InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías > Ciclo B
   
 
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XV Domingo Ordinario.
12 de julio de 2009
“Año Jubilar Paulino”

EL EVANGELIZADOR ANUNCIA LA OBRA DE DIOS, NO LA SUYA

Mis amados hermanos y hermanas, bendito y alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en él con toda clase de bienes  espirituales y celestiales. Él nos eligió en Cristo y nos ha enviado a todos a darle la gloria, que sólo Él se merece, mediante el anuncio de la salvación con el testimonio de una vida de fe y esperanza en el amor. Pues, por el bautismo estamos todos llamados y enviados para anunciar la misericordia de Dios en medio de un mundo soberbio y hostil a su nombre y a su obra.

Al escuchar el Evangelio de hoy, lo primero que se nos viene a la mente es pensar en unas palabras dirigidas expresa y exclusivamente a las y los religiosos o a los  y las misioneros. Pero no es así, mis hermanos. Jesús envía de dos en dos a los doce apóstoles, es cierto; y tal vez la mención de éstos sea la razón de esta idea restrictiva. Hay que pensar, más bien, queridos hermanos, que el plan de Dios a realizar en Cristo, como dice san Pablo en la segunda lectura, es que, todos los que hemos sido incorporados al cuerpo de Cristo por el bautismo, somos enviado a anunciar la salvación desde el lugar que cada uno tiene en el mundo. Esa es nuestra misión con la que el Espíritu Santo nos marcó y nos capacitó a todos los miembros de la Iglesia. No olvidemos, mis amados hermanos, que toda la Iglesia es misionera.

Pero vayamos a las lecturas que la Iglesia nos propone para nuestra consideración, pues, en ellas encontramos la luz que nos ayuda a entender esta misión y a asumir atinadamente en la fe esta responsabilidad como profetas, de acuerdo con la terminología del Antiguo Testamento, o como evangelizadores, según el Nuevo Testamento.

Así pues, en la primera lectura asistimos al encuentro entre el profeta Amós, enviado por Dios a denunciar el pecado del rey y su pueblo, con Amasías, el sacerdote pagano y profeta oficial de palacio que pretende expulsar a Amós por ser extranjero. La situación es un encuentro de intereses: los de Dios, representados por Amós, y los del rey defendidos por un profeta a sueldo. El profeta judío, que no tenía, tal vez, ni siquiera idea de este oficio, simplemente obedecía una consigna divina, mientras que Amasías servía a los interese de un rey infiel a Dios, injusto y opresor del pueblo. Amós es, entonces, consciente de que no es profeta de profesión, sino que Dios ha intervenido en su vida de agricultor y ganadero, para llevar a cabo una misión para la cual nunca se había preparado. Simplemente sirve a la causa del único Dios verdadero, sin resistencia alguna y sin miedo. Pero, ni siquiera conoce la forma de realizar ese encargo.

En el Evangelio según san Marcos, que hoy escuchamos, se nos presenta al Señor Jesús asociando a su ministerio profético y a su obra entera a los Doce. Él, que los había llamado para que estuvieran a su lado, los envía con unas consignas, aunque pocas muy claras y contundentes que tienen como finalidad hacerles entender que no es su mensaje lo que anuncian, ni obra de ellos la que llevan a cabo. Obviamente, mis amados hermanos, no son robots o simples repetidores, sino mensajeros que dan un mensaje con el que se han identificado con una asimilación en su vida, ¡qué interesante es esto! Si no hay una identificación con el mensaje de Jesús, con Jesús mismo expresado en la vida, no se puede anunciar este mensaje. Para eso han permanecido con Jesús el tiempo anterior.

Las consignas no son, en primer lugar, una imposición de la pobreza material, sino una llamada a vivir en total libertad para que no se ocupen ni se preocupen por nada que los distraiga para transmitir el mensaje ni sentirse autorizados para añadir algo de lo propio. Mis hermanos, miren, no necesitan ninguna otra cosa para llevar el mensaje que su total disposición libre y alegre, esto es lo indispensable. Su total disposición libre y alegre. Para satisfacer el mínimo de sus necesidades, ciertamente lo obtendrán en la medida de su confianza y de su entrega a su misión.

Hermanos, este envío de los Doce es también para nosotros. Como Iglesia y como individuos que la formamos somos enviados a anunciar al mundo la salvación con toda libertad hasta el grado de ni siquiera tener que esperar siempre buenos resultados. Esto significa que no podemos esperar ni hacer depender el éxito de la evangelización de los medios materiales que, por necesarios que sean, son eso: medios y no fines, como suelen confundirse. Los medios no pueden suplantar al mensaje como sucede cuando son excesivos y sólo desvían la atención.

Las consignas de Jesús nos llevan también a revisar nuestras actitudes como Iglesia y como creyentes individuales en lo que toca a nuestros planes y proyectos. No podemos negar la necesidad de planear la acción pastoral, no, pero tal vez convenga, a la luz de este pasaje evangélico revisar nuestros intereses y las actitudes con las que usamos los recursos para anunciar hoy el Evangelio al mundo. No debemos olvidar, según la enseñanza de Jesús, que lo importante, mis hermanos, es el mensaje, por más que alguien diga hoy que “en el medio está el mensaje” (McLuhan).

Esto significa también que en caso de rechazo a nosotros, simplemente hemos de denunciar el rechazo al Evangelio y deslindarnos de toda responsabilidad. Porque rechazar al mensajero es rechazar el mensaje mismo el cual no nos pertenece y por eso no  tenemos autoridad sobre él.

Mis queridos hermanos y hermanas, estamos viviendo, entonces, estamos viendo, que Dios llama y confía a cada uno una misión muy especial en la tarea que Él ha querido confiarnos en el anuncio de la salvación. Lo que no se puede, mis amados hermanos, lo que se nos revela y enseña, por ejemplo, en la eucaristía, la Santa Misa en la que participamos asiduamente y con mucha alegría cada domingo, no es para tenerlo en secreto; más bien hemos de anunciarlo con la vida misma y en voz alta; gritarlo con fuerza para que todos lo oigan, se den por aludidos, respondan y se salven, ya cantábamos al principio: vienen con alegría Señor, vienen con alegría aquellos que van a sembrar la justicia, la paz, el amor y la verdad. Por eso estamos aquí, mis hermanos, para ser sembradores a manos llenas de estos valores del Evangelio y los vivimos ya en la Santa Misa, en la Eucaristía. Por eso al salir de la Eucaristía cada domingo hemos de sentirnos impulsados por el Espíritu a cumplir este encargo que va unido intrínsecamente a nuestra calidad de bautizados y de miembros de la Iglesia.

Recordemos, mis amados hermanos y hermanas, no es cuestión que ataña sólo a misioneros, o algunos elegidos, no, es tarea de todo el Cuerpo de Cristo.

Estamos seguros de que María, modelo de discípulo y misionero, nuestra Amada Señora del Tepeyac, nuestra Señora de Guadalupe, sigue siendo la evangelizadora, la catequeta, la dinamizadora de nuestra fe, además, mis hermanos, nos anima con su vida, que siempre estuvo pronta a cumplir la misión con el encargo específico de ser la Madre del Salvador. Ella camina, seguramente con nosotros como miembro excelso de la Iglesia.

Amén.

 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados