¿CÓMO ES EL REINO DE DIOS?
Mis amados hermanos y hermanas, demos gracias a Dios, nuestro
Padre porque nos ha llamado a formar parte del Reino de su Hijo
querido, al grado de amarnos con el mismo amor con que lo ama.
Agradezcamos también a su Hijo que movido por su gran misericordia,
ha venido a enseñarnos el camino que nos lleva a su Padre y,
por su obra redentora, ha hecho realidad la vocación para la
cual Dios nos creó. Pero, también, reconozcamos la obra del
Espíritu que nos mantiene en la esperanza y nos hace fuertes
para mantenernos en el amor a Dios y a nuestros hermanos, pues
ésta es la única condición para alcanzar la pertenencia al Reino
de Dios, que es de vida eterna.
Mis queridos hermanos y hermanas, todo lo concerniente a Dios
es misterio, porque Él mismo es misterio. Así sucede, por tanto,
con su Reino. Todo lo que digamos de Él nunca será suficiente,
mientras estamos en la historia, es decir aquí en la tierra
y en el tiempo. Dios y su misterio están fuera de las categorías
espacio-temporales. Y, sin embargo, mis hermanos, sólo contamos
con el tiempo y el espacio para poder aproximarnos a su realidad
misteriosa.
Jesús, como buen pedagogo, sabía de nuestra experiencia mundana
y terrenal. Y, coherente con su encarnación, que implicó asumir
nuestra realidad histórica de tiempo y espacio, utilizó a la
perfección estas dimensiones humanas de espacio y tiempo para
explicarnos realidades que están más, mucho más allá de nuestra
experiencia humana. Para alcanzar este propósito, echó mano
de las parábolas, es decir; comparaciones o semejanzas que intentan
hace pensar en realidades trascendentes.
Hoy tenemos, desde la primera lectura tomada del profeta Ezequiel,
una figura simbólica de la que se vale, llamada alegoría. Tanto
la parábola, como la alegoría, pertenecen, entonces a la literatura
a base figuras simbólicas. Como todas las comparaciones, también
ésta cojea, como se dice comúnmente. Pero no podemos negar que
son un recurso no sólo útil, sino hasta necesario para comunicar
verdades trascendentes, pues a pesar de las limitaciones que
puedan tener, es más importante lo positivo que contienen. Es
el lenguaje figurado de la poseía. No podemos negar, mis amados
hermanos, que Jesús fue un gran poeta.
Par explicar la actividad misteriosa del Reino de Dios, Jesús
se vale hoy de este recurso parabólico, tal como lo había hecho,
seis siglos antes, el profeta Ezequiel en su actividad profética
y que, para anunciar la restauración del reino, utilizaba la
alegoría de agricultor que planta una ramita tomada de la copa
de un cedro muy alto y sólo observa su misterioso crecimiento
lento pero seguro al grado que una vez que ha crecido puede
albergar a toda clase aves para darles paz y reposo. Lo que
anuncia el profeta es que Dios no se deja vencer por los errores
y pecados de lo hombres, pues aún castigando el pecado no sabe
otra cosa que ser fiel a su proyecto a favor de su pueblo. Es
el poder de Dios misericordioso y fiel que derriba a los poderosos
y enaltece a los humildes (Lc 1,52).
Así, pues, mis queridos hermanos y hermanas, en el Evangelio
de san Marcos, Jesús, después de haber enseñado diversos aspectos
de su doctrina, aparece hablando con una parábola de contenido
orgánico para explicar el misterio del Reino de Dios. En concreto,
ante las preguntas que se hacían ya en sus tiempos o después
en la primitiva Iglesia, Jesús echa mano de este recurso literario
para asegurar la realidad exitosa del Reino a pesar de las vicisitudes
por las que pueda atravesar. La semilla que Jesús ha sembrado
alcanza finalmente su objetivo, hasta la siega, es decir hasta
dar los frutos esperados. Es cierto, mis hermanos, que sus comienzos
son demasiado humildes, pero sus frutos serán grandiosos, sorprendentes.
Y todo esto es así porque el reino es obra directa de Dios no
de los hombres, por más que quiere contar con la participación
humana.
