10
de octubre de 2010
Amados
hermanos, bienvenidos a la casa de Nuestra Madre.
Después
de estos días de camino, de estas jornadas, llegan a la
casa de la Madre convocados por el amor de ella, por el
espíritu de Cristo que nos mueve como a ella la movió.
Aquí
es donde ella se muestra madre de todos nosotros, aquí cumple
esa vocación de ser madre; la cumple con nosotros como con
su hijo, Dios la llamó para que fuera la Madre de su hijo
y ella con generosidad llena de amor, respondió que sí quería,
ser la Madre y lo ha sido siempre.
Atenta
a la palabra de Dios ha hecho suya esa palabra, ha vivido
su voluntad hasta el pie de la cruz, padeciendo con su hijo;
pero ahí también recibió el encargo de ser madre de todos.
Esa vocación de madre se prolonga hasta nosotros, y en este
lugar a querido mostrarse especialmente madre de los mexicanos,
aquí estamos en la casa de Nuestra Madre llenos de agradecimiento,
también para mostrar nuestras necesidades por que así quiso
ella, aquí quería mostrarse madre protectora, aquí quería
recibirnos en su regazo, y aquí estamos.
Somos
muchos pero no somos todos, somos representantes de nuestra
diócesis, de todos nuestro Estado, de todo nuestro país,
no está todo el presbiterio, pero representamos a cada uno
de los sacerdotes.
Hoy
hemos de tener presentes todas las necesidades de nuestro
pueblo, y decírselas a Nuestra Madre, para que ella interceda
por nosotros, mostrémonos también humildes, sencillos, como
Juan Diego, escalerilla de tabla, cola, poca cosa; pero
hijos de Dios, hijos de María, ella nos concederá lo que
pedimos con fe.
Pero
también venimos a darle gracias y le damos gracias porque
a través de ella nos acercamos más a su hijo, cuando Cristo
nos la entregó sin duda, le da esa misión de cuidarnos como
hijos suyos, es decir parte de ese hijo.
Hoy
venimos agradecidos como la palabra de Dios, como Naamán,
aquel hombre sirio, es decir no judío que padecía aquella
enfermedad de la lepra y que quería ser curado, milagrosamente
pues se encuentra con una persona de fe, con una criada
que le habla del profeta de Dios, y el aunque indeciso al
principio, recurre al profeta y es curado por Dios, después
de dudar y renegar porque él podía haberse bañado en otros
lugares en otros ríos más importantes aceptó al final la
voluntad de Dios y fue curado.
Hoy
leímos ese pasaje en que se muestra agradecido con Dios
con el Dios de Israel y va a entregar sus ofrendas, que
el profeta rechaza, pero que luego Naamán en un acto de
fe con el único de Dios quiere llevar algo de tierra para
construir altar en su tierra, y ahí agradecer a Dios, no
hay otro Dios será adorador del único Dios. Así llegamos
nosotros también agradecidos a esta casa porque en María
encontramos el amor de Dios, una proyección de amor en nuestra
vida, un signo de ese amor fino, delicado, de Dios para
con nosotros.
También
llegamos como esos 10 leprosos a decirle que nos cure, que
nos sane, que vea por nosotros; por nuestras necesidades,
nos acercamos con confianza pero también nos pide que seamos
agradecidos, que no solo pidamos, sino que sepamos dar gracias,
dar testimonio de Él, no siempre somos agradecidos, siempre
buscamos nuestros intereses, pero una vez recibido el don
nos olvidamos.
Hay
muchas cosas que nos impiden, que nos quitan de nuestra
mente al autor de los dones que recibimos. De aquellos
10 leprosos 9 no voltearon a ver a Jesús solo uno, pero
ese uno es el testimonio para nosotros. Así también nosotros
debemos voltear a dar gracias y a comprometernos de verdad
a alabar a Dios por el don que nos da.
Al
estar aquí en la casa de nuestra madre recordamos también
a San Juan Diego, aquel indio a quien María llamó desde
ese lugar. María le confió a Juan Diego un encargo y él
lo cumplió a pesar de su pobreza, de su miseria, de sentirse
poca cosa, así también Dios nos invita a nosotros con María
después de haber recibido la fe, después de habernos renovado,
después de este caminar; nos invita a ser mensajeros del
amor de Dios, del amor de María Santísima.
María
nos ha convocado por distintos caminos en este día, algunos
vienen caminando, otros en bicicleta, otros corrieron, muchos
llegamos en carros, pero aquí estamos, para sabernos hijos
de María, hijos de Dios convocados pero también enviados
a dar la Buena Noticia a nuestros hermanos.
Ya
dijimos somos una representación, muchos se han quedado
en nuestras casas, muchos se han quedado en el pueblo, en
nuestra ciudad. Hemos de llegar a compartir la alegría de
ser hijos de Dios, la alegría de sabernos por María amados
por Dios y servidores.
Siempre
hemos de sabernos discípulos de Cristo, hemos de estar atentos
a su palabra, a su vida. María lo quiere así: hagan lo
que Él les diga, les decía aquellas personas en Caná
de Galilea. Nos quiere también discípulos como ella que
fue atenta a la palabra de Dios guardando en su corazón
todo aquello que vivía y no entendía, pero llena de confianza
en Dios. Somos discípulos con María, somos discípulos de
Jesús, hemos de aprender constantemente de Él, hemos de
conocerlo cada día más, para amarlo más, pero también estamos
llamados a ser misioneros, a ser apóstoles como lo fue Juan
Diego.
Tal
vez Él daría catequesis pero sobre todo dio testimonio de
fidelidad de amor. Aquí en esta casa que vayamos pues a
ser mensajeros de ese amor de Dios. Tal vez con catequesis
hablando comunicando compartiendo pero sobre todo con nuestra
vida, con nuestro testimonio que nuestra casa se renueve,
que nuestro pueblo se renueve en estos momentos difíciles
que pasamos que llevemos ese aliento a todos los que sufren
cerca de nosotros, que María Santísima nos dé la gracia
de su Hijo para poder animar a nuestro pueblo, transformar
nuestro pueblo. Sí, venimos agradecidos y venimos a pedir
con confianza, pero hemos de comprometernos a anunciar ese
amor de Dios.
Estamos
para celebrar nuestra Eucaristía, María ocupa un lugar importante
en nuestra Eucaristía, participamos del Cuerpo y Sangre
de Cristo, que es mismo cuerpo que Jesús tomó de su madre,
por eso en la eucaristía siempre debemos tenerla presente.
Hemos de vivir ese encuentro con Cristo como ella lo vivió,
con fidelidad, sencillez, entrega. Que después de participar
en nuestra eucaristía, después de dar gracias salgamos pues
a regresar a nuestro pueblo a llevar esa Buena Noticia del
amor de Dios a seguir llenos de ese amor de nuestra Madre
María que se quiere mostrar amorosa con nosotros, que expresa
de esa manera sencilla, generosa, dulce, del amor de Dios.
Quedémonos
un momento en silencio tratando de buscar esa presencia
nuestra en esta su casa.