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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Alfonso Cortés Contreras, Obispo de la Diócesis de Cuernavaca, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

19 de mayo de 2010

Querido hermano padre Vicario General de la Diócesis de Cuernavaca. Muy queridos hermanos presbíteros, muy queridos hermanos diáconos, queridos hermanos, todos, fieles cristianos de la diócesis de nuestra querida iglesia de Cuernavaca.

Estamos reunidos en torno a Cristo nuestro Señor por la fuerza que el Espíritu Santo ha derramado en nuestros corazones; por el amor del Padre, que nos ama y que ha derramado su Santa Alianza en nuestra iglesia diocesana.

Estamos aquí para venir a saludar, a venerar a nuestra querida Madre, Santa María de Guadalupe y hemos venido para recordar y recordar, queridos hermanos, dice Ortega y Gasset: que es volver a pasar el Acontecimiento por el corazón. Y eso es lo que estamos haciendo el día de hoy, pasar por el corazón, pasar por lo más sagrado de nuestra propia persona; por el corazón de la iglesia diocesana. El acontecimiento salvífico que Dios nuestro Señor le ha mostrado a este pueblo de México en Santa María de Guadalupe.

Estamos aquí porque nosotros somos los hijos de Ella. Y Ella es como Madre la fuerza de los débiles; la esperanza de los humildes. Y también es el alivio de todos aquellos afligidos y pobres y esos somos nosotros.

Queridos hermanos, estamos como pueblo de Dios llenos de fe, llenos de esperanza y también queremos estar llenos de caridad. Y hemos venido en peregrinación de muchas formas desde: caminando con el sacrificio, pero todos estamos aquí reunidos, como una sola familia. Y seguramente estamos con el corazón lleno de alegría diciendo: qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor. Y para nosotros en este momento también tenemos en el corazón a la casa de nuestra Madre. Ya están pisando nuestros pies, dice el Salmo, ya están pisando tus puertas. Todos hemos atravesado esta puerta santa para encontrarnos en este sagrado recinto, la casa de nuestra Madre Santísima. Pero hay algo más, nos alegra ver el Santuario; nos alegra ver esta expresión profunda, bella de la Iglesia, pero traemos también como iglesia de Cuernavaca trayendo el recuerdo y trayendo todas las alegrías y las tristezas de todos aquellos hermanos nuestros que no han podido venir: los enfermos, los jóvenes, los que están trabajando, los que están preocupados por cualquier situación, por los niños de todos ellos le traemos a nuestra Madre Santísima el saludo y el recuerdo. Más aún le traemos a nuestra Madre Santísima el recuerdo de aquellos que vinieron el año pasado, pero que ya no pudieron venir, de nuestros amigos y compañeros. Y le decimos a nuestra Madre, junto con el salmista, desearle a esta Basílica, desearle a nuestra Madre el amor, la paz, que también queremos que sea el amor y la paz de nosotros sus hijos.

Queridos hermanos, peregrinar está en el corazón de la Iglesia. Y la peregrinación significa siempre partir de un lugar hacia una meta, hacia un fin. Y la peregrinación tiene el significado de algo más profundo: la peregrinación de nuestra vida, la peregrinación de nuestra iglesia diocesana, la peregrinación de nuestras comunidades que habitan en nuestra querida iglesia de Cuernavaca.

Estamos aquí para recordar y recordamos con el corazón, pero ¿a qué venimos a peregrinar? ¿a qué venimos? A ver, a escuchar a nuestra Madre Santísima. Hemos venido a aprender de ella. Hemos venido a que ella nos hable al corazón, que nos enseñe, que nos eduque y, queridos hermanos, la educación es transmitir una experiencia, transmitir una experiencia de vida. Y yo quisiera que contempláramos a nuestra Madre Santísima en cuál fue su experiencia de vida. Y creo que la primera experiencia que nuestra Madre Santísima de Guadalupe nos enseña es su experiencia de fe contemplativa de su Hijo Jesucristo.

María Santísima encontró a Jesús, lo recibió en su corazón, lo recibió en su seno, como una madre recibe a su hijo, cuando Dios le da el hijo. Lo contempló y eso es, queridos hermanos, la fe. La fe es un encuentro de personas, así como cuando se encuentra a una persona a quien amamos, a quien somos capaces de darle nuestra existencia y así vivió María Santísima su encuentro con Jesús, con Dios. Y ese encuentro lo vivió en su corazón, en su vida, es una gracia encontrar a Jesús y esa es la primera experiencia que ella nos enseña.

