InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías > Peregrinaciones
   
 
Homilía
pronunciada por Mons. Luis Artemio Flores Calzada, Obispo de la Diócesis de Valle de Chalco, en ocasión de su peregrinación a la Basílica de Guadalupe.

8 de julio de 2010

¿Quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a verme? A penas llegó tu saludo salto de gozo en mí seno. (Le. 1, 43), palabras que escuchamos del Santo evangelio de San Lucas.

Muy queridos hermanos sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas, y todos nuestros hermanos y hermanas de nuestra amada Diócesis de Valle de Chalco, estimado coro, que nos acompaña en esta celebración.

Como les indicaba al comienzo, hoy celebramos el VII Aniversario de nuestra peregrinación, como Diócesis de Valle de Chalco, en donde como iglesia diocesana venimos a los pies de nuestra Madre Santísima de Guadalupe, para agradecerle el don de la vida. Nuestro caminar como iglesia diocesana y encomendarle los trabajos y proyectos pastorales de cada una de nuestras parroquias y de nuestros fieles. Así como pedir de manera especial por quienes van a recibir los ministerios y el Orden del Diaconado y Presbiterado el 6 de agosto de este año.

Muy queridos hermanos, en esta Casita Sagrada está la bendita Imagen, que María Santísima nos dejó, como un signo permanente de su amor. María Santísima y su bendita imagen han estado siempre presentes en nuestra vida personal, pero también en la historia de nuestra patria. Ahora que celebramos el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución.

Queremos, queridos hermanos, pedirle a nuestra Madre de manera especial, por nuestra patria, por nuestro México también. Y también queremos, haciéndonos eco de la voz de los obispos de México, trabajar fuertemente por la paz, por restablecer la unidad entre los mexicanos.

Sí, queridos hermanos, vivimos momentos difíciles en nuestra patria por la inseguridad y la violencia que se han manifestado en: robos, asaltos, secuestros, extorciones y lo que es más grave, en asesinatos que cada destruyen la vida de nuestros hermanos mexicanos.

Como factores de la violencia e inseguridad, los obispos en el documento que hemos elaborado  “Que, en Cristo nuestra paz, México tenga vida” señalamos algunos factores. En el campo económico: la pobreza y la desigualdad en la distribución de la riqueza, el desempleo. En el campo político: la corrupción e impunidad, la violencia de grupos por razones políticas. En el campo social: la violencia en las relaciones laborales, maltrato, discriminación, violencia intrafamiliar, violencia contra las mujeres, contra los niños, la transmisión de contenidos violentos también en los medios de comunicación.[1]

De manera especial señalamos tres factores que hacen propicio la violencia y la inseguridad. En primer lugar, una crisis de legalidad, los mexicanos no hemos dado importancia a las leyes en el ordenamiento de la convivencia social. En segundo lugar, se ha debilitado el tejido social, se han relajado las normas sociales de la convivencia, que tolera que cualquier persona haga lo que le venga en gana, con la certeza de que nadie dirá nada. En tercer lugar, vivimos una crisis de moralidad. Cuando se debilita o relativiza la experiencia religiosa de un pueblo, se debilita su cultura y entran en crisis las instituciones de la sociedad con sus consecuencias en la fundamentación, vivencia y educación en los valores morales.[2]

Ante la realidad antes mencionada, nuestra Madre Santísima nos habla del Verdaderísimo Dios por  quien se vive, del Dios del Amor y de la Paz, en Él hemos confiado y ponemos nuestra fe. Sí, queridos hermanos, María nos viene hablar de la dignidad de la persona, cuando nuestros hermanos indígenas eran maltratados. María le habla a Juan Diego y le dice: “hijito, hijito mío” y lo envía como mensajero ante el obispo para hacernos notar: “Yo soy la siempre Virgen María, Madre del Verdaderísimo Dios. Yo quiero que se construya aquí una casita donde Yo muestre mi amor a todos; donde todos encuentren misericordia y amor”.

Sí, queridos hermanos, María quiere de nuestra patria una casita grande, donde todos nos sintamos hermanos, donde cada persona sea valorada y respetada. Jesús mismo nos ha dicho: les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros, como Yo los he amado. En esto conocerán que son discípulos míos.

