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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el I Domingo de Adviento.

30 de noviembre de 2008
Año de San Pablo

DESPIERTA TU PODER Y VEN A SALVARNOS”
Sal. 79,3

Mis queridos hermanos y hermanas, una vez más, iniciamos este domingo, un ciclo litúrgico, el segundo de tres con los que repasamos nuestra fe meditándola a la luz de los evangelios sinópticos: Mateo, Marcos y Lucas. Este año el Espíritu nos conducirá con el texto de san Marcos, un Evangelio que no nos habla directamente del misterio de la Encarnación como lo hace Lucas, por eso el cuarto domingo escucharemos, de este Evangelio, la narración del anuncio del nacimiento de Jesús a María, con lo que nos prepararemos inmediatamente a la celebración de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.

“Velen y estén preparados”, nos dice Jesús en el texto de san Marcos. Despierta tu poder y ven a salvarnos, dice el pueblo de Israel por boca del profeta Isaías, el gran misionario de los tiempos mesiánicos. Ésta es una súplica que nace de la esperanza, aquella es una orden que expresa la sabiduría de Jesús. Pero ambas se relacionan entre sí porque el hombre, anhela siempre la salvación que sólo Dios puede darnos, mientras que Jesús nos advierte  que Él puede llegar de un momento a otro para dárnosla, por lo que es necesario estar alerta, muy despiertos.

Los logros humanos, mis queridos hermanos y hermanas, en la ciencia y en la técnica, especialmente en la economía mantienen a muchos en la rutina de cada día. Parece que no hay nada que esperar, fuera del éxito en la carrera, en los negocios, en fin, en todo aquello por lo que suele afanarse el hombre de hoy.

Parece, mis amados hermanos, atención, parece que Dios está ausente, porque no se ve, no se siente. Parece no ocuparse de nosotros, ni de nuestras cosas. Se podría decir que tenemos que arreglárnoslas solos, con nuestros recursos: nuestros conocimientos, nuestra inteligencia, nuestras habilidades, nuestras investigaciones y descubrimientos; más aún, nuestros propios inventos. Hasta hemos llegado a decir que no lo necesitamos. ¡Qué atrevidos somos los humanos, mis hermanos!

Pero no es así, en realidad, el hombre atenido a sus propias fuerzas, a sus propios recursos, no puede alcanzar lo que tanto anhela desde lo más profundo de su ser: la felicidad y la dicha perfectas que llevarían intrínsecamente la eternidad y la plenitud. Y aparentemente los seres humanos, tan ocupados de las cosas urgentes de aquí y ahora, estarían satisfechos con conseguirlas y poseerlas. Pero por experiencia, mis amados hermanos y hermanas, sabemos que no bastan para colmar el deseo innato de plenitud que llevamos en el fondo de nuestro ser.

El profeta Isaías recuerda en su oración, con pena y arrepentimiento, que hacer todo lo que se les ha venido en gana no les ha traído más que desgracias y sufrimiento. Igualmente se expresa el autor del salmo del cual sólo hemos recitado unos versos: Que tu diestra defienda al que elegiste, al hombre que has fortalecido. Ya no nos alejaremos de ti Señor; consérvanos la vida y alabaremos tu poder.

Cuando los seres humanos pretendemos vivir y actuar al margen del proyecto salvador de Dios, en contra de su voluntad, es cuando experimentamos el fracaso y la frustración, el vacío, la nausea, por más que obtengamos satisfactores materiales. Recordemos, mis amados hermanos y hermanas, lo que nos decía san Mateo hace dos domingos (y nos lo dice san Marcos en el contexto de las palabras que hoy estamos meditando), en el penúltimo domingo del año litúrgico (el 33°) san Mateo, nos decía: Dios nos ha dado todo y no nos falta nada. Pero nos lo ha dado como tarea para que le entreguemos cuentas, resultados. No somos dueños absolutos de nada. Prácticamente todo es prestado para que nos ocupemos mientras estamos de paso por la historia; pero nos va a pedir cuenta de todo lo que nos encomendó. Somos responsables de los dones y carismas, de todo lo que hemos recibido del Señor.

Mis amados hermanos y hermanas, somos débiles en el cuerpo y en el alma, porque somos de barro. Qué bello nos lo dice el profeta Isaías en la primera lectura: Señor tu eres nuestro Padre, nosotros somos el barro, tú eres el alfarero y tú nos modelas. Tenemos necesidad absoluta de salvación. Y salvar, para Dios, significa que nos dejemos acariciar por ÉL, que nos dejemos modelar, que nos dejemos reconstruir. Nos falta la gracia y la paz; nos falta la riqueza del alma, en el hablar y en el saber; nos falta una firmeza para que nuestro barro no sea un montón deforme. Nos sentimos engañados por todos y en todas partes: queremos la verdad en un mundo de error, la luz en noche de tinieblas, el amor en un océano de egoísmo, queremos, mis hermanos, la sencillez en una salva de fieras.  

Por eso el Adviento es tiempo de conversión. Es decir, tiempo de volver a Dios y a nuestros hermanos. Esto es vigilar, esto es estar atentos. El Adviento nos recuerda una vez, y desde su propia dinámica, que orar es fundamental. Ya el mismo Señor Jesús nos dijo en Getsemaní: ¡Velen y oren! pero sobre todo nos recuerda que la vigilancia ha de ser mediante la práctica de la fe. Por eso, mis queridos hermanos, en la primera oración de esta misa, le hemos pedido al Padre que despierte en nosotros el deseo de prepararnos a la venida de Cristo con la práctica de las obras de misericordia para que, puestos a su derecha el día del juicio, podamos entrar al Reino de los cielos.

Por tanto, mis queridos hermanos y hermanas, ante estas consideraciones que nos sugieren la Palabra de Dios, conviene que no olvidemos que, en realidad, toda la vida del cristiano transcurre en el espíritu de Adviento. Quiero decir que toda la vida cristiana es espera, toda la vida cristiana es vigilancia, conversión, práctica de la fe, es vivencia profunda de la fe, como resultado de nuestra adhesión profunda a nuestro Señor Jesucristo. Y la Sagrada Eucaristía, la Santa Misa, celebrada cada día por muchos y por una gran mayoría los domingos, es anuncio, memorial y celebración de la esperanza por la que transita la fe del pueblo creyente. En la Eucaristía, en la Santa Misa, mis hermanos, dicho de otra manera, recordamos, celebramos la fidelidad de Dios, nuestro Padre, que cumple lo que promete y apoyados en esta experiencia, anunciamos que lo que el Adviento nos promete tendrá cumplimiento pleno, en un futuro incierto, porque ya ha empezado a ser realidad.

María, nuestra amada Madrecita, Muchachita y Señora del Adviento, en la esperanza, camina con nosotros hacia el cumplimiento de las promesas de nuestro Señor y Redentor Jesucristo.

Amén.
 
 
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