3 de agosto de 2010
Un saludo a todos ustedes,
queridos hermanos, que vienen de diferentes partes. Especialmente
a los que vienen de allá, de aquellas tierras hermosas de
la Tarahumara, que vienen de las barrancas y de las montañas
a visitar a nuestra Mamá. Quiero saludar a los sacerdotes,
al padre Javier, al padre Toño, al padre Neftalí, al padre
Enrique, al padre Luis, al padre Rafa, al padre Juan, que
trabajan allá en la Tarahumara, muchas gracias padres. También,
saludamos al padre Héctor, nuestro Vicario General que está
en la parroquia de Cril. Pero, también, muy de la Tarahumara
que están con nosotros, que vienen del CENAMI el padre Elizar
y el padre Clodomiro. Y, también, muy de la Tarahumara,
que vienen de aquí de las Obras Misionales Pontificias Episcopales,
de la OMPE, al padre Carlos y al padre Memo que es el Director
Nacional de la OMPE.
Un saludo muy especial a las
hermanas religiosas, que están por aquí de tantas y tantas
comunidades, que trabajan en la sierra, hay una pequeñita
representación, porque ustedes le dan a la pastoral un toque
femenino, es decir: ustedes religiosas allá en la Tarahumara
son la expresión del amor misericordioso y tierno de nuestro
Dios, que es Padre y que es Madre.
Un saludo, también a los seminaristas,
hoy especialmente, saludamos a Jesús Gilberto Balbucea,
que va a recibir los ministerios del lectorado y de acolitado.
Y a los seminaristas, y a Gilberto y Enrique Ursua, dos
de ellos que son de allá, nacieron allá. Gilberto Balbucea
en Chinipas y Gilberto en San Rafael. Y que primero Dios
van a ser ordenados dentro de un año, porque van a tener
un año de inserción. Y a Enrique Ursua, que es de por aquí
del Estado de México, pero que ya tiene muchos años estudiando
para la diócesis. ¡Felicidades!
Desde la Diócesis de Tarahumara
venimos a la casa de nuestra Madre para sentir lo que Jesús
sintió, la ternura de su Madre y nuestra Madre. Estamos
aquí en casa para mirarnos en la casa de la Mamá, que nos
recibe con flores, como a Juan Dieguito. No hemos venido,
como turistas, sino como peregrinos. El turista se cansa,
el turista compra, el turista posee, el turista sólo viene
para sacar fotos que después va a perder, el turista pregunta
por las opiniones, regatea y casi siempre anda de mal humor.
El peregrino en cambio resiste, admira, disfruta, busca
la verdad, anda siempre alegre, valora y se entrega. En
la Tarahumara hay peregrinos, no sólo los mestizos y sobretodo
nuestros indígenas, alguno vinieron de aquel mundo indígena
con su diversidad: los Tepehuanes, los Guarijios, cuya cultura
que ha sido muy agredida casi termina, por desgracia. Los
Rarámuris tanto los de la sierra alta, como los Rarámuris
de la sierra baja, ellos son peregrinos.
¿No es acaso la vida de nuestros
indígenas eso? En medio de tantas espinas nos regalan las
flores para construir un mundo más humano y nos ofrecen
todo lo que tienen para construir un mundo más fraterno,
que amen la tierra, que construyan la dignidad, la liberta,
la identidad, respetando esa identidad de cada uno. Traemos
un regalo para María y Jesús, estos tres seminaristas que
han terminado sus estudios de Teología van a recibir los
ministerios de lectorado y acolitado, después de tantos
años de paciente espera el pueblo de Tarahumara se llena
de esperanza y de alegría en medio de su pobreza. Esperamos,
pues, que después de un año más de inserción estos tres
muchachos, que hoy dicen: aquí estoy. Puedan ser ordenados
pronto, como presbíteros.
¿Qué nos angustia hoy? ¿Para
qué nombrar tanto? sólo una cosa. En nuestro país se están
dando grandes amenazas contra la vida, don de Dios. También
en la sierra, el hambre, la desigualdad, la exclusión y
como si fuera poco el narcotráfico se ha hecho presente
como nunca. Los daños son inmensos, daños a la salud, porque
las victimas se destruyen, daños culturales, porque se mina
lo más sagrado del amor a la vida, a la tierra, a las tradiciones,
a la familia, daños a la visión del trabajo legítimo y honrado,
ya que ganar dinero fácil y sin esfuerzo se va haciendo
como una ley. El miedo en que se vive, como que ya no nos
deja vivir. Eso le traemos, esa angustia a nuestra Mamá,
porque nos preguntamos; si Dios nos hizo tan sencillos,
tan simples ¿por qué nos hemos complicado tanto? ¿por qué
llevamos tan dentro la agresividad y la violencia? ¿por
qué no hemos aprendido a ser hermanos en medio de las diferencias?
¿por qué no somos como deberíamos de ser y estamos llamados
a ser?
Mis hermanos, según la Palabra
de Dios fuimos creados para vivir en armonía, con Dios,
con los demás, con la naturaleza y con nosotros mismos.
El Génesis nos dice: que Dios nos hizo para la felicidad
y para la fraternidad. Por eso el hombre grita gozoso
al ver Eva: esta sí es carne de mi carne, y huesos de
mis huesos. Y tiene el primer diálogo con Dios, nuestros
primeros padres viven con alegría en el paraíso, pero esa
relación de comunión termina cuando el ser humano se deja
engañar por la serpiente.
