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Homilía
pronunciada por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de la Diócesis de Texcoco en la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

17 de noviembre de 2009

“También él es hijo de Abraham”.

Queridos hermanos si en algún lugar sabe preciosa, sabe deliciosa la palabra del Señor, es en la casa del Tepeyac. Si hay un lugar donde resplandece la hermosura y la profundidad, de esta palabra es desde la mirada tierna, siempre entrañable de la santísima Virgen María.

A Ella están consagradas nuestras diócesis de Teotihuacán y Texcoco y hoy queremos que sea el espíritu de María el que nos explique, el que nos regale la profundidad, la necesidad que tenemos de esta palabra santa, de esta palabra que no engaña, de esta palabra que no confunde, de esta palabra que nos llena de luz.

Hermanos tratemos de recoger el mensaje de la primera lectura del texto de los macabeos. Se trata de Eleazar, un anciano que ha ido de los principales maestros de la Ley. Se vino una etapa muy dura para Israel, el paganismo invadió al pueblo entero y las malas costumbres empezaron a filtrarse por todas partes, el templo quedó profanado. Lo más sagrado de Israel parecía derrumbarse.

Sin embargo, aparece esta figura emblemática, inolvidable para el pueblo de Dios; Eleazar, ya anciano nos regaló una perla preciosa en la enseñanza, en la formación correcta del pueblo de Dios. Lo querían hacer comer carne de puerco, que en los preceptos de la Ley Levítica no se permitía al pueblo de Dios, y no se le permitía porque había costado mucho sacar a Israel de la insalubridad.

Israel vivía muy mal, tenía muy malas costumbres para vestir, para comer, para relacionarse, para hablar. Las malas costumbres hacían mucho daño a la convivencia del pueblo. A Moisés le costó bastante irlos rescatando para que aprendieran a comer bien, para que aprendieran a hablar correctamente, para que tuvieran relaciones humanas constructivas, no relaciones que les hicieran mucho daño, como cuando le quitas la mujer a tu prójimo, cuando abandonas a tus padres, cuando cometes el aborto o rechazas a los niños y los abandonas; fue dar salud al pueblo lo que Moisés, por inspiración de Dios, le asignó el Señor.

Claro hermanos que ahora podríamos decir ¡pero este precepto era como muy secundario! Bueno, desde este momento yo quisiera decirles ¡qué bueno que este hombre manifestó una estatura extraordinaria gracias a un precepto menor! Que se le pedía infringiera comiendo esa carne de puerco; él no quiso.

Sí, era un precepto insignificante, si ustedes quieren, pero aquí se nos va adelantando a la enseñanza de Cristo. Y ojalá nosotros, hoy, recojamos esto con mucho respeto: el que es fiel en lo poco, será fiel en lo mucho.
El camino de la fe, el camino de la educación, el camino de la sabiduría, el camino de la sensatez comienza, arranca desde cosas muy pequeñitas. Nuestro Señor Jesucristo en eso fue un gran maestro y dedicó tiempo al granito de mostaza, al grano de trigo, a un campo pequeñito, a un puñito de levadura; las catequesis de los niños, las catequesis sobre la familia en uno de los pueblos más pequeñitos, esa enseñanza nos la dio Cristo desde Jerusalén. La enseñanza de nuestro Señor acerca de un vasito de agua, es de las inversiones más fabulosas que se pueden hacer en la historia, dar un vasito de agua en el nombre de Cristo, en el nombre de Dios. Al sediento.

Cubrir al desnudo, visitar al enfermo, atender al que está en la cárcel, poner cuidado en el peregrino. Jesucristo es una revolución inmensa para que el hombre se construyera, se enriqueciera desde lo pequeñito. Eso quiere decir que todos estamos llamados al camino de la grandeza, al camino del amor. Como dice al final nuestro texto sagrado, “ejemplo memorable, virtud, heroísmo” se consiguió en base a pequeñas conductas, a decisiones modestas.

Hoy queridos hermanos nos están sobresaturando las malas costumbres, estamos perdiendo la capacidad, la belleza de la palabra, estanos perdiendo la hermosura de la educación. Nos hemos envuelto en un sistema agresivo de convivencia humana, fácilmente perdemos la paz, fácilmente perdemos las referencias, en un momento nos sentimos atropellados y atropellamos a otros. Como que a veces en la patria se siente esa efervescencia, esa sangre que hierve pero en una forma absurda, irreflexiva y fatal. De todo hacemos problemas, de todo gritamos y no tenemos ya esa capacidad de ir superando el mal, desde lo pequeñito, desde lo insignificante, desde lo modesto.

La vida del pueblo de Dios es muy hermosa porque se va haciendo desde lo pequeño. El ejemplo sublime es el de aquel pequeñito que nació en Belén, de aquel ajusticiado en una cruz, de aquel que en lo escondido acarició a los pobres, a los que sufrían, Jesucristo, nuestro Señor, el pequeño por excelencia.

Nosotros, pues, queridos hermanos venimos a la casa de Nuestra Señora a decirle: “Queremos seguir siendo dignos, queremos seguir teniendo honor, buscamos la sabiduría, no queremos perder la capacidad de amar, la capacidad de la paz, de la convivencia, no queremos perder las virtudes, no queremos perder lo sublime, nuestra vocación como Pueblo Santo de Dios.

Queremos seguir teniendo respeto, queremos seguir teniendo capacidad para sufrir; el día de ayer, cómo impactó a mí, yo se los comparto cuando el autor de la carta a los hebreos, decía: Jesucristo con la ofrenda de su sangre, con su sacrificio, llevó a la perfección a sus hermanos. A los demás se les ayuda, se les engrandece, se les perfecciona más con la ofrenda humilde, gozosa, silenciosa de la vida que con mil discursos, que con mil regaños, que con mil actitudes prepotentes.

