¿Quién soy yo
para que la Madre de mi Señor venga a verme? A penas llegó tu
saludo salto de gozo en mí seno. (Le.
1, 43), palabras que escuchamos del Santo evangelio de San Lucas.
Muy queridos hermanos sacerdotes,
religiosos, religiosas, seminaristas, y todos nuestros hermanos
y hermanas de nuestra amada Diócesis de Valle de Chalco, estimado
coro, que nos acompaña en esta celebración.
Como les indicaba al comienzo,
hoy celebramos el VII Aniversario de nuestra peregrinación, como
Diócesis de Valle de Chalco, en donde como iglesia diocesana venimos
a los pies de nuestra Madre Santísima de Guadalupe, para agradecerle
el don de la vida. Nuestro caminar como iglesia diocesana y encomendarle
los trabajos y proyectos pastorales de cada una de nuestras parroquias
y de nuestros fieles. Así como pedir de manera especial por quienes
van a recibir los ministerios y el Orden del Diaconado y Presbiterado
el 6 de agosto de este año.
Muy queridos hermanos, en esta
Casita Sagrada está la bendita Imagen, que María Santísima nos
dejó, como un signo permanente de su amor. María Santísima y su
bendita imagen han estado siempre presentes en nuestra vida personal,
pero también en la historia de nuestra patria. Ahora que celebramos
el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución.
Queremos, queridos hermanos,
pedirle a nuestra Madre de manera especial, por nuestra patria,
por nuestro México también. Y también queremos, haciéndonos eco
de la voz de los obispos de México, trabajar fuertemente por la
paz, por restablecer la unidad entre los mexicanos.
Sí, queridos hermanos, vivimos
momentos difíciles en nuestra patria por la inseguridad y la violencia
que se han manifestado en: robos, asaltos, secuestros, extorciones
y lo que es más grave, en asesinatos que cada destruyen la vida
de nuestros hermanos mexicanos.
Como factores de la violencia
e inseguridad, los obispos en el documento que hemos elaborado
“Que, en Cristo nuestra paz, México tenga vida” señalamos
algunos factores. En el campo económico: la pobreza y la desigualdad
en la distribución de la riqueza, el desempleo. En el campo político:
la corrupción e impunidad, la violencia de grupos por razones
políticas. En el campo social: la violencia en las relaciones
laborales, maltrato, discriminación, violencia intrafamiliar,
violencia contra las mujeres, contra los niños, la transmisión
de contenidos violentos también en los medios de comunicación.
De manera especial señalamos
tres factores que hacen propicio la violencia y la inseguridad.
En primer lugar, una crisis de legalidad, los mexicanos no hemos
dado importancia a las leyes en el ordenamiento de la convivencia
social. En segundo lugar, se ha debilitado el tejido social, se
han relajado las normas sociales de la convivencia, que tolera
que cualquier persona haga lo que le venga en gana, con la certeza
de que nadie dirá nada. En tercer lugar, vivimos una crisis de
moralidad. Cuando se debilita o relativiza la experiencia religiosa
de un pueblo, se debilita su cultura y entran en crisis las instituciones
de la sociedad con sus consecuencias en la fundamentación, vivencia
y educación en los valores morales.
Ante la realidad antes mencionada,
nuestra Madre Santísima nos habla del Verdaderísimo Dios por quien
se vive, del Dios del Amor y de la Paz, en Él hemos confiado y
ponemos nuestra fe. Sí, queridos hermanos, María nos viene hablar
de la dignidad de la persona, cuando nuestros hermanos indígenas
eran maltratados. María le habla a Juan Diego y le dice: “hijito,
hijito mío” y lo envía como mensajero ante el obispo para
hacernos notar: “Yo soy la siempre Virgen María, Madre del
Verdaderísimo Dios. Yo quiero que se construya aquí una casita
donde Yo muestre mi amor a todos; donde todos encuentren misericordia
y amor”.
Sí, queridos hermanos, María
quiere de nuestra patria una casita grande, donde todos nos sintamos
hermanos, donde cada persona sea valorada y respetada. Jesús mismo
nos ha dicho: les doy un mandamiento nuevo, que se amen los
unos a los otros, como Yo los he amado. En esto conocerán que
son discípulos míos.
Sí, queridos hermanos, toda
ofensa a un hermano es una ofensa a Dios; quien derrama sangre
humana Dios le pide cuentas: ¿qué has hecho? le dice, Dios
a Caín, se oye la sangre de tu hermano clamar a Mí desde el
cielo, le dijo Dios a Caín. También la Virgen María nos recuerda,
que Ella es nuestra Madre y que todos somos hermanos. Que nuestra
preocupación debe ser velar por el bien de cada uno de nuestros
hermanos, que Dios ha puesto bajo nuestro cuidado. María nos une
a todos, como hermanos, nos da a conocer al Verdaderísimo Dios.
