Muy querido señor obispo don Carlos, queridos
hermanos presbíteros, diáconos. Hermanas peregrinas, familiares,
auxiliares, acompañantes en el camino. Todos, un saludo afectuoso.
Hemos pedido en la oración, por intercesión de la Santísima
Virgen María, profundizar en nuestra fe y buscar el progreso de
nuestra patria por caminos de justicia y de paz. Dos intenciones
fundamentales, que no se pueden separar, si nuestra fe es sincera,
es verdadera necesariamente tiene que reflejarse en la vida social
y no podremos encontrar estos caminos de justicia y de paz, sino
es con un corazón nuevo, verdaderamente creyente. Como el corazón
de María, que mereció ese elogio de su prima Isabel: bienaventurada tú porque
has creído.
María es ejemplo de fe sincera, que con un corazón obediente
responde a la Palabra de Dios comprometiendo su vida. Haciendo
de toda su existencia un “sí” al llamado del Señor, que la invitó
para ser la Madre del Salvador. Esa fe de María inmediatamente
se traduce en servicio, como se nos ha recordado Ella es la primera
peregrina, que presurosa va por los montes hasta aquella casa
de su prima Isabel para acompañar, para ayudar en todo lo necesario,
pero ahí mismo María, ante todo, es la Mujer que da testimonio
de su fe en Dios poderoso, en Dios justo, en un Dios fiel y misericordioso.
Escuchando el Magníficat vemos
como se refleja el alma de María, sus sentimientos y su vida totalmente
comprometida al servicio del proyecto de Dios. Ella sabe que no
hay otro Dios, a quien podamos o debamos nosotros someternos,
sino Él que es poderoso; Él que hace cosas grandes; Él que puede
cambiar el rumbo de la historia, pero siempre con la colaboración
de quienes voluntariamente, libremente quieran someterse a su
voluntad y colaborar con la obra de su reino.
María nos habla de un Dios que cumple sus promesas y que manifiesta
su misericordia de generación en generación. México somos herederos
de este tesoro de la fe en Cristo, que a través de la Virgen de
Guadalupe arraigo en los corazones de nuestros antepasados. Pero
hoy nosotros tenemos esta enorme responsabilidad de que las nuevas
generaciones conozcan al único Dios santo y fiel, misericordioso.
Que estas generaciones nuevas puedan encontrar, en la fe cristiana
el motivo para construir un México fraterno. Un México que pueda
dar al mundo ejemplo de vida cristiana, no solamente con las palabras,
sino sobre todo en la práctica de las virtudes.
Estamos preparándonos ya, para celebrar el bicentenario del
inicio de la Independencia, que precisamente se gestó en nuestras
tierras: Michoacán y Guanajuato a través de aquellos hombres llenos
de valor, también con defectos, pero que con la ayuda de Dios
fueron instrumento para consumar esta obra de una patria nueva.
Queridas hermanas, queridos hermanos, la iglesia de Morelia
tiene una vocación y hoy se nos señala, como un lugar de conflictos,
que importante es que en los hogares, en las parroquias, en todos
nuestros pueblos y ciudades podamos reconstruir una sociedad fraterna
y libre basada en la fe, en el Evangelio, no perdamos la confianza.
La Santísima Virgen María nos dice que
contemos con su protección, que estamos bajo su cuidado, pero
si nos pide: que seamos generosos, que colaboramos de una manera
inteligente en esta obra maravillosa de la Evangelización de la
transformación de nuestra patria. El año próximo, también, con
el favor de Dios tendremos nuestra Asamblea Diocesana un nuevo
plan de pastoral, pues, pensemos como todavía estamos en esta
gran tarea de hacer que la familia sea un lugar de fe; un lugar
en donde los hijos, los padres, los hermanos, aprendamos a practicar
las virtudes comenzando por el respecto, por el servicio, por
el amor a la vida en la caridad.
La Santísima Virgen nos invita, también,
a compartir la alegría, a no perder en el corazón esa paz interior
que nos da la confianza en Dios y que solamente brota de la fidelidad
a una misión que el Señor nos encomienda.
Estamos, también, en el Año Sacerdotal, ustedes han recibido
la palabra, el testimonio y el servicio de nuestros hermanos presbíteros,
que con sacrificios, también, acompañan esta peregrinación. Pidamos
por nuestros sacerdotes para que sean ellos, seamos cada uno de
nosotros hombre de fe, hombres justos, hombres de virtud, que
ha ejemplo del santo cura de Ars podamos transformar nuestros
pueblos con nuestra oración, con nuestro ministerio de fe y de
caridad.
Hemos llegado a este lugar con angustias, con preocupaciones,
pero también con grandes esperanzas, con nuevos propósitos. Volvamos
a nuestra tierra, a nuestras casas, a nuestras parroquias con
la bendición del Señor con esta consigna, que la Santísima Virgen
María de Guadalupe nos da a nosotros igual que ha Juan Diego.
Ella quiere que le construyamos una casa en donde se pueda mostrar
su ternura y su misericordia.
Seamos nosotros, todos, reflejo de esta disposición, de este
espíritu de la Santísima Virgen en el trabajo de cada día. Pongamos
en el altar todas nuestras intenciones y necesidades.