InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio > Homilías >Texto
   
 
Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el M. I. Sr. Cango. Luis Felipe García Álvarez, Arcipreste de Guadalupe, Vicepresidente del Cabildo y Coordinador de la Pastoral Litúrgica, en el XIX Domingo Ordinario.
9 de agosto de 2009

En una ocasión Jesús le pidió de beber a una Samaritana y después le dice Yo tengo un agua que brota, que da la vida, si tomas de estas agua no volverás a tener sed. Pues, dame de esa agua le dice la Samaritana, así ya no tengo que venir al pozo. Y viene, pues, la explicación de un agua de salvación.

De la misma manera hoy Cristo nos dice: Yo tengo un pan que da vida eterna. Pero, también, el Señor les gustaba compartir el pan y la sal con sus amigos y con otras gentes, compartía el pan con María, Marta y Lázaro en Betania frecuentemente. Escuchamos en el Evangelio en muchas ocasiones, que también iba a la casa de fariseo, Zaqueo, de pecadores. Es más el mismo Señor lo dice: viene Juan el Bautista que no come y no bebe, dicen ustedes que está loco; y yo que como y bebo junto a ustedes dicen que soy un glotón y un borracho, pero nunca se les da gusto, dice el Señor.

Pero era frecuente que el Señor compartiera el pan con la gente es más, cuando no existe ese pan, ni se preocupa, denles de comer ¿de dónde sacaremos tanto pan para alimentar a toda esta gente? Y el Señor obra el milagro con los panes y el pescado de aquel joven, que aunque es poco el Señor lo multiplica y lo multiplica en abundancia. Pero esto para enseñarnos que Él tiene un pan que da la vida eterna. Un pan con el cual nos quiere alimentar y que Él es el mismo pan de vida, para algunos estará loco ¿cómo quiere este darnos a comer su carne? Pero Jesús nos invita a compartir lo más profundo de nuestro ser; quiere dársenos como alimento.

La Eucaristía: quiere darnos vida eterna y alimentarnos no solamente con un pan físico, sino con el alimento espiritual, el alimento de vida eterna, que es Él mismo. Y nos invita a acercarnos Él, aceptarlo como Palabra, aceptarlo como alimento de vida eterna. Pero, entonces, los que están junto a Él; los que lo conocen, entre comillas, empiezan a criticarlo: ¿pero este quién es? nosotros conocemos a su padre, al carpintero, conocemos a sus parientes, a sus amigos, se ha creado junto a nosotros. Esto, también, me hizo un tema importante: se ha creado junto a nosotros, para aquellos que hoy inventan que se fue a la India, que se fue al Tíbet o que se fue a muchos lugares, no, su gente lo conocía, había crecido entre ellos. Lo conocían como el hijo del carpintero y también lo vieron trabajar como un humilde artesano y por eso creían que lo conocían. Iban junto a Él, caminaban junto a Él. Éste que nos viene a decir que viene del cielo, sabemos de dónde viene.

Y podemos nosotros caer fácilmente en esa tentación de creer que conocemos al Señor; de que porque caminamos junto a Él ya está todo. Y hay que recordar que, también, cuando iba al Calvario junto a Él iban los soldados golpeándolo, iban los judíos burlándose, iban junto a Él, pero iban con otras intenciones. Nosotros estamos dispuestos a compartir este pan con el Señor. Él se nos da como alimento, pero también nosotros tenemos que darle de comer, porque es una comunión, una comunicación, no es nada más yo recibo, sino también yo tengo que dar de mí.

La invitación es un compartir el pan: Él se me da como alimento y yo tengo, también, que esforzarme por ser pan vivo y aprender de Él ha tener misericordia, aprender de Él a tener piedad, a tener amor, a tener perdón, acercarme al que sufre, acercarme al que tiene hambre, al que tiene sed. Y entonces podré escuchar del Señor: vengan benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me dieron de comer, porque tuve sed y me dieron de beber, porque estuve desnudo y me vistieron en la cárcel, enfermo y me visitaron.

No es nada más abrir la boca y recibir una hostia, es hacerme con Él hostia viva, hacerme alimento, también, para los demás. Ir con el Señor no significa mover mis pies al ritmo que Él va, sino mover mi corazón al ritmo con el que Él ama.

Hoy es la invitación, Él quiere dársenos como alimento, pero para que aprendamos, también, a ser alimento para los demás; para que aprendamos a compartir lo más íntimo de nuestro ser con el que sufre. Y entonces poder entender las bienaventuranzas y alegrarme porque soy eco de la gracia del Señor muerto y resucitado. Y ahí tenemos el ejemplo entonces de nuestra Madre Santísima de Guadalupe, que viene a nosotros y se hace con nosotros y vive con nosotros: nuestros problemas, nuestras angustias, nuestras tristezas ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre? viene a compartir lo que el Señor le ha dado, viene hacer eco de ese amor, de esa gracia, para que nosotros conozcamos al Dios por quien vivimos nosotros.

Tenemos, pues, que aprender que seguir al Señor, que comulgar con Él no significa nada más abrir la boca, sino abrir nuestro corazón y hacernos eco de su Palabra, de amor, de su perdón.
 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina anterior