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Homilía
pronunciada por
Mons. Alberto Suárez Inda, Arzobispo de la Arquidiócesis de Morelia, en ocasión de la Peregrinación Femenil de la Arquidiócesis de Morelia, a la Basílica de Guadalupe.

11 de agosto de 2009

Muy querido señor obispo don Carlos, queridos hermanos presbíteros, diáconos. Hermanas peregrinas, familiares, auxiliares, acompañantes en el camino. Todos, un saludo afectuoso.

Hemos pedido en la oración, por intercesión de la Santísima Virgen María, profundizar en nuestra fe y buscar el progreso de nuestra patria por caminos de justicia y de paz. Dos intenciones fundamentales, que no se pueden separar, si nuestra fe es sincera, es verdadera necesariamente tiene que reflejarse en la vida social y no podremos encontrar estos caminos de justicia y de paz, sino es con un corazón nuevo, verdaderamente creyente. Como el corazón de María, que mereció ese elogio de su prima Isabel: bienaventurada tú porque has creído.

María es ejemplo de fe sincera, que con un corazón obediente responde a la Palabra de Dios comprometiendo su vida. Haciendo de toda su existencia un “sí” al llamado del Señor, que la invitó para ser la Madre del Salvador. Esa fe de María inmediatamente se traduce en servicio, como se nos ha recordado Ella es la primera peregrina, que presurosa va por los montes hasta aquella casa de su prima Isabel para acompañar, para ayudar en todo lo necesario, pero ahí mismo María, ante todo, es la Mujer que da testimonio de su fe en Dios poderoso, en Dios justo, en un Dios fiel y misericordioso.

Escuchando el Magníficat vemos como se refleja el alma de María, sus sentimientos y su vida totalmente comprometida al servicio del proyecto de Dios. Ella sabe que no hay otro Dios, a quien podamos o debamos nosotros someternos, sino Él que es poderoso; Él que hace cosas grandes; Él que puede cambiar el rumbo de la historia, pero siempre con la colaboración de quienes voluntariamente, libremente quieran someterse a su voluntad y colaborar con la obra de su reino.

María nos habla de un Dios que cumple sus promesas y que manifiesta su misericordia de generación en generación. México somos herederos de este tesoro de la fe en Cristo, que a través de la Virgen de Guadalupe arraigo en los corazones de nuestros antepasados. Pero hoy nosotros tenemos esta enorme responsabilidad de que las nuevas generaciones conozcan al único Dios santo y fiel, misericordioso. Que estas generaciones nuevas puedan encontrar, en la fe cristiana el motivo para construir un México fraterno. Un México que pueda dar al mundo ejemplo de vida cristiana, no solamente con las palabras, sino sobre todo en la práctica de las virtudes.

Estamos preparándonos ya, para celebrar el bicentenario del inicio de la Independencia, que precisamente se gestó en nuestras tierras: Michoacán y Guanajuato a través de aquellos hombres llenos de valor, también con defectos, pero que con la ayuda de Dios fueron instrumento para consumar esta obra de una patria nueva.

Queridas hermanas, queridos hermanos, la iglesia de Morelia tiene una vocación y hoy se nos señala, como un lugar de conflictos, que importante es que en los hogares, en las parroquias, en todos nuestros pueblos y ciudades podamos reconstruir una sociedad fraterna y libre basada en la fe, en el Evangelio, no perdamos la confianza.

La Santísima Virgen María nos dice que contemos con su protección, que estamos bajo su cuidado, pero si nos pide: que seamos generosos, que colaboramos de una manera inteligente en esta obra maravillosa de la Evangelización de la transformación de nuestra patria. El año próximo, también, con el favor de Dios tendremos nuestra Asamblea Diocesana un nuevo plan de pastoral, pues, pensemos como todavía estamos en esta gran tarea de hacer que la familia sea un lugar de fe; un lugar en donde los hijos, los padres, los hermanos, aprendamos a practicar las virtudes comenzando por el respecto, por el servicio, por el amor a la vida en la caridad.

La Santísima Virgen nos invita, también, a compartir la alegría, a no perder en el corazón esa paz interior que nos da la confianza en Dios y que solamente brota de la fidelidad a una misión que el Señor nos encomienda.

Estamos, también, en el Año Sacerdotal, ustedes han recibido la palabra, el testimonio y el servicio de nuestros hermanos presbíteros, que con sacrificios, también, acompañan esta peregrinación. Pidamos por nuestros sacerdotes para que sean ellos, seamos cada uno de nosotros hombre de fe, hombres justos, hombres de virtud, que ha ejemplo del santo cura de Ars podamos transformar nuestros pueblos con nuestra oración, con nuestro ministerio de fe y de caridad.

Hemos llegado a este lugar con angustias, con preocupaciones, pero también con grandes esperanzas, con nuevos propósitos. Volvamos a nuestra tierra, a nuestras casas, a nuestras parroquias con la bendición del Señor con esta consigna, que la Santísima Virgen María de Guadalupe nos da a nosotros igual que ha Juan Diego. Ella quiere que le construyamos una casa en donde se pueda mostrar su ternura y su misericordia.

Seamos nosotros, todos, reflejo de esta disposición, de este espíritu de la Santísima Virgen en el trabajo de cada día. Pongamos en el altar todas nuestras intenciones y necesidades.
 
 
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