Mis queridos hermanos y hermanas, una vez más, iniciamos este
domingo, un ciclo litúrgico, el segundo de tres con los que repasamos
nuestra fe meditándola a la luz de los evangelios sinópticos:
Mateo, Marcos y Lucas. Este año el Espíritu nos conducirá con
el texto de san Marcos, un Evangelio que no nos habla directamente
del misterio de la Encarnación como lo hace Lucas, por eso el
cuarto domingo escucharemos, de este Evangelio, la narración del
anuncio del nacimiento de Jesús a María, con lo que nos prepararemos
inmediatamente a la celebración de la Natividad de nuestro Señor
Jesucristo.
“Velen y estén preparados”, nos dice Jesús en el texto de san
Marcos. Despierta tu poder y ven a salvarnos, dice el pueblo de
Israel por boca del profeta Isaías, el gran misionario de los
tiempos mesiánicos. Ésta es una súplica que nace de la esperanza,
aquella es una orden que expresa la sabiduría de Jesús. Pero ambas
se relacionan entre sí porque el hombre, anhela siempre la salvación
que sólo Dios puede darnos, mientras que Jesús nos advierte que
Él puede llegar de un momento a otro para dárnosla, por lo que
es necesario estar alerta, muy despiertos.
Los logros humanos, mis queridos hermanos y hermanas, en la
ciencia y en la técnica, especialmente en la economía mantienen
a muchos en la rutina de cada día. Parece que no hay nada que
esperar, fuera del éxito en la carrera, en los negocios, en fin,
en todo aquello por lo que suele afanarse el hombre de hoy.
Parece, mis amados hermanos, atención, parece que Dios está
ausente, porque no se ve, no se siente. Parece no ocuparse de
nosotros, ni de nuestras cosas. Se
podría decir que tenemos que arreglárnoslas solos, con nuestros
recursos: nuestros conocimientos, nuestra inteligencia, nuestras
habilidades, nuestras investigaciones y descubrimientos; más aún,
nuestros propios inventos. Hasta hemos llegado a decir que no
lo necesitamos. ¡Qué atrevidos somos los humanos, mis hermanos!
Pero no es así, en realidad, el hombre atenido a sus propias
fuerzas, a sus propios recursos, no puede alcanzar lo que tanto
anhela desde lo más profundo de su ser: la felicidad y la dicha
perfectas que llevarían intrínsecamente la eternidad y la plenitud.
Y aparentemente los seres humanos, tan ocupados de las cosas urgentes
de aquí y ahora, estarían satisfechos con conseguirlas y poseerlas.
Pero por experiencia, mis amados hermanos y hermanas, sabemos
que no bastan para colmar el deseo innato de plenitud que llevamos
en el fondo de nuestro ser.
El profeta Isaías recuerda en su oración, con pena y arrepentimiento,
que hacer todo lo que se les ha venido en gana no les ha traído
más que desgracias y sufrimiento. Igualmente se expresa el autor
del salmo del cual sólo hemos recitado unos versos: Que tu diestra
defienda al que elegiste, al hombre que has fortalecido. Ya
no nos alejaremos de ti Señor; consérvanos la vida y alabaremos
tu poder.
Cuando los seres humanos pretendemos vivir y actuar al margen
del proyecto salvador de Dios, en contra de su voluntad, es cuando
experimentamos el fracaso y la frustración, el vacío, la nausea,
por más que obtengamos satisfactores materiales. Recordemos, mis
amados hermanos y hermanas, lo que nos decía san Mateo hace dos
domingos (y nos lo dice san Marcos en el contexto de las palabras
que hoy estamos meditando), en el penúltimo domingo del año litúrgico
(el 33°) san Mateo, nos decía: Dios nos ha dado todo y no nos
falta nada. Pero nos lo ha dado como tarea para que le entreguemos
cuentas, resultados. No somos dueños absolutos de nada. Prácticamente
todo es prestado para que nos ocupemos mientras estamos de paso
por la historia; pero nos va a pedir cuenta de todo lo que nos
encomendó. Somos responsables de los dones y carismas, de todo
lo que hemos recibido del Señor.
Mis amados hermanos y hermanas, somos débiles en el cuerpo
y en el alma, porque somos de barro. Qué bello nos lo dice el
profeta Isaías en la primera lectura: Señor tu eres nuestro
Padre, nosotros somos el barro, tú eres el alfarero y tú nos modelas.
Tenemos necesidad absoluta de salvación. Y salvar, para Dios,
significa que nos dejemos acariciar por ÉL, que nos dejemos modelar,
que nos dejemos reconstruir. Nos falta la gracia y la paz; nos
falta la riqueza del alma, en el hablar y en el saber; nos falta
una firmeza para que nuestro barro no sea un montón deforme. Nos
sentimos engañados por todos y en todas partes: queremos la verdad
en un mundo de error, la luz en noche de tinieblas, el amor en
un océano de egoísmo, queremos, mis hermanos, la sencillez en
una salva de fieras.
Por eso el Adviento es tiempo de conversión. Es decir, tiempo
de volver a Dios y a nuestros hermanos. Esto es vigilar, esto
es estar atentos. El Adviento nos recuerda una vez, y desde su
propia dinámica, que orar es fundamental. Ya el mismo Señor Jesús
nos dijo en Getsemaní: ¡Velen y oren! pero sobre todo nos
recuerda que la vigilancia ha de ser mediante la práctica de la
fe. Por eso, mis queridos hermanos, en la primera oración de esta
misa, le hemos pedido al Padre que despierte en nosotros el
deseo de prepararnos a la venida de Cristo con la práctica de
las obras de misericordia para que, puestos a su derecha el día
del juicio, podamos entrar al Reino de los cielos.
Por tanto, mis queridos hermanos y hermanas, ante estas consideraciones
que nos sugieren la Palabra de Dios, conviene que no olvidemos
que, en realidad, toda la vida del cristiano transcurre en el
espíritu de Adviento. Quiero decir que toda la vida cristiana
es espera, toda la vida cristiana es vigilancia, conversión, práctica
de la fe, es vivencia profunda de la fe, como resultado de nuestra
adhesión profunda a nuestro Señor Jesucristo. Y la Sagrada Eucaristía,
la Santa Misa, celebrada cada día por muchos y por una gran mayoría
los domingos, es anuncio, memorial y celebración de la esperanza
por la que transita la fe del pueblo creyente. En la Eucaristía,
en la Santa Misa, mis hermanos, dicho de otra manera, recordamos,
celebramos la fidelidad de Dios, nuestro Padre, que cumple lo
que promete y apoyados en esta experiencia, anunciamos que lo
que el Adviento nos promete tendrá cumplimiento pleno, en un futuro
incierto, porque ya ha empezado a ser realidad.
María, nuestra amada Madrecita, Muchachita y Señora del Adviento,
en la esperanza, camina con nosotros hacia el cumplimiento de las
promesas de nuestro Señor y Redentor Jesucristo.
Amén.