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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Roberto Octavio Balmori Cinta, M.J., Obispo de la Diócesis de Ciudad Valles, San Luis Potosí, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

20 de octubre de 2010

Muy queridos hermanos y hermanas,  queridos hermanos sacerdotes. Con gran alegría la Diócesis de Ciudad Valles, está una vez más ante las plantas de la Santísima Virgen María de Guadalupe, aquí en su casita del Tepeyac, de todas partes de la diócesis, de todos los municipios, de todas las parroquias, han venido para participar en la eucaristía que hoy nos une, y hoy tenemos tres motivos muy importantes.

Primero como peregrinación diocesana aquí estamos a las plantas de María, cada uno trae sus peticiones particulares, familiares, de comunidad, toda la diócesis presenta también estas peticiones a la Santísima Virgen María.  Pero hay otro motivo también, estamos a nivel de nuestra patria celebrando el bicentenario de la Independencia de México y el centenario de la Revolución Mexicana,  y queremos unirnos a la alegría de nuestra patria, unirnos todos en la oración a Nuestra Madre Santísima de Guadalupe, ella que nos recibió como hijos pequeñitos y delicados al nacer y vino al Tepeyac y se apareció al indio Juan Diego, ofreciendo todo su amor, su gracia, su bendición, su consuelo: “No estoy yo aquí que soy tu madre, no estas en mi regazo y corres por mi cuenta”.

Desde ese momento María nos recibe como hijos suyos, y nosotros haciendo eco de aquella palabra de Jesús en el calvario,  “ahí está tu hijo" y a Juan le dice “ahí está  tu madre”.

Desde ese momento le renovamos a María nuestro amor, y por eso en el corazón de todo mexicano está esta devoción a Nuestra Madre María de Guadalupe.  Y además recordemos como el padre Hidalgo, párroco de Dolores, tomó el estandarte de la Santísima Virgen de Guadalupe,  para anunciar el movimiento de Independencia y puso bajo su protección a toda nuestra patria. Y  nosotros hoy hacemos lo mismo, pedimos por nuestra patria y queremos trabajar por su progreso espiritual y material, por la paz hasta los últimos rincones de nuestra patria.

Y también acercándonos ya, dentro de un mes a la celebración del centenario de la Revolución, queremos también pedirle a Nuestra Madre Santísima, que bendiga a México y que poco a poco con el trabajo de todos, se vallan estableciendo la paz, la justicia, la fraternidad, en medio de nosotros vamos a pedírselo así a nuestra Madre Santísima.

Y  también hermanos, otro motivo que nos une, es una celebración de los 50 años del inicio de nuestra Diócesis de Ciudad Vallés, el 27 de noviembre próximo estaremos cumpliendo 50 años de vida en la Iglesia, y queremos que este bicentenario, que ya venimos celebrando, recordando desde hace un año en el año jubilar sea una ocasión para afianzar más y más nuestra fe,  a través del Evangelio.

La evangelización para que esta palabra llegue a todos los rincones de la diócesis, que llegue a todos los hogares, a todas las familias, a través del trabajo de los sacerdotes, pero también de todas las familias, de todas las comunidades cristianas de nuestra diócesis.

Por eso hoy le pedimos a María, que sea ella la que nos acompañe en este cincuentenario, y también la vivencia de nuestra fe a través de nuestra experiencia de Dios, esa sabiduría que nos da el Espíritu Santo, para que penetre en todos los corazones, en todas las mentes y podamos vivir nuestra fe plenamente.

Y ahora que estamos celebrando este cincuentenario de nuestra diócesis,  queremos que en todas las diócesis este en este movimiento evangelizador  y de santificación, cada uno de los miembros de nuestra diócesis, los sacerdotes, la santificación de los sacerdotes, el aumento y perseverancia de las vocaciones,  la unidad de las familias y de los matrimonios cristianos, los jóvenes, los niños, nuestros hermanos indígenas de las diferentes comunidades, parroquias también, pues todos aquellos hermanos que viven distanciados de la Iglesia de Cristo, de Dios también. Por ellos pedimos para que Nuestra Madre Santísima, los reciba en su manto y nos reciba dentro del hueco de sus manos, como ella misma se lo dijo a Juan Diego, así quiere tenernos a todos muy cerca de su corazón.

Ahora hermanos démosle gracias a Dios por estos 50 años, mi motivo realmente grande, cuantas bendiciones nos ha dado el Señor en estos 50 años de vida diocesana, trabajemos también para que nuestro plan de pastoral y  se realice en todas nuestras parroquias y comunidades, para poder ofrecerle al Señor.

Que su trabajo de evangelización y que todos lleguemos a ser esos misioneros de Cristo, discípulos y apóstoles, que hoy la iglesia quiere. Que en Cristo Nuestro Señor, todos nuestros pueblos sean bendecidos por el Señor en la unidad en la fe y en el amor; lo que el apóstol san Pablo nos decía en la carta a los Efesios, Dios nos ha dado esa gracia inmensa de darnos a conocer el misterio maravilloso de su amor de que la salvación es para todos los hombres de la tierra y que nosotros hemos llegado a conocer este misterio de amor por medio de la gracia del Espíritu Santo por medio del Evangelio para que lo hagamos crecer para nosotros mismos y para nuestro alrededor todos tenemos que ser  servidores de Jesús, servidores de Cristo, servidores de Dios en el cumplimiento de nuestros deberes diarios.

Lo recordaba el santo Evangelio, ser siervos que esperen la llegada de su Señor, pero de una espereza no pasiva si no de una esperanza activa, el cumplimiento de nuestros deberes y en el amor a nuestros hermanos, una esperanza que avive siempre nuestra fe y que esperemos la llegada de Nuestro Señor.

Pues todos estos motivos nos unen hoy aquí ante el altar de esta hermosa Basílica de Guadalupe, y ante la imagen de Nuestra Madre Santísima presentémosle todas nuestras peticiones y propongámonos seguir adelante, seguir siendo fieles a la palabra del Señor, fieles a nuestra fe y a ese amor inmenso que Jesús nos ha manifestado, y que nos lo ha recordado Nuestra Madre Santísima de Guadalupe.

 
 
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