Sí, queridos hermanos, toda ofensa a un hermano es una ofensa a Dios; quien derrama sangre humana Dios le pide cuentas: ¿qué has hecho? le dice, Dios a Caín, se oye la sangre de tu hermano clamar a Mí desde el cielo, le dijo Dios a Caín. También la Virgen María nos recuerda, que Ella es nuestra Madre y que todos somos hermanos. Que nuestra preocupación debe ser velar por el bien de cada uno de nuestros hermanos, que Dios ha puesto bajo nuestro cuidado. María nos une a todos, como hermanos, nos da a conocer al Verdaderísimo Dios. Hoy san Pablo en la segunda lectura que escuchamos nos decía: “Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacerlos hijos suyos” (Gal. 4,4-5).

Sí, queridos hermanos, por ello es muy claro que el ambiente de violencia e inseguridad en que vivimos denota una pérdida del sentido de Dios que lleva al desprecio de la vida del hombre. Los cristianos sabemos que la violencia engendra violencia. Los actos violentos que presenciamos y sufrimos son síntomas de otra lucha más radical, en el interior del ser humano se da una batalla de tendencias opuestas entre el bien y el mal.

Los cristianos no vemos a las personas como enemigos que hay que destruir, nuestra lucha es contra el poder del mal que destruye y deshumaniza a las personas. El mal cuando se apodera del corazón del hombre lo hace destructor, pero nosotros fuimos creados a imagen de Dios, creados para el bien, no para el mal. Cuando el ser humano se olvida de Dios, se olvida de las relaciones humanas, se olvida que los demás son sus hermanos, por eso que importante es volver a Dios. Que importante es volver a ver con la mirada de Dios a los demás, como nuestros hermanos.

Ante esta realidad de violencia les anunciamos la Buena Nueva de la paz. Tenemos a Cristo, Príncipe de la paz, Él ha subido a la cruz, para derrotar, para derribar el odio que nos separa, para sembrar en nuestros corazones el amor, Espíritu Santo. Tenemos el poder de Dios que cambia los corazones de los hombres y que nos hace todos hermanos. Por eso, queridos hermanos, en el mensaje encontramos que Dios viene habitar entre nosotros es el Emmanuel, Él viene a romper toda ruptura y división. Habitará el lobo junto al cordero, la pantera se echará junto al cabrito. Hará de las espadas arados, ya no se prepararán más a la guerra, en Cristo no hay lugar para la violencia. Jesús formó a sus discípulos para que fueran capaces de promover un estilo de vida alternativo al proyecto del mundo.

Ante el servilismo, el Señor nos enseña a servir, “Yo no he venido a ser servido, sino a servir”. Ante el odio, Jesús nos propone el camino del amor; ante el egoísmo Jesús nos enseña a entregar la vida por los demás; ante la marginación y la exclusión el Señor nos convoca a todos para formar su familia, su pueblo, su Iglesia.

Queridos hermanos, como Diócesis de Valle de Chalco estamos llamados a iniciar, a restablecer la paz, el tejido social empezando por nuestra familia, padres de familia vivan en unidad, vivan amándose, porque el amor del esposo y la esposa es un signo de amor de Cristo a la Iglesia. Amen a sus hijos, enséñenles a amar, luego también en nuestras parroquias hagamos verdaderas, casas y escuelas de comunión, donde nuestros hermanos experimenten en el encuentro con el Dios vivo, pero también el encuentro con sus hermanos, hagamos y trabajemos con la espiritualidad de la comunión donde todos nos sintamos verdaderamente hermanos.

Trabajemos, también, por la promoción de todos nuestros hermanos, seamos una iglesia misionera, que va, que anuncia, que lleva el fuego del amor a todas partes, a todos los sectores de nuestras parroquias. Estos son los planes de nuestra diócesis y que hoy ponemos en las manos de nuestra Madre Santísima.

Queridos hermanos y hermanas, pongamos en las manos de nuestra Madre Santísima, a nuestra amada Diócesis de Valle de Chalco, nuestro proyecto pastoral con la confianza de que seremos escuchados. “Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada, por aquí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar sus miserias y dolencias. ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿no estás bajo mi sombra y resguardo? ¿tienes alguna otra necesidad? Que ninguna otra cosa te aflija, ni te perturbe”.

¡Qué hermosas palabras de nuestra Madre Santísima nos dice a cada uno de nosotros!

Mis hermanos, pongamos en sus benditas manos todas nuestras preocupaciones, nuestros proyectos, nuestra patria para que hagamos un México donde reine la paz, la justicia y el amor.


Notas

[1] Ibid cf. No 27-91
[2] Ibid cf. No. 102-106
 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina anterior