8 de
agosto de 2010
Muy queridos hermanos presbíteros
y diáconos, muy queridas hermanas de la Vida Consagrada,
muy queridos seminaristas, muy queridos hermanos, todos,
en el Señor. En el año celebrativo del Bicentenario de nuestra
independencia nacional. Venimos de la iglesia que peregrina
en Mazatlán a la casa solariega del Tepeyac al Santuario
Nacional que es el ámbito sagrado más venerado y apreciado
donde los creyentes solemos tener una singular experiencia
de Dios junto a la Madre de nuestro Salvador y aquí hoy
manifestamos nuestra profunda gratitud por el don de la
fe. El don de la fe en Dios-Amor, Padre, Hijo y Espíritu
Santo que es el fundamento de lo que esperamos y la garantía
de las realidades que no vemos.
La fe de Abraham, de Moisés,
de los profetas, de María de Nazaret. Fe que se dimensionó
en plenitud, en la vida y enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo.
Fe que en la Nación Mexicana recibimos por el anuncio evangelizador
de heroicos misioneros, evangelización alentada por la predilección
de la misma Madre del Señor en el Acontecimiento Guadalupano.
Bendito seas Señor por habernos concedido la fe en Dios-Amor.
La fe de nuestros padres que nos ha vivificado en el tiempo
y en la historia patria, que ha florecido en abundantes
frutos de santidad, de caridad. Fe que nos ha sostenido
en las pruebas y adversidades, que llena de gozo a los padres
en el nacimiento de sus hijos, que nos ayuda en el crecimiento
y en el desarrollo. Fe que es luz y lámpara para nuestros
pasos, refugio en las caídas, seguridad del perdón divino,
fortaleza en la debilidad de los enfermos y de los ancianos
en el ocaso de la vida. Serena unción al aproximarse el
final del trayecto terreno con la firme certeza de que la
muerte es el paso necesario para la vida gloriosa en la
imperecedera comunión con Dios.
Gracias Señor por los dones
de la fe y de la esperanza cierta y porque nuestra identidad
e historia nacional están pletóricos de ellos. Y porque
en la intimidad del corazón de México palpita Jesucristo,
imagen del Padre misericordioso, Dios y Hombre animado por
el Espíritu, llamado por Santa María de Guadalupe. Quienes
estamos ciertos que nos aman, mientras transitamos como
peregrinos en este mundo y con quienes ansiamos una patria
mejor, que es la del cielo.
La fe y la esperanza no nos
retraen de nuestras tareas ordinarias y cotidianas, sino
al contrario nos impulsan con dinamismo a asumir comprometidamente
nuestra existencia y nos piden estar siempre preparados,
porque nuestro final es incierto. No sabemos a qué hora
vendrá el hijo del hombre, por ello nuestra y nuestra esperanza
nos hace ser firmes y serenos y se deben traducir en obras;
nos impulsan a ser responsables y activos; nos señalan que
nuestro máximo tesoro donde deberá estar nuestro corazón
es nuestro Dios y que por ello debemos conseguir unas bolsas
que no se destruyen y acumular una riqueza que no se acaba,
que no pueden robar los ladrones, ni destruir el tiempo
y la polilla. Esa riqueza inmarcesible, indestructible se
va constituyendo con acciones de servicio, generosidad y
caridad al prójimo con los gestos de nuestra bondad y misericordia,
con nuestro procedimiento recto, inspirado en el Evangelio,
con nuestro respeto y apertura a los demás, con la lucha
en la búsqueda de la unidad y armonía familiar, con el compromiso
prudencia y fidelidad en nuestra vocación y misión en este
mundo, con la entusiasta vivencia de los sacramentos, de
la oración y sobretodo el amor indivisible a Dios siendo
consientes, como decía santa Teresa de Jesús: quien tiene
a Dios nada le falta.
Recordemos lo que recientemente
expresaba Benedicto XVI: la fe y la oración no resuelven
los problemas, pero permiten afrontarlos, con nueva luz
y fuerza, de manera digna del hombre y de un modo
sereno y eficaz. Por nuestra fe y esperanza debemos
evitar el ofender, herir y lesionar a la persona de los
demás; estar lejos de todo lo que atente contra los derechos
humanos y a la dignidad de todo hombre y de toda mujer.
Lejos, particularmente, de afectar el bien supremo de la
vida.
Pedimos en estos días por los
periodistas, que están implorando que se les respete a ellos
siempre el bien supremo de la vida, por el derecho de conocer
que todos sabemos, por el derecho de informar que ellos
tienen. Debemos evitar dejarnos conducir por la lesiva búsqueda
del placer y tratar de no ser negligentes y descuidados;
que cumplamos lo que dice la Escritura desde el Antiguo
Testamento, no hagas a nadie lo que no quieras que te
hagan; da de tu pan al hambriento y da tus vestidos al desnudo;
busca el consejo de los prudentes; bendice al Señor en todas
circunstancia; pídele que sean rectos todos tus caminos.
Queridos hermanos y hermanas,
que estemos constantemente listos con la túnica puesta y
las lámparas encendidas. Así cuando llegue el Señor nos
sentará a su mesa y tendremos el gozo inigualable de que
Él nos sirva. Que a todos nos inspiren los vigorosos testimonios
de fe, de nuestros santos y mártires mexicanos. El de san
Felipe de Jesús, que por su fe abandonó una prospera situación
económica aquí en la Ciudad de México, dejó los bienes materiales
del mundo para ser libre en el seguimiento de Cristo anhelando
los bienes del cielo; bienes que se le transparentaron en
su muerte martirial en la Colina de Nagasaki. Que nos ilumine
la fe de Miguel Agustín Pro cuyos restos están en ese altar
de la Basílica de Guadalupe y la fe de los mártires de Cristo
Rey que murieron ofreciendo su población por México y perdonando
a quienes decretaron y ejecutaron sus injustas condenas
capitales. Que nos motive la fe admirable de san Rafael
Guizar y Valencia, que sufrió con abnegación y paciencia
decisiones arbitrarias en su ministerio presbiteral, que
nunca le arrebataron su entrega a Dios y su manifiesta alegría.
Que nuestra fe, esperanza y
caridad nos dinamicen en la configuración de una sociedad,
de un México y un Sinaloa más fraterno, más justo, más armonioso
y más democrático donde los ideales de la Independencia
y del movimiento de 1910 sean una realidad para todos los
mexicanos.
Santa María de Guadalupe continua
rogando a Dios por nosotros para que seamos mejores hijos
del Padre; animosos seguidores de Jesucristo y más disponibles
al Santo Espíritu que nos santifica, nos fortalece y hace
nuevas todas las cosas. Y Tú, la Virgen del pendón de Miguel
Hidalgo; la generala de José María Morelos; la del nombre
del primer presidente de México; la proclamada en la fiesta
nacional de Juárez; la que iba en los sombreros de las huestes
de Emiliano Zapata; la siempre amada de los mexicanos, ruega
por nuestra patria y por todos sus hijos. Que seamos fieles
al amor de Dios y diligentes en la caridad entre nosotros.
Que así sea.
“Mi corazón en amarte eternamente
se ocupe y mi lengua en alabarte, Madre mía de Guadalupe”.