontecimiento en el que reconoces lo que es Tú Santa Madre,
“bienaventurada", haces una llamada de compromiso a cada
uno de nosotros hombres y mujeres de la montaña para que
acojamos y vivamos tu Palabra, para que le demos rostro a tu nombre
por medio de nuestra vida.
“Bendito el fruto de tu vientre”. La Iglesia de Tlapa
que peregrina en la montaña, no puede entonces olvidar que
debemos dar rostro a la presencia del Señor. Sabemos que
tenemos una tarea ser "discípulos misioneros".
Santa María, Tonantzin Guadalupe, es bendita porque vivió
con fidelidad la Palabra de Dios, como discípula y misionera.
Hoy, le pedimos que estas dos actitudes comprometan siempre nuestra
vida. Todos los miembros de la iglesia de Tlapa, estamos llamados
a vivir la Palabra de Dios, por eso, tenemos la necesidad de momentos
de escucha y de momentos de encuentro con Él. Esto, hermanas
y hermanos, es esencial, si queremos cumplir lo que Él nos
pide. Que los que nos vean, vean al Señor en nuestra persona,
esto es para nosotros un compromiso. Y para esto el Señor
hermanas y hermanos, no nos dejo solos, nos dio el Espíritu
Santo, fuente y dador de vida.
“Bendito el fruto de tu vientre”. Hacemos visible al
Señor, le damos rostro, si tenemos el oído atento;
es decir, si escuchamos. De la misma manera que María oyó
la Palabra de Dios. Oír tiene tres dimensiones; Primero:
a la escucha obediente, es decir, escuchar para comprender y asumir
todo lo que se nos dice, ya que quien nos lo dice es Dios mismo,
se trata de aceptar sin condiciones su mensaje que nos lleva a vivir
una vida nueva. Segundo: oír hace referencia a la confianza,
es decir, a abandonarse en las manos de Dios, a fiarse de Él
de manera absoluta, a confiar el destino de nuestra vida a Él.
Y tercero: oír hace referencia a la fidelidad. Dios es siempre
fiel a la palabra dada, siempre la cumple, nunca falla, siempre
ama, perdona y protege. Esto es lo que hizo María y lo que
se nos pide a quienes hemos sido llamados a la vida cristiana para
dar rostro a Dios en esta historia hasta que el Señor vuelva.
“Bendito el fruto de tu vientre”. Damos rostro al Señor,
si guardamos su Palabra. Guardar la Palabra de Dios, es meterla
de tal manera en nuestra vida que le de identidad. Se trata de guardarla
con todas las consecuencias. Guardar la Palabra como el tesoro más
grande. Guardar la Palabra es llenarse de sabiduría, porque
quien es la sabiduría está en nosotros. Y es que:
“La Palabra se hizo Carne y habitó entre nosotros”,
como dice; san Juan. De alguna manera nos tiene que suceder lo que
se manifestó en Santa María, Tonantzin Guadalupe,
la Madre de Jesús, como hemos escuchado fue a ver a su prima
santa Isabel, reconoce la presencia de Dios en Ella y el niño
que aún no había nacido y que santa Isabel llevaba
en su vientre salta de gozo. “Bendito el fruto de tu vientre”.
Hermanas y hermanos, oír y guardar, nos llama a sentir como
Jesucristo, a ser sus discípulos y misioneros.
Hermanas y hermanos, permítanme terminar nuestra reflexión
recordando una antigua plegaria Tlapaneca, aquí ante Santa
María, Tonantzin Guadalupe, la plegaría, dice así: