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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Maximino Martínez Miranda, Obispo de la Diócesis de Ciudad Altamirano, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

23 de septiembre de 2009

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en ese amor inmenso que nos tiene, nos ha enviado a su Hijo, para hacernos en Él hijos suyos!

Saludo muy afectuosamente a los sacerdotes, que con mucho entusiasmo han venido este día, para tener este encuentro con Jesucristo a través de la Santísima Virgen, que es nuestra Madre. Bajo esta advocación de nuestra Señora de Guadalupe. Saludo, también, a todos los seminaristas, a las todas las religiosas, a todo este pueblo de Dios, a mi familia, a todos los que han venido en este día de diferentes lugares a esta casita del Tepeyac, para saludar a la Madre Santísima de nuestro Señor Jesucristo y Madre nuestra, como decía, ya el canónigo Monseñor Adolfo, pues, efectivamente muchas son las ocasiones en que se ha dicho, pues, hay muchos que se han ido desviando de la Iglesia de Jesús, pero siguen siendo guadalupanos, como que la esencia del mexicano es ser guadalupano. Con razón, cuando ha visitado el Papa a nuestra Nación quiso que la Santísima Virgen de Guadalupe sea la Patrona, Emperatriz de América, que sea el 12 de diciembre la fiesta de América, de esta continente.

A penas hace 10 años, pues, quiso él nombrarla Emperatriz de América, Patrona de este continente. Ya casi 478 años, de 1531 a la fecha, hemos tenido ese crecimiento siempre cerquita de nuestras Madre Santísima, la Santísima Virgen bajo esta advocación de Guadalupe. Ciertamente Ella es la peregrina, que desde el momento en que fue elegida, como la Madre de Dios va hacia las montañas de Judea, para saludar a su prima santa Isabel y comunicarle a Jesús, que lleva en sus entrañas. No solamente a ella, sino también al que será su precursor Juan el Bautista, que hasta brinca de gusto en el vientre de Isabel y que eso hace que Isabel pueda exclamar: “bendita Tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre, ¿quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a verme? mira que apenas tu saludo llegó a mis oídos el niño saltó de gusto, dichosa Tú que has creído”.

¡Qué grande es la fe! ¡qué importante es poner en práctica la fe, vivir lo que creemos, poner en práctica la Palabra de Dios que escuchamos! “Dichosa Tú que has creído, porque se cumplirá, cuanto te fue anunciado de parte del Señor”. Ese es el saludo de un familiar, su prima, que reconoce en Ella la presencia del Dios y Jesús, que camina y va en Ella.

La respuesta de la Madre es lo que ya se había anunciado en la primera lectura, que hemos escuchado, la sencillez, la Madre del amor, del temor y de la santa esperanza de aquella que espera ser la portadora de Jesús, que espera también cumplir con una misión que Dios le ha concedido: ser el sagrario de Jesús y también la que nos lo traiga a esta mundo. Vemos por eso que comienza a glorificar a Dios: “mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi Salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”. Lo que es la otra virtud, que corona la Santidad del ser humano: la humildad, la sencillez.

El Señor ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava, vocación que todo cristiano tiene: servir, servir a Dios y servir a la humanidad, amar a Dios y en Él amar a todos los que son nuestro prójimo. De esta manera el Señor nos va mostrando el camino a seguir aquella peregrina, que fue presura hasta las montañas de Judea. Ha venido presurosa, también, a esta nuestra tierra, a este Cerrito del Tepeyac para saludar cariñosamente a aquel hombre sencillo Juan Diego, el más pequeño de mis hijos a ti te he elegido para que vayas y seas mi mensajero, seas el portador de este mensaje que has de llevar al obispo. Quiero que se me construya en este lugar un templo, una casita, para que en esta casita, pueda yo escuchar a todos los moradores de esta tierra, escuchar sus súplicas, sus angustias y en este mismo lugar mostrarles todo mi amor. Esa es la Madre del amor, esa es la Madre que efectivamente sus palabras llegan al corazón más dulces que un panal de miel, como decía la primera lectura: esa es la Madre que nos va mostrando el camino a seguir y que en un tiempo difícil de lucha, de esfuerzo, para vencer el mal de violencia que hay en nuestra tierra Ella viene a protegernos.

Algo similar a lo que vivimos en nuestra Tierra Caliente: tiempo de violencia, tiempo de angustia, tiempo de hambre, también, hambre de amor, hambre de Dios. Que importante por eso es saciar esa hambre con el mismo Jesús.  Aquellos que lo coman tendrán hambre Él, aquellos que lo beban se quedarán con sed. Pues, a ello nos invita a vivir más en la comunión.

Qué importante es que este año, este Año Sacerdotal podamos, como sacerdotes hacer presente a Jesús como pan de vida, como bebida celestial. Qué importante es este Año Sacerdotal, también, en este día como diócesis nos consagremos a la Santísima Virgen, nuestra Madre Santísima de Guadalupe, que ha venido a salvarnos, que aunque somos pocos los sacerdotes que asistimos, somos a penas ni la tercera parte de nuestra diócesis. Pidamos ahora por los que no vinieron, porque somos una sola familia. Hay muchas causas que a veces se presentan, como obstáculos para no llegar hasta esta Madre del amor. A veces el tiempo, ahora el cambio de tiempo desde el 13 de mayo al 23 de septiembre. Muchas causas, muchos obstáculos se presentan, pero eso siempre nos lo estará presentando el mal para que no lleguemos a Dios.

Pero, hoy que estamos aquí con la Santísima Virgen, que es la Madre del amor y que también nos presenta este mensaje, pues, le pedimos que interceda por nosotros para que esas palabras de amor, esas palabras dulces, más que un panal de miel, pues, podamos saborearlas y podamos compartir ese mensaje de amor a nuestros semejantes y a nuestra diócesis, en nuestra familia, en todos los lugares que vamos llegando. Ya que seguramente habrán muchas personas de varias diócesis, de diferentes lugares, que vienen por diferentes motivos, pero que vienen con grande fe, con grande esperanza a decirle a la Santísima Virgen: Dios te salve María y a decirle: Santa María Madre de Dios, mira que nosotros somos pecadores, por eso ruega por nosotros los pecadores y no nos dejes caer en la tentación. Ilumínanos para que podamos escuchar la voz de ese Hijo que sigues trayendo a cada uno de nosotros, que has traído a nuestra nación y que lo llevas también en Ti como sagrario, para desde este lugar y desde tu  propia persona podamos nosotros descubrirlo y podamos seguir su camino. Pues, Él nos dice: soy el camino, la verdad y la vida.

Pedimos a nuestro Señor Jesucristo nos alimente con su Cuerpo y con su Sangre para poder cumplir la misión que el Señor nos ha confiado, como sacerdotes en este Año Sacerdotal, como seminaristas que se preparan para vivir esta vocación que el Señor les ha concedido. Como religiosas que en sus diferentes carismas, según su vocación, el Señor les llama a servir, como padres de familia, que el Señor quiere que así como la Santísima Virgen va anunciado este mensaje. Que así también ustedes en su casa, en su familia sus palabras sean más dulces porque, pues, hay muchas palabras de violencia, de problemas, que ahora se vea la dulzura de esas palabras de aquella que es nuestra Madre, que nos habla con unas palabras tan dulces que son más, que el panal de miel.

Que todos los jóvenes, niños, adolescentes puedan también descubrir a una Madre, a la Madre del cielo, que intercede por nosotros y que con mucho amor ha querido, que se le edifique esta casita, verdad, y que su imagen sea reflejo, sí, de la creación. Por eso lleva el Sol, la Luna, las estrellas, pero también al mismo tiempo. Esa imagen sea reflejo del amor porque están pintadas con rosas y las flores es signo del amor.

Que Ella nos siga protegiendo para que podamos hacer siempre la voluntad de Dios y con esta actitud, pues, seguimos nuestra celebración.

Oremos.

 
 
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