20 de octubre de 2010
Muy queridos hermanos y hermanas,
queridos hermanos sacerdotes. Con gran alegría la Diócesis
de Ciudad Valles, está una vez más ante las plantas de la
Santísima Virgen María de Guadalupe, aquí en su casita del
Tepeyac, de todas partes de la diócesis, de todos los municipios,
de todas las parroquias, han venido para participar en la
eucaristía que hoy nos une, y hoy tenemos tres motivos muy
importantes.
Primero como peregrinación
diocesana aquí estamos a las plantas de María, cada uno
trae sus peticiones particulares, familiares, de comunidad,
toda la diócesis presenta también estas peticiones a la
Santísima Virgen María. Pero hay otro motivo también, estamos
a nivel de nuestra patria celebrando el bicentenario de
la Independencia de México y el centenario de la Revolución
Mexicana, y queremos unirnos a la alegría de nuestra patria,
unirnos todos en la oración a Nuestra Madre Santísima de
Guadalupe, ella que nos recibió como hijos pequeñitos y
delicados al nacer y vino al Tepeyac y se apareció al indio
Juan Diego, ofreciendo todo su amor, su gracia, su bendición,
su consuelo: “No estoy yo aquí que soy tu madre, no estas
en mi regazo y corres por mi cuenta”.
Desde ese momento María nos
recibe como hijos suyos, y nosotros haciendo eco de aquella
palabra de Jesús en el calvario, “ahí está tu hijo"
y a Juan le dice “ahí está tu madre”.
Desde ese momento le renovamos
a María nuestro amor, y por eso en el corazón de todo mexicano
está esta devoción a Nuestra Madre María de Guadalupe.
Y además recordemos como el padre Hidalgo, párroco de Dolores,
tomó el estandarte de la Santísima Virgen de Guadalupe,
para anunciar el movimiento de Independencia y puso bajo
su protección a toda nuestra patria. Y nosotros hoy hacemos
lo mismo, pedimos por nuestra patria y queremos trabajar
por su progreso espiritual y material, por la paz hasta
los últimos rincones de nuestra patria.
Y también acercándonos ya,
dentro de un mes a la celebración del centenario de la Revolución,
queremos también pedirle a Nuestra Madre Santísima, que
bendiga a México y que poco a poco con el trabajo de todos,
se vallan estableciendo la paz, la justicia, la fraternidad,
en medio de nosotros vamos a pedírselo así a nuestra Madre
Santísima.
Y también hermanos, otro motivo
que nos une, es una celebración de los 50 años del inicio
de nuestra Diócesis de Ciudad Vallés, el 27 de noviembre
próximo estaremos cumpliendo 50 años de vida en la Iglesia,
y queremos que este bicentenario, que ya venimos celebrando,
recordando desde hace un año en el año jubilar sea una ocasión
para afianzar más y más nuestra fe, a través del Evangelio.
La evangelización para que
esta palabra llegue a todos los rincones de la diócesis,
que llegue a todos los hogares, a todas las familias, a
través del trabajo de los sacerdotes, pero también de todas
las familias, de todas las comunidades cristianas de nuestra
diócesis.
Por eso hoy le pedimos a María,
que sea ella la que nos acompañe en este cincuentenario,
y también la vivencia de nuestra fe a través de nuestra
experiencia de Dios, esa sabiduría que nos da el Espíritu
Santo, para que penetre en todos los corazones, en todas
las mentes y podamos vivir nuestra fe plenamente.
Y ahora que estamos celebrando
este cincuentenario de nuestra diócesis, queremos que en
todas las diócesis este en este movimiento evangelizador
y de santificación, cada uno de los miembros de nuestra
diócesis, los sacerdotes, la santificación de los sacerdotes,
el aumento y perseverancia de las vocaciones, la unidad
de las familias y de los matrimonios cristianos, los jóvenes,
los niños, nuestros hermanos indígenas de las diferentes
comunidades, parroquias también, pues todos aquellos hermanos
que viven distanciados de la Iglesia de Cristo, de Dios
también. Por ellos pedimos para que Nuestra Madre Santísima,
los reciba en su manto y nos reciba dentro del hueco de
sus manos, como ella misma se lo dijo a Juan Diego, así
quiere tenernos a todos muy cerca de su corazón.
Ahora hermanos démosle gracias
a Dios por estos 50 años, mi motivo realmente grande, cuantas
bendiciones nos ha dado el Señor en estos 50 años de vida
diocesana, trabajemos también para que nuestro plan de pastoral
y se realice en todas nuestras parroquias y comunidades,
para poder ofrecerle al Señor.
Que su trabajo de evangelización
y que todos lleguemos a ser esos misioneros de Cristo, discípulos
y apóstoles, que hoy la iglesia quiere. Que en Cristo Nuestro
Señor, todos nuestros pueblos sean bendecidos por el Señor
en la unidad en la fe y en el amor; lo que el apóstol san
Pablo nos decía en la carta a los Efesios, Dios nos ha dado
esa gracia inmensa de darnos a conocer el misterio maravilloso
de su amor de que la salvación es para todos los hombres
de la tierra y que nosotros hemos llegado a conocer este
misterio de amor por medio de la gracia del Espíritu Santo
por medio del Evangelio para que lo hagamos crecer para
nosotros mismos y para nuestro alrededor todos tenemos que
ser servidores de Jesús, servidores de Cristo, servidores
de Dios en el cumplimiento de nuestros deberes diarios.
Lo recordaba el santo Evangelio,
ser siervos que esperen la llegada de su Señor, pero de
una espereza no pasiva si no de una esperanza activa, el
cumplimiento de nuestros deberes y en el amor a nuestros
hermanos, una esperanza que avive siempre nuestra fe y que
esperemos la llegada de Nuestro Señor.
Pues todos estos motivos nos
unen hoy aquí ante el altar de esta hermosa Basílica de
Guadalupe, y ante la imagen de Nuestra Madre Santísima presentémosle
todas nuestras peticiones y propongámonos seguir adelante,
seguir siendo fieles a la palabra del Señor, fieles a nuestra
fe y a ese amor inmenso que Jesús nos ha manifestado, y
que nos lo ha recordado Nuestra Madre Santísima de Guadalupe.