Hoy san Pablo en la segunda lectura que escuchamos nos decía:
“Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo
nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que
estábamos bajo la ley, a fin de hacerlos hijos suyos” (Gal.
4,4-5).
Sí, queridos hermanos, por
ello es muy claro que el ambiente de violencia e inseguridad en
que vivimos denota una pérdida del sentido de Dios que lleva al
desprecio de la vida del hombre. Los cristianos sabemos que la
violencia engendra violencia. Los actos violentos que presenciamos
y sufrimos son síntomas de otra lucha más radical, en el interior
del ser humano se da una batalla de tendencias opuestas entre
el bien y el mal.
Los cristianos no vemos a las
personas como enemigos que hay que destruir, nuestra lucha es
contra el poder del mal que destruye y deshumaniza a las personas.
El mal cuando se apodera del corazón del hombre lo hace destructor,
pero nosotros fuimos creados a imagen de Dios, creados para el
bien, no para el mal. Cuando el ser humano se olvida de Dios,
se olvida de las relaciones humanas, se olvida que los demás son
sus hermanos, por eso que importante es volver a Dios. Que importante
es volver a ver con la mirada de Dios a los demás, como nuestros
hermanos.
Ante esta realidad de violencia
les anunciamos la Buena Nueva de la paz. Tenemos a Cristo, Príncipe
de la paz, Él ha subido a la cruz, para derrotar, para derribar
el odio que nos separa, para sembrar en nuestros corazones el
amor, Espíritu Santo. Tenemos el poder de Dios que cambia los
corazones de los hombres y que nos hace todos hermanos. Por eso,
queridos hermanos, en el mensaje encontramos que Dios viene habitar
entre nosotros es el Emmanuel, Él viene a romper toda ruptura
y división. Habitará el lobo junto al cordero, la pantera se echará
junto al cabrito. Hará de las espadas arados, ya no se prepararán
más a la guerra, en Cristo no hay lugar para la violencia. Jesús
formó a sus discípulos para que fueran capaces de promover un
estilo de vida alternativo al proyecto del mundo.
Ante el servilismo, el Señor
nos enseña a servir, “Yo no he venido a ser servido, sino a
servir”. Ante el odio, Jesús nos propone el camino del amor;
ante el egoísmo Jesús nos enseña a entregar la vida por los demás;
ante la marginación y la exclusión el Señor nos convoca a todos
para formar su familia, su pueblo, su Iglesia.
Queridos hermanos, como Diócesis
de Valle de Chalco estamos llamados a iniciar, a restablecer la
paz, el tejido social empezando por nuestra familia, padres de
familia vivan en unidad, vivan amándose, porque el amor del esposo
y la esposa es un signo de amor de Cristo a la Iglesia. Amen a
sus hijos, enséñenles a amar, luego también en nuestras parroquias
hagamos verdaderas, casas y escuelas de comunión, donde nuestros
hermanos experimenten en el encuentro con el Dios vivo, pero también
el encuentro con sus hermanos, hagamos y trabajemos con la espiritualidad
de la comunión donde todos nos sintamos verdaderamente hermanos.
Trabajemos, también, por la
promoción de todos nuestros hermanos, seamos una iglesia misionera,
que va, que anuncia, que lleva el fuego del amor a todas partes,
a todos los sectores de nuestras parroquias. Estos son los planes
de nuestra diócesis y que hoy ponemos en las manos de nuestra
Madre Santísima.
Queridos hermanos y hermanas,
pongamos en las manos de nuestra Madre Santísima, a nuestra amada
Diócesis de Valle de Chalco, nuestro proyecto pastoral con la
confianza de que seremos escuchados. “Mucho quiero, mucho deseo
que aquí me levanten mi casita sagrada, por aquí les escucharé
su llanto, su tristeza, para remediar, para curar sus miserias
y dolencias. ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿no estás bajo
mi sombra y resguardo? ¿tienes alguna otra necesidad? Que ninguna
otra cosa te aflija, ni te perturbe”.
¡Qué hermosas palabras de nuestra
Madre Santísima nos dice a cada uno de nosotros!
Mis hermanos, pongamos en sus
benditas manos todas nuestras preocupaciones, nuestros proyectos,
nuestra patria para que hagamos un México donde reine la paz,
la justicia y el amor.
Notas