InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías > Ciclo B
   
 
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, rector del Santuario en el XXII Domingo Ordinario.

30 de agosto de 2009

ESCUCHAR Y ACTUAR

Alabemos, hermanos, y bendigamos a Dios nuestro Padre quien, por medio de su Hijo, nos hace escuchar su Palabra; una palabra viva de amor y de misericordia que ha de ser acogida en la escucha, en la humildad y en la gratitud. Palabra que exige una respuesta activa y decidida a la vez que alegre y confiada.

Queridos hermanos, este domingo retomamos el evangelio de san Marcos, propio de este ciclo litúrgico. Aparentemente el evangelio de san Juan que meditamos por cinco domingos seguidos, nos rompió el hilo; pero no es así. En el último episodio que escuchamos de san Marcos, Jesús aparecía como EL VERDADERO PASTOR capaz de conmoverse por la multitud que lo seguía, pues andaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles muchas cosas. En el evangelio de Juan, EL SEÑOR DA DE COMER a esa multitud de cerca de cinco mil hombres. Pero después de esa comida milagrosa, los lleva entender que el alimento que DA LA VERDADERA VIDA no es otra cosa que la Palabra de Dios, más aún, Él mismo, que es la Palabra viva que Dios envió a la humanidad para darles vida eterna.

Este domingo vemos, como en los cinco que acaban de pasar, que Jesús se encuentra en abierta polémica con los escribas y fariseos. Efectivamente, fueron éstos los primeros que, negándose a aceptar a Jesús como el verdadero pan del cielo que debe ser comido, se alejaron de Jesús, seguidos por muchos de los discípulos que andaban con Él. Sin embargo, vimos que permanecieron con Él unos cuantos de los cuales san Pedro se hace portavoz declarando que sólo JESÚS TIENE PALABRAS DE VIDA ETERNA.

Hoy hemos escuchado una vez más cómo ese encuentro entre Jesús y los fariseos es ríspido, pues éstos, que se resistieron a aceptar a Jesús como Señor de la Vida, se aferran a mantenerse, según ellos, fieles a sus tradiciones y se creen con derecho a criticar a los de discípulos a Jesús y a Jesús mismo que se conducen con libertad frente a la ley.

Existe el riesgo, mis hermanos, de sentirnos muy seguros de ser muy creyentes y seguidores de Jesús sin conocerlo a profundidad, sino sólo sentimental y superficialmente. Y lo peor es que nos hacemos una falsa imagen de Jesús, y por lo mismo de Dios, porque lo aceptamos a medias sólo con lo que nos gusta de Él, pero ciertamente, no como quiere Él ser conocido, aceptado y seguido. Obviamente, lo que os gusta de Él y de su enseñanza es lo que menos compromete.

Entre muchas formas equivocadas de pretender ser cristianos, es decir, discípulos de Jesús, está la de engañarnos al poner toda nuestra certeza y esperanza de salvación en cumplir leyes, normas y preceptos que le atribuimos olvidando que la salvación es ante todo gracia, es decir, don. UN REGALO DE LA MISERICORDIA Y EL AMOR DE DIOS que sólo exige ser correspondido. Un don que nunca podremos alcanzar con el esfuerzo humano y que se nos da primero como revelación, pues ni siquiera hubiéramos sido capaces de imaginar o concebir con la razón.

Es Jesús quien nos ha revelado el secreto, escondido por siglos, como dice san Pablo (cf. Rm 16,25-26), en la mente de Dios, y que consiste precisamente en el gran amor que nos ha dado a conocer en la persona santísima de su Hijo. Sin embargo, somos tan tercos, necios y soberbios que nos empeñamos en lo que es pura religión. Me explico. LA RELIGIÓN ES EL INTENTO NATURAL Y PROPIO DEL HOMBRE POR CONOCER A UN SER SUPREMO Y LA BÚSQUEDA DE UNA RELACIÓN CON ÉL A PARTIR DE LOS PUROS RECURSOS HUMANOS. Ésta, entonces, se expresa en ritos, en creencias, normas y modos de vivir que el hombre establece, pero dice, que son mandados por la divinidad.

Religión tenemos en la fe cristiana, sí hermanos, pero se trata de prácticas que intentan ser expresión viva de la fe. Por tanto debemos estar muy atentos y vigilantes de nuestras prácticas religiosas, por importantes que nos parezcan, porque fácilmente distorsionan la fe por la falta de coherencia. Corremos constantemente el peligro de practicar la religión, pero no la fe.

¿Cuál sería, entonces mis hermanos, el criterio de verdad que nos garantizara una actitud correcta como respuesta a la fe? Precisamente, mis hermanos, esa respuesta ha de ser, en primer lugar, al amor de Dios, no directamente a las normas que, muchas veces, pueden ser pura tradición humana. No se trata de despreciar la ley, sino de respetarla en cada circunstancia concreta de nuestra vida. Para eso necesitamos la capacidad de discernimiento que también es don de Dios y podemos pedir con humildad.

Todo esto implica lo que ya hemos escuchado en los cinco domingos pasados: conocimiento y aceptación de Jesús en el amor, la fe y la esperanza. Conocimiento que nos lleva a la gratitud, a la alabanza y a la libertad de los hijos de Dios. No somos esclavos de normas, somos servidores agradecidos de un Dios que nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10). LA FE ES UN RIESGO EXISTENCIAL. No es algo sentimentalón y tan barato como una práctica meramente externa, lejana del corazón y de la voluntad de compromiso. No es una emoción, es una decisión.

Ciertamente, hermanos, la fe necesita expresarse tanto en el ámbito individual como en el comunitario. Pero existen expresiones religiosas de muy diversa calidad o profundidad. No estamos proponiendo, ciertamente, que las de menos valía deban desecharse. Lo que tenemos que hacer es estar seguros de que en nuestras formas externas individuales o comunitarias, las prácticas religiosas nos sirvan efectivamente para expresar una fe auténtica y comprometida. Que haya coherencia entre lo que significan y lo que creemos y vivimos. LA FE SE VIVE Y SE PONE EN EVIDENCIA EN NUESTRAS FORMAS DE RELACIONARNOS CON DIOS, con la creación, con nuestros semejantes y con nosotros mismos, no principalmente en la observancia ciega y carente de discernimiento de la ley.

La Sagrada Eucaristía, es la expresión más prefecta de nuestra fe porque nos lleva a celebrar lo que creemos y a comprometernos con eso. En efecto, celebramos en la alegría, la alabanza, la gratitud un compromiso con Cristo, muerto y resucitado para nuestra salvación que está en medio de nosotros y nos acompaña en el camino hacia el Padre. Por eso esta práctica religiosa está muy por encima de cualquier otra. Así podemos entender lo que tantas veces hemos de recordar: no venir a misa, por obligación, sólo por cumplimiento, cumplo y miento en la vida diaria; venimos a misa por amor y deseo profundo y sincero de un encuentro con la vida que Dios nos ofrece por su Palabra y por la comunión sacramental.

Roguemos a María, nuestra Muchachita y Celestial Señora, que nos alcance de Dios la gracia de una fe auténtica, para que nuestra vida, como la suya, sea un verdadero testimonio de fe en medio del mundo.

Amén.
 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina anterior