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Versión estenográfica de la
Homilía

pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Eucaristía Solemne de Navidad, (Misa de Gallo).

24 de diciembre de 2008
8:00 p.m.

Mis amados hermanos y hermanas, todos, en el corazón de Cristo Jesús. Los sueños proféticos se cumplen plenamente con el nacimiento de Jesús. “El pueblo que habitaba en tinieblas, dio una gran luz”, dice el profeta Isaías, el gran misionario de los pueblos mesiánicos, sobre los que vivían en tierra de sobras, una luz resplandeció. Es el triunfo de la luz sobre las tinieblas. Es el triunfo de la libertad sobre la opresión. Es el triunfo de la alegría sobre la tristeza, de la paz universal, porque ha nacido un niño, lo cual significa siempre alegría y esperanza. Y el niño que ha nacido es el príncipe de la paz, de una paz sin límites, ni fronteras. Es un niño humano y divino que defenderá a los pobres, que establecerá la justicia, que saciará nuestra hambre de Dios.

Pablo en su carta a Tito, le dice: “con Jesús nació la gracia de Dios”. Es Jesús, Dios y en Él se manifestó humilde y misericordioso el Padre Bueno. Por eso, mis hermanos, al acercarnos a Jesús nos invade y nos penetra de gracia, nos penetra de Espíritu. Por Jesús fuimos rescatados de la maldad y Jesús nos enseñó a vivir santamente, irreprochablemente y a esperar con las lámparas encendidas su vuelta gloriosa. Lucas, el evangelista, nos lleva a la contemplación del misterio. El nacimiento de Jesús está marcado por la marginación y la pobreza. La gloria del cielo se obscurece en la tierra. El que es Señor del mundo, no encuentra sitio en el mundo para nacer. El que es dueño de todas las cosas necesita de los regalos de los pobres pastores. Pero Él viene con muchos regalos del cielo y el primero de todos es la paz. Paz para todos los hombres, sin excepción. Para los buenos y los malos; para los libres y los esclavos. Paz envuelta en pañales, recostada en el pesebre. Paz envuelta en telas de amor.

Mis amados hermanos y hermanas, es verdad en Navidad parece que recorre el mundo una ola de ternura y una corriente de generosidad. Todos, nos deseamos las mayores felicitaciones y todos impartimos las mejores bendiciones, nos abrazamos, intercambiamos regalos, hacemos brindis, cenas, reuniones. En Navidad hacemos campaña de juguetes para compartirlo con los niños que no lo tienen. Hacemos colecta de caridad y nos parece todo esto muy bonito. ¡Qué pena que sólo se quede en algo muy bonito!

Que alguien tenga hambre es una desgracia, pero que tenga hambre en Navidad es un gran pecado. En Navidad incluso rezamos y cantamos con más fervor, con más devoción y renovamos nuestra fe cristiana, todo por el Emmanuel, todo por el Dios con nosotros, por Jesús el Hijo amado del Padre, y decimos: ¡qué pena! ¡qué pena Dios mío! ¿por qué termina tan pronto la Navidad? ¿por qué no prolongamos la Navidad los 365 días del año? ¡qué sea siempre Navidad! Para que siempre los hombres seamos buenos. Para que siempre los hombres nos intercambiemos la alegría de vivir, el gozo del Señor, que ha bajado hasta nuestra humanidad para levantarnos, para promovernos. ¡Qué pena que termine tan pronto la Navidad!

Pues, esta es la Buena Noticia, mis amados hermanos, que siempre, siempre, es Navidad. Dios vino a nosotros y viene siempre a nosotros. Dios vino y se ha quedado siempre con nosotros. Entonces, todos los días tenemos que ser buenos. Todos los días tenemos que ser portadores de paz. Todos los días deberíamos de ser amables, cariñosos, tratables, con caras sonrientes siempre. Este es el problema de nuestras oraciones y celebraciones, que son fragmentarías, así hacemos un corte frecuentemente entre la oración y la vida, entre rito y espíritu. Y, mis amados hermanos y hermanas, corremos el peligro con esta dicotomía de llegar a la esquizofrenia. Una cosa es lo que se reza y otra cosa lo que se vive. Una cosa es lo que se celebra y otra lo que se siente y lo que se experimenta, lo que se vive.

Navidad, mis amados hermanos, no es punto de llegada. No, sino punto de partida. Lo mismo podemos, decir; de todas las celebraciones sacramentales. Como pasa, por ejemplo, con un matrimonio, una boda, no es el final de aquellos esposos, sino el principio de un gran amor, el principio de un gran proyecto de vida. Y Dios siempre viene a casarse con nosotros, viene a ofrecernos su amor, a casarse con nosotros. La Navidad es esto, los desposorios de Dios con nosotros, la humanidad. El que viene es el novio, viene como dice el Cantar de los Cantares: “viene saltando por los montes”. No ha sido fácil el camino para Él. Le hemos puesto demasiados obstáculos, le hemos olvidado y hemos buscado otros dioses, pero Él viene para conquistar nuestro corazón.

