19 de
mayo de 2010
Querido hermano padre Vicario
General de la Diócesis de Cuernavaca. Muy queridos hermanos presbíteros,
muy queridos hermanos diáconos, queridos hermanos, todos, fieles
cristianos de la diócesis de nuestra querida iglesia de Cuernavaca.
Estamos reunidos en torno a
Cristo nuestro Señor por la fuerza que el Espíritu Santo ha derramado
en nuestros corazones; por el amor del Padre, que nos ama y que
ha derramado su Santa Alianza en nuestra iglesia diocesana.
Estamos aquí para venir a saludar,
a venerar a nuestra querida Madre, Santa María de Guadalupe y hemos
venido para recordar y recordar, queridos hermanos, dice Ortega
y Gasset: que es volver a pasar el Acontecimiento por el corazón.
Y eso es lo que estamos haciendo el día de hoy, pasar por el corazón,
pasar por lo más sagrado de nuestra propia persona; por el corazón
de la iglesia diocesana. El acontecimiento salvífico que Dios nuestro
Señor le ha mostrado a este pueblo de México en Santa María de Guadalupe.
Estamos aquí porque nosotros
somos los hijos de Ella. Y Ella es como Madre la fuerza de los débiles;
la esperanza de los humildes. Y también es el alivio de todos aquellos
afligidos y pobres y esos somos nosotros.
Queridos hermanos, estamos
como pueblo de Dios llenos de fe, llenos de esperanza y también
queremos estar llenos de caridad. Y hemos venido en peregrinación
de muchas formas desde: caminando con el sacrificio, pero todos
estamos aquí reunidos, como una sola familia. Y seguramente estamos
con el corazón lleno de alegría diciendo: qué alegría cuando
me dijeron vamos a la casa del Señor. Y para nosotros en este
momento también tenemos en el corazón a la casa de nuestra Madre.
Ya están pisando nuestros pies, dice el Salmo, ya están
pisando tus puertas. Todos hemos atravesado esta puerta santa
para encontrarnos en este sagrado recinto, la casa de nuestra Madre
Santísima. Pero hay algo más, nos alegra ver el Santuario; nos alegra
ver esta expresión profunda, bella de la Iglesia, pero traemos también
como iglesia de Cuernavaca trayendo el recuerdo y trayendo todas
las alegrías y las tristezas de todos aquellos hermanos nuestros
que no han podido venir: los enfermos, los jóvenes, los que están
trabajando, los que están preocupados por cualquier situación, por
los niños de todos ellos le traemos a nuestra Madre Santísima el
saludo y el recuerdo. Más aún le traemos a nuestra Madre Santísima
el recuerdo de aquellos que vinieron el año pasado, pero que ya
no pudieron venir, de nuestros amigos y compañeros. Y le decimos
a nuestra Madre, junto con el salmista, desearle a esta Basílica,
desearle a nuestra Madre el amor, la paz, que también queremos que
sea el amor y la paz de nosotros sus hijos.
Queridos hermanos, peregrinar
está en el corazón de la Iglesia. Y la peregrinación significa siempre
partir de un lugar hacia una meta, hacia un fin. Y la peregrinación
tiene el significado de algo más profundo: la peregrinación de nuestra
vida, la peregrinación de nuestra iglesia diocesana, la peregrinación
de nuestras comunidades que habitan en nuestra querida iglesia de
Cuernavaca.
Estamos aquí para recordar
y recordamos con el corazón, pero ¿a qué venimos a peregrinar? ¿a
qué venimos? A ver, a escuchar a nuestra Madre Santísima. Hemos
venido a aprender de ella. Hemos venido a que ella nos hable al
corazón, que nos enseñe, que nos eduque y, queridos hermanos, la
educación es transmitir una experiencia, transmitir una experiencia
de vida. Y yo quisiera que contempláramos a nuestra Madre Santísima
en cuál fue su experiencia de vida. Y creo que la primera experiencia
que nuestra Madre Santísima de Guadalupe nos enseña es su experiencia
de fe contemplativa de su Hijo Jesucristo.
María Santísima encontró a
Jesús, lo recibió en su corazón, lo recibió en su seno, como una
madre recibe a su hijo, cuando Dios le da el hijo. Lo contempló
y eso es, queridos hermanos, la fe. La fe es un encuentro de personas,
así como cuando se encuentra a una persona a quien amamos, a quien
somos capaces de darle nuestra existencia y así vivió María Santísima
su encuentro con Jesús, con Dios. Y ese encuentro lo vivió en su
corazón, en su vida, es una gracia encontrar a Jesús y esa es la
primera experiencia que ella nos enseña.
