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Homilía
pronunciada por Mons. Francisco J. Chavolla Ramos, Obispo de la Diócesis de Toluca, en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

21 de febrero de 2008

¡ES EL SEÑOR!

Muy querido Mons. Leopoldo González, Secretario Ejecutivo de la CEM y Obispo Auxiliar de Guadalajara. Muy ilustres monseñores, muy queridos hermanos sacerdotes, señores diáconos, hermanos y hermanas de la vida consagrada, hermanos y hermanas fieles en el Señor.

Nuestro peregrinar que el Señor nos ha permitido realizar este año, al hogar de nuestra Madre, aquí en el Tepeyac, culmina aquí en el altar, donde presentamos al Padre la ofrenda de su mismo Hijo. Jesucristo, muerto y resucitado por amor a cada uno de nosotros, nuestro Salvador personal.

Aquí ante la mirada maternal de Santa María de Guadalupe, Madre y Reina de nuestro pueblo, le presentamos, también, nuestras súplicas, imploramos su misericordia y su favor. Le pedimos que continúe dándonos su amor y mostrándonos su providencia amorosa.

Le agradecemos su favor y nos detenemos para escuchar lo que quiere decirnos en su Palabra, en el acontecimiento de la Peregrinación y en el llamado que nos hace a iniciar en nuestra Iglesia Diocesana una Misión Evangelizadora Permanente.

El Evangelio nos ha proclamado la visita de Nuestra Señora que llega presurosa a las Montañas de Judea, a visitar a su anciana prima Isabel. Ésta, al oír el saludo queda llena del Espíritu Santo y exclama: "¿De donde a mí que la Madre mi Señor venga a visitarme?... Dichosa tú que has creído."

María ha aceptado en sus entrañas a su Señor, ha creído en la revelación del ángel y sabe que Jesús, es Dios salva, el Emmanuel, Dios con nosotros, ha venido y va en sus entrañas iniciando la salvación.

¡Es el Señor! Es la primera proclamación del Kerigma en boca de Isabel. Ella experimenta su presencia en las entrañas de María y proclama la presencia del Salvador, del que viene a quitar el pecado del mundo, a reconciliar a la humanidad con el Padre Celestial. Desde entonces, esa palabra, "el Señor" viene a designar a Aquel que, enviado por el Padre, encarnado, por obra del Espíritu Santo, en el seno de María, nacido para nuestra salvación, consuma su obra muriendo en la cruz y resucitando para ofrecernos vida eterna.

¡Es el Señor! Fue la proclamación del apóstol Juan a sus compañeros de pesca, allí, en la barca de Pedro que los había invitado a pescar. Un desconocido, desde la playa, les indicó dónde echar las redes para encontrar peces. Le obedecieron y consiguieron aquella pesca, singular por su abundancia.

Inspirado por el Espíritu Santo, Juan descubrió al Maestro y, por eso, les dijo con toda seguridad: ¡Es el Señor! Fue definitivamente un anuncio Kerigmático: presentar al Señor Jesús como el único Señor, el salvador personal.

Pedro descubre en esa frase el Kerigma, la síntesis descriptiva y vivencial en la persona de Cristo: Es el Señor, el que me ha amado, el que me ha perdonado, el que se entregó por mí, es mi salvador, el que ha resucitado, el que me ha dado su amor y a quien yo amo.

Pedro se lanza al agua para ir al encuentro de Cristo, apenas recibió el mensaje y tuvo conciencia de la presencia del Señor, no duda, se hace signo del amor que se lanza y se deja atraer totalmente por Él.

Es el caminar de la vida de nuestra Iglesia Diocesana, al dirigirme a Ustedes, mis queridos sacerdotes, a los miembros de los Institutos de Vida Consagrada, Seminaristas y demás fieles cristianos laicos, puedo decirles el mismo mensaje evangelizador, ante el proceso de la Misión Evangelizadora permanente que iniciamos aquí, al cuidado de nuestra Madre, María de Guadalupe, puedo decirles como el Apóstol: ¡Es el Señor!

Así lo constato ante este camino que Él nos propone en la Misión Evangelizadora que ha surgido de las líneas de acción de nuestro Plan Diocesano de Pastoral. Nuestra vida como Iglesia diocesana llega así a este momento esperanzador. El Señor nos ofrece su amor y nos llama vivir en encuentro con Él. Espera nuestra respuesta personal, familiar y comunitaria.

