“JESÚS Y LAS DIFICULTADES PARA CREER” O “LA RELIGIÓN COMO OBSESIÓN”
Mis
amados hermanos y hermanas, en Cristo Jesús, demos gracias al
Padre de nuestro Señor Jesucristo que por el don de sus Espíritu
nos conduce por los caminos de la verdad y del amor. Pues, a
pesar de nuestras dificultades para creer, no deja de manifestar
su paciencia y su ternura por nosotros que tantas veces nos
aferramos a nuestras propias ideas sobre su misterio sagrado.
Mis
hermanos, el domingo pasado, como lo indicamos, entramos a una
de las páginas del Evangelio más importante y profundas y, por
lo mismo más difíciles de comprender. Hablo más que de un libro,
de una persona: Cristo; pero por eso también de mayor trascendencia
no sólo para la religión, que es práctica de la fe, sino para
nuestra experiencia de Dios individual y comunitaria.
Aunque
el domingo pasado, hermanos míos, sentíamos ya la necesidad,
por gracia divina, de abrir nuestra mente y nuestro corazón
para comprender mejor su Palabra, vale la pena hoy, una vez
más, insistir en poner atención a lo que estamos tratando, porque
la obra de Dios requiere mucho de nuestra disposición interior
(hablo de allí donde el Espíritu actúa misteriosamente, ahí
donde el Espíritu actúa efectivamente) para dejarnos enseñar,
como ya hemos dicho, cada domingo por el Señor de la Iglesia.
El
pasaje que hoy escuchamos y estamos meditando, hermanos, aunque
está aparentemente interrumpido por un milagro, por otro episodio
de la vida de Jesús, que refleja la vida de la Iglesia primitiva,
es continuación del tema que inició el domingo pasado, el domingo
anterior.
He
mencionado, a propósito a la Iglesia de los primeros años (y
más precisamente, la del primer siglo) porque es importante
que, para comprender mejor la Palabra de Dios nos ofrece, no
perdamos de vista que ante todo los escritores sagrados, como
es el evangelista san Juan, escriben desde una situación histórica
muy concreta de sus comunidades a las cuales, iluminados e impulsados
por el Espíritu, conducen por los caminos de la fidelidad y
del amor a Dios.
Más
concretamente, mis amados hermanos y hermanas, no debemos perder
de vista que el evangelista, más que ningún otro, se expresa
de Jesús y hace hablar a Jesús desde la experiencia de una comunidad
que trata de entender el misterio de Cristo muerto y resucitado,
pero que encuentra dificultades de diversa índole para comprender
y vivir este misterio. Lo que sucede en estos encuentros de
Jesús con los judíos, es reflejo de lo que sucedía en las primeras
comunidades que iban intentando madurar la experiencia de Pascua.
Por eso es para nosotros, gentes, hombres del siglo XXI, tan
significativa la comprensión de este mensaje, pues, a pesar
de tanto tiempo después, sigue siendo para nosotros, revelación
de algo que vislumbramos, por gracia de Dios, pero no logramos
entender, ni vivir en la profundidad que exige este misterio
de amor.
En
el trozo Evangelio que escuchamos este domingo, vemos cómo los
judíos, a pesar de que ven en Jesús a alguien diferente y muy
digno de tomar en cuenta, no logran entender bien a bien de
qué se trata la grandeza e importancia de este hombre. Por eso
concluyen falsamente queriéndolo hacer rey. Pero no dejan de
interrogarlo y de interrogarse sobre su persona. De manera que
el diálogo, como suele presentar Juan esta clase de diálogos
con Jesús, resulta más bien una sucesión de malentendidos entre
Jesús y sus interlocutores. No porque Jesús no sepa o no quiera
expresarse con claridad, no, mis hermanos, sino porque aquellos
no se ponen a la altura, diríamos. Igual que como nos pasa
o nos puede suceder hoy a nosotros.
Notemos,
entonces, mis queridos hermanos y hermanas, que no es que haya
una franca resistencia de los interlocutores de Jesús a aceptar
la revelación de su misterio. Lo que pasa es que ellos están
tan metidos en sus conceptos —¡y tal vez de muy buena fe!— están
tan metidos en sus formas de ver, de esperar y de entender,
que no son capaces de ver la novedad y la grandeza y profundidad
de lo que oyen y ven, e insisto, mis hermanos, no voluntariamente.
La razón —¡pongamos atención todos! Es que buscamos, y queremos
encontrar, con nuestros propios recursos humanos: con nuestra
sola razón, nuestros propios criterios, a partir de nuestras
experiencias, por no decir, de nuestros prejuicios.
Y
Dios, misericordiosamente comprensivo y rico en piedad, como
Jesús con los judíos, condesciende con nosotros, pero no puede,
ni quiere, dejarnos allí; nos quiere llevar más lejos: a experiencias
y situaciones insospechadas por nuestros deseos y nuestras miradas
y planes cortos, por autosuficientes.
Dejemos,
mis amados hermanos y hermanas, que Jesús nos desconcierte,
dejemos que Jesús nos sorprenda con la novedad de su Palabra
inquietante. Los judíos preguntan, dicho con otras palabras:
“¿QUÉ TENEMOS QUE HACER PARA AGRADAR A DIOS?” Miren, mis hermanos,
Jesús les responde —y nos responde hoy a nosotros hombres del
siglo XXI—: “No se tata de hacer sino de creer, de acoger
la iniciativa de Dios, de recibir el don, sin más...”. En
otras palabras: en vez de hacer, hay que recibir. En vez de
trabajar, es más importante creer (cfr. Javier Garrido, Seguir
a Jesús en la vida ordinaria” Ed. Verbo Divino, p.233).
Ese don es Jesucristo mismo que a su vez, junto con el Padre
nos dan el Espíritu. Lo verdaderamente necesario, mis hermanos,
es creer y creerle a Jesús conducidos, claro, por su Espíritu.
No olvidemos, que nos quedé bien grabado en el corazón: ¡CREER
ES GRACIA, CREER ES DON!
El
texto de hoy termina con una revelación que va a escandalizar
a sus interlocutores, cuando Jesús dice: YO SOY EL PAN DE
VIDA, EL QUE VIENE A MÍ NO PASARÁ HAMBRE, EL QUE CREE EN MÍ,
NO PASARÁ NUNCA SED. Mis hermanos y hermanas, ¿cómo es que
Jesús es el pan verdadero? ¿qué no es el pan verdadero? Jesús
dice de entrada que el que cree posee ya la vida eterna. ¿Cuál
es alcance de estas afirmaciones suyas? Por hoy basta con quedarnos
con estas preguntas. El domingo próximo, cuando estemos nuevamente
en la escuela de la Eucaristía, el Señor nos enseñará un poco
más de su misterio, un poco más de la forma de vivirlo.
Pidamos
a nuestra Muchachita y Celestial Señora y Madre de Guadalupe
y a su hijo san Juan Diego Cuauhtlatoatzin que nos ayuden con
su ejemplo y su intercesión a vivir en la obediencia de la fe
y en al amor al Padre, por su Hijo, en el Espíritu Santo.
Amén.