Y la Iglesia se fue haciendo
en esa cadena de testigos; los apóstoles también vieron a Jesús:
nosotros hemos visto al Señor, decían. Y a uno de ellos,
a Juan el más joven, se le quedó tan grabada esa experiencia que
la escribió en su Evangelio: eran las cuatro de la tarde cuando
vi por primera vez a Jesús. Este mismo evangelista anciano les
escribe a las iglesias a las que les predicaba el Evangelio y les
dice: lo que mis manos tocaron, lo que mi oídos escucharon, lo
que mis ojos vieron, al Verbo Eterno de vida os lo comunicamos para
que nuestra comunión sea perfecta. Ver, ver al Señor.
Esta es la primera experiencia, que nos enseña nuestra Madre Santísima:
lo tocó con sus manos, se encontró con Él. El Evangelio dice:
María guardaba todas esas experiencias en su corazón. Lo vio
con sus propios ojos al santo crucificado a su Hijo y con el gozo
del corazón seguramente lo volvió a encontrar resucitado.
¿Qué otra experiencia? ¿a qué
hemos venido querida iglesia de Cuernavaca? ¿a qué hemos venido
con nuestra Madre? Hemos venido aprender de Ella, como escuchó a
Jesús, como escuchó a Dios y esa es otra experiencia fundante de
la vida cristiana, de nuestra vida. María Santísima escuchó al Señor:
he aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu Palabra. Esa
experiencia de encontrarse con la Palabra eterna y el Verbo, es
decir, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.
La relación profunda de María
Santísima no era solamente el ver, no era sólo el contemplar, era
también el escuchar y saben que significa escuchar en la Sagrada
Escritura significa: vivir para el otro, poner atención, significa
también obedecer. Y obedecer en ese sentido amoroso de postura
fundamental y fundante de servicio.
Un grupo de personas escuchaban
a Jesús, y les dice: bienaventurados los pechos que te dieron
de comer y el seno que te llevó. Y Jesús hizo una vueltecita
gramatical y le contestó: sí, quien es mi Madre y quienes son mis
hermanos aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en
práctica, es decir: sí, mi Madre es grande, mi Madre es bella, bienaventurada
porque me dio de comer, porque me llevó en su seno, pero mi Madre
todavía es más grande porque escuchó la Palabra de Dios y la puso
en práctica.
Queridos hermanos, nuestra
Madre Santísima, nuestra Madre Santísima de Guadalupe le ha dicho
aquel indígena a Juan Diego: ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre?
y con esa misma actitud escuchó a su Hijo, escuchó a Dios nuestro
Señor. Su corazón estaba lleno de sabiduría, su corazón estaba lleno
de silencio, su corazón estaba lleno de amor.
¿A qué hemos venido querida
iglesia de Cuernavaca? Hemos venido también ha aprender de nuestra
Madre Santísima, que sirvió a nuestro Señor. Es decir: María Santísima
puso su vida, puso todo lo que Ella era al servicio de Dios nuestro
Señor, así como una madre pone toda su vida al servicio de sus hijos
en el silencio, en el sufrimiento, en el gozo. Una madre, sobretodo
nuestras queridas madres, benditas sean, nuestras queridas madres,
saben servir de corazón a sus hijos, a su familia. Y esta es la
tercera enseñanza de María Santísima: vivió para el Señor, toda
su vida, he aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu Palabra.
Y María Santísima le formó a Jesucristo, nuestro Señor, todos sus
sentimientos humanos, como Madre le dio lo más lindo, lo más grande.
Dicen los psicólogos que los sentimientos más finos, los movimientos
más finos de un ser humano en gran parte los forma la madre en nuestro
ser. Nuestro padre indudablemente también coopera, porque es una
comunión vital, nos da cosas esenciales, fundamentales en nuestra
vida, pero es nuestra Madre la que nos da los sentimientos más finos
del corazón: los sentimientos del espíritu, los sentimientos de
darle sentido a la existencia. Y María Santísima nos enseña eso
a servir al Señor, a esto hemos venido. Y a esto hemos venido, como
iglesia de Cuernavaca para fortalecer estas virtudes de María Santísima
en nuestra propia vida, pero más aún en la iglesia diocesana.
Queridos hermanos, ¿a qué nos
vamos a regresar a nuestra iglesia, a nuestro Estado de Morelos?
nos vamos a regresar con el corazón lleno de recuerdo. Hemos venido
a pasar por el corazón la experiencia fundante de nuestra Madre
Santísima, pero nos vamos a regresar a la casa a continuar el trabajo
de nuestra iglesia diocesana. Y yo quiero aquí también de forma
sencilla, pero con la autoridad de nuestra Madre Santísima de Guadalupe
pedirle a la iglesia de Cuernavaca que entremos en estos tres caminos.
Que entremos en un camino contemplativo, es decir: que seamos hombres,
mujeres, hijos de Dios de oración, de silencio, que seamos hombres
que sepamos tener una fe, como un encuentro con el Señor.
