InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías > Ciclo B
   
 
Homilía
pronunciada por Monseñor Jorge Palencia Ramírez de Arellano,  Vice - Rector y Coordinador General de la Pastoral de Santuario, en el XXIX Domingo Ordinario, Día Mundial de las Misiones.

18 de octubre de 2009
Año Sacerdotal

COMO EL PADRE ME HA ENVIADO ASI OS ENVIO YO, dice el Señor (Jn. 17)

Hermanos, en este domingo dedicado a las misiones, debemos reavivar la conciencia del mandato misionero de Cristo de hacer “ir por todo el mundo a predicar el Evangelio a toda creatura” (Mc16,15).

Hoy brilla mejor que nunca, en toda la Palabra de Dios proclamada en esta Eucaristía, el objetivo de la Misión de la Iglesia que es predicar el Evangelio, iluminar con la luz del Evangelio a todos los pueblos en su camino histórico hacia Dios, para que en Él tengan su realización plena y su cumplimiento.

Debemos sentir el ansia y la pasión por iluminar a quienes nos rodean y a todos los pueblos con la luz de Cristo, que brilla en el rostro de la Iglesia, para que todos se reúnan en la única familia humana, bajo la paternidad amorosa de Dios.

En esta perspectiva los discípulos de Cristo dispersos por todo el mundo trabajan, se esfuerzan, gimen bajo el peso de los sufrimientos y entregan su vida: no, para extender el poder o afirmar el dominio de la Iglesia en el mundo, sino para llevar a todos a Cristo, salvación del mundo. Por tanto debemos ponernos al servicio de la humanidad, especialmente de aquella más sufriente, vulnerable y marginada por la cultura actual.

Todos tenemos la vocación radical de regresar a la fuente única, que es Dios, el único en quien encontraremos nuestra realización plena mediante la restauración de todas las cosas en Cristo. Nuestra esperanza es que: las guerras, las rivalidades, la lucha del poder, los odios, la corrupción serán reconciliadas mediante la sangre de Cristo vertida en la Cruz. Sabemos que este nuevo inicio ya comenzó con la resurrección y exaltación de Cristo, que atrae a sí todas las cosas, las renueva, las hace partícipes del eterno gozo de Dios. El futuro de la nueva creación brilla ya en nuestro mundo, en nuestras familias, en nuestras vidas y enciende, aunque en medio de contradicciones y sufrimientos, la esperanza de una vida nueva, ya latente en la humanidad actual.

La misión de la Iglesia es pues “contagiar” de esperanza a todos los pueblos. Para esto Cristo llama, justifica, santifica y envía a sus discípulos como misioneros, el  anunciar el Reino de Dios, para que todas las naciones lleguen a ser Pueblo de Dios. Solo dentro de dicha misión se comprende y autentifica el verdadero camino histórico de la humanidad. La misión universal, que no es otra cosa sino salir de nosotros al encuentro de los demás para mostrarle el esplendor del Evangelio, de la Buena Noticia,  debe convertirse en una constante fundamental de la vida de la Iglesia. Anunciar el Evangelio debe ser para nosotros, como lo fue para el apóstol Pablo, un compromiso nuclear, central en nuestra vida personal, en nuestras familias y en nuestros pueblos.

Toda actividad misionera exige una espiritualidad específica, que anima y sostiene a quienes Dios ha llamado a ser discípulos y misioneros. Esta espiritualidad se expresa ante todo viviendo con plena docilidad al Espíritu; comprometiéndonos en dejarnos plasmar interiormente por El, para hacernos cada vez más semejantes a Cristo. No se puede dar testimonio de Cristo sin reflejar su imagen, la cual se hace viva en nosotros por la gracia y por obra del Espíritu.  La docilidad al Espíritu compromete a acoger los dones de fortaleza y discernimiento, que son rasgos esenciales de la espiritualidad misionera (Redemptoris missio 87)

La vida interior o espiritualidad de todo discípulo - misionero tiene como referencia y modelo a Jesucristo, es una expresión de su seguimiento, que consiste en colaborar con el proyecto de Dios de que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.

A lo largo de toda la vida de la Iglesia, Dios, ha suscitado esta docilidad al Espíritu que compromete y transforma a la persona en discípulo y lo moldea desde las entrañas y profundidades de su ser para ser enviado como misionero.

