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Versión estenográfica de la
Homilía

pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Eucaristía Solemne de Navidad.

25 de diciembre de 2008
9:00 a.m.


Hermanas y hermanos muy queridos en el Señor. ¡Gloria a Dios en los cielos y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor!

¡Qué hermoso es ver sobre los montes al mensajero que anuncia la paz! Al mensajero que anuncia la Buena Nueva, que pregona la salvación: “y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. La fiesta de Navidad, mis hermanos, no es sólo un recuerdo, no es sólo una memoria, ni siquiera sólo un aniversario más del nacimiento del Salvador, no. Si entendemos la dimensión profunda de las celebraciones cristianas, podemos entender que son ante todo actualizaciones de los misterios de la salvación. Con justa razón la liturgia de hoy nos lleva a vivir este memorial, como un hoy de los misterios, precisamente lo que caracteriza el memorial es que consiste en una actualización.

Las celebraciones cristianas no son recuerdos románticos, no es nostalgia. Con esta conciencia nos aproximamos lo más posible a los acontecimientos salvíficos. La liturgia tiene la particularidad de hacer presente de una manera misteriosa el pasado o tal vez, mis hermanos, al revés nosotros nos transportamos de alguna manera al pasado y podríamos decir, entonces, con toda verdad que la Navidad es como un sacramento que realiza lo que significa. El profeta Isaías nos dice con toda claridad: “hoy un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” esta es la novedad de ayer, de hoy y de siempre.

Decíamos el domingo pasado, que el acontecimiento de la encarnación rebasa todas las barreras del tiempo y del espacio, es decir de la historia, sin dejar de ser historia. Los creyentes podemos decir que ese acto salvífico del Emmanuel, del Dios-con-nosotros, es lo que le da sentido a la historia. Ese acontecimiento que rompe las barreras de la historia hecha por tierra también todas las expectativas meramente humanas de felicidad y de bienestar. Si ya desde su etapa de promesa, como lo dice el profeta Isaías bien claro, en la liturgia de esta noche. Contradice la situación real del momento en que se pronuncia, cuando se realiza, es decir, en tiempos de Quirino y de César Augusto es todavía más dramática. Pero, hemos de admitir que la celebración actual no es mero contraste frente a la cruda realidad de nuestro tiempo.

Mis hermanos, la encarnación del Verbo, Dios envuelto en carne humana es un acontecimiento actual. Vamos a encontrar hoy en la venida del Señor en nuestro tiempo, como aún existen grandes y escandalosos contrastes. Todo mundo celebra la Navidad, es una fiesta universal que ha trascendido la religión de los cristianos. Todos celebran muchas veces sin saber, su contenido, qué pena, qué tristeza celebrar una Navidad sin Cristo. Nuestras fiestas están invadidas por un paganismo, que se manifiesta en consumismo irracional e inhumano. Llama la atención, como lo mundano ha invadido nuestras fiestas más entrañables. La Navidad y la Pascua están íntimamente relacionadas: el pesebre, la pobreza, la humildad del pesebre están ya anunciándonos el madero de la cruz. Miren, la Navidad y la Pascua son sólo ocasión de diversión para muchísimos son sólo ocasión de consumismo, de pecado, de insensibilidad ante las necesidades ajenas. La Navidad pone en evidencia la lastimosa y humillante diferencia entre los que tienen todo y los que carecen hasta de lo más elemental. Se habla de los aguinaldos, se habla de los bonos  que reciben altos funcionarios, y que escandaloso contraste con nuestro pueblo, pero no nos fijamos en que los ricos se hacen más ricos explotando un consumismo absurdo. Esto, mis amados hermanos, no es cristiano.

La liturgia mediante la Palabra de Dios nos invita a revisar nuestras actitudes de misericordia y de solidaridad con los que menos tienen a partir de la contemplación; a partir de la adoración del misterio de un Dios que se hace hombre abajándose hasta nuestra humanidad, hasta nuestra realidad de seres débiles, caducos y limitados.

Al celebrar la Navidad no podemos soslayar los contrastes muy semejantes a los tiempos de la promesa y a las situaciones en que Jesús vino al mundo. Es en esta realidad donde el Hijo de Dios, quiere encarnarse, es decir: hacerse presente. Para transformar esas situaciones de pecado en ocasiones de gracia, en ocasiones de salvación. Y esto depende de nosotros, depende de que no nos dejemos arrastrar por lo que es extraño al misterio que celebramos, esto depende de nosotros. Que recuperemos el espíritu propio de la Navidad. Que la paz que el Señor nos ofrece en su Hijo sea una realidad. Primero, como don de Dios, para que sea firme y estable, pero también como una tarea, como un trabajo que vamos consiguiendo, en ese trabajo por la justicia, por la unidad de los hermanos, por la libertad de los hijos de Dios.

Que la reconciliación con Él, con todos y con cada uno de los hermanos, con nosotros mismos y con el mundo que habitamos juntos sea expresión de esa paz, que sólo Dios nos puede dar. En otras palabras, que no perdamos de vista, que la paz consiste, por lo que a nosotros toca, en luchar por la igualdad y la solidaridad, en luchar por la libertad, por la justicia teniendo siempre a Cristo, como modelo, como parámetro.

En este misterio del encuentro de Dios con la humanidad, nuestra Niña, nuestra Muchachita, María tiene mucho que ver, porque Ella es figura, Ella es modelo de nuestra fe y de nuestra esperanza. Que Ella nos enseñe, mis hermanos, a recibir a Cristo para darlo a conocer a los demás. María es para nosotros bendición, es regalo de Dios, particularmente para nosotros los mexicanos, Santa María de Guadalupe. Ella nos lo trajo hace 477 años, Ella nos trajo al arraigadísimo Dios por quien se vive, a Jesús, y por eso, miren, lo encontramos hoy en los brazos de su Madre. Nos lo entrega María permanentemente aquí en el Santuario y es que María está hecha para eso, para prepararnos y ofrecernos el fruto bendito de su vientre. Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que mamaste, gritaba una mujer anónima, al ver como Jesús actuaba con poder, habla con autoridad. Dichosa María que llevó a Dios en su vientre, que lo formó humanamente, que le trasmitió toda su vida y todo su ser. Dichosa María, nuestra Niña y Madrecita, que alimentó a Dios con su leche, con su cariño, con su ternura, con sus servicios, con su protección.

María, Santa María de Guadalupe, Madre del arraigadísimo, Madre de Dios, es el título más importante, en razón del cual recibió todas las gracias. La Madre de Dios tenía que ser santa, porque sería la criatura más cercana a Dios, de comunión de María y su divino Hijo. Comunión no sólo biológica, sino psicológica y espiritual. Los corazones de Jesús y de María laten al unísono. La sangre de la Madre corre por las venas del Hijo, los pensamientos y sentimientos se transmiten, podemos resumir diciendo: que el Hijo de Dios en María se hizo humano, y la Madre de Dios en Jesús se hizo divina.

Pidámosle a esta dulce Señora y Madre nuestra, que interceda por nosotros, para que nuestra esperanza no decaiga, en este momento crítico y difícil que vivimos en el que no alcanza el dinero, en los que hay tanta violencia, tanta inseguridad, narcotráfico, qué sé yo, tantas cosas. Pidámosle que interceda por nosotros para que en este nuevo año que estamos por comenzar, dentro de ocho días, lo esperamos con esperanza, lo esperemos con ilusión. Pidámosle que nos animé, nos dé su aliento en este momento tan difícil contrastando con el mal y el pensamiento del mundo, que nosotros podamos ser como Ella portadores de buenas nuevas, portadores de buenas noticias.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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