En una ocasión Jesús le pidió de beber a una
Samaritana y después le dice Yo tengo un agua
que brota, que da la vida, si tomas de estas agua
no volverás a tener sed. Pues, dame de esa agua
le dice la Samaritana, así ya no tengo que venir
al pozo. Y viene, pues, la explicación de un agua
de salvación.
De la misma manera hoy Cristo nos dice: Yo
tengo un pan que da vida eterna. Pero, también,
el Señor les gustaba compartir el pan y la sal
con sus amigos y con otras gentes, compartía el
pan con María, Marta y Lázaro en Betania frecuentemente.
Escuchamos en el Evangelio en muchas ocasiones,
que también iba a la casa de fariseo, Zaqueo,
de pecadores. Es más el mismo Señor lo dice: viene
Juan el Bautista que no come y no bebe, dicen
ustedes que está loco; y yo que como y bebo junto
a ustedes dicen que soy un glotón y un borracho,
pero nunca se les da gusto, dice el Señor.
Pero era frecuente que el Señor compartiera
el pan con la gente es más, cuando no existe ese
pan, ni se preocupa, denles de comer ¿de dónde
sacaremos tanto pan para alimentar a toda esta
gente? Y el Señor obra el milagro con los panes
y el pescado de aquel joven, que aunque es poco
el Señor lo multiplica y lo multiplica en abundancia.
Pero esto para enseñarnos que Él tiene un pan
que da la vida eterna. Un pan con el cual nos
quiere alimentar y que Él es el mismo pan de vida,
para algunos estará loco ¿cómo quiere este darnos
a comer su carne? Pero Jesús nos invita a compartir
lo más profundo de nuestro ser; quiere dársenos
como alimento.
La
Eucaristía: quiere darnos vida eterna y alimentarnos
no solamente con un pan físico, sino con el alimento
espiritual, el alimento de vida eterna, que es
Él mismo. Y nos invita a acercarnos Él, aceptarlo
como Palabra, aceptarlo como alimento de vida
eterna. Pero, entonces, los que están junto a
Él; los que lo conocen, entre comillas, empiezan
a criticarlo: ¿pero este quién es? nosotros conocemos
a su padre, al carpintero, conocemos a sus parientes,
a sus amigos, se ha creado junto a nosotros. Esto,
también, me hizo un tema importante: se ha creado
junto a nosotros, para aquellos que hoy inventan
que se fue a la India, que se fue al Tíbet o que
se fue a muchos lugares, no, su gente lo conocía,
había crecido entre ellos. Lo conocían como el
hijo del carpintero y también lo vieron trabajar
como un humilde artesano y por eso creían que
lo conocían. Iban junto a Él, caminaban junto
a Él. Éste que nos viene a decir que viene del
cielo, sabemos de dónde viene.
Y podemos nosotros caer fácilmente en esa tentación
de creer que conocemos al Señor; de que porque
caminamos junto a Él ya está todo. Y hay que recordar
que, también, cuando iba al Calvario junto a Él
iban los soldados golpeándolo, iban los judíos
burlándose, iban junto a Él, pero iban con otras
intenciones. Nosotros estamos dispuestos a compartir
este pan con el Señor. Él se nos da como alimento,
pero también nosotros tenemos que darle de comer,
porque es una comunión, una comunicación, no es
nada más yo recibo, sino también yo tengo que
dar de mí.
La invitación es un compartir el pan: Él se
me da como alimento y yo tengo, también, que esforzarme
por ser pan vivo y aprender de Él ha tener misericordia,
aprender de Él a tener piedad, a tener amor, a
tener perdón, acercarme al que sufre, acercarme
al que tiene hambre, al que tiene sed. Y entonces
podré escuchar del Señor: vengan benditos de
mi Padre, porque tuve hambre y me dieron de comer,
porque tuve sed y me dieron de beber, porque estuve
desnudo y me vistieron en la cárcel, enfermo y
me visitaron.
No es nada más abrir la boca y recibir una hostia,
es hacerme con Él hostia viva, hacerme alimento,
también, para los demás. Ir con el Señor no significa
mover mis pies al ritmo que Él va, sino mover
mi corazón al ritmo con el que Él ama.
Hoy es la invitación, Él quiere dársenos como
alimento, pero para que aprendamos, también, a
ser alimento para los demás; para que aprendamos
a compartir lo más íntimo de nuestro ser con el
que sufre. Y entonces poder entender las bienaventuranzas
y alegrarme porque soy eco de la gracia del Señor
muerto y resucitado. Y ahí tenemos el ejemplo
entonces de nuestra Madre Santísima de Guadalupe,
que viene a nosotros y se hace con nosotros y
vive con nosotros: nuestros problemas, nuestras
angustias, nuestras tristezas ¿no estoy yo
aquí que soy tu Madre? viene a compartir lo
que el Señor le ha dado, viene hacer eco de ese
amor, de esa gracia, para que nosotros conozcamos
al Dios por quien vivimos nosotros.
Tenemos, pues, que aprender que seguir al Señor,
que comulgar con Él no significa nada más abrir
la boca, sino abrir nuestro corazón y hacernos eco
de su Palabra, de amor, de su perdón.