InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías > Peregrinaciones
   
 
Homilía
pronunciada por Mons. José Guadalupe Galván Galindo, Obispo de la Diócesis de Torreón, en ocasión de su peregrinación a la Basílica de Guadalupe.

11 de agosto de 2010

Como cada año, un servidor, mis presbíteros, las religiosas y religiosos, como también una buena representación de nuestros fieles laicos de la Diócesis de Torreón, venimos desde el norte de la República Mexicana a visitar a la Virgen Morena. Nuestra Señora de Guadalupe, Ella nos recibe en esta su casa y nuestra casa. Distintos son los sentimientos con los que este día, representando a todos los católicos y hombres de buena voluntad de la Comarca Lagunera del Estado de Coahuila, nos postramos ante a los pies de la imagen bendita de la “Madre del Verdadero Dios por quien se viven”.

Como Juan Diego aquella fría mañana del 9 de diciembre de 1531, al acercamos a esta santa colina nos sentimos atraídos por "la flor y el canto", por la dulce tranquilidad que se respira en este santuario, signo inequívoco de la armonía y de la paz que Ella, la Dulce Señora testifica con su mirada amorosa. En nuestro corazón de hijos e hijas, escuchamos la llamada amorosa de la "sierva del Señor" que nos dice: "Juan, Juanito, Juan Dieguito, hijito mío, el más pequeño".

En el Nican Mopohua, el relato más antiguo sobre las Apariciones de la Santísima Virgen a Juan Diego en el leemos que precisamente Juan Diego, "al llegar a la cumbre del cerrito, tuvo la dicha de ver a una Doncella, que por amor a él estaba ahí de pie, la cual tuvo la delicadeza de invitarlo a que viniera Juntito a Ella. Y cuando llegó a su adorable presencia, mucho se sorprendió por la manera que, sobre toda ponderación, destacaba su maravillosa majestad: sus vestiduras resplandecían como el sol, como que reverberaban. Y la piedra, el risco en que estaba de pie, como que lanzaba flechas de luz. Su excelsa aureola semejaba al jade más preciosa, a una joya. La tierra como que bullía de resplandores, cual el arco iris en la niebla. Y los mezquites y nopales, y las otras varias yerbezuelas que ahí se dan, parecían esmeraldas. Cual la más fina turquesa su follaje, y sus troncos, espinas y ahuates deslumbraban como el oro. Ante su presencia se postró. Escuchó su venerable aliento, su amada palabra, infinitamente grata, aunque al mismo tiempo majestuosa, fascinante, como de un amor que del todo se entrega".

Durante ese maravilloso encuentro, en el corazón de Juan Diego "no se agitaba turbación alguna, ni en modo alguno nada lo perturbaba, antes se sentía muy feliz, rebosante de dicha".

En Juan Diego, la Santísima Virgen de Guadalupe nos contempla a todos y cada uno de nosotros. Sabemos que Ella conoce nuestros anhelos y esperanzas. Pero también, como una madre, sabe de nuestras tristezas y temores. Por eso en esta peregrinación queremos ser consientes de los lamentables acontecimientos, que como país y nosotros, como región estamos viviendo. Ella como lo hizo con Juan Diego nos pregunta en este día ¿a dónde vas hijo mío? Y es que nuestro presente y nuestro futuro para Ella no son indiferentes. Porque nos ama, parecería que nos cuestiona para ayudamos a tomar conciencia del momento que estamos viviendo. Principalmente, nosotros como Comarca Lagunera. No para que lo soportemos y suframos pasivamente, sino para que, comprometiéndonos con nuestra historia, que nosotros conozcamos nuestra realidad de luces y sombras, cada uno de nosotros hoy queremos reflexionar, como personas individuales, pero en este día, como peregrinos queremos también presentarnos como sociedad, porque nosotros seamos capaces de convertir este momento de dolor e incertidumbre, en una maravillosa y fecunda experiencia de vida que anhela la plenitud que su Hijo Jesucristo ha venido a traemos.

