Mis amados hermanos y hermanas, bendigamos
al Señor que viene a salvarnos a todos los hombres y escuchemos la
majestad de su voz para alegría de nuestros corazones. Continuamos
nuestra preparación a la gran fiesta de nuestra amada madrecita y
Niña Guadalupe, hoy estamos en el séptimo día del Dozavario y a unos
días del VI Encuentro Mundial de las Familias a celebrarse
en nuestra patria, en nuestra Arquidiócesis de México y la reflexión
de este séptimo día es: La Familia, primera experiencia de la Iglesia.
Cualquier documento de la Iglesia insiste en la valoración
de la familia como pieza clave en toda pastoral y en toda evangelización.
La familia cristiana, dice familiares consorcio, ha sido considerada,
dice el mismo Vaticano II, una iglesia doméstica, porque constituye
a su manera una imagen y representación histórica del misterio
de la Iglesia (cf FC 49).
El matrimonio y la familia son la expresión primera y originaria
de la dimensión social de la persona, centro de actividad para el
desarrollo del individuo en la sociedad y en la Iglesia. La comunión
familiar es privilegiada experiencia de Iglesia. El matrimonio
y la familia constituyen el primer campo para el compromiso social
de los files laicos, dice Cristian Fideli Laisch.
La pastoral familiar entendida como la acción evangelizadora
que realiza la Iglesia en la familia y con la familia es una dimensión
especial en la evangelización de la Iglesia, más aún, mis hermanos,
en la Arquidiócesis de México es una prioridad, hemos optado por la
familia desde 1992, en el Sínodo Diocesano.
Juan Pablo II hablaba de la familia como de agente primario
de un futuro de paz. Se entiende fácilmente. En la Familia es
donde mejor se pueden aprender los valores del perdón, de la no violencia,
del diálogo. En la familia se conjuntan las diferencias y se acercan
las distancias. Se aprende a querer y convivir con los que son distintos.
No se solucionan los problemas con discusiones y golpes, sino con
la palabra, con la comprensión. Se aprende a tener paciencia y a esperar.
No es fácil, mis hermanos, porque la familia resulta, por desgracia,
lugar de tensiones, lugar de prepotencias. Demasiadas formas de violencia
familiares y los niños son testigos de ello.
La familia enseña a amar, amando. No hay mejor enseñanza que
la experiencia. En la familia cada uno se siente querido por encima
de sus merecimientos. Sólo el que es amado aprende a amar. El amor
no se puede exigir por precepto, sino por transmitir con el ejemplo
y contagiar con la experiencia. Entonces es cuando se siente la necesidad
de amar.
Así como los padres son los primeros educadores de sus hijos,
los primeros profetas, los primeros sacerdotes, los primeros liturgos
son y están llamados por tanto a ser sus mejores evangelizadores,
sus mejores celebradores, sus mejores catequistas. La fe, antes que
enseñar, se contagia. Los niños aprenderán el Evangelio si sus padres
lo viven. Difícil lo tienen si no es así, mis hermanos.
Cada vez somos más concientes de la importancia de la familia
en la transmisión de la fe, de la esperanza y del amor. Ha habido
que pagar una buena factura de secularismo para darnos cuenta que
la fuente está en la familia. Se confiaba más en los sacerdotes, en
los catequistas, en el contexto parroquial que en el ámbito familiar.
Pero el mundo ya sabemos que no lo van a cambiar ni los obispos, ni
los curas ni los frailes, ni las monjas, tampoco los políticos, claro,
sino la familia. Las familias sólidamente construidas. El mundo,
mis amados hermanos y hermanas, será transformado cuando las familias
se conviertan en iglesias domésticas, en las que se crea, se celebre,
se viva el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.
Familia, sé lo que eres, decía Juan Pablo II. Y es una comunidad de amor, es
un lugar teológico, es una realidad sacramental, es la mejor imagen
de la Santísima Trinidad. Mis amados hermanos, esto contemplémoslo
ahora a la luz de la Palabra de Dios que hemos proclamado en este
II Domingo de Adviento. Los invito a dejarnos maravillar con la Palabra
que hoy nos regala el Señor. Agradecerla, acogerla y vivirla. La Palabra
de Dios es siempre nueva. Además es siempre buena noticia, es decir,
es Evangelio. Y para nosotros los cristianos es un acontecimiento,
más aún, mis hermanos, la Palabra de Dios es una persona. Esa persona
se llama Jesucristo: el Hijo de Dios e Hijo de María, la Virgen.
Efectivamente, en la primera lectura, hemos escuchado la voz
del profeta Isaías que, en el siglo sexto, anima a los hebreos deportados
a Babilonia a confiar en el poder de Dios que los hará volver del
país a donde Él mismo los había hecho ir como esclavos en castigo
por sus pecados. Les dice que: Dios mismo va delante de ellos hacia
la libertad. Él va con su pueblo como pastor que cuida de quien
es débil y pequeño. Nuestro Dios, mis hermanos, es un Dios que
encuentra su alegría en perdonar y en hacer todo nuevo porque Él es
el Santo, el Dios de la salvación de la alegría, del amor, de la verdad
y de justicia. Por eso es un Dios de consolación y de ternura, bien
decía hace ocho días: salvarse, vivir la salvación es dejarse a papachar,
dejarse consentir por Dios. Por eso nuestro Dios, es un Dios de consolación
y de ternura para quienes están dispuestos a escucharlo y a obedecerlo.