Y la Iglesia se fue haciendo en esa cadena de testigos; los apóstoles también vieron a Jesús: nosotros hemos visto al Señor, decían. Y a uno de ellos, a Juan el más joven, se le quedó tan grabada esa experiencia que la escribió en su Evangelio: eran las cuatro de la tarde cuando vi por primera vez a Jesús. Este mismo evangelista anciano les escribe a las iglesias a las que les predicaba el Evangelio y les dice: lo que mis manos tocaron, lo que mi oídos escucharon, lo que mis ojos vieron, al Verbo Eterno de vida os lo comunicamos para que nuestra comunión sea perfecta. Ver, ver al Señor. Esta es la primera experiencia, que nos enseña nuestra Madre Santísima: lo tocó con sus manos, se encontró con Él. El Evangelio dice: María guardaba todas esas experiencias en su corazón. Lo vio con sus propios ojos al santo crucificado a su Hijo y con el gozo del corazón seguramente lo volvió a encontrar resucitado.

¿Qué otra experiencia? ¿a qué hemos venido querida iglesia de Cuernavaca? ¿a qué hemos venido con nuestra Madre? Hemos venido aprender de Ella, como escuchó a Jesús, como escuchó a Dios y esa es otra experiencia fundante de la vida cristiana, de nuestra vida. María Santísima escuchó al Señor: he aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu Palabra. Esa experiencia de encontrarse con la Palabra eterna y el Verbo, es decir, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

La relación profunda de María Santísima no era solamente el ver, no era sólo el contemplar, era también el escuchar y saben que significa escuchar en la Sagrada Escritura significa: vivir para el otro, poner atención, significa también obedecer. Y obedecer en ese sentido amoroso de postura fundamental y fundante de servicio.

Un grupo de personas escuchaban a Jesús, y les dice: bienaventurados los pechos que te dieron de comer y el seno que te llevó. Y Jesús hizo una vueltecita gramatical y le contestó: sí, quien es mi Madre y quienes son mis hermanos aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica, es decir: sí, mi Madre es grande, mi Madre es bella, bienaventurada porque me dio de comer, porque me llevó en su seno, pero mi Madre todavía es más grande porque escuchó la Palabra de Dios y la puso en práctica.

Queridos hermanos, nuestra Madre Santísima, nuestra Madre Santísima de Guadalupe le ha dicho aquel indígena a Juan Diego: ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre? y con esa misma actitud escuchó a su Hijo, escuchó a Dios nuestro Señor. Su corazón estaba lleno de sabiduría, su corazón estaba lleno de silencio, su corazón estaba lleno de amor.

¿A qué hemos venido querida iglesia de Cuernavaca? Hemos venido también ha aprender de nuestra Madre Santísima, que sirvió a nuestro Señor. Es decir: María Santísima puso su vida, puso todo lo que Ella era al servicio de Dios nuestro Señor, así como una madre pone toda su vida al servicio de sus hijos en el silencio, en el sufrimiento, en el gozo. Una madre, sobretodo nuestras queridas madres, benditas sean, nuestras queridas madres, saben servir de corazón a sus hijos, a su familia. Y esta es la tercera enseñanza de María Santísima: vivió para el Señor, toda su vida, he aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu Palabra. Y María Santísima le formó a Jesucristo, nuestro Señor, todos sus sentimientos humanos, como Madre le dio lo más lindo, lo más grande. Dicen los psicólogos que los sentimientos más finos, los movimientos más finos de un ser humano en gran parte los forma la madre en nuestro ser. Nuestro padre indudablemente también coopera, porque es una comunión vital, nos da cosas esenciales, fundamentales en nuestra vida, pero es nuestra Madre la que nos da los sentimientos más finos del corazón: los sentimientos del espíritu, los sentimientos de darle sentido a la existencia. Y María Santísima nos enseña eso a servir al Señor, a esto hemos venido. Y a esto hemos venido, como iglesia de Cuernavaca para fortalecer estas virtudes de María Santísima en nuestra propia vida, pero más aún en la iglesia diocesana.

Queridos hermanos, ¿a qué nos vamos a regresar a nuestra iglesia, a nuestro Estado de Morelos? nos vamos a regresar con el corazón lleno de recuerdo. Hemos venido a pasar por el corazón la experiencia fundante de nuestra Madre Santísima, pero nos vamos a regresar a la casa a continuar el trabajo de nuestra iglesia diocesana. Y yo quiero aquí también de forma sencilla, pero con la autoridad de nuestra Madre Santísima de Guadalupe pedirle a la iglesia de Cuernavaca que entremos en estos tres caminos. Que entremos en un camino contemplativo, es decir: que seamos hombres, mujeres, hijos de Dios de oración, de silencio, que seamos hombres que sepamos tener una fe, como un encuentro con el Señor.