Hoy, a ti, Madre bendita de Guadalupe, ante esta imagen que nos recuerda el amor que siempre has tenido para cada uno de nosotros, Tú que nos pediste construirte este tu templo, tu casita diciéndonos: "En él estaré siempre dispuesta a escuchar su llanto, su tristeza, para purificar, para curar todas sus diferentes miserias, sus penas, sus dolores". Con palabras de los obispos de México te pedimos que en Cristo nuestra paz México tenga vida digna. Queremos decirte que nos duele Madre nuestra la sangre que se está derramando: la de los niños abortados, la de las mujeres asesinadas, la angustia de las víctimas de secuestros, asaltos y extorciones; las pérdidas de quienes han caído en la confrontación entre las bandas, que han muerto enfrentando el poder criminal de la delincuencia organizada o han sido ejecutados con crueldad y frialdad inhumana. Nos interpela el dolor y la angustia, la incertidumbre y el miedo de tantas personas. Y lamentamos los excesos, en algunos casos, en la persecución de los delincuentes. Nos preocupa además, que de la indignación y el coraje natural, brote en el corazón de muchos mexicanos la rabia, el odio, el rencor, el deseo de venganza y de justicia por su propia mano. No es este el mundo que Dios creó para el ser  humano. Caín sigue levantando la mano contra el ser humano. ¡No esté el futuro que nos merecemos!

También, los obispos nos dicen: "La respuesta de Dios a la humanidad que se ha dejado seducir por la fuerza del mal es la promesa del Ungido que abre nuestra historia a la posibilidad de restaurar en el mundo la armonía original. Se trata de un mundo nuevo de paz en el que 'habitará el lobo junto al cordero y la pantera se echará junto al cabrito' (ls.11, 6) y 'entonces harán de sus espadas arados... no se prepararán más para la guerra' (ls. 2,4) porque Él será el Príncipe de la Paz" (Que en Cristo Nuestra Paz México tenga Vida Digna N° 130)

Queremos, deseamos, anhelamos la verdadera paz que es algo más que la ausencia de conflictos, de guerras, de violencia. Queremos la paz que es desarrollo económico y justicia social para todos, sin exclusión. Queremos la paz que es democracia, tolerancia y dignidad; que es respeto de los derechos fundamentales de todo ser humano. Queremos la paz que sea liberación de todo tipo de dominación, de esclavitudes y de dependencias enfermizas de todo tipo. Queremos la paz que sea conversión del corazón, renunciando al odio y a la violencia, eligiendo la fraternidad y el diálogo como camino para solucionar cualquier conflicto.

Esta paz, sólo es posible como obra de la justicia. Ninguna sociedad tendrá futuro si se construye sobre injusticias estructurales e históricas. Usando palabras del Papa Juan XXIII, para lograr esta paz, necesitamos construir el "conjunto de condiciones de vida social que permitan y favorezcan el desarrollo integral de la persona humana" (Pacem in Terris N° 58)

El mundo es un campo minado en el que abundan por igual, la gracia y el pecado. El mal no está ahí para ser comprendido sino para ser superado por el bien y por el amor. La parte sana deberá curar a la parte enferma, porque la luz tiene más derecho que las tinieblas que continuamente acompañan a la luz.

"Vivimos tiempos difíciles, pero tenemos la certeza de la fuerza del Amor. La historia de nuestro México no ha sido fácil, pero siempre ha contado con la nobleza de sus hombres y mujeres. Hoy no puede ser distinto; debemos reconciliamos; debemos reconstruir la unidad nacional en la riqueza de la pluralidad de sus culturas y de la sociedad. Debemos unimos en la construcción de la paz y en el impulso del desarrollo integral y solidario de cada mexicano y de todos los mexicanos" (Que en Cristo Nuestra Paz México tenga Vida Digna N° 257).

Nos ponemos en las manos de la Virgen María de Guadalupe. Que ella nos lleve a Jesucristo, el "Príncipe de la Paz" y que Ella guíe nuestros pasos por el camino de la paz. Por su intercesión dirigimos a su Hijo esta oración:

Señor Jesús, Tú que eres nuestra paz,
Mira a nuestra Patria, mira a nuestra Comarca Lagunera dañada
por la violencia y dispersa por el miedo y la inseguridad.

Consuela el dolor de quienes sufren; da acierto a las decisiones de quienes nos gobiernan;  
toca el corazón de quienes olvidan que somos hermanos y provocan sufrimiento y muerte.

A ellos, Señor, dales el don de la conversión.
Protege a nuestras familias, a nuestros niños, adolescente y jóvenes;
a todos nuestros pueblos y comunidades.

Que como discípulos misioneros tuyos
ciudadanos responsables sepamos ser promotores de justicia y de paz,
para que en Ti, nuestro pueblo tenga vida digna.

Digamos estas capulatorias:

¡María, Reina de la paz, ruega por nosotros!
¡Santa María de Guadalupe, Reina de México, salva nuestra Patria y conserva nuestra fe, vida, dulzura y esperanza nuestra concédenos la paz!
¡Virgen de Guadalupe, vida, dulzura y esperanza nuestra, concédenos la paz!

 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina anterior