Hemos tenido la oportunidad de atender el llamado de Dios en nuestro Primer Sínodo Pastoral que nos señaló la "deficiente formación de la conciencia y el escaso conocimiento de Jesucristo, de parte de muchos bautizados, circunstancia importante que nos reta a anunciar plenamente a Jesucristo como Salvador y Señor” (59) Si bien, señala igualmente que contamos con algunos "Agentes de pastoral, movimientos y organismos apostólicos que se ocupan de realizar celosamente su apostolado transmitiendo el "Kerigma" e invitando a todos a la conversión y adhesión a Jesucristo… Afrontamos -añade- el desafío de una capacitación más adecuada y de una expresión de vida comunitaria y misionera, en comunión estrecha con el Obispo, sucesor de los Apóstoles, primeros proclamadores del "Kerigma". (60)

El mismo Sínodo nos pide "testimoniar la fuerza del "Kerigma", como una expresión vigorosa, alegre y sencilla del amor del Padre, que se ha revelado en Jesucristo, ungido por el Espíritu Santo, crucificado, muerto, resucitado y glorificado, quien suscita entre nosotros, sus hermanos, una actitud de permanente conversión, adhesión y seguimiento personal y comunitario a Él mismo como nuestro Salvador y Señor (59).

El amor de Dios vuelve a salir a nuestro encuentro al comienzo de este nuestro itinerario evangelizador, nos envuelve como en un abrazo y nos convierte en discípulos y misioneros, testigos de la buena nueva en el mundo.

Revivimos el momento en que el Evangelio «irrumpió» como una explosión por primera vez en la historia, con todo su poder y novedad. Nada debe turbar nuestro corazón, ni siquiera nuestra propia indignidad; nada ha de desviamos de la gozosa seguridad de que Dios nos ama y que nos ofrece su paz y su gracia, como frutos de este amor.

En la Misión estamos llamados a:

  • Gustar la presencia del Señor resucitado.
  • Vivir gozosamente la fraternidad.
  • Oír de nuevo la llamada que hoy nos hace a una misión renovada y creativa, nueva misión que nos pide una actitud creíble y evangélicamente eficaz.

El proceso que la Comisión de Pastoral Profética ha preparado y que hoy apruebo y propongo a esta amada Iglesia de Toluca, lo llevaremos acabo en todas las comunidades parroquiales para que cada uno de nosotros asuma su propia responsabilidad y su papel, según la vocación que vive en el Pueblo santo de Dios.

En mi responsabilidad episcopal, como sucesor de los apóstoles, en el nombre de Jesucristo el Señor, entrego el proyecto del proceso a mis sacerdotes; a los Miembros de los Institutos de Vida Consagrada, al Equipo Formador y alumnos de nuestro Seminario, a los Agentes de Pastoral y a todos los fieles cristianos laicos, convocándolos a vivirlo a partir del encuentro personal con Jesucristo y de su aceptación sincera y comprometida.

Seguirá a este primer paso la formación de agentes, catequistas o evangelizadores quienes se encargarán de ofrecer a sus hermanos, todos los bautizados y aún a los que no reconocen, la Experiencia del Encuentro con Cristo.

En el proceso de crecimiento en la fe, volveremos a intentar vivir fielmente la experiencia de los primeros cristianos y primeras pequeñas comunidades familiares para compartir la experiencia del Encuentro con Jesucristo Vivo.

Esta vivencia en comunidad, permitirá descubrir y apreciar los dones y carismas de cada uno, para sumirlos responsablemente y ponerlos al servicio de la evangelización.

Los frutos que esperamos con la ayuda del Espíritu Santo, son los que quiere Cristo para la Iglesia y para el mundo; el sueño de Cristo, seguirá siendo nuestro sueño: "Que todos sean uno". Seremos misioneros en el mundo y para el mundo, nos entregaremos amorosamente a esta Misión permanente que Él pone en nuestras manos.

Todos somos llamados al Encuentro con el Señor; todos somos convocados por Él; todos somos llamados para aprender de Él y ser sus discípulos, de manera que lleguemos a vivir siempre como Iglesia Misionera. Iglesia que lleva en su corazón a Jesús y lo comparte a sus hermanos.

Encomiendo      esta      Misión   Evangelizadora permanente, en primer lugar, a los Vicarios Episcopales para que animen y alienten, velen y se comprometan personalmente en la formación de los discípulos misioneros.

A los Decanos les encomiendo asumir como prioridad la Misión y coordinar el proceso; supervisar la aplicación y desarrollo en las parroquias y rectorías de su Decanato.

A los Párrocos les llamo a vivir con sus Vicarios Parroquiales y los Rectores que haya en su Parroquia, el compromiso evangelizador, desde la relaciones de fraternidad entre ellos y de la familia parroquial, para responder a este proyecto, indudablemente venido del Espíritu, manifiesto en la elaboración de nuestro Plan de Pastoral.

A los Equipos Animadores Decanales, les encomiendo responder a todo requerimiento del proceso, como la formación de agentes y la promoción y animación de pequeñas comunidades, que sean oportunidad de mantener en sus valores la vida cristiana y de reconocer cultivar y compartir carisma para bien del mundo y de la Iglesia.

Cristo es nuestro único camino, es el Señor. Aquí ante la Madre del Verdadero Dios por quien se vive, la siempre Virgen María de Guadalupe, les invito a aceptar este llamado que su Hijo nos hace a vivir esta Misión Evangelizadora permanente.

Que ella nos alcance del Señor las gracias que necesitamos para continuar este camino y nos siga ofreciendo el fruto de sus entrañas que es ¡EL SEÑOR! 

 
 
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