Muy
queridos hermanos sacerdotes, hermanas y hermanos religiosos,
hermanas y hermanos fieles que por el bautismo forman una sola
familia regia y sacerdotal. Doy gracias a Dios que en su admirable
providencia, por primera vez, me permita encabezar esta peregrinación
de la querida Diócesis de Zamora como su décimo obispo.
Efectivamente
el 25 de julio pasado, también el santuario guadalupano que la
fe de nuestra Diócesis de Zamora ha levantado a la Celestial Patrona,
en ese santuario he iniciado mi servicio a esta diócesis, encomendando
a ella todos los trabajos y todas la fatigas que haya que afrontar
por el Evangelio, porque vale la pena consagrarse a Jesucristo
de lleno por amor a los hombres que Él también ha amado antes
hasta el extremo.
Me
alegra peregrinar junto con mis hermanos sacerdotes y demás fieles
a este hermoso santuario que la fe del pueblo mexicano ha erigido
a aquella que en el siglo XVI manifestó su maternal de deseo la
indio de que aquí, en este lugar, se le construyera una casita
de oración para mostrarse piadosa madre nuestra y escuchar las
plegarias y enjugar las lágrimas de los moradores de estas tierras.
Me alegra a verles visto venir a ustedes expresando su fe, tomando
la calle; expresando su fe en forma gozosa, pública, abierta.
Porque la fe que se expresa en el canto en el culto a Dios, en
la alabanza de su nombre, ha de ser como la lámpara que no se
enciende para esconderla debajo de la cama o de la mesa, sino
para ponerla por lo alto para que alumbre a todos. Y así debe
alumbrar a todos y a todas las circunstancias de nuestra vida
la luz que brota de la fe.
Han
venido ustedes con la música, con la flor, con el canto; como
ofrenda a la santísima Virgen, nuestra Señora de Guadalupe; pero
sobretodo con un corazón que quiere consagrarse completamente
a ella, evocando aquel lema del escudo del querido Papa Juan Pablo
II de feliz memoria, quien varias veces estuvo aquí, presidiendo
a la Iglesia católica entera desde este santuario: totus tuus,
todo tuyo. Evocando esa oración que ustedes y yo hemos aprendido
de nuestros padres: Oh señora mía, oh madre mía, yo me ofrezco
enteramente a ti. Esa es hoy la mejor ofrenda
Y
que con la flor, el canto y la música, nos ofrezcamos todos enteramente
a ella, todos enteramente a su Hijo, en quien existimos nos movemos
y somos.
Nuestro
pueblo viene hoy a iniciar el año de Gracia 2008 ante las plantas
benditas de Santa María de Guadalupe para implorar su maternal
protección. A ella la hemos celebrado junto con el pueblo católico
entero al iniciar este año con la fiesta de Santa María, madre
de Dios. Ella, nuestra Señora de Guadalupe, así se ha identificado
ante su dignísimo interlocutor, el indio Juan Diego: Yo soy
la madre del verdadero Dios por quien se vive. Ese es su mayor
título, ese es el fundamento de nuestra profunda devoción: la
íntima relación que existe entre y su hijo Jesucristo, hijo suyo,
Hijo de Dios. Dios y hombre que se nos ha acercado misericordiosamente
para elevarnos asombrosamente a participar de la propia vida
divina.
En
nuestro Estado de Michoacán, amanecimos el año estrenando nuevas
autoridades en los distintos municipios, dentro de poco vendrá
el relevo porque en el juego democrático así lo ha decidido la
mayoría que participó. Vendrá digo el relevo en la gobernatura
de nuestro Estado. Queremos encomendar a Santa María la gestión,
que al servicio del pueblo desempeñan quienes ostentan la autoridad
según la voluntad democrática.
Queremos
encomendar a aquellos que han asumido la autoridad para ser servidores
de todos. Queremos pedir al Señor que una vez constituidos en
autoridad tenga la salud mental de olvidarse un poco de partido
por el que han sido postulados para ver por el bien de todos,
para promover la unidad.
Queremos,
nosotros sacerdotes junto con las autoridades civiles a los distintos
niveles, colaborar para servir al mismo pueblo y hacer realidad,
lo que hoy pedimos a Dios por intercesión de Santa María de Guadalupe
en la Oración Colecta inicial de esta misa: que por intercesión
suya el Señor nos haga profundizar en nuestra fe y buscar el progreso
de nuestra patria. En este caso de nuestro Estado y municipio,
por los caminos de la justicia y de la paz.
La
jornada electoral del 11 de noviembre y los días sucesivos han
tenido, en distintos municipios de nuestra diócesis, distinto
contexto, no siempre con la armonía y la paz que quisiéramos;
más aún, en dos de nuestros municipios, hay todavía cuestiones
por resolver en lo que se refiere al resultado que arrojaron las
elecciones. Pedimos para toda nuestra diócesis que la paz prive
sobre cualquier diferencia basada en las distintas y por otra
parte necesarias opciones políticas. Pedimos que esta paz sea
una aspiración a la que lleguemos no sólo basados en el esfuerzo
humano sino también en la oración, considerando que la paz verdadera
es un don de Dios y a Él, a Jesucristo príncipe de la paz, hay
que solicitársela.
Queremos
que esta paz en nuestros distintos municipios sea una paz que
se genere y se viva en las familias teniendo siempre como cimientos,
la verdad, la justicia, la libertad. No podrá haber una paz verdadera
sin estos tres cimientos o pilares.
