Queridos hermanos y hermanas,
ha pasado un año más en nuestra vida y en nuestra historia, como pueblo
del Señor que peregrina en la montaña. Y nuevamente hemos llegado
a la casa de nuestra Madre Santa María de Guadalupe, aquí en el Tepeyac.
Llegamos agradecidos para pedirle interceda por nosotros, para que
seamos fieles discípulos de su Hijo Jesucristo; que nos ayude a ser
testigos de la verdad que Él nos ha anunciado. Trabajando por construir
un pueblo que tenga por cimiento el amor de Dios, que es el principal
mandamiento que Jesús nos dio y que es el fruto de la presencia del
Espíritu Santo en nosotros.
Hermanas y hermanos, estamos
aquí no solamente en razón de que reconocemos la historia que se escribió
un 12 de diciembre de 1531, cuando Santa María de Guadalupe, Madre
del verdadero Dios por quien se vive acude a este Cerro del Tepeyac
al encuentro de un hombre humilde, sencillo, campesino, un hombre
bueno, un hombre de fe y esperanza llamado Juan Diego. Estamos aquí
porque además de reconocer este hecho histórico creemos en él. Sabemos
que es verdad lo que aconteció y si creemos en él y sabemos que es
verdad. Estamos aquí porque queremos involucrarnos en este acontecimiento
histórico, que cambió profundamente la historia y en él nuestra fe.
Ahora estamos aquí porque deseamos
que continúe cambiando nuestra historia personal y nuestra historia
comunitaria en nuestros pueblos de la montaña entre nuestros hermanos
y hermanas Mepa, Náhuatl, Nazahui y entre nuestros hermanos y hermanas
mestizos.
Hoy hemos escuchado en la primera
lectura tomada del Libro del profeta Ezequiel, como el profeta ve
salir agua del templo, era un agua que daba vida y fertilidad. Así
debe ser este Acontecimiento Guadalupano, debe dar vida y fertilidad
en Cristo. Este acontecimiento que ha marcado profundamente nuestra
fe nos conduce a recordar, que nuestra Iglesia debe de actuar con
signos que surgen del hecho guadalupano, deben de estar presentes
en nuestra vida, como discípulos y misioneros. Y por lo tanto estos
signos si están presentes en nuestra vida, deben de estar presentes
en nuestro Plan Pastoral y así en nuestro actuar. Estos signos, hermanas
y hermanos, nos dan vida y, entonces, nos dan fertilidad en Cristo.
Pensando en algunos signos,
yo quisiera destacar tres:
Primero: destacar con espíritu
de pobreza y humildad evangélica, contemplando a Santa María. Ella
aparece en la Escritura, como aquella sierva humilde, que tiene puesta
su esperanza en Dios, por eso Ella sobresale entre los pobres de espíritu,
que esperan en Dios. Los pobres tienen necesidad y sed de Dios. Ella
se aparece a san Juan Diego con amor, cariño y humildad, y le dice:
sábelo, ten por cierto hijo mío, el más pequeño, que yo soy la
perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por
quien se vive. El Creador de las personas; el Dueño de la cercanía
y de la inmediación; el Dueño del cielo; el Dueño de la tierra. Mucho
deseo que aquí me levanten mi casita sagrada.
Hermanas y hermanos, así nuestra
Madre de Guadalupe se manifiesta a los pobres, que esperan y que confían
en Dios, y ésta es la razón por la que Ella se manifiesta a un hombre
de espíritu humilde, a un pobre que ante los retos de la vida y problemas
tiene puesta su esperanza en Dios y tiene sed de Dios. Ahora que estamos
preparando nuestro Plan Diocesano de Pastoral. Hemos identificado
en nuestra diócesis la presencia de signos de muerte, de hechos, acciones
y formas de actuar, que nos alejan de la esperanza y su presencia
nos aleja de la fe. Y entonces al analizarlos podemos ver que nosotros
tenemos sed de Dios, porque no podemos seguir comulgando con estos
signos.
En el documento que estudiamos
para el segundo paso de nuestro Plan Diocesano de Pastoral, el juzgar,
las comunidades han dicho, entre otras: vemos con dolor que la cultura
de nuestro pueblo está siendo atacada e incluso en lo religioso por
la realidad actual. Es triste observar que muchas de las enseñanzas
de los abuelos y antepasados sobre nuestra vida espiritual se han
ido perdiendo poco a poco. Tenemos que recuperar lo que los abuelos
hacían: practicar la costumbre, educar a los hijos en las tradiciones;
sacar la fiesta de los santos patrones; invitar a los demás pueblos;
no negarnos a dar servicio; no creer en brujerías. Ellos nos enseñaron
a curarnos con la medicina tradicional; a mantener la sabiduría propia
de nuestros pueblos y cristiana; a no ir a otras religiones; a no
buscar el mal para nadie; a no creer en los malos agüeros; a no profanar
los lugares sagrados; a no desconocer la Palabra de Dios.
