Queridos hermanos si en algún lugar sabe
preciosa, sabe deliciosa la palabra del Señor, es en la casa
del Tepeyac. Si hay un lugar donde resplandece la hermosura y la
profundidad, de esta palabra es desde la mirada tierna, siempre
entrañable de la santísima Virgen María.
A Ella están consagradas nuestras diócesis
de Teotihuacán y Texcoco y hoy queremos que sea el espíritu
de María el que nos explique, el que nos regale la profundidad,
la necesidad que tenemos de esta palabra santa, de esta palabra
que no engaña, de esta palabra que no confunde, de esta palabra
que nos llena de luz.
Hermanos tratemos de recoger el mensaje de la primera
lectura del texto de los macabeos. Se trata de Eleazar, un anciano
que ha ido de los principales maestros de la Ley. Se vino una etapa
muy dura para Israel, el paganismo invadió al pueblo entero
y las malas costumbres empezaron a filtrarse por todas partes, el
templo quedó profanado. Lo más sagrado de Israel parecía
derrumbarse.
Sin embargo, aparece esta figura emblemática,
inolvidable para el pueblo de Dios; Eleazar, ya anciano nos regaló
una perla preciosa en la enseñanza, en la formación
correcta del pueblo de Dios. Lo querían hacer comer carne
de puerco, que en los preceptos de la Ley Levítica no se
permitía al pueblo de Dios, y no se le permitía porque
había costado mucho sacar a Israel de la insalubridad.
Israel vivía muy mal, tenía muy malas
costumbres para vestir, para comer, para relacionarse, para hablar.
Las malas costumbres hacían mucho daño a la convivencia
del pueblo. A Moisés le costó bastante irlos rescatando
para que aprendieran a comer bien, para que aprendieran a hablar
correctamente, para que tuvieran relaciones humanas constructivas,
no relaciones que les hicieran mucho daño, como cuando le
quitas la mujer a tu prójimo, cuando abandonas a tus padres,
cuando cometes el aborto o rechazas a los niños y los abandonas;
fue dar salud al pueblo lo que Moisés, por inspiración
de Dios, le asignó el Señor.
Claro hermanos que ahora podríamos decir
¡pero este precepto era como muy secundario! Bueno, desde
este momento yo quisiera decirles ¡qué bueno que este
hombre manifestó una estatura extraordinaria gracias a un
precepto menor! Que se le pedía infringiera comiendo esa
carne de puerco; él no quiso.
Sí, era un precepto insignificante, si ustedes
quieren, pero aquí se nos va adelantando a la enseñanza
de Cristo. Y ojalá nosotros, hoy, recojamos esto con mucho
respeto: el que es fiel en lo poco, será fiel en lo mucho.
El camino de la fe, el camino de la educación, el camino
de la sabiduría, el camino de la sensatez comienza, arranca
desde cosas muy pequeñitas. Nuestro Señor Jesucristo
en eso fue un gran maestro y dedicó tiempo al granito de
mostaza, al grano de trigo, a un campo pequeñito, a un puñito
de levadura; las catequesis de los niños, las catequesis
sobre la familia en uno de los pueblos más pequeñitos,
esa enseñanza nos la dio Cristo desde Jerusalén. La
enseñanza de nuestro Señor acerca de un vasito de
agua, es de las inversiones más fabulosas que se pueden hacer
en la historia, dar un vasito de agua en el nombre de Cristo, en
el nombre de Dios. Al sediento.
Cubrir al desnudo, visitar al enfermo, atender
al que está en la cárcel, poner cuidado en el peregrino.
Jesucristo es una revolución inmensa para que el hombre se
construyera, se enriqueciera desde lo pequeñito. Eso quiere
decir que todos estamos llamados al camino de la grandeza, al camino
del amor. Como dice al final nuestro texto sagrado, “ejemplo
memorable, virtud, heroísmo” se consiguió en
base a pequeñas conductas, a decisiones modestas.
Hoy queridos hermanos nos están sobresaturando
las malas costumbres, estamos perdiendo la capacidad, la belleza
de la palabra, estanos perdiendo la hermosura de la educación.
Nos hemos envuelto en un sistema agresivo de convivencia humana,
fácilmente perdemos la paz, fácilmente perdemos las
referencias, en un momento nos sentimos atropellados y atropellamos
a otros. Como que a veces en la patria se siente esa efervescencia,
esa sangre que hierve pero en una forma absurda, irreflexiva y fatal.
De todo hacemos problemas, de todo gritamos y no tenemos ya esa
capacidad de ir superando el mal, desde lo pequeñito, desde
lo insignificante, desde lo modesto.
La vida del pueblo de Dios es muy hermosa porque
se va haciendo desde lo pequeño. El ejemplo sublime es el
de aquel pequeñito que nació en Belén, de aquel
ajusticiado en una cruz, de aquel que en lo escondido acarició
a los pobres, a los que sufrían, Jesucristo, nuestro Señor,
el pequeño por excelencia.
Nosotros, pues, queridos hermanos venimos a la
casa de Nuestra Señora a decirle: “Queremos seguir
siendo dignos, queremos seguir teniendo honor, buscamos la sabiduría,
no queremos perder la capacidad de amar, la capacidad de la paz,
de la convivencia, no queremos perder las virtudes, no queremos
perder lo sublime, nuestra vocación como Pueblo Santo de
Dios.
