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Homilía
pronunciada por Mons. José Luis Castro Medellín, Obispo de la Diócesis de Tacámbaro, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

8 de mayo de 2010

Saludo muy afectuosamente a todos mis hermanos sacerdotes los que han podido venir acompañando a sus feligreses y aquellos que no han podido venir por compromisos pastorales. Saludo a mis hermanos diáconos, a los queridos seminaristas, a las hermanas religiosas, a todos mis hermanos, que como peregrinos han acudido a esta invitación. Saludo también a los hermanos en la fe que nos acompañan en esta celebración.

Hace un año las contingencias ambientales nos impidieron venir a postrarnos ante esta imagen bendita de Nuestra Señora de Guadalupe, pero ahora, en este Año Sacerdotal, el Señor Jesús nos ha permitido venir como peregrinos a rendirle homenaje a su Madre y nuestra Madre que nos hace sentir su continuamente su maternal intercesión en nuestro caminar como hijos de Dios e hijos de Ella.

De manera particular en esta ocasión queremos agradecer a Dios por medio de María la vocación y presencia de aquellos que consideramos nuestros padres en la fe, los obispos, sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos que abrieron el surco para tirar las nuevas semillas del Evangelio en la recién creada Diócesis de Tacámbaro desde hace noventa años, respondiendo al llamado de Dios como pioneros en esta noble tarea. Gracias sean dadas a Dios y a la generosidad de quienes nos han precedido en el camino de la fe. Sus fatigas, sufrimientos y sudores sin duda que ya han sido reconocidos y premiados por Dios, nuestro Padre asociándolos al triunfo de la Resurrección de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

No podemos olvidar a nuestros hermanos sacerdotes enfermos y ancianos que durante muchos años dieron testimonio de su amor a Dios y a la Iglesia recorriendo los caminos polvosos de nuestra diócesis para anunciar la Buena Nueva del Evangelio y que ahora el Señor los ha hecho partícipes de su pasión redentiva; para ellos te pedimos Madre que los sigas acompañando y reconfortando para que su vida siga siendo una ofrenda grata a los ojos de tu Hijo Jesucristo y del Padre Celestial, que sus sufrimientos nos alcancen gracias especiales de conversión a quienes estamos empeñados en la tarea evangelizadora.

En este Año Sacerdotal, queremos pedirte Madre, de manera particular, por los Sacerdotes que gastan su vida en el servicio a Dios y de la Iglesia, alcánzanos la gracia de llegar a ser verdaderos amigos de tu Hijo Jesucristo, discípulos y misioneros que no nos cansemos de conversar con Él en la oración diaria, que sigamos alimentándonos de su Palabra y de su Eucaristía que es el alimento que da la vida eterna y lo podamos repartir a manos llenas a nuestros hermanos en la fe, que sintamos la alegría de haber sido llamados por Cristo tu Hijo, a ser sus colaboradores en la extensión de su Reino; para nosotros te pedimos nos alcances el grande deseo de santidad, que siga siendo el gran objetivo de nuestra vida sacerdotal. Bendícenos y bendice nuestro ministerio para que día a día experimentemos el gozo y la alegría de ser colaboradores en la construcción del Reino. No permitas que la tristeza invada nuestros corazones ni que el desaliento nos vaya a hacer desistir de nuestra pertenencia a Dios. Concédenos Madre vivir en comunión plana con Dios, con la Iglesia, con el Santo Padre Benedicto XVI, con nuestros Obispos, en comunión con todos los que formamos la familia de los bautizados.

Nos duele mucho la labor de crítica destructiva que se ha desatado en contra de los sacerdotes, ocasionada en buena parte por los escándalos de algunos hermanos sacerdotes que han sido víctimas de las acechanzas del enemigo demonio, y que siendo minoría, han llegado a ser el único elemento de juicio para calificar la totalidad de los sacerdotes, muchos de ellos inocentes y comprometidos en la causa del Evangelio que están soportando el peso del día y del calor. Para los que han fallado, también te pedimos que les alcances la gracia de la conversión para que puedan reparar los daños causados a las víctimas, a la Iglesia ya la sociedad.

Queremos expresarte Madre, nuestro agradecimiento por los seminaristas que siguen con responsabilidad y entereza su proceso de formación deseando que un día puedan llegar a recibir la ordenación sacerdotal y sumarse a los pastores solícitos en la causa del Evangelio; protégelos, aliéntalos, ilumínalos para que sepan hacer frente a las dificultades que les ponga el demonio, que sepan luchar con la esperanza de vencer cualquier

obstáculo que vayan encontrando en su proceso de formación; grava en ellos el firme deseo de ser fieles colaboradores de tu Hijo Jesucristo. Dales un corazón limpio para que puedan amar las ovejas que se les confíen hasta entregar su vida por ellas. Además te pedimos que sigas bendiciendo la Obra de las Vocaciones sacerdotales y religiosas para que por su medio siga el Señor suscitando muchas y santas vocaciones y nunca falten jóvenes entusiastas que quieran responder con generosidad al llamado del Señor.

Te pedimos también que protejas nuestras familias, las de nuestros sacerdotes, seminaristas, de nuestras religiosas, pues la ofrenda que han hecho de sus hijos a la causa del Evangelio, sin duda que la recompensará tu Hijo divino; líbralas de todo mal, especialmente de los ataques de las fuerzas del mal que se han desatado en nuestra patria.

Finalmente, renovamos nuestra consagración a Ti, Madre, como Diócesis, queremos ser tuyos y siempre tuyos, así como acogiste a San Juan Diego para confiarle tus deseos, así también queremos que cuentes con nosotros para ser tus mensajeros, queremos seguir llevando la luz de la Buena N ueva a nuestros hermanos que no conocen a tu Hijo Jesús o a aquellos que se han apartado del buen camino. No retires tu mirada de nosotros que venimos como peregrinos a presentarte nuestras mucha y variadas necesidades. Pedimos tu bendición para nuestros grupos apostólicos para que sigan con mucha dedicación su labor evangelizadora en nuestras parroquias, que con su palabra y su testimonio de vida te sigan anunciando a ti como Madre y a tu Hijo Jesús como el único Salvador. Que tu Hijo divino siga bendiciendo el trabajo digno y honrado de nuestros hermanos y que nadie carezca de lo necesario para su vida humana y familiar.

MADRE, BENDÍCENOS, MADRE, BENDíCENOS, MADRE, BENDíCENOS.

 
 
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