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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Juan Guillermo López Soto, Obispo de la Diócesis de Cuauhtémoc-Madera, en ocasión de su peregrinación, a la Basílica de Guadalupe.

29 de enero de 2010

Muy queridos hermanos y hermanas, de verdad hoy en este año que iniciamos pastoralmente, 2010, hemos encomendado hace unos días en la ciudad de Madera la Misión Diocesana a nuestra Madre y Señora de Guadalupe. Fue un día en el que el presbiterio de la diócesis presenta su homenaje a la Madre y nos pareció bien encomendarle esa tarea que es muy nuestra, que es de la Iglesia Universal.

La Iglesia es esencialmente misionera. La Iglesia existe para evangelizar, es su vocación, es su misión, es su identidad más profunda, nos decía el Papa Pablo VI. Entonces, nosotros católicos bautizados, consagrados, consagradas, miembros del pueblo de Dios que participamos del Sacramento del Orden estamos llamados a evangelizar y no es otra cosa que lo que hoy hemos escuchado en el Evangelio. Hacer que la pequeña semilla que se ha depositado en cada uno de nosotros desde el bautismo vaya creciendo, madurando y vaya dando frutos de madurez, de fraternidad, frutos de cohesión, de comunión entre nosotros, frutos de ser constructores de una sociedad mejor en la justicia y la verdad.

Aquí, como en muchos lugares de nuestra patria, lo anhelamos y lo requerimos con urgencia, para empezar a vivir en un estado de Derecho, para que los que habitamos este país podamos vivir, como seres humanos, como personas con dignidad, sabiendo que nosotros, desde nuestra fe, estamos trabajando como le hemos pedido hoy al Padre Dios, por el progreso de nuestra patria. Pero, desde caminos de justicia y de paz. Desde ahí nosotros queremos una patria mejor, que de verdad vaya progresando en todos los aspectos, no nada más en lo económico, aunque hoy tengamos crisis económica, pues, no es lo más importante. Tenemos que crecer, como personas integralmente, que de verdad todos los que habitamos esta patria podamos mirar hacia adelante, hacia el futuro con esperanza, porque también desde nuestra fe sabemos que nuestra esperanza es Dios.

Ciertamente, para muchos de nosotros y para muchos hermanos nuestros, que habitamos este país, pues, la plataforma nuestra está sin Dios, es lo que escuchamos hoy en la primera parte de la Palabra de Dios. Como cuando nos falta Dios cometemos grandes errores, le pasó al Rey David, y es un antepasado del Hijo de Dios. Jesús nace en la casa de David, y David cometió una grave falta descrita hoy, pues, como una historia de la cual arrepentido él lloró después mucho tiempo. Como se apropió de la mujer ajena, de la mujer de Urías.

Nosotros, también, queridos hermanos y hermanas, cuando hemos prescindido de Dios en muchas etapas de nuestra vida, pues, tenemos que partir de lo que somos, y somos pecadores. Y Jesús se hizo hombre porque éramos pecadores y no temió mezclarse con los pecadores. Ahí donde estaban los pecadores, en el río con Juan Bautista. Ahí se mezcló con ellos y comía con pecadores, era amigo de prostitutas, pero ¿para qué? Para elevarnos. El punto de partida será ese encuentro vivo con Él, cuando sintamos que de verdad somos amados por Dios y entonces va a empezar en cada uno de nosotros el proceso de la semilla. Ese como la semilla es enterrada en la tierra, va dando fruto y aunque el sembrador esté día y noche viendo, no sabe como de repente brota el fruto.

Eso, queridos hermanos y hermanas, nos hace ver como Dios siempre trabaja y trabaja en nosotros, trabaja y está presente en nuestra historia, en nuestra sociedad. Y como ese Reino de Dios tiene que ir creciendo e ir llegando a todos los ambientes. También nos lo recordaba Pablo VI a los centros de decisión a globalizar el amor, a globalizar la economía, a globalizar la solidaridad, a quitar fronteras lo escribimos como Conferencia del Episcopado Mexicano aquí en el año 2000, como ya hubo santos de mediados del siglo pasado, que anhelaban un mundo sin fronteras donde no tengamos que presentar pasaporte, para trasladarnos de un país al otro, sino que de verdad la fraternidad este viva entre nosotros y no hagamos distinción de razas, ni de culturas, ni de lenguas porque Dios es el mismo y es para todos.

Entonces, ese Reino de Dios, queridos hermanos y hermanas, en nuestra diócesis tendrá que ir creciendo con la participación de todos: los consagrados, las consagradas, los laicos, los ministros ordenados. Tendrá que ir creciendo, no vamos a conformarnos únicamente con recibir el anuncio, la noticia gozosa de que Dios nos ama, nos salva y nos redime, y después celebrarlo en la liturgia; tenemos que proyectar nuestra fe en todo lo social: en el trabajo de las empresas, de las economías, de la política, en todo en lo que nos desenvolvemos, como seres humanos.

El mismo Papa Pablo VI, cuando envió un mensaje aquí a México con motivo de la coronación de nuestra Señora de Guadalupe, nos decía que: nuestra fe en Ella, nuestro amor a Ella, nuestro a cariño a Ella deberá estar marcado con un grave compromiso social. Entonces, ¿cuánto tenemos que hacer como creyentes en nuestro mundo, en nuestra sociedad? ¿cuánto tenemos que trabajar para no sólo buscar nuestros intereses personales, sino buscar los intereses de la nación y del país?

Pues, todo eso, queridos hermanos y hermanas, hoy lo ponemos en manos de nuestra Madre, Ella está aquí para mostrarnos todo su amor, su consuelo, su auxilio, su cariño. Y nosotros por eso acudimos llenos de confianza para que Ella interceda por nosotros.

Hoy en nuestra peregrinación vienen personas, me platicaban de un jovencito de Alburquerque que en un accidente perdió la vista o ve poco. Viene gente de Estados Unidos, de otros Estados, de Durango. Hay muchos paisanos nuestros que radican aquí en la capital y que están con nosotros y nosotros, cada uno en una oración personal le tendrá que decir muchas cosas a la Madre; a la que sabemos que nos ama; a la que ha querido quedarse con nosotros y que la sentimos cercana. Para que la grande problemática de nuestro Estado y de nuestra diócesis, que ya la conocemos todos y que nuestros medios nos preguntan sólo por lo negativo. Pues, vayamos superándolo, vayamos siendo en el hoy de nuestras vidas, personas que trabajan con aliento, con fervor, con esperanza, porque si alguien estará y está permanentemente con nosotros es nuestro Señor y Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Entonces, pongámonos nosotros mismos en manos de Dios bajo su amparo, bajo su protección y encomendemos nuestras tareas, a nuestros seres queridos, a quienes no conocemos también, verdad, de allá de nuestros Estado, de nuestra diócesis, para que lo que hemos iniciado el 19 de enero, como una pequeña semilla en la Ciudad Madera, origen de nuestra diócesis, vaya dando frutos abundantes, frutos de salvación, frutos de vida eterna, pero también frutos hoy de una sociedad más humana, más fraterna, más justa y solidaria.

 
 
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