Queridos hermanos, una iglesia
y un cristianismo, y unos cristianos o un sacerdote o un obispo
que sean solamente de actos de piedad, sin vida auténtica de fe
y de encuentro con el Señor a ningún lado se llega. Y es necesario
fortalecer en primer lugar en nuestra iglesia diocesana nuestro
encuentro con Jesucristo. Nuestras parroquias, nuestras comunidades,
nuestras familias, nuestro querido presbiterio, nuestro seminario,
nuestras comunidades religiosas, debemos ser hombres, mujeres, comunidades
de fe, de oración. Y saben, queridos hermanos, que es a través de
la contemplación, que es a través del silencio y de la oración,
como el ser humano encuentra su identidad. ¿Por qué tanto sufrimiento
en la vida de las personas? ¿por qué tanto vacío profundo en la
vida de nuestra vocación? no será porque no hemos entendido a fondo,
que la fe es un encuentro con la persona de Jesucristo. Y por eso
quiero pedirles, y yo en primer lugar comprometerme con ustedes
en comunión y misión con ustedes a que busquemos que nuestra iglesia
de Cuernavaca sea una iglesia contemplativa. Que la parroquia es
escuela de oración; que el seminario sea el lugar donde se bendiga
y donde se alabe al Señor en espíritu y en verdad.
Queridos hermanos, les pido
también un segundo camino de nuestra iglesia diocesana. Nuestra
iglesia diocesana debe entrar en contacto con la Palabra de Dios,
dicen los santos padres que desconocer la Palabra de Dios, la Sagrada
Escritura y la tradición es desconocer a Jesucristo. Y tenemos necesidad
del agua vive quien nos puede iluminar personalmente y comunitariamente
en la iglesia diocesana solamente la Palabra de Dios. Y ahí tendremos
que entrar en un contacto profundo con lo que se llama la Lectio
Divina, orante, transformadora. Cuando nuestra iglesia de Cuernavaca
sea esa tierra por donde corre la Palabra de Dios, como el agua,
como la humedad que la fecunda entonces tendremos la fuerza del
espíritu.
Queridos hermanos, que no quede
ningún corazón en nuestra iglesia querida de Cuernavaca que no reciba
la Palabra de Dios y tendremos entonces también que formar escuelas,
para que los discípulos aprendan a ser misioneros del Señor. ¿Y
qué es lo que nos va a producir esto? la Palabra nos va a reinventar,
la Palabra nos va a recrear, la Palabra nos va a dar la fuerza,
al fuerza vital de ser hijos de Dios, la escucha de María. Lo primero
es también la fe de María y tercero, queridos hermanos, como quisiera
que nuestra iglesia de Cuernavaca pusiera al centro la Sagrada Eucaristía
de su vida, al centro de su vida, la celebración digna en todos
los aspectos de la Sagrada Eucaristía. ¿Por qué? porque la Eucaristía
es la fuente del servicio, es la fuente para poder servir, es la
fuente donde se anuncia y a imagen de Cristo. Y alimentados por
el Señor poder decir cada uno de nosotros éste es mi cuerpo que
será entregado por los demás y está es la acción de caridad de la
iglesia diocesana, la iglesia diocesana se tiene que hacer prójimo.
Dios y María Santísima nos
ayuden y tengo gran esperanza, tengo gran esperanza con mis queridos
hermanos presbíteros, con ustedes queridos hermanos fieles cristianos,
todos los que habitan en los pequeños pueblitos, en los ranchitos,
todos los que habitan en las comunidades en nuestra ciudad capital
de Cuernavaca. Tengo gran esperanza que María Santísima, que el
Espíritu Santo, que Dios Padre, que nuestro Señor Jesucristo nos
llevarán por ese camino.
Que Dios les bendiga oremos
por nuestra iglesia, para que sepamos aprender de María el camino,
este camino, esta nueva etapa pastoral. Yo tengo diez meses de haber
llegado, ayer cumplí diez meses, con ustedes y estar con ustedes.
Y tengo gran esperanza que Dios nuestro Señor nos va a hacer disfrutar
el gozo de ser hijos de Dios e hijos de María Santísima. Recemos
por nuestro Estado, por su paz, por su justicia, por su verdad y
eso también nosotros tenemos que cooperar y el día que nuestras
comunidades, que nuestras personas reflorezcan a ejemplo e María
Santísima con la fuerza del Espíritu Santo nuestro Estado será otro.
Nuestro Estado será una tierra de paz, de trabajo, como se dice
de libertad y de los hijos de Dios que viven juntos, como hermanos.
Me da mucho gusto que hayan
venido. Gracias por venir.
Que Dios y María Santísima
les bendigan.