Hubo una mujer que diálogo
con el maligno y nos hizo mucho mal a sus hijos. Vino la
caída y las consecuencias, salir del paraíso. Nuestros primeros
padres fueron engañados y perdieron la inocencia, se hicieron
maliciosos como la serpiente, perdieron la gracia de Dios
y dejaron de ver el mundo con los ojos de la inocencia.
Hay dos preguntas dramáticas que Dios le hace al ser humano.
La primera es: ¿dónde estás? le dice Adán al hombre. Y la
segunda: ¿dónde está tu hermano? son preguntas muy pesadas,
que hoy también resuenan en este milenio que se está asomando.
A la primera pregunta: el hombre se escondió y no contestó.
Y a la segunda: Caín tampoco contestó. Su respuesta fue
sínica y agresiva: ¿a caso soy guardián de mi hermano? Las
preguntas son para todos y muy actuales, nos involucran
a todos y en cualquier época, cada uno tiene que responder,
pero no todos se han escondido en su respuesta ha habido
hombres y mujeres que han respondido: heme aquí,
como Abraham; aquí estoy, como Jacob; heme aquí,
dijo Moisés.
También, hoy en la tierra Tarahumara
muchos mestizos pobres, que son los preferidos de Dios,
están diciendo: aquí estoy Señor con mis hermanos. Pero
sobretodo muchos indígenas en un mundo neoliberal e injusto
dicen: aquí estamos. Mis hermanos. ¿Cuánto podemos aprender
del mundo indígena? que por desgracia en la Iglesia también
de alguna manera hemos excluido, y cuánto podemos aprender
de ellos. No es el tiempo aquí para decirlo, pero ellos
están diciéndole hoy a la humanidad y al mundo: aquí estamos.
La más radical y asombrosa respuesta la tenemos en dos personas:
el Hijo de Dios, aquí estoy para hacer tu voluntad, y
la Santísima Virgen María, he aquí la Sierva del Señor.
Fueron las respuestas plenas: aquí estoy, nos dice
María, y aquí les traigo a mi Hijo para la unidad. Nos
dice María: aquí estoy con mis hijos. Por eso ahora
sí llenos de gozo le damos un buen aplauso a nuestra Madre,
que nos dice: hijos aquí estoy.
Si hubo una mujer que habló
con la serpiente y nos trajo la muerte y si hubo un hombre,
Adán, que con su desobediencia nos trajo también la muerte.
Hubo otra, una mujer, María, que diálogo con Dios y nos
trajo la vida: a Jesucristo. Cuando el ángel la saluda
con aquel piropo cariñoso: alégrate preciosa y le presenta
el plan de Dios sobre Ella y sobre la humanidad. María,
pregunta: acepta, obedece y corre el riesgo, su respuesta
fue un: sí total y sin condiciones. Ese sí de María
que dio en Nazaret y que traspasa los tiempos no fue un
sí pero; ni un sí ya veremos, ni un sí, según las circunstancias.
Fue un sí, sin ninguna reserva y condición, su respuesta
a la Palabra no fue a medias, sino total y exacta, fue un
aquí estoy hasta las últimas consecuencias. He aquí a
la esclava del Señor. Hágase en mí según tu Palabra. Por
eso, queridos hermanos, estamos aquí para decir, con María:
sí aquí estamos, para construir un mundo nuevo, donde
haya más libertad, igualdad, justicia y paz, por eso estamos
aquí.
Queremos sacarle ese milagro
a la Virgen Santísima, pero el que pide también da todo
de su parte. Queremos decirle a Dios con María sí aquí
estamos. Hoy queremos decirle: sí a la vida.
Hoy le pedimos a Dios que nos devuelva la inocencia, ser
inocente no significa ser ingenuo. Por eso rezamos, cantamos
y danzamos. Queridos indígenas de la sierra Tarahumara,
aunque no me escuchen porque no están aquí, no se cansen
de danzar. Queridos mestizos no se cansen de rezar, aunque
la violencia parezca ahogar la voz de los que estamos y
de los que no pudieron venir, queremos danzarle, el día
que no dancemos morimos, cuando muere la fiesta muere la
vida, cuando ya no se danza es que ya se ha perdido todo.
Ante tanta complicación pedimos
sencillez, la vida consiste en irse haciendo uno simple.
Dios nos hizo sencillos, pero nosotros nos complicamos,
la única solución que tiene la humanidad y que tiene México
no son los ejércitos, es el corazón de los sencillos y cuando
todos nos hagamos simples como Dios quiso.
Queridos hijos, Gilberto y
Enrique, al recibir los ministerios todos los presentes
nos unimos a ustedes para ayudarles a decir: sí, con y como
María, que sea un sí total y sin condiciones. La voz de
nuestra Madre siempre nos acompañará: eres mi hijo te
amo, ten entendido, hijo mío, el más pequeño que es nada
lo que te asunta y te aflige, no se turbe tu corazón, no
temas a esa enfermedad ni otra angustia alguna. ¿No estoy
yo aquí, que soy tu Madre? ¿no estás bajo mi sombra? ¿no
soy Yo tu salud? ¿no estás por ventura en mi regazo?
No son palabras tranquilizantes son palabras liberadoras,
para todos nosotros.
Vayamos, volvamos a nuestros
lugares con esa voz que resuena para poner lo que está de
nuestra parte sabiendo que María está con nosotros y que
Ella nos lleva a Jesucristo, nuestro todo, nuestra razón
de vivir.
Así sea.