30 de agosto de 2009
ESCUCHAR Y ACTUAR
Alabemos, hermanos, y bendigamos a Dios nuestro Padre quien,
por medio de su Hijo, nos hace escuchar su Palabra; una palabra
viva de amor y de misericordia que ha de ser acogida en la escucha,
en la humildad y en la gratitud. Palabra que exige una respuesta
activa y decidida a la vez que alegre y confiada.
Queridos hermanos, este domingo
retomamos el evangelio de san Marcos, propio de este ciclo litúrgico.
Aparentemente el evangelio de san Juan que meditamos por cinco
domingos seguidos, nos rompió el hilo; pero no es así.
En el último episodio que escuchamos de san Marcos, Jesús
aparecía como EL VERDADERO PASTOR capaz de conmoverse
por la multitud que lo seguía, pues andaban como ovejas
sin pastor y se puso a enseñarles muchas cosas. En el
evangelio de Juan, EL SEÑOR DA DE COMER a esa multitud
de cerca de cinco mil hombres. Pero después de esa comida
milagrosa, los lleva entender que el alimento que DA LA VERDADERA
VIDA no es otra cosa que la Palabra de Dios, más aún,
Él mismo, que es la Palabra viva que Dios envió
a la humanidad para darles vida eterna.
Este domingo vemos, como en
los cinco que acaban de pasar, que Jesús se encuentra
en abierta polémica con los escribas y fariseos. Efectivamente,
fueron éstos los primeros que, negándose a aceptar
a Jesús como el verdadero pan del cielo que debe ser
comido, se alejaron de Jesús, seguidos por muchos de
los discípulos que andaban con Él. Sin embargo,
vimos que permanecieron con Él unos cuantos de los cuales
san Pedro se hace portavoz declarando que sólo JESÚS
TIENE PALABRAS DE VIDA ETERNA.
Hoy hemos escuchado una vez
más cómo ese encuentro entre Jesús y los
fariseos es ríspido, pues éstos, que se resistieron
a aceptar a Jesús como Señor de la Vida, se aferran
a mantenerse, según ellos, fieles a sus tradiciones y
se creen con derecho a criticar a los de discípulos a
Jesús y a Jesús mismo que se conducen con libertad
frente a la ley.
Existe el riesgo, mis hermanos,
de sentirnos muy seguros de ser muy creyentes y seguidores de
Jesús sin conocerlo a profundidad, sino sólo sentimental
y superficialmente. Y lo peor es que nos hacemos una falsa imagen
de Jesús, y por lo mismo de Dios, porque lo aceptamos
a medias sólo con lo que nos gusta de Él, pero
ciertamente, no como quiere Él ser conocido, aceptado
y seguido. Obviamente, lo que os gusta de Él y de su
enseñanza es lo que menos compromete.
Entre muchas formas equivocadas
de pretender ser cristianos, es decir, discípulos de
Jesús, está la de engañarnos al poner toda
nuestra certeza y esperanza de salvación en cumplir leyes,
normas y preceptos que le atribuimos olvidando que la salvación
es ante todo gracia, es decir, don. UN REGALO DE LA MISERICORDIA
Y EL AMOR DE DIOS que sólo exige ser correspondido. Un
don que nunca podremos alcanzar con el esfuerzo humano y que
se nos da primero como revelación, pues ni siquiera hubiéramos
sido capaces de imaginar o concebir con la razón.
Es Jesús quien nos ha
revelado el secreto, escondido por siglos, como dice san Pablo
(cf. Rm 16,25-26), en la mente de Dios, y que consiste precisamente
en el gran amor que nos ha dado a conocer en la persona santísima
de su Hijo. Sin embargo, somos tan tercos, necios y soberbios
que nos empeñamos en lo que es pura religión.
Me explico. LA RELIGIÓN ES EL INTENTO NATURAL Y PROPIO
DEL HOMBRE POR CONOCER A UN SER SUPREMO Y LA BÚSQUEDA
DE UNA RELACIÓN CON ÉL A PARTIR DE LOS PUROS RECURSOS
HUMANOS. Ésta, entonces, se expresa en ritos, en creencias,
normas y modos de vivir que el hombre establece, pero dice,
que son mandados por la divinidad.
Religión tenemos en la
fe cristiana, sí hermanos, pero se trata de prácticas
que intentan ser expresión viva de la fe. Por tanto debemos
estar muy atentos y vigilantes de nuestras prácticas
religiosas, por importantes que nos parezcan, porque fácilmente
distorsionan la fe por la falta de coherencia. Corremos constantemente
el peligro de practicar la religión, pero no la fe.
¿Cuál sería,
entonces mis hermanos, el criterio de verdad que nos garantizara
una actitud correcta como respuesta a la fe? Precisamente, mis
hermanos, esa respuesta ha de ser, en primer lugar, al amor
de Dios, no directamente a las normas que, muchas veces, pueden
ser pura tradición humana. No se trata de despreciar
la ley, sino de respetarla en cada circunstancia concreta de
nuestra vida. Para eso necesitamos la capacidad de discernimiento
que también es don de Dios y podemos pedir con humildad.
Todo esto implica lo que ya
hemos escuchado en los cinco domingos pasados: conocimiento
y aceptación de Jesús en el amor, la fe y la esperanza.
Conocimiento que nos lleva a la gratitud, a la alabanza y a
la libertad de los hijos de Dios. No somos esclavos de normas,
somos servidores agradecidos de un Dios que nos ha amado primero
(cf. 1 Jn 4,10). LA FE ES UN RIESGO EXISTENCIAL. No es algo
sentimentalón y tan barato como una práctica meramente
externa, lejana del corazón y de la voluntad de compromiso.
No es una emoción, es una decisión.
Ciertamente, hermanos, la fe
necesita expresarse tanto en el ámbito individual como
en el comunitario. Pero existen expresiones religiosas de muy
diversa calidad o profundidad. No estamos proponiendo, ciertamente,
que las de menos valía deban desecharse. Lo que tenemos
que hacer es estar seguros de que en nuestras formas externas
individuales o comunitarias, las prácticas religiosas
nos sirvan efectivamente para expresar una fe auténtica
y comprometida. Que haya coherencia entre lo que significan
y lo que creemos y vivimos. LA FE SE VIVE Y SE PONE EN EVIDENCIA
EN NUESTRAS FORMAS DE RELACIONARNOS CON DIOS, con la creación,
con nuestros semejantes y con nosotros mismos, no principalmente
en la observancia ciega y carente de discernimiento de la ley.
La Sagrada Eucaristía,
es la expresión más prefecta de nuestra fe porque
nos lleva a celebrar lo que creemos y a comprometernos con eso.
En efecto, celebramos en la alegría, la alabanza, la
gratitud un compromiso con Cristo, muerto y resucitado para
nuestra salvación que está en medio de nosotros
y nos acompaña en el camino hacia el Padre. Por eso esta
práctica religiosa está muy por encima de cualquier
otra. Así podemos entender lo que tantas veces hemos
de recordar: no venir a misa, por obligación, sólo
por cumplimiento, cumplo y miento en la vida diaria; venimos
a misa por amor y deseo profundo y sincero de un encuentro con
la vida que Dios nos ofrece por su Palabra y por la comunión
sacramental.
Roguemos a María, nuestra
Muchachita y Celestial Señora, que nos alcance de Dios
la gracia de una fe auténtica, para que nuestra vida,
como la suya, sea un verdadero testimonio de fe en medio del
mundo.
Amén.