Mires, mis hermanos, el profeta Isaías exhorta, entonces, al
pueblo de Israel, y hoy a nosotros, a prepararle el camino para que
venga y se dé ese encuentro que el Señor tanto desea tener con nosotros.
Es necesario allanarlo todo, rebajando o elevando. Los caminos han
de ser rectos, sin impedimentos que obstaculicen el encuentro gozoso
con Él. Exige la voluntad humana para que esto suceda, aún cuando
no se debe olvidar que la salvación es obra del amor, es obra del
perdón de Dios.
Este texto de Isaías, mis hermanos, es retomado por Marcos,
el evangelista, cuando nos describe en su Evangelio la misión del
Bautista: lo identifica como el que realiza lo que el profeta ordena
al predicar un bautismo de conversión para el perdón de los pecados
como preparación para la venida del Señor. Él viene después de
mí, pero es más fuerte que yo, porque yo soy sólo su precursor y Él
es el que bautiza en fuego, en el Espíritu Santo. Yo sólo bautizo
con agua. Y Efectivamente, mis hermanos, Juan Bautista, precursor,
es el último de los profetas que lo anunciaron, como son Isaías, Miqueas
y Sofonías, profetas del Adviento, profetas de la Navidad.
De esta manera Juan queda como el puente entre la rica tradición
del Antiguo Testamento y el Nuevo en el que la figura central es Jesús,
el que iba a venir y para nosotros ya ha llegado. Sin embargo, mis
queridos hermanos y hermanas, según su promesa, Él volverá para llevar
a la plenitud lo que ya ha comenzado, con la cooperación del Espíritu
Santo, en cada uno de nosotros, en la Iglesia y en la humanidad entera.
Para nosotros, entonces la voz del profeta y la del Bautista siguen
siendo actuales.
El tiempo de la Iglesia, se caracteriza como tiempo de espera
permanente, “mientras vuelva” como decimos en la liturgia eucarística.
Esto significa que hoy, y mientras vuelve, estamos en espera. Significa
que tenemos que estar continuamente preparando el camino del corazón,
de la mente y de la forma de actuar. Tal como nos lo señala san Pedro
en su segunda carta en la segunda lectura: esperando y apresurando
el advenimiento del día del Señor mediante la santidad en la conducta
y en la religión auténtica.
Esta espera, mis hermanos y hermanas, sólo puede darse en la
escucha atenta y fervorosa de la Palabra, lo cual implica estudio
y reflexión asidua; implica también celebrar continuamente lo que
creemos y esperamos con amor; finalmente, exige, especialmente, que
vivamos de acuerdo con eso que escuchamos, meditamos y celebramos.
En el salmo responsorial hemos escuchado que la misericordia
y la fidelidad se encuentran; la justicia y la paz se abrazan, se
besan. Esto es, mis hermanos, porque la fidelidad a Dios, en quien
decimos creer, no puede ser auténtica si no practicamos fielmente
la misericordia y también porque la justicia es producto de la paz.
Es imposible, mis hermanos, atención, desear y menos, exigir que haya
paz, mientras no practiquemos la justicia y, concretamente, la justicia
social que se vive en la misericordia y en la verdad.
Hoy pidámosle a nuestra Niña y Muchachita Guadalupe memoria
y conciencia de este pueblo de México, que nos ayude a trabajar en
este línea de la justicia social, en donde se viva la misericordia
en la verdad. Urge, entonces, mis hermanos, que trabajemos esforzadamente
por que haya en nuestra patria una verdadera justicia social que se
haga realidad en la igualdad de oportunidades para todos, en la justicia
para todos (que se exprese en el fin de la impunidad), en la desaparición
del lucro como interés único de unos pocos a costa de la vida de muchos
(lo que es un pecado muy grave), en la defensa de la vida a toda costa,
incluso contra la pena de muerte que sólo fomentaría más violencia
al propiciar la venganza, aunque llegara a ser institucional.
Mis amados hermanos, mediante el sacramento de la Penitencia
de una manera muy especial, pero también en el encuentro dominical
de la Eucaristía, tenemos la posibilidad de redescubrir los caminos
por los que el Señor viene a nosotros. Adviento: es tiempo de penitencia.
Sería muy provechoso que, como una respuesta concreta y comprometida
le hagamos camino al Señor, que viene a salvarnos, acercándonos al
Sacramento de la Reconciliación, al Sacramento de la Penitencia, con
gran confianza y una sincera búsqueda de su voluntad.
Mis amados hermanos y hermanas, dejémonos salvar por Él que
nos quiere mostrar su misericordia en la fuente de vida que nos dan
estos sacramentos.
Que
nuestra Muchachita y amada Madrecita, Santa María de Guadalupe, nuestra
Señora del Camino, nos acompañe en este empeño y proteja y bendiga
a todas nuestras familias.
Amén.