Esto aconteció de manera singular con la Virgen María nuestra Madre y ella misma en este santo lugar del tepeyac, vino, por un acto maravilloso del amor misericordioso de Dios y como maestra animó a Juan Diego Cuauhtlatoazin a ser también discípulo y misionero y también nos anima a seguir este mismo camino. Recientemente en el Documento de Aparecida encontramos las principales características del ser discípulo - misionero de Cristo:

El discípulo - misionero de Cristo: Sabe que antes de ser apóstol es preciso ser discípulo, es decir, ha tenido un encuentro vivo, personal con Jesús resucitado y vive cotidianamente en unión con El en la oración y los sacramentos, porque “no se puede anunciar a quien no se conoce”.

El discípulo - misionero de Cristo: es un contemplativo que transmite no sólo conceptos y doctrinas, sino su experiencia personal de Jesucristo y de los valores de su Reino.  Por ello, el misionero vive profundamente en comunión con Jesucristo, sabe encontrar en medio de la acción, momentos de “desierto” donde se encuentra con Cristo y se deja llenar por su Espíritu.

El discípulo - misionero de Cristo: es dócil al Espíritu Santo, se deja inundar por el Espíritu Santo para hacerse más semejante a Cristo, y se deja guiar por El. Acoge dócilmente sus dones, que lo transforman en testigo valiente de Cristo y preclaro anunciador de su Palabra. Sabe que no es él quien obra y habla, sino que es el Espíritu Santo el verdadero protagonista de la misión. (Redemptoris Missio 87)

El discípulo - misionero de Cristo: Vive el misterio de Cristo “enviado”,  vive en íntima comunión con Cristo, hasta tener sus mismos sentimientos, está impregnado del Amor del Padre, y obedece su voluntad hasta las últimas consecuencias. Se sabe enviado por Cristo a cumplir su misión, y acompañado constantemente por El. (Redemptoris Missio 88 )

El discípulo - misionero de Cristo: vive el “éxodo existencial”, el sentido de “salir de su tierra, su mundo” para el misionero, no implica únicamente el “salir geográfico”, sino que misionero sabe que debe abandonar su comodidad y su seguridad para “remar mar adentro”,  para ir a las situaciones y lugares donde Cristo lo quiera enviar.

El discípulo - misionero de Cristo: Vive la misión como un compromiso fundamental, comprometido en el seguimiento de Jesús y en la lucha por su Reino liberador y universal. El misionero ha dicho “sí” a Dios, y no se hecha atrás ni retacea en su entrega.

El discípulo - misionero de Cristo: Ama a la Iglesia y a los hombres como Jesús los ha amado, es el amor por los hombres, a quienes quiere llevar a Cristo, es el hombre de la caridad, que lleva a Cristo a todos los hombres, por cuyos problemas se interesa, para quienes siempre está disponible, y a quienes trata siempre con ternura, compasión y acogida. (Redemptoris Missio 89)

El discípulo - misionero de Cristo: vive la llamada a la santidad, condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia. No bastan los métodos, los conocimientos, la capacidad de oratoria, si no están sustentados por el testimonio de vida cristiana y de santidad del misionero (Redemptoris Missio 90)

El discípulo - misionero de Cristo: tiene a la Virgen María como Madre y Modelo, su espiritualidad es profundamente mariana. La Madre del Resucitado es también su Madre, y es para él modelo de fidelidad, docilidad, servicio, compromiso misionero.

Bajo el amparo de Santa María de Guadalupe, cuanto bautizados han encontrado su verdadero ser, como discípulos y misioneros. Hoy podemos pedirle a nuestra Niña y Señora, vivir en profundidad el "misterio" de nuestra propia existencia llevando el Evangelio, la Buena Nueva a los demás hermanos. Ella modelo la vida interior de San Juan Diego, Ella puede enriquecer nuestra espiritualidad para ser auténticos discípulos y misioneros al encontrar el equilibrio necesario en el proceso de inculturación, de maduración de la comunidad eclesial y la proclamación del Evangelio en esta época de cambio.

“Si Señora mía….. voy ciertamente a poner en obra tu venerable aliento, tu amada palabra , iré pues a poner en obra tu venerable voluntad……” ( Nican Mopohua  63-64 ).

Que así sea.

 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina anterior