Hermanas y hermanos muy queridos en el Señor. ¡Gloria a Dios en
los cielos y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor!
¡Qué hermoso es ver sobre los montes al mensajero que anuncia
la paz! Al mensajero que anuncia la Buena Nueva, que pregona la salvación:
“y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. La fiesta
de Navidad, mis hermanos, no es sólo un recuerdo, no es sólo una memoria,
ni siquiera sólo un aniversario más del nacimiento del Salvador, no.
Si entendemos la dimensión profunda de las celebraciones cristianas,
podemos entender que son ante todo actualizaciones de los misterios
de la salvación. Con justa razón la liturgia de hoy nos lleva a vivir
este memorial, como un hoy de los misterios, precisamente lo que caracteriza
el memorial es que consiste en una actualización.
Las celebraciones cristianas no son recuerdos románticos, no
es nostalgia. Con esta conciencia nos aproximamos lo más posible a
los acontecimientos salvíficos. La liturgia tiene la particularidad
de hacer presente de una manera misteriosa el pasado o tal vez, mis
hermanos, al revés nosotros nos transportamos de alguna manera al
pasado y podríamos decir, entonces, con toda verdad que la Navidad
es como un sacramento que realiza lo que significa. El profeta Isaías
nos dice con toda claridad: “hoy un niño nos ha nacido, un hijo
se nos ha dado” esta es la novedad de ayer, de hoy y de siempre.
Decíamos el domingo pasado, que el acontecimiento de la encarnación
rebasa todas las barreras del tiempo y del espacio, es decir de la
historia, sin dejar de ser historia. Los creyentes podemos decir que
ese acto salvífico del Emmanuel, del Dios-con-nosotros, es lo que
le da sentido a la historia. Ese acontecimiento que rompe las barreras
de la historia hecha por tierra también todas las expectativas meramente
humanas de felicidad y de bienestar. Si ya desde su etapa de promesa,
como lo dice el profeta Isaías bien claro, en la liturgia de esta
noche. Contradice la situación real del momento en que se pronuncia,
cuando se realiza, es decir, en tiempos de Quirino y de César Augusto
es todavía más dramática. Pero, hemos de admitir que la celebración
actual no es mero contraste frente a la cruda realidad de nuestro
tiempo.
Mis hermanos, la encarnación del Verbo, Dios envuelto en carne
humana es un acontecimiento actual. Vamos a encontrar hoy en la venida
del Señor en nuestro tiempo, como aún existen grandes y escandalosos
contrastes. Todo mundo celebra la Navidad, es una fiesta universal
que ha trascendido la religión de los cristianos. Todos celebran muchas
veces sin saber, su contenido, qué pena, qué tristeza celebrar una
Navidad sin Cristo. Nuestras fiestas están invadidas por un paganismo,
que se manifiesta en consumismo irracional e inhumano. Llama la atención,
como lo mundano ha invadido nuestras fiestas más entrañables. La Navidad
y la Pascua están íntimamente relacionadas: el pesebre, la pobreza,
la humildad del pesebre están ya anunciándonos el madero de la cruz.
Miren, la Navidad y la Pascua son sólo ocasión de diversión para muchísimos
son sólo ocasión de consumismo, de pecado, de insensibilidad ante
las necesidades ajenas. La Navidad pone en evidencia la lastimosa
y humillante diferencia entre los que tienen todo y los que carecen
hasta de lo más elemental. Se habla de los aguinaldos, se habla de
los bonos que reciben altos funcionarios, y que escandaloso contraste
con nuestro pueblo, pero no nos fijamos en que los ricos se hacen
más ricos explotando un consumismo absurdo. Esto, mis amados hermanos,
no es cristiano.
La liturgia mediante la Palabra de Dios nos invita a revisar
nuestras actitudes de misericordia y de solidaridad con los que menos
tienen a partir de la contemplación; a partir de la adoración del
misterio de un Dios que se hace hombre abajándose hasta nuestra humanidad,
hasta nuestra realidad de seres débiles, caducos y limitados.
Al celebrar la Navidad no podemos soslayar los contrastes muy
semejantes a los tiempos de la promesa y a las situaciones en que
Jesús vino al mundo. Es en esta realidad donde el Hijo de Dios, quiere
encarnarse, es decir: hacerse presente. Para transformar esas situaciones
de pecado en ocasiones de gracia, en ocasiones de salvación. Y esto
depende de nosotros, depende de que no nos dejemos arrastrar por lo
que es extraño al misterio que celebramos, esto depende de nosotros.
Que recuperemos el espíritu propio de la Navidad. Que la paz que el
Señor nos ofrece en su Hijo sea una realidad. Primero, como don de
Dios, para que sea firme y estable, pero también como una tarea, como
un trabajo que vamos consiguiendo, en ese trabajo por la justicia,
por la unidad de los hermanos, por la libertad de los hijos de Dios.
Que la reconciliación con Él, con todos y con cada uno de los
hermanos, con nosotros mismos y con el mundo que habitamos juntos
sea expresión de esa paz, que sólo Dios nos puede dar. En otras palabras,
que no perdamos de vista, que la paz consiste, por lo que a nosotros
toca, en luchar por la igualdad y la solidaridad, en luchar por la
libertad, por la justicia teniendo siempre a Cristo, como modelo,
como parámetro.
En este misterio del encuentro de Dios con la humanidad, nuestra
Niña, nuestra Muchachita, María tiene mucho que ver, porque Ella es
figura, Ella es modelo de nuestra fe y de nuestra esperanza. Que Ella
nos enseñe, mis hermanos, a recibir a Cristo para darlo a conocer
a los demás. María es para nosotros bendición, es regalo de Dios,
particularmente para nosotros los mexicanos, Santa María de Guadalupe.
Ella nos lo trajo hace 477 años, Ella nos trajo al arraigadísimo Dios
por quien se vive, a Jesús, y por eso, miren, lo encontramos hoy en
los brazos de su Madre. Nos lo entrega María permanentemente aquí
en el Santuario y es que María está hecha para eso, para prepararnos
y ofrecernos el fruto bendito de su vientre. Dichoso el vientre
que te llevó y los pechos que mamaste, gritaba una mujer anónima,
al ver como Jesús actuaba con poder, habla con autoridad. Dichosa
María que llevó a Dios en su vientre, que lo formó humanamente, que
le trasmitió toda su vida y todo su ser. Dichosa María, nuestra Niña
y Madrecita, que alimentó a Dios con su leche, con su cariño, con
su ternura, con sus servicios, con su protección.
María, Santa María de Guadalupe, Madre del arraigadísimo, Madre
de Dios, es el título más importante, en razón del cual recibió todas
las gracias. La Madre de Dios tenía que ser santa, porque sería la
criatura más cercana a Dios, de comunión de María y su divino Hijo.
Comunión no sólo biológica, sino psicológica y espiritual. Los corazones
de Jesús y de María laten al unísono. La sangre de la Madre corre
por las venas del Hijo, los pensamientos y sentimientos se transmiten,
podemos resumir diciendo: que el Hijo de Dios en María se hizo
humano, y la Madre de Dios en Jesús se hizo divina.
Pidámosle a esta dulce Señora y Madre nuestra, que interceda
por nosotros, para que nuestra esperanza no decaiga, en este momento
crítico y difícil que vivimos en el que no alcanza el dinero, en los
que hay tanta violencia, tanta inseguridad, narcotráfico, qué sé yo,
tantas cosas. Pidámosle que interceda por nosotros para que en este
nuevo año que estamos por comenzar, dentro de ocho días, lo esperamos
con esperanza, lo esperemos con ilusión. Pidámosle que nos animé,
nos dé su aliento en este momento tan difícil contrastando con el
mal y el pensamiento del mundo, que nosotros podamos ser como Ella
portadores de buenas nuevas, portadores de buenas noticias.
Que así sea, mis amados hermanos.