Mis queridos hermanos y hermanas, lo bueno es siempre obra
de Dios y, a la larga se impone. Ojala que nos vayamos con esta
convicción hoy: lo bueno es siempre obra de Dios y, a la
larga se impone. El mal que se puede concretizar en soberbia
y arrogancia, en odio y envidia, en lucha de poder y anarquía,
en mentira e injusticia, en división y prepotencia… Mis amados
hermanos, el mal no tiene ningún derecho; ni tienen la última
palabra, no. Esta llamada de Jesús es, entonces, mis hermanos,
una voz, la voz autorizada y reconfortante de Dios por la esperanza.
Es también una invitación a que todos sigamos esforzándonos
en nuestro quehacer cotidiano como si todo dependiera de nosotros,
pero sabiendo que el éxito es de Dios. Es decir: Jesús nos invita
hoy a actuar con fe, actuar con esperanza, dejándonos llevar
por el amor y la obediencia en su obra a favor de todos nosotros
mismos, pero también a favor de los que menos tienen, a favor
de los que cuentan menos para el mundo.
En la Eucaristía, mis hermanos, en la Santa Misa, principalmente
la Dominical, celebramos que Dios nos ha hecho entrar a su Reino
en la persona misma de su Hijo. Pues, Él es la semilla que el
Padre ha sembrado en la tierra, es decir en el mundo, donde
ya está dando frutos a través de su pueblo que es la Iglesia,
es decir, todos y cada uno de los que la formamos. Comprometámonos
en este mundo que nos toca vivir con la certeza de que Dios
es la garantía de que: si lo hacemos en su nombre, todo llegará
a su fin de la manera más insospechada.
En estos días, mis amados hermanos y hermanas, de responsabilidades
políticas y de salud, dejémonos iluminar, dejémonos animar por
la Palabra que el Señor nos ha dado, dejémonos animar por la
enseñanza evangélica de este domingo. No nos desentendamos de
ellas. Pongamos nuestro interés por conocer propuestas de partidos
y de personas a la hora de votar, vayamos a votar, no dejemos
de cumplir con este deber ciudadano, pero iluminados siempre
por nuestra fe. Pero hagámoslo confiados en que Dios, Señor
de la historia, nos asiste para que nuestro país siga por los
caminos de la justicia, siga por los caminos de la paz, del
progreso compartido, de la comunión fraterna. Y en lo que respecta
a la salud, mantengamos todas las medidas de prevención que
se nos han señalado. Todos somos responsables de todos, no olvidemos
esto. Así nos quiere Dios nuestro Padre común. No olvidemos,
mis hermanos, que está comprometido el éxito del Reino de Dios
no sólo nuestros deseos o proyectos por legítimos y nobles que
sean, esto tiene que ver con el Reino de Dios. No olvidemos
tampoco que el Reino no es de este mundo, pero comienza, atención,
mis hermanos, y se compromete hoy, aquí y ahora, en la historia
que nos toca vivir. Debemos tener presente que nuestra salvación
se determina al asumir estas responsabilidades históricas.
Por eso, mis amados hermanos, seamos tierra buena, no tierra
mala, no tierra pedregosa, no tierra con espinas, no tierra
dura. Entonces, el Reino de los Cielos si somos tierra mala,
pedregosa, dura, espinosa, no crece en nosotros y nosotros no
crecemos con Él. Nosotros fuimos sembrados para crecer y un
cristiano que se ha quedado enano no es apto para el Reino de
Dios y que pena ¿cuántos cristianos enanos tenemos? que no fermento
del Reino, que no son salve la tierra, que no son luz del mundo.
No todo lo explica la ciencia de los hombres o la técnica. No
puede explicar ni siquiera como el grano se haga tallo, planta,
flor, fruto, menos ¿cómo el hombre se hace Dios? si vive enraizado
y cimentado en el Hijo de Dios Jesucristo y respondiendo siempre
con alegría y generosidad a la fuerza del Espíritu Santo.
Pues, mis queridos hermanos y hermanas, que María Santísima,
Nuestra Niña y Muchachita y Madre nuestra, Santa María de Guadalupe,
nos acompañe, como desde hace 477 años lo ha hecho, que Ella
nos acompañe en las metas a alcanzar en la historia de nuestra
patria, de nuestro querido México y del mundo en el que nos
ha tocado vivir.
Amén.