Queremos seguir teniendo respeto, queremos seguir
teniendo capacidad para sufrir; el día de ayer, cómo
impactó a mí, yo se los comparto cuando el autor de
la carta a los hebreos, decía: Jesucristo con la ofrenda
de su sangre, con su sacrificio, llevó a la perfección
a sus hermanos. A los demás se les ayuda, se les engrandece,
se les perfecciona más con la ofrenda humilde, gozosa, silenciosa
de la vida que con mil discursos, que con mil regaños, que
con mil actitudes prepotentes.
Madre Santísima, danos tu pequeñez;
Madre Bendita, enséñanos a ser como tú. Ayúdanos
a confiar en que lo pequeño es de Dios, que lo humilde, lo
noble, lo digno nadie lo podrá destruir porque es de Dios.
Él también es hijo de Abraham.
Nuestro Señor llegó a Jericó,
Jericó era la ciudad espléndida de la antigüedad,
el emperador Marco Antonio se la había regalado a Cleopatra
como una joya, le regaló la ciudad más hermosa de
los pueblos de arabia, y así les dijo. Jericó era
una ciudad muy hermosa, la ciudad del bálsamo, la ciudad
de las palmeras, la ciudad de las flores, la ciudad de los aromas
delicados. Pero había mucha gente que no disfrutaba la hermosura
de esa ciudad. Pensemos en este hombre, que a pesar de ser rico,
pensemos en el ciego que también estaba eliminado de la belleza
de esa ciudad. Yo creo era profético, la belleza de esa ciudad
llegaría cuando llegara el Mesías, y por eso ahí
suceden muchas cosas hermosas cuando llega Cristo, el ciego le grita
“hijo de David”, que es de los títulos más
hermosos que se podían dar a un judío, hijo del rey
más grande, más importante, el rey más bueno,
y Jesús contesta: “Este es hijo de Abraham”.
Bueno, de una vez les comento, ¡qué
hermosa expresión de Cristo!, también él es
hijo de Abraham. Bien sabemos que en el vocabulario de Cristo, decir,
“hijo de Abraham”, significa “hijo del cielo”.
Este hombre ahora es hijo del cielo por su fe, por su encuentro
con el Mesías resplandece como un hijo del cielo.
Hermanos, si siguiéramos la dinámica
de este evangelio, nosotros seguiríamos disfrutando la Palabra
de Dios. Ante nuestro Señor se acercó mucha gente,
unos llegaron corriendo, piensen ustedes en los pastores; otros
llegaron con muchos sacrificios pero con mucha fortaleza como los
magos, unos llegaron presurosos, unos llegaron brincando, otros
de rodillas, otros arrastrándose por el suelo, unos se pusieron
al lado de Cristo, otros enfrente, otros atrás. Hoy el evangelio
nos dice que Zaqueo, primero anduvo como zigzagueando, serpenteando,
estirándose, corriendo, trepándose sobre un sicomoro,
y a todo esto Jesús corresponde con un gesto impredecible;
yo lo quisiera llamar infinitamente sublime. Jesús levantó
los ojos para ver a Zaqueo, quién se lo iba a imaginar que
Dios levantaría sus ojos hacía el hombre, y qué
clase de hombre pecador, despreciable, que no tendría tal
vez una buena apariencia humana.
Ese remate hermoso del evangelio queridos hermanos,
yo quisiera que ustedes lo recogieran, déjenme hablar así
porque yo no me siento digno de ello. Los pequeños, los que
se acercan a Cristo, los que se acercan a la Santísima Virgen,
con mucho sacrificio, con mucho entusiasmo, con mucho amor. Llega
un momento en que queda en las alturas y Cristo mismo levanta sus
ojos, porque los descubre en la grandeza en las alturas de Dios.
Hoy venimos nosotros mis queridos hermanos, por
qué no decirlo, a buscar esas alturas, porque el mundo nos
está haciendo muy vulgares, muy corrientes, el mundo nos
está enlodando, el mundo nos quiere meter en un pantano.
Hoy, muchas realidades de la cultura de la muerte nos quieren hundir,
nos quieren sepultar, quieren sepultar nuestros valores, nuestra
esperanza, nuestras capacidades, nuestras ilusiones.
Venid a los pies de la Santísima Virgen
y postrarnos ante ella, es postrarnos ante Cristo. Yo estoy seguro
que muchos de ustedes han venido aquí como Zaqueo, con resistencias,
encontraron muchas resistencias, encontraron obstáculo, quiero
incluso pensar, por ejemplo, en que no tenía dinerito para
el camión, tal vez decían ¿y qué voy
a comer?, muchas otras cosas, alguien que los criticó, alguien
que se burló de ustedes, alguien que les dijo: “eso
no sirve, eso ya pasó de moda”, y ustedes como Zaqueo,
zigzaguearon, le buscaron, hasta encontrar a Cristo, hasta llegar
con la Santísima Virgen.
Hermanos muy queridos, así con este maestro
de vida espiritual como es Zaqueo, sigamos acercándonos a
Dios, que no nos venzan los obstáculos, que nadie nos impida
ver a Cristo, que nadie nos impida recibir la mirada, la Palabra,
la gentileza, la bendición de Jesucristo nuestro Señor.
Zaqueo, rápido, pronto se subió al
árbol, cuando pudo salvarse de la multitud que le impedía
ver a Jesús, y Cristo corresponde con la misma palabra: “Bájate
pronto”.