Dice, bellamente, el profeta Oseas: “yo la cortejaré, me la llevaré al desierto, le hablaré al corazón, me casaré contigo en matrimonio perpetuo, me casaré contigo en derecho y justicia, en misericordia y compasión, me casaré contigo en fidelidad y te penetrarás del Señor”. Y el profeta Jeremías dirá: “me sedujiste Señor, me sedujiste, eras más fuerte que yo y me pudiste”.  

Es verdad, que viene niño, pero el que nace es amor, es el esposo, es el amor de los amores y el amor no sabe hacer otra cosa que enamorarnos, nada más. Viene, pues, para enamorarnos, el amor es de por sí contagioso y difusivo. Viene, pues, para contagiar al hombre de esa tierna y dramática enfermedad, que es el amor. Ya desde el primer momento podemos hablar de un gran amor y de un misterioso y maravilloso desposorio. Dios por amor al hombre se hizo hombre. O sea Dios amaba tanto a la humanidad, que se casó con ella. “El más hermoso de los hijos de los hombres, se casó con la más fea”. Va a decir san Agustín, y la más fea somos nosotros, que no le respondemos al amor de los amores. Cuando hablamos que Dios se revistió de carne, que el Hijo de Dios se encarnó, que asumió totalmente la realidad humana. Estamos hablando de un admirable consorcio de Dios con el hombre. Estamos hablando de una compenetración, de una plena comunión de lo humano con lo divino. “Te penetrarás de Dios”, dice el profeta, pero “Dios se compenetra así mismo de hombre”. Así Dios y el hombre se han casado en amor, en unión plena, en unión eterna. Dios y hombre ya nos son tan distintos, ni mucho menos rivales, sino que son consustanciales.

Esto es Navidad, mis hermanos, pero el amor esponsal de Dios no se dirige a la humanidad genérica, “la humanidad”. Ni siquiera a un pueblo más concreto, como el pueblo de Israel, sino a cada uno de los hombres a cada uno de nosotros, a cada uno de los que hoy estamos esta noche celebrando el nacimiento del Hijo de Dios.

Y la respuesta, mis hermanos, sabemos que no ha sido gratificante para Dios, vino a los suyos, vino a su casa y los suyos no lo recibieron. En cada Navidad el Señor Jesús llama a nuestra puerta mendigando acogida y amor: mira que estoy a la puerta y llamó, si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.

Mis amados hermanos y hermanas, son cenas de bodas, son cenas de comunión, son cenas con el amor de los amores, con el amado. En Navidad abre tu puerta al Niño Jesús, al Dios humando, al Dios amor envuelto en pañales, recostado en el pesebre, hazte cuna para él. No viene a quitarte nada, viene a enriquecerte, viene a ensancharse. Te invito a que beses, a que abraces a Dios, en esta imagencita del niño, pequeñito, ahí está el Señor. Simplemente un niño y es Dios, verdadero Dios, verdadero Hombre. Así lo contemplaron los pastores, así lo contemplaron los Magos de Oriente.

Mis hermanos, Navidad, el niño quiere nacer en tu corazón, comulga con él. El niño quiere renacer en tu familia, que tu familia comulgue con él. En Navidad, el niño que nació en casa del Pan Bethle Hem, es decir se deja comer, se empaniza, come el pan de navidad, que es la Sagrada Eucaristía, por eso siempre es Navidad, mis hermanos, siempre es Pascua, siempre es Resurrección, no podemos separar la Navidad de la Pascua. El pesebre, la humildad, la sencillez del pesebre está anunciándonos ya, el misterio de la cruz.

En Navidad, el niño también se deja alimentar y se deja vestir, bendito pordiosero, sé generoso con Él. En aquellos con quien Él se identifica: en los pobres, en los humildes, en los sencillos, en sus preferidos.

Que la dulce Señora del Cielo, nuestra Niña Santa María de Guadalupe, que nos trajo al Dios por quien se vive, a quien hoy contemplamos en el pesebre, nos haga calar profundamente en el corazón este misterio y con Ella lo vivamos permanentemente los 365 días del año, no sólo el 25 de diciembre o la noche del 24 que es Noche Buena y el 25 que es Navidad, sino siempre. Que la Señora del Cielo nos anime a vivir siempre con el corazón abierto, sin miedo al Redentor, al Salvador, que Él renazca, pues, en nuestros corazones en esta Navidad, que de verdad entremos en comunión con Él, que le comamos y le disfrutemos esta noche y que proyectemos esta Eucaristía alentados por Santa María de Guadalupe en el compartir lo que somos, lo que sabemos, lo que tenemos con los más necesitados.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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