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Homilía
pronunciada por Mons. Héctor Luis Morales Sánchez, Obispo Prelado de la Prelatura de Huautla, Oaxaca, ocasión de la peregrinación de la prelatura a la Basílica de Guadalupe.

8 de junio de 2008

Sigamos caminando en comunión y participación.

Hace ocho días, la Palabra de Dios nos invitaba a construir sobre una roca sólida, fuerte y firme, que diera seguridad a nuestra vida y particularmente nos invitaba a que buscáramos nuestra roca en la Sagrada Escritura para encontrarnos con Jesucristo.

Hoy, en este Domingo del Tiempo Ordinario, la Palabra de Dios termina diciéndonos en el Evangelio “Vayan y aprendan”. Nuestra vida es un constante aprender, desde siempre y por siempre. Y más que nada en nuestro tiempo en que tenemos la oportunidad de adquirir una gran cantidad de conocimientos y esto es lo que nos va dando la oportunidad de poder ir entendiendo nuestra propia vida; la vida de nuestras familias; de nuestros pueblos; de podernos conocer unos a otros; de poder descubrir las maravillas que el Señor ha puesto en la creación. Y esa gran cantidad de conocimientos que podemos adquirir, como decía, son para el bien de nuestra vida personal, como, también, comunitaria.

Pero es verdad que hay un conocimiento que tenemos que adquirir, que algunos lo llaman un conocimiento significativo, porque podemos tener una gran cantidad de información y de datos en nuestra mente, pero al fin de cuentas solamente son esto, una información, un conocimiento, que no llega penetrar muchas veces nuestro corazón. Y el Señor Jesús, hoy, nos invita a adquirir ese conocimiento “Vayan y aprendan lo que significa misericordia; el sentir con él otro, antes que despreciarle; antes que hacerle un lado saberle acoger para que también él y ella se puedan sentir verdaderos hijos e hijas de Dios”. Pareciera ser que esto estuviera con nosotros, la misericordia, porque es algo que viene del corazón, pero sabemos que el corazón también tiene que ser educado porque por él mismo muchas veces nos inclina a pensamientos y sentimientos meramente humanos y no desde el mismo pensamiento y sentimiento de Dios.

Es por eso, también, que san Pablo nos exhorta a que tengamos los mismos sentimientos de Jesús, pero estos se aprenden y particularmente se aprenden: no en un texto, no en un libro, sino precisamente en este camino que hemos iniciado; en este camino que hemos recorrido a través de estos dos años de peregrinar. Que se ha venido reforzando lo que ya se tenía andado y en ese camino hemos encontrado al hermano; hemos encontrado al hermano de nuestra misma Prelatura, pero de distinta parroquia y de distinto municipio, como, también, a nuestros hermanos y hermanas que viven y habitan en esta ciudad, en el Estado de México, en Puebla y en algunos otros lugares que nos hacen favor de acompañarnos en nuestra peregrinación.

Es precisamente la enseñanza del camino la que Jesús ha dejado a sus apóstoles y la cual nos invita que sigamos teniendo, que vayamos en el camino, que es ahí donde encontraremos verdaderamente la razón de nuestra fe, es ahí donde nos daremos cuenta y descubriremos el amor compasivo y misericordioso de Dios.

Nos ponemos, hoy, en su presencia y le pedimos a la Santísima Virgen María su intercesión para que de igual manera que ellos, Jesús y María, estemos siempre en el camino y nos pongamos prontos para el servicio, como lo hizo la Santísima Virgen María. Ya se encaminaba cuando recibió el saludo del ángel y esto no fue motivo para detenerla, su decisión estaba de ponerse al servicio de su prima Isabel y así continúo con esa decisión. Para poder vivir verdaderamente con pasión nuestra fe y poner todo lo que esta en nuestra mente y en nuestro corazón al servicio del Evangelio es necesario adquirir ese conocimiento de la misericordia del Señor. Porque en el camino nos encontraremos a quienes caminen rápidamente porque aun son jóvenes, pero, también, encontramos a la persona de edad madura que ya le empieza a pesar la vida con las dificultades que tiene; con los momentos que lleva en su vida personal o familiar. Nos encontramos al anciano, a la anciana, al enfermo o al que ya no quiere caminar, y es precisamente ahí donde nos daremos cuenta si hemos adquirido este conocimiento al cual el Señor hoy nos está haciendo esta invitación para que día con día vaya siendo parte de nuestra existencia. El seguir caminando en participación y comunión es precisamente más que nada en este sentido: ir adquiriendo el conocimiento de la misericordia divina; para que cada día así como el Señor fue invitando en su caminar a muchos otros que se pudieran integrar, también, nosotros lo sigamos haciendo. Él veía el corazón del hombre y buscaba su disposición, que todo lo demás Él lo iría realizando en el camino.

