Mis queridos hermanos y hermanas, todos, al Dios único, infinitamente
sabio, démosle gloria, por Jesucristo, para siempre (Rm 16,2o5). Es
ésta la invitación que el apóstol san Pablo nos hace este domingo en
la segunde lectura. Y no podría ser de otra manera, ya que el Señor,
para cumplir sus promesas, ha sido grande con nosotros al enviarnos
a su Hijo único para que haciéndose hombre, no sólo viniera, sino se
quedara para siempre como Emmanuel es decir, Dios con nosotros. ¡Bendito
y alabado sea!
Efectivamente, mis hermanos, en la primera lectura tomada del
segundo libro de Samuel, se nos narra cómo el profeta Natán, al inicio
de la monarquía, comunica a David el designio divino de darle una
descendencia perpetua. El trato con este descendiente suyo se caracteriza
por ser una relación familiar, como la del Padre con su hijo predilecto.
Así queda de manifiesto el plan que Dios. El plan que Dios había tenido
para David cuando lo sacó de entre el rebaño para ser jefe del pueblo
elegido.
El evangelista Lucas, por su parte, nos describe las circunstancias
en las que llega a su cumplimiento pleno esa promesa hecha no sólo
a David sino a todo el pueblo, más aún, a toda la humanidad, por medio
del pueblo de Israel. Los invito, mis queridos hermanos y hermanas,
a detenernos un poco a contemplar, a meditar este misterio a partir
de una lectura respetuosa y atenta de ambos textos bíblicos.
El evangelista comienza situando la escena de la anunciación
del nacimiento de Jesús. Se trata de un acontecimiento histórico:
en una momento y en un lugar bien definidos: el lugar, una ciudad
de Galilea, llamada Nazaret. Y respecto al tiempo, podemos identificarlo
como un momento a los nueve meses antes del censo ordenado por Quirino,
gobernador de Siria en tiempos del emperador Augusto, como lo refiere
el mismo evangelista cuando nos habla del nacimiento del Salvador.
El nacimiento del Señor es, entonces, mis queridos hermanos, un acontecimiento
histórico. Con estos datos tenemos la certeza de que Jesús el Mesías
no es personaje mítico, sin historia, es decir, sin tiempo ni espacios
concretos. Mucho menos es mera creación del anhelo humano de salvación
y liberación intramundana. Jesús es un miembro de la humanidad, insertado
en un pueblo con una identidad cultural y religiosa bien definida.
Además, mis hermanos, el autor nos dice que sus padres son
José, de la estirpe de David, a quien Dios le hace la promesa, y María,
su prometida era virgen. Ella se encuentra en su casa. No se dice
qué estaba haciendo, aunque la piedad popular nos la representa en
la iconografía artística en oración. Lo cual es totalmente verosímil
en cuanto que con todo el pueblo María oraba y, especialmente por
la venida del Mesías anhelaba ardientemente que llegara el Redentor,
el Salvador.
Las palabras que el ángel dice a María rebasan sobremanera
la promesa a David. El cumplimiento es inesperadamente mayor, ni siquiera
imaginable, muy superior a las expectativas. Esto se desprende de
los detalles que da el mensajero, empezando por el nombre mismo para
terminar con la eternidad de su reinado.
Mire, mis amados hermanos y hermanas, contemplemos a María,
la madre del Mesías se preocupa desde el saludo, pues ni siquiera
corresponde a la manera ordinaria de saludar: Ella esperaría un “Shalom
lej”: “paz para ti”, según la costumbre, judía, en lugar del “alégrate”
(Jaire, en griego), según la usanza griega. Y todo lo que sigue al
saludo es tan especial que ella no logra comprenderlo y más bien,
miren, mis hermanos, le lleva al temor y al desconcierto. “Llena
de gracia” se debe entender como “la perfectamente favorecida,
la invadida por Dios, la penetrada por Dios”. “Llena de gracia”
Y no es para menos, pues, le anuncia que por medio de Ella Dios quiere
cumplir su promesa. Ella, por su parte, mis hermanos, da al ángel
del Señor la respuesta más trascendente de la historia humana: “que
me suceda como tú dices” “hágase en mí según tu Palabra”. Y desde
ese momento, mis hermanos, se realiza la maravilla más grande que
los hombres pudiéramos imaginar, desde ese momento que María dice:
“sí”. Dios se humana, Dios se encarna, Dios se hace historia.
Mis queridos hermanos, en este veinticinco de diciembre, vamos
a celebrar el cumplimiento de esa promesa que tuvo lugar hace más
de dos mil años. Sin embargo, ese acontecimiento del pasado es cumplimiento
y a la vez promesa. El Señor viene, es una afirmación que espera una
respuesta, pero al estilo de la de María, nuestra Señora. La Navidad
es, entonces, también anuncio de un futuro que implica un proceso
que está en acto. Hoy estamos como María en la espera de que el Mesías
sea una realidad tangible en nuestro mundo. Pero, como promesa pertenece
al futuro en el que estamos comprometidos todos los cristianos. El
plan de Dios, mis hermanos, no se realiza sin la colaboración humana,
como la de David, pero de una manera perfecta como la de María de
obediencia total e incondicional.
Todavía falta, mis queridos hermanos que la venida del Salvador
sea una realidad sentida y experimentada por la humanidad. Realmente
podemos hacer nuevo nuestro mundo. Mientras haya tantas situaciones
que contradicen el plan divino como la injusticia, la violencia en
sus diversas y penosas manifestaciones, la mentira y la codicia, no
podemos decir, sin reservas que Dios está plenamente con nosotros.
Todavía, mis hermanos, debemos trabajar por que venga su Reino. Es
posible un mundo nuevo, si nosotros colaboramos y trabajamos fuertemente,
porque venga ese Reino que trajo Jesús. Y el primer paso es abrirle
el corazón y la mente para acogerlo en lo más íntimo de nuestro ser
y de nuestros ambientes, de una manera especial en nuestras familias.
Es mi deseo y así se lo pido al Señor que Cristo renazca en
cada uno de nuestros corazones. Que Cristo renazca en nuestras familias,
en nuestra ciudad, en nuestra nación, en nuestro continente, tan fuertemente
marcado por esta dulce Señora del Cielo Santa María de Guadalupe.
Mis queridos hermanos y hermanas, contemplemos, este domingo
cuarto del Adviento, la actitud de la Dulce Señora del Cielo, la Virgen
María ante el proyecto divino. Imitémosla en su prontitud, en disponibilidad,
en su alegría para acoger la voluntada de Dios.
Que así sea, mis hermanos.