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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Francisco Moreno Barrón, Obispo de la Diócesis de Tlaxcala, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

11 de noviembre de 2008

Muy queridas hermanas, muy queridos hermanos de esta Diócesis particular de Tlaxcala.

Venimos llenos de gozo al encuentro con nuestra querida Madre, la Santísima Virgen de Guadalupe, y hemos escuchado en el Libro del Eclesiástico esta frase impresionante: “vengan a mí los que me aman y aliméntense de mis frutos”. Por eso estamos aquí porque amamos a la Santísima Virgen y venimos a nutrirnos del fruto principal de Ella, que es su propio Hijo Jesucristo. Este texto del Eclesiástico la Iglesia lo aplica a la Santísima Virgen María.

El Libro de la Carta a los Gálatas nos habla de una mujer que fue escogida por Dios para ser la Madre del Salvador. Dios podía haber hecho las cosas de otra manera, pero quiso valerse de una jovencita israelita para que en su seno virginal recibiera la vida humana, su mismo Hijo Jesucristo nuestro Señor. La Santísima Virgen de la que habla la Carta a los Gálatas es la misma Virgen de Guadalupe, que nosotros tenemos en esta preciosa imagen. Son distintos nombres, son distintas advocaciones de la única Madre de Dios. Del Dios encarnado Jesucristo nuestro Señor. Esta imagen, que tenemos aquí al frente, es una imagen que esta llena de un significado profundo, es un códice que los indígenas sabían interpretar muy bien. Efectivamente, la Santísima Virgen quiso quedarse con nosotros en el tosco ayate del indio Juan Diego.

Juan Diego en nombre de todos nosotros puso las rosas, la Santísima Virgen las tocó y se quiso quedar en esta preciosa imagen para siempre con nosotros. En este códice los indígenas podían entender muy bien, observando la imagen, que se trata de una mujer que está en cinta, por eso tiene el vientre abultado. Es que la Santísima Virgen vino a nosotros para traernos a Cristo Jesús, como nuestro Salvador, ya Cristo había nacido mil quinientos años antes en Belén de Judea, pero no era conocido en estas tierras, ya habían llegado los primeros frailes a anunciar el Evangelio, pero eran muy pocos los indígenas que aceptaban el bautismo. En cambio la Virgen de Guadalupe se manifiesta en el Tepeyac, sabemos que se multiplicaron las conversiones y muchos naturales pidieron el bautismo. Efectivamente la Virgen de Guadalupe trae en su seno a Cristo para entregárnoslo.

Nuestra devoción no puede terminar en la Santísima Virgen, la queremos mucho, pero Ella no es el objeto de nuestra fe. Ella nos conduce a Cristo. Así como escuchamos en el Evangelio: que fue a visitar embarazada a su prima Isabel en las montañas de Judea. Así también viene a nosotros y nos entrega el fruto de su vientre, que es más dulce que la miel, más dulce que un panal de miel.

También, los indígenas podían leer en este códice, que se trata de una mujer que no está estática, sino que está en movimiento. Ella va caminando por eso tiene flexionada la rodilla izquierda. Ella va caminando con este pueblo mexicano a través de su historia. La historia de México superficialmente vista puede ser la historia de un pueblo más en la tierra, pero si la vemos con cuidado la historia de México no es otra cosa, sino la continuación, ese diálogo amoroso del Tepeyac entre la Santísima Virgen y Juan Diego. La Santísima Virgen lo prometió y lo ha cumplido. Ella camina a nuestro lado, si vemos por ejemplo a la historia de México entenderemos que fue en esta imagen donde se inspiró el pueblo para los colores de nuestra enseña patria. Si vemos con cuidado la historia de México nos daremos cuenta que precisamente en la mano del cura Hidalgo el estandarte de la Virgen de Guadalupe inspiró las gestas heroicas hacía la independencia.

La Virgen de Guadalupe está íntimamente ligada a la historia del pueblo mexicano, por eso podemos afirmar que la Santísima Virgen sigue caminando a nuestro lado y esto lo podemos decir particularmente de la Diócesis de Tlaxcala. La Santísima Virgen nos trae a Cristo, porque quiere que Cristo sea conocido, aceptado, amado por cada tlaxcalteca. La Santísima Virgen quiere habitar en cada hogar. La Santísima Virgen quiere inundar la vida de los tlaxcaltecas solamente para conducirnos a Cristo, solamente para que vivamos un encuentro personal y comunitario con el Dios de la vida en Jesucristo su Hijo, nuestro Señor.

Hermanas, hermanos, en está peregrinación de nuestra Diócesis a este Santuario le presentamos a la Santísima Virgen nuestra vida, todo lo que somos y tenemos, nuestra historia, nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Y le pedimos que reciba esta ofrenda con agrado y que la presente ante su Hijo Jesucristo nuestro Señor.

Que el fruto de esta peregrinación sea profundizar nuestra relación con Cristo para que en Tlaxcala no haya una sola persona que no haya escuchado el mensaje del Evangelio, para que el Evangelio de Cristo sea la norma de toda nuestra vida.

Guardemos un momento breve de silencio para interiorizar esta plegaría que queremos presentarle a la Virgen desde lo íntimo de nuestro corazón.

 
 
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