Queridos hermanos, una iglesia y un cristianismo, y unos cristianos o un sacerdote o un obispo que sean solamente de actos de piedad, sin vida auténtica de fe y de encuentro con el Señor a ningún lado se llega. Y es necesario fortalecer en primer lugar en nuestra iglesia diocesana nuestro encuentro con Jesucristo. Nuestras parroquias, nuestras comunidades, nuestras familias, nuestro querido presbiterio, nuestro seminario, nuestras comunidades religiosas, debemos ser hombres, mujeres, comunidades de fe, de oración. Y saben, queridos hermanos, que es a través de la contemplación, que es a través del silencio y de la oración, como el ser humano encuentra su identidad. ¿Por qué tanto sufrimiento en la vida de las personas? ¿por qué tanto vacío profundo en la vida de nuestra vocación? no será porque no hemos entendido a fondo, que la fe es un encuentro con la persona de Jesucristo. Y por eso quiero pedirles, y yo en primer lugar comprometerme con ustedes en comunión y misión con ustedes a que busquemos que nuestra iglesia de Cuernavaca sea una iglesia contemplativa. Que la parroquia es escuela de oración; que el seminario sea el lugar donde se bendiga y donde se alabe al Señor en espíritu y en verdad.

Queridos hermanos, les pido también un segundo camino de nuestra iglesia diocesana. Nuestra iglesia diocesana debe entrar en contacto con la Palabra de Dios, dicen los santos padres que desconocer la Palabra de Dios, la Sagrada Escritura y la tradición es desconocer a Jesucristo. Y tenemos necesidad del agua vive quien nos puede iluminar personalmente y comunitariamente en la iglesia diocesana solamente la Palabra de Dios. Y ahí tendremos que entrar en un contacto profundo con lo que se llama la Lectio Divina, orante, transformadora. Cuando nuestra iglesia de Cuernavaca sea esa tierra por donde corre la Palabra de Dios, como el agua, como la humedad que la fecunda entonces tendremos la fuerza del espíritu.

Queridos hermanos, que no quede ningún corazón en nuestra iglesia querida de Cuernavaca que no reciba la Palabra de Dios y tendremos entonces también que formar escuelas, para que los discípulos aprendan a ser misioneros del Señor. ¿Y qué es lo que nos va a producir esto? la Palabra nos va a reinventar, la Palabra nos va a recrear, la Palabra nos va a dar la fuerza, al fuerza vital de ser hijos de Dios, la escucha de María. Lo primero es también la fe de María y tercero, queridos hermanos, como quisiera que nuestra iglesia de Cuernavaca pusiera al centro la Sagrada Eucaristía de su vida, al centro de su vida, la celebración digna en todos los aspectos de la Sagrada Eucaristía. ¿Por qué? porque la Eucaristía es la fuente del servicio, es la fuente para poder servir, es la fuente donde se anuncia y a imagen de Cristo. Y  alimentados por el Señor poder decir cada uno de nosotros éste es mi cuerpo que será entregado por los demás y está es la acción de caridad de la iglesia diocesana, la iglesia diocesana se tiene que hacer prójimo.

Dios y María Santísima nos ayuden y tengo gran esperanza, tengo gran esperanza con mis queridos hermanos presbíteros, con ustedes queridos hermanos fieles cristianos, todos los que habitan en los pequeños pueblitos, en los ranchitos, todos los que habitan en las comunidades en nuestra ciudad capital de Cuernavaca. Tengo gran esperanza que María Santísima, que el Espíritu Santo, que Dios Padre, que nuestro Señor Jesucristo nos llevarán por ese camino.

Que Dios les bendiga oremos por nuestra iglesia, para que sepamos aprender de María el camino, este camino, esta nueva etapa pastoral. Yo tengo diez meses de haber llegado, ayer cumplí diez meses, con ustedes y estar con ustedes. Y tengo gran esperanza que Dios nuestro Señor nos va a hacer disfrutar el gozo de ser hijos de Dios e hijos de María Santísima. Recemos por nuestro Estado, por su paz, por su justicia, por su verdad y eso también nosotros tenemos que cooperar y el día que nuestras comunidades, que nuestras personas reflorezcan a ejemplo e María Santísima con la fuerza del Espíritu Santo nuestro Estado será otro. Nuestro Estado será una tierra de paz, de trabajo, como se dice de libertad y de los hijos de Dios que viven juntos, como hermanos.

Me da mucho gusto que hayan venido. Gracias por venir.
Que Dios y María Santísima les bendigan.

 
 
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