6 de abril de 2010
Saludo al Excelentísimo Señor Obispo de la Diócesis
de Ciudad Guzmán, Don Braulio Rafael León Villegas, a sus sacerdotes
y el pueblo que lo acompaña y que ha venido a ofrecerle a nuestra
Madre, la Virgen María, todo el amor de la diócesis. También, saludo
a los demás fieles de otras diócesis que están aquí presentes participando
de esta celebración. Y finalmente saludo a todos los sacerdotes de
la Diócesis de Autlán, que nos acompañan con una porción de fieles
que representan a nuestros demás hermanos y que venimos a ponemos
a las plantas de nuestra Patrona, nuestra Señora de Guadalupe.
En esta Octava de Pascua, que litúrgicamente
es como un día solemne que se prolonga toda una semana, por el enorme
gozo de que Cristo ha vencido a la muerte para darnos vida inmortal,
llenos de júbilo celebramos la Eucaristía, de nuevo aquí, las Diócesis
de Ciudad Guzmán y de Autlán, a los pies de nuestra Madre, la Virgen
Santa María de Guadalupe, patrona de los mexicanos.
Hoy es un día muy importante para nosotros,
porque la Madre del Señor nos reúne como hijos, aquí en su casa, donde
está su trono y como Reina y Patrona de nuestro pueblo, nos favorece
con su intercesión, pero no sólo ruega por nosotros sus hijos, sino
que nos enseña a vivir como discípulos de su Hijo Jesucristo.
Porque a decir verdad, Ella es modelo de seguimiento
para todos nosotros y nos ayuda a ponernos en el lugar en que nos
corresponde del estado propio de la vida que llevamos, para responder
con generosidad y alegría en nuestras obligaciones. La siempre Virgen
María nos ayuda a ubicamos en nuestro papel de discípulos, para que
podamos responder con prontitud al seguimiento de su Hijo Jesucristo,
viviendo nuestras responsabilidades con sinceridad al llamamiento:
así la Virgen María que nos dice a nosotros los sirvientes: "Hagan
lo que Él les diga", por eso nos pide que seamos mejores
esposos, mejores papás bien responsables de nuestras obligaciones,
más trabajadores santificando el mundo con una vida sana y sin vicios,
difundiendo el amor a Dios con un trato amable y justo a los hermanos.
La Virgen nos enseña a escuchar con sinceridad
la voz del Señor, para que estemos atentos a su Palabra, y quedemos
animados por Dios. Así como cuando fueron la Virgen María y San José
a presentar al niño Jesús al Templo, y estuvo atenta a las palabras
de aquél anciano, que por la misma inspiración divina, habló Simeón
para indicarle el sentido más profundo de la vida de aquel pequeño,
y la parte que Ella tendría en eso, así nosotros al venir a su templo
estamos atentos ante la Palabra.
Y a propósito, la Palabra de Dios que hemos
escuchado hoy, es un fuerte llamado para cultivar las actitudes esenciales
del discípulo y misionero: en este texto de san Juan encontramos la
triple dimensión de los relatos de aparición: la iniciativa, el
reconocimiento y la misión. A Magdalena, que busca un muerto,
Jesús se le manifiesta vivo... Pero el reconocimiento del Resucitado
no se produce en el puro encuentro sensorial con Jesús, que en ese
primer momento sigue siendo un desconocido; se produce cuando su presencia
se vuelve un llamado personal: “¡María!” Y, finalmente, cuando
Ella trata de retener a Jesús, tenemos la revelación del pleno significado
del acontecimiento: el retorno de Jesús al Padre y la investidura
para la misión de llevar el anuncio a los hermanos.
Aprendemos que para tener un encuentro con Dios,
no basta la iniciativa que Dios tiene, sino que nosotros también debemos
propiciar esa búsqueda, como lo hizo María Magdalena y debido a ese
encuentro, ella fue convertida en la primera apóstol al acudir presurosa
para anunciar la mayor noticia de nuestro cristianismo.
Al presentarnos el encuentro de María Magdalena
con Jesús, san Juan quiere llevarnos a comprender el nuevo modo de
presencia del Señor resucitado y, por consiguiente, el nuevo modo
de entrar en contacto con Él. También quiere indicamos que ese nuevo
modo de presencia del Señor entre nosotros está vinculado al modo
nuevo en que Él "está con el Padre".