Madre Santísima, danos tu pequeñez; Madre Bendita, enséñanos a ser como tú. Ayúdanos a confiar en que lo pequeño es de Dios, que lo humilde, lo noble, lo digno nadie lo podrá destruir porque es de Dios. Él también es hijo de Abraham.

Nuestro Señor llegó a Jericó, Jericó era la ciudad espléndida de la antigüedad, el emperador Marco Antonio se la había regalado a Cleopatra como una joya, le regaló la ciudad más hermosa de los pueblos de arabia, y así les dijo. Jericó era una ciudad muy hermosa, la ciudad del bálsamo, la ciudad de las palmeras, la ciudad de las flores, la ciudad de los aromas delicados. Pero había mucha gente que no disfrutaba la hermosura de esa ciudad. Pensemos en este hombre, que a pesar de ser rico, pensemos en el ciego que también estaba eliminado de la belleza de esa ciudad. Yo creo era profético, la belleza de esa ciudad llegaría cuando llegara el Mesías, y por eso ahí suceden muchas cosas hermosas cuando llega Cristo, el ciego le grita “hijo de David”, que es de los títulos más hermosos que se podían dar a un judío, hijo del rey más grande, más importante, el rey más bueno, y Jesús contesta: “Este es hijo de Abraham”.

Bueno, de una vez les comento, ¡qué hermosa expresión de Cristo!, también él es hijo de Abraham. Bien sabemos que en el vocabulario de Cristo, decir, “hijo de Abraham”, significa “hijo del cielo”. Este hombre ahora es hijo del cielo por su fe, por su encuentro con el Mesías resplandece como un hijo del cielo.

Hermanos, si siguiéramos la dinámica de este evangelio, nosotros seguiríamos disfrutando la Palabra de Dios. Ante nuestro Señor se acercó mucha gente, unos llegaron corriendo, piensen ustedes en los pastores; otros llegaron con muchos sacrificios pero con mucha fortaleza como los magos, unos llegaron presurosos, unos llegaron brincando, otros de rodillas, otros arrastrándose por el suelo, unos se pusieron al lado de Cristo, otros enfrente, otros atrás. Hoy el evangelio nos dice que Zaqueo, primero anduvo como zigzagueando, serpenteando, estirándose, corriendo, trepándose sobre un sicomoro, y a todo esto Jesús corresponde con un gesto impredecible; yo lo quisiera llamar infinitamente sublime. Jesús levantó los ojos para ver a Zaqueo, quién se lo iba a imaginar que Dios levantaría sus ojos hacía el hombre, y qué clase de hombre pecador, despreciable, que no tendría tal vez una buena apariencia humana.

Ese remate hermoso del evangelio queridos hermanos, yo quisiera que ustedes lo recogieran, déjenme hablar así porque yo no me siento digno de ello. Los pequeños, los que se acercan a Cristo, los que se acercan a la Santísima Virgen, con mucho sacrificio, con mucho entusiasmo, con mucho amor. Llega un momento en que queda en las alturas y Cristo mismo levanta sus ojos, porque los descubre en la grandeza en las alturas de Dios.

Hoy venimos nosotros mis queridos hermanos, por qué no decirlo, a buscar esas alturas, porque el mundo nos está haciendo muy vulgares, muy corrientes, el mundo nos está enlodando, el mundo nos quiere meter en un pantano. Hoy, muchas realidades de la cultura de la muerte nos quieren hundir, nos quieren sepultar, quieren sepultar nuestros valores, nuestra esperanza, nuestras capacidades, nuestras ilusiones.

Venid a los pies de la Santísima Virgen y postrarnos ante ella, es postrarnos ante Cristo. Yo estoy seguro que muchos de ustedes han venido aquí como Zaqueo, con resistencias, encontraron muchas resistencias, encontraron obstáculo, quiero incluso pensar, por ejemplo, en que no tenía dinerito para el camión, tal vez decían ¿y qué voy a comer?, muchas otras cosas, alguien que los criticó, alguien que se burló de ustedes, alguien que les dijo: “eso no sirve, eso ya pasó de moda”, y ustedes como Zaqueo, zigzaguearon, le buscaron, hasta encontrar a Cristo, hasta llegar con la Santísima Virgen.

Hermanos muy queridos, así con este maestro de vida espiritual como es Zaqueo, sigamos acercándonos a Dios, que no nos venzan los obstáculos, que nadie nos impida ver a Cristo, que nadie nos impida recibir la mirada, la Palabra, la gentileza, la bendición de Jesucristo nuestro Señor.

Zaqueo, rápido, pronto se subió al árbol, cuando pudo salvarse de la multitud que le impedía ver a Jesús, y Cristo corresponde con la misma palabra: “Bájate pronto”.

Hermanos, las cosas así se hacen, así se buscan y así se consiguen. Que la Santísima Virgen nos llene otra vez el corazón de estos sentimientos, de estas actitudes, para que un día nosotros seamos elevados por la misericordia de Dios que nos ayudó a sobreponernos a tantos obstáculos para la fe, para el amor, para la integración en la Iglesia católica, para la pertenencia a nuestras parroquias, a nuestras diócesis. Hagámosle como Zaqueo, tenemos que serpentear, estirarnos, treparnos, ser muy creativos, para que la Luz de Cristo nos haga resplandecer.

Así sea.

 
 
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