Hermanas y hermanos, el reconocer
la presencia de estos signos nos lanza como personas de fe y esperanza
a encontrar caminos que nos ayuden a transformarlos, los signos de
muerte por signos de vida en Dios.
En segundo lugar: no podemos
hablar de la evangelización de nuestros pueblos originarios, sin hablar
de la presencia viva de Santa María de Guadalupe en nuestro peregrinar.
Nos cuenta la historia que unos años después del encuentro de nuestra
cultura con la europea, la siempre Virgen María de Guadalupe se hace
presente en nuestra historia. Así Ella es parte de nuestro pueblo,
es el alma de nuestro pueblo y su encuentro con san Juan Diego es
signo para que nuestros pueblos originarios acepten el Evangelio de
su Hijo que transforma, que ilumina, que reclama la presencia de una
Iglesia que sea instrumento de salvación. Así Santa María de Guadalupe
llega a estar con nosotros, a ser de nosotros proclamando a su Hijo
Jesucristo. Nuestros pueblos se identifican particularmente con el
Cristo sufriente, lo vemos ahora durante estos días de la Cuaresma
y estos grandes viernes que vivimos en la montaña, lo miran a Jesús,
lo besan, tocan sus pies lastimados, como diciendo este es el que
me amó y se entregó por mí. Muchos de ellos golpeados, ignorados,
despojados no bajan los brazos con su religiosidad característica
se aferran al inmenso amor que Dios les tiene y que les recuerda permanentemente
su propia dignidad. También encuentran la ternura y el amor de Dios
en el rostro de María, en Ella ven reflejado el mensaje esencial del
Evangelio, nuestra Madre querida desde el santuario de Guadalupe hace
sentir a sus hijos más pequeños, que ellos están en el hueco de su
manto.
Hermanas y hermanos, así estamos
llamados a buscar caminos en nuestro Plan Diocesano de Pastoral, para
que nuestra iglesia de Tlapa este presente, como Santa María de Guadalupe
en el corazón de cada hermano y hermana; en el corazón de cada pueblo
que sea luz y sal, ejemplo de fidelidad, de entrega y de fe.
En tercer lugar: es muy claro
el ejemplo que Santa María de Guadalupe nos ha dado, Ella es el modelo
de una Iglesia que vive el anuncio del Reino de su Hijo en la promoción
integral de la persona y eso quiere decir que: evangelización y desarrollo
humano son dos acciones inseparables. Analicemos su encuentro con
san Juan Diego. Le habla en náhuatl, usa palabras que lejos de hacerlo
sentir una persona desprotegida le hacen sentir su amor, su respecto,
por eso san Juan Diego no se espanta, no huye, se ve y se siente valorado
por Santa María de Guadalupe, por la Madre del verdadero Dios.
Es éste, entonces, hermanas
y hermanos, el modelo que debemos de seguir desde el hecho guadalupano,
es ese el modelo para nuestra iglesia que peregrina en la montaña,
que desea aprender de Santa María, ser nueva, renovada, en y desde
Santa María. Pero para esto hay que ser humildes, como Santa María;
para esto hay que estar con Jesús; para esto hay que acercarnos a
la cruz, porque solamente así aprendemos, como Ella de su Hijo estando
junto a su Hijo en la cruz.
Madre nuestra, Santa María
de Guadalupe, hoy venimos a tus pies a ofrecerte y a pedirte, que
bendigas a tu iglesia, que peregrina en Chiapas. Te la ofrecemos juntamente
con nuestros sufrimientos y glamores. Te la ofrecemos a ti que estas
aquí presente con nosotros. Te la ofrecemos con nuestros cantos, velas
y flores. Te pedimos bendigas a nuestras familias y pueblos, a nuestros
animales y frutos. Que bendigas a nuestras autoridades. Que bendigas
a nuestros jóvenes y señoritas. Despertando en ellos el deseo de la
vocación sacerdotal y religiosa para que sean tus discípulos y misioneros.
Que bendigas especialmente a nuestros sacerdotes, ahora particularmente
en este año que oramos por ellos, para que sean santos, como tu Hijo
Jesucristo es Santo.
Santa María de Guadalupe, Tú
te encuentras presente en nuestra historia, eres nuestra historia,
tu presencia es señal del amor de tu Hijo Jesucristo en nosotros.
Tu imagen está presente en nuestros corazones, en nuestras casas,
en nuestros pueblos, montañas y campos. Deseamos ser como Tú en el
seguimiento de tu amado Hijo Jesucristo. Ayúdanos siguiendo tus pasos,
anunciando el Evangelio de paz y amor, construyendo desde nuestro
futuro Plan Diocesano de Pastoral una iglesia viva, alimentada por
la Palabra y la Eucaristía donde tenemos la presencia real de tu Hijo
Jesucristo nuestro Señor. Que deseamos, que viva y reine en nuestra
montaña por los siglos, de los siglos.
Amén.
¡Qué viva Santa María de Guadalupe!
¡Qué viva Cristo Rey!
¡Qué viva nuestra Diócesis de Tlapa!