Esta acción misionera de María Magdalena y de
los Apóstoles nos recuerda que un cristiano ha de tener abiertos los
oídos para escuchar, así como la Virgen María, supo escuchar, tanto
a Dios como a los demás, y nosotros sin hacernos sordos a la Palabra
de Dios, ni mudos a la comunicación con el prójimo; para hablarle,
tanto a Dios en la oración, como a los demás, sin callar en el diálogo
con Dios y con los hermanos, y que ni falte el testimonio de fe en
el mundo; que tenemos que escuchar más y saber decir una palabra oportuna
a nuestros hermanos, especialmente los más necesitados.
Ya que estamos ante la presencia de Dios,
escuchándolo, y quien nos invita a compartir el gozo en nuestros corazones
por tener a Jesucristo vivo, ¿qué le vamos a decir a nuestra madre
Santísima?
Le vamos a decir que así como Ella escuchó la
Palabra y la hizo vida para compartirla al mundo, de la misma manera,
también nosotros estaremos atentos a la Palabra de su Hijo, y nos
vamos a sumar a la acción de tantos hombres y mujeres valientes, como
lo fueron los apóstoles y María Magdalena, trabajar por la misión
y anunciar al mundo el amor de Dios, y así como nuestra Madre, permanece
con los discípulos de su Hijo, y nos enseña a creer, esperar a amar
en medio de las adversidades,
Nuestra Madre nos indica el camino de un servicio
generoso a los hermanos, un trato humano y justo a los que nos rodean;
Ella nos invita a ser mejores hijos, a echarle más ganas a hacer felices
a nuestras familias y más responsables en nuestros trabajos y deberes.
Le decimos a nuestra Madre que así como está su Imagen, aquí en su
casa, Ella vive en cada corazón como en su "propia casa"
y con grande fuerza nos trae y nos reúne, por eso estamos aquí, con
su Hijo Jesucristo, buscando ser fieles.
Pensemos en los que le pidió la Virgen de Guadalupe
a san Juan Diego, Ella le pidió una casa, y como en cada mexicano
en el amor a la guadalupana vive un Juan Diego, Ella también nos pide
a nosotros que le construyamos una casa, una casa espiritual en cada
corazón, libre de pecados y de vicios, pero llena oración para su
Hijo; llena de amor y buenas obras; una casa espiritual en cada hogar;
con familias fervorosas que oren y recen el santo rosario y que trabajen
por la pacificación de la sociedad; que construyamos una casa espiritual
nacional en el espíritu de sus hijos mexicanos que digan no a la violencia,
no al fraude y a la corrupción, y más bien constructoras de una sociedad
que da vida en Cristo al mundo.
Y porque nuestra Madre es modelo de la Iglesia
en las diversas funciones de su misión, es decir, Ella es "modelo
de virtudes para toda la comunidad de los elegidos", y más
en particular, es ejemplo en dos sectores específicos: santidad
y fecundidad salvadora (LG 64). Por eso con mayor razón le
decimos que queremos aprender a orar, a saber dialogar con Dios y
con los hermanos, a cultivar la confianza en el Señor para vivir como
hermanos, a quitar de nosotros la mentalidad negativa, aquello que
influya en aspectos de muerte, tales como: las divisiones y discordias,
el deseo de venganza, de indiferencia. Le decimos que estamos dispuestos
a cuidar el tesoro que ha dejado en nuestros corazones: su amor, a
cultivar siempre un pensamiento evangélico.
Le decimos también: ¡Ayúdanos Señora a hacer
nuestra la misión de santificar el mundo que nos rodea!; le decimos:
¡Danos fortaleza ante las tribulaciones, y las amenazas, danos
esperanza y compártenos tu gran fe, para ser generosos como lo fuiste
tú, en tu gran caridad!; Le decimos: Madre nuestra, somos tus
hijos mexicanos y te pedimos por nuestras familias, por sus necesidades,
tanto espirituales como económicas, que tu Hijo el gran Médico nos
de la salud contra las terribles enfermedades de alma y cuerpo, bendice
nuestras manos hazlas prósperas y constructivas. Le decimos: ¿Ayúdanos
a crecer en los valores humanos que tu sembraste en los corazones
de los mexicanos, para poder crecer y enriquecer a nuestros hijos
en los valores que no debemos perder, así como San Juan Diego cultivó
la paz, la oración, el servicio, la fraternidad y la humildad.
Le decimos: ¡Madre nuestra, somos la Iglesia de tu Hijo Jesucristo,
peregrinante y misionera con la fuerza del Espíritu Santo para dar
testimonio digno y creíble! Le decimos: ¡Intercede para que
tengamos los criterios y actitudes de tu Hijo, para asimilar y vivir
alegres en el espíritu de las bienaventuranzas, y poder participar
un día de su condición gloriosa!
Así sea.