Hoy
están representadas aquí muchas familias de nuestras diócesis
pero habrá que resaltar de manera especial la nutrida participación
que tienen quienes han venido desde la Vicaría de la Sierra, de
la zona purépecha. Sin duda, ellos vibran tal vez más que nosotros
y en esto tendríamos que tomar ejemplo, con esta bendita imagen
de Santa María de Guadalupe y con todo el mensaje guadalupano
y también con la docilidad y prontitud con que su digno embajador
de confianza, Juan Diego, cumple el mandato de tan Dulce Señora.
Cada
familia, iglesia doméstica, ha de ser un espacio de oración, donde
la devoción a Santa María de Guadalupe sea uno de los elementos
primordiales. Y es bueno recordar aquí que los pontífices anteriores
de la Santa Iglesia, hasta el actual, han recomendado como una
de las devociones más importantes, precisamente el rezo del
Santo Rosario, compendio del Evangelio y oportunidad de profundizar
en los misterios centrales de nuestra fe. La familia que reza
unida, permanece unida, decía un antiguo eslogan del rezo del
Santo Rosario. Habrá que preguntarnos los que queremos tanto
a Santa María de Guadalupe y manifestamos nuestra devoción en
las distintas advocaciones a la Virgen María, si estimamos en
mucho esta plegaria tan recomendada por los Papas, si acostumbramos
juntarnos en familia para rezar de vez en cuando, o para meditar
juntos la palabra de Dios que a todos vivifica.
Hará
falta intensificar nuestra oración familia, para que cada una
sea una célula donde se viva la paz y la armonía y esto mismo
reflejemos y proyectemos a nuestras comunidades.
Hoy
estamos contentos porque nos encontramos con Santa María en este
santuario, cerca del lugar donde tuvo ella estos encuentros y
diálogos amorosos con un representante de los nuestros, con san
Juan Diego. Hay que recordar como la narración del Nican Mopohua
de don Antonio Valeriano, dice como Juan Diego atravesaba estos
parajes porque iba a participar del culto divino y a instruirse
más en las cosas de nuestro Señor Jesucristo. En nuestro Plan
Global Diocesano hemos optado este año por intensificar como un
objetivo concreto la formación y capacitación de nuestros laicos.
Que
interesante resulta que un humilde indígena del siglo XVI, que
se considera así mismo indigno interlocutor de tal Celestial Señora,
que se llama así mismo gente menuda, escalerilla, cola, alguien
que no anda por aquellos caminos por donde lo manda aquella Señora.
Él así de humilde, así de sencillo tenía clara convicción de que
había aprender más y vivir más el Evangelio. Hace falta que en
cualquier etapa de la vida y en cualquier circunstancia estemos
siempre deseosos de capacitarnos más, para entender mejor el mensaje
del Evangelio y comprometernos, como decíamos en la oración, a
profundizar nuestra fe y a trabajar por un progreso integral de
nuestra familia y de nuestra sociedad.
Hace
falta que en nuestras comunidades haya catequistas que deberás
con una doctrina clara y fielmente transmitida y con un testimonio
coherente, con la Palabra de Dios y la doctrina que transmiten
vayan ayudando a las demás gentes a crecer en la fe. Parecería
que alguien considera el ministerio de catequista, como un ministerio
que se puede improvisar o como un ministerio que se proyecta en
servicio solamente de los niños, de los infantes o tal vez que
sólo se realiza coyunturalmente cuando se trata de preparar a
la recepción de algún sacramento.
Creo,
yo, que este progreso gradual, sistemático en la comprensión de
las verdades de la fe y en la práctica creciente de las virtudes
cristianas tiene que ser un proceso de la catequesis, dirigido
a todos, en todas las circunstancias y en todas las etapas de
la vida.
Queremos,
pues, ilustrar más nuestra mente y formar mejor nuestra voluntad,
para distinguir muy claramente la verdad del error, lo justo de
lo injusto y para que distinguiendo claramente estemos habituados
a practicar el bien y rechazar el mal, seguir por la senda de
la virtud y alejarnos de todo aquello que pudiera ser senda de
perdición o de vicio.
Hoy
alabando a Dios y manifestándonos fieles devotos de la Santísima
Virgen, nuestra Señora de Guadalupe queremos celebrar la Eucaristía
que nos hace crecer como familia diocesana y queremos que esta
celebración de la Eucaristía sea deberás una celebración auténtica
en el sentido de que nos proyecte en actitudes de servicio hacia
aquellos que son más pobres, más necesitados, están más marginados
o tal vez han tenido menos oportunidades de beneficiarse con los
progresos que la ciencia y la técnica del mundo moderno presentan.
Queremos
celebrar esta Eucaristía como preparación a estas fiestas eucarísticas
que próximamente viviremos en la sede metropolitana de nuestra
provincia eclesiástica, en Morelia de fines de abril y principios
de mayo, en el que celebraremos el Congreso Eucarístico Nacional
en preparación al internacional que se celebrará luego en Canada.
Que Cristo el centro de nuestra reunión sea Él que nos conduzca
al Padre y que podamos llegar a Cristo centro de nuestra vida
de la mano de María. Que a Jesús vayamos, pues, siempre por María
y desde Jesús vayamos al Padre y desde ahora anticipemos esa vida
gozosa, que todos anhelamos gozando, disfrutando, pregustando
de la vida eterna que se nos anticipa en este banquete de la Eucaristía.