15 de octubre de 2008
Muy queridos sacerdotes, muy queridos hermanos y hermanas,
estamos aquí reunidos en esta hermosa Basílica de Guadalupe en torno
al altar, que representa Cristo, y ante la preciosa imagen de nuestra
Madre Santísima. Esa imagen que Ella quiso dejarnos, la tilma de
Juan Diego estampando allí su imagen llena de estrellas, rodeada
del Sol, la Luna bajo sus pies y es la imagen que veneramos, ahora
aquí, pero también en todos nuestros lugares, porque esta imagen
bendita ha llegado hasta los últimos rincones de nuestra patria
y en muchas partes del mundo.
Venimos a visitar, pues, a nuestra Madre Santísima le traemos
todo lo que en nuestros corazones palpita: las inquietudes, las
tristezas, las alegrías, las necesidades materiales o espirituales.
Queremos presentarnos delante de Ella con un corazón sencillo humilde,
pero pidiéndole que demuestre su amor maternal, ya que Ella recibió
de su mismo Hijo Jesús ese encargo sublime. Desde lo alto de la
cruz Jesús le dice a María, que está ahí al pie de la cruz: “mujer
ahí tienes a tu Hijo” y luego se dirige a Juan, el apóstol,
que también ahí está presente, y le dice: “ahí tienes a tu Madre”.
Desde ese momento María empezó a cumplir ese encargo que su
Hijo Jesús le hizo, en favor de todos sus hijos, toda la humanidad,
toda la Iglesia empezó a ser verdaderamente Madre de la Iglesia
y por eso nosotros la invocamos. María, Madre de Cristo y por lo
tanto Madre de Dios porque Jesucristo es verdadero Dios y verdadero
Hombre, y también María Madre nuestra. Y con confianza nos acogemos
a su amor, a su maternal protección.
Ella siendo Madre de la Iglesia nos invita a todos a imitarla,
para ser también nosotros una Iglesia viva, una Iglesia discípula,
discípula de Cristo. Una Iglesia misionera que lleve el Evangelio
a todos los pueblos. María nos da este ejemplo porque Ella es la
primera discípula de Cristo, cuando escucha su Palabra, cuando pone
en su corazón el firme propósito de cumplir esa Palabra: “He
aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu Palabra”. Y
ejemplo también de amor fraterno, de caridad y de evangelización,
porque Ella llevando en su seno a su Hijo Jesús va a visitar a su
prima Isabel. Y ahí Isabel la saluda, le dice: “bendita tú entre
las mujeres, bendito el fruto de tu vientre, dichosa tú que has
creído en la Palabra de Dios”. Isabel exalta la fe de María:
“dichosa tú que has creído”. Así María es la primera discípula
de Jesús y es nuestro modelo, también para ser nosotros una Iglesia
discípula, una Iglesia misionera. Y María prorrumpe en ese himno,
tan hermoso el canto del Magnificat: “Glorifica mi alma al Señor,
mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi Salvador porque ha puesto
su mirada en esta humilde sierva suya. Por eso desde ahora me dirán
dichosa y feliz todas las generaciones porque ha hecho en mí cosas
grandes Él que es Todo Poderoso y su nombre es santo”. María
glorifica al Señor, María lo alaba, lo bendice y así es para nosotros
también un modelo de alabanza, porque también nosotros tenemos que
alabar al Señor. Alabarlo con nuestras palabras, alabarlo con nuestros
cánticos, pero también y sobretodo alabarlo con nuestra propia vida,
con nuestras obras.
Pues, hoy le pedimos a nuestra Madre Santísima que nos conceda
esta gracia de estar siempre bajo su manto, pero aprendiendo a ser
discípulos, a ser misioneros. Y convertirnos en verdaderos misioneros
que llevemos la Palabra de Dios a todos nuestros ambientes, a nuestros
vecinos, en nuestra misma familia aquí tenemos que dar testimonio
del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo para que esta Palabra
se difunda en todas partes y no solamente aquí, en nuestro alrededor,
sino también pensar en tantos hermanos que todavía están esperando
el Evangelio. El próximo domingo, lo sabemos, Domingo Mundial de
las Misiones. La Iglesia nos invita a ser esos misioneros que estemos
dispuestos a llevar la Palabra de Jesús a todos nuestros hermanos,
aún a lejanas tierras y en nuestra diócesis tenemos también nuestro
plan de pastoral que tiene como finalidad ser esa Iglesia evangelizadora
para vivir el Evangelio y para irradiarlo, para comunicarlo a los
demás.
Hace a penas unos días recordábamos el quinto aniversario del
inicio de nuestro plan diocesano de pastoral, el 7 de octubre. Llevamos
ya cinco años de este caminar de la diócesis y queremos que se vaya
consolidando, que todos estemos informados y sobretodo que nos sintamos
dentro para poder participar con toda la diócesis, en nuestras parroquias,
en nuestras comunidades este ideal evangelizador, de este ideal
apostólico. Ser apóstoles, ser evangelizadores, ser misioneros.
Esto es lo que hoy la Iglesia nos pide, como fruto de ser discípulos
y de ser Iglesia, todos como hermanos formamos la Iglesia de Jesús.
Estamos unidos unos con otros y Jesús está en medio de nosotros
y queremos que Él sea quien a través de nosotros lleve la Palabra
de Dios a todos nuestros hermanos.
Otro ejemplo ten hermoso, en estos días el mismo Santo Padre
nos ha propuesto: el apóstol san Pablo, el Año Paulino. Aprendemos
esos ejemplos también del espíritu misionero y apostólico para ser
también nosotros apóstoles. La Palabra que Dios nos ha dado no es
para que la tengamos enterrada, sino para que la comuniquemos a
otros hermanos nuestros ¿cuántos hermanos nuestros esperan de nosotros
una palabra de aliento, una luz para su vida? y esta proviene del
Evangelio.
Jesús nos dice: “ustedes son la luz del mundo para llevar
la Palabra e iluminar a todos nuestros hermanos”. Ser, pues,
discípulos, ser misioneros como la Santísima Virgen María y encomendarnos
a Ella, nuestra Madre amorosa que nos dice: “no te aflija cosa
alguna, ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿no estás en mi regazo
y corres por mi cuenta?”
Así, pues, ante la imagen de la Virgen presentémosle a Ella
todas esas inquietudes que traemos cada uno desde nuestros propios
lugares, desde nuestros hogares para que así regresemos a nuestros
hogares confortados, con la alegría de haber estado a los pies de
nuestra Madre Santísima.