Esforcémonos por invitar en ese camino, que vamos recorriendo, a todo aquel que quiera unirse verdaderamente para ser portador de esta Buena Noticia, de esta Buena nueva para todos los hombres, que al fin y al cabo la formación se irá adquiriendo propiamente en el camino. Es ahí donde precisamente el campesino nos dice en ocasiones, cuando apenas ha atado su carga a la vestía con la que lo está transportando y alguien le indica, que tiene que amarrar muy bien y lo dice, sencillamente con sus palabras en el camino se arreglan las cargas, será más adelante, cuando habrá que hacer un nuevo amarre, ya después de que todo se haya acomodado, para que ahora sí caminemos con esa seguridad que el Señor nos da. Sigamos, pues, nuestro camino de la misma manera que lo siguió el Señor Jesús, sin apartarse de él, pero siempre compasivo y misericordioso con los que encontraba en el camino para poderles hacer esta invitación; a que se convirtieran, también, ellos en sus discípulos y posteriormente, también, en anunciadores de esa buena nueva a sus hermanos.

Que este camino que hemos recorrido no sea infructuoso, no sea simplemente para venir a conocer una gran ciudad, para conocer esta hermosa Basílica, no solamente para conocer los caminos, sino sobretodo que para los que hemos caminado juntos y seguiremos transitando ese camino juntos de regreso a nuestras comunidades podamos encontrarnos unos a otros. Porque el hombre y la mujer sano es aquel que tiene una buena relación consigo mismo; una buena relación con Dios; una buena relación con la naturaleza, que sabe, pues, respetar y poner en el lugar que le corresponde a cada persona, a cada cosa.

Que este caminar no sea para venirnos a encontrar con la misma persona que caminamos todos los días, sino para descubrir a ese otro que hace tiempo camina con nosotros, pero que muchas de las veces hemos pasado de largo, porque la misericordia no ha estado en nuestro corazón.

Acerquémonos a ese hermano, a esa hermana, que hace tiempo camina con nosotros, pero que no nos habíamos detenido para poderle ver, para poderle escuchar, para poderle valorar. Que no sea un caminar rutinario, ya lo dice el cantante y poeta, que no por mucho caminar se sabe más de la vida, porque a veces el camino se hace rutinario. Voy simplemente dejando una huella, pero no me voy encontrando con mis hermanos. Esto es lo que vamos buscando también con esa evaluación del plan de pastoral con el fin y la esperanza de que el Señor nos entregue lo que realmente Él quiere que llevemos a cabo en nuestra prelatura, pero no lo vamos hacer solos, sino lo vamos hacer precisamente convocando, llamando a todo aquel hombre y mujer de buena voluntad y que profese, también, nuestra fe, que quiera unirse en este caminar para llevar esta buena nueva a nuestros hermanos.

Que nuestra presencia en esta Basílica, a los pies de Santa María de Guadalupe, sea precisamente con toda humildad, como lo decían en las oraciones de purificación y en el ofrecimiento de la cera. Primeramente para reconocer nuestros pecados y segundo para ponernos en las manos de la Santísima Virgen María, y que Ella como Madre buena que es, ponga también toda nuestra vida y todo nuestro ser en las manos de su Hijo Jesucristo, para que Él nos conceda lo que sabe que nos hace falta y que nosotros lo sepamos aprovechar para bien nuestro y para bien de nuestros hermanos.

Que el Señor bendiga a todos y cada uno de ustedes, hermanos y hermanas, de la Prelatura de Huautla y a todos aquellos que nos hacen favor, hoy, de acompañarnos, de igual manera. Esforcémonos por tener muchos conocimientos, logremos ir cada día haciendo realidad lo que en nuestro corazón ha puesto el Señor esas habilidades, esas capacidades para bien nuestro y de nuestros hermanos. Pero sobretodo también apliquémonos en el conocimiento de la misericordia, porque si algo nos hace falta hoy en día, no son universidades, no son escuelas, porque gracias a Dios las tenemos, pero si nos falta la escuela de la compasión y de la misericordia que sólo en la familia es posible aprender.

Madres y padres de familia enseñen a sus hijos y a sus hijas a ser compasivos y misericordiosos, como lo es el Señor con todos nosotros.     

Sigamos caminando en comunión y participación.

Jesús, manso y humilde de corazón, haced mi corazón semejante al tuyo.

 
 
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