InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías > Ciclo B
   
 

Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad de Santa María de Guadalupe, Reina de México y Emperatriz de las Américas, Misa de Gallo.

12  de diciembre de 2008
00:00 hrs.

DICHOSA TÚ, QUE HAS CREÍDO

Señora y Niña, nuestra Muchachita, la más pequeña de mis hijas: ¡hoy tus hijos e hijas de México y América estamos de fiesta, Virgen santa María de Guadalupe, porque tú eres la alegría de nuestra tierra, la honra de nuestra raza! 

Albemos, hermanos, a Dios, el Padre de suma bondad y rico en misericordia. Alabémoslo por su gran obra maestra: María, nuestra muchachita y celestial  Señora. Démosle gracias por el gran regalo que nos ha dado al enviarla a nuestras tierras como embajadora de la Buena Nueva de la salvación.

Pero alabemos también a Nuestra Niña Tonantzin Guadalupe, y démosle gracias por su obediencia, expresión viva de su fe y amor a Dios. ¡ALABEMOS A MARÍA, MADRE DE DIOS! Felicitémosla, como Isabel, por haber creído en lo que le fue anunciado de parte del Señor. Démosle gracias por su prontitud y cercanía para acompañar la obra de evangelización. Démosle gracias por ser el canal permanente de las gracias que Dios concede a los humildes de nuestro pueblo, los Juan Diegos de hoy. Démosle gracias por su presencia bienhechora en nuestra historia civil y religiosa. Imitémosla en su total disponibilidad para consolar y alentar a los que sufren tantas carencias, enfermedades, opresiones, abusos y humillaciones. Esto, mis hermanos, será nuestro mejor homenaje, ya que la verdadera devoción es, ante todo, imitación.

Permítanme ahora, mis queridos hermanos, compartir mi reflexión sobre la Palabra que, como parte central de nuestra fiesta, el Señor nos dirige para iluminarnos y consolarnos en estos momentos difíciles por los que pasamos y de una manera dramática para millones de hermanos nuestros.

LA PALABRA DE DIOS ES VIVA Y EFICAZ, Y MÁS CORTANTE QUE UNA ESPADA DE DOBLE FILO (cf. Hb 4,12), por eso es siempre oportuna, puesto que es manifestación luminosa de la sabiduría divina. Especialmente cuando la Palabra es Jesús mismo, sabiduría de Dios (cf.1Co 1,24) como nos lo muestra en la primera lectura el libro del Eclesiástico donde nos habla la sabiduría de Dios personificada.

La tradición cristiana ha relacionado este pasaje bíblico con la Santísima Virgen María. Por eso nosotros, los que tenemos el privilegio de contar, en nuestra vida, con su presencia siempre amable y cariñosa, podemos contemplar para nuestro provecho espiritual las palabras bíblicas como dichas a nosotros hoy, como palabra viva de Dios que nos ha mostrado, y continúa mostrando, su misericordia en la persona de la Madre de su Hijo. De esta manera, mis queridos hermanos, podemos legítimamente entender cómo nos habla nuestra Señora desde su casita del Tepeyac para mostrarnos a su Hijo como el rostro del amor misericordioso de Dios.

Ella, en efecto, nuestra amada Madrecita y Niña Guadalupe nos invita a alimentarnos de sus frutos. Podríamos entender nosotros, de su fruto, el Fruto de su vientre, el que nos lleva al verdadero conocimiento de Dios, el único que nos lleva por caminos de esperanza, de verdad de vida y de virtud. Éste es Jesús que nos enseñó, según nos lo transmite san Juan en su evangelio, que Él es el Camino, la Verdad y la Vida (14,6) y nos dijo también que es el pan de vida (6,35) y la vid (15,5), figuras que menciona el Eclesiástico; también nos dijo que Él es la luz del mundo (8,12) y el buen Pastor (10,11). Pero lo más importante es que nos dice que Él es la Resurrección y la vida (11,25). En su diálogo con la samaritana, dijo, sin embargo, al contrario del Eclesiástico, que los que bebieran del agua que Él daría ya no tendrían sed (4,14).

El evangelio del Tepeyac, el de la Muchachita María nos es otro que el Evangelio de Dios (Mc 1,14; Rm 1,1), es decir, su Hijo Jesucristo “el verdaderísimo Dios, Ipalnemohuani (aquel por quien se vive), Teyocoyoni (el creador de las personas), Tloque Nahuaque (del Dueño del estar junto a todo y del abarcarlo todo), Ilhuicahua Tlaltipaque (del Señor del Cielo y la Tierra). Ella, como verdadera y extraordinaria evangelizadora es fiel a Dios y fiel a nosotros presentándonos permanentemente a su Hijo para que escuchándolo hagamos lo que Él nos dice (Jn 2,5). Esa es y ha sido su misión: “reflejar el mensaje esencial del evangelio” (Aparecida 265). Ella, como “interlocutora del Padre,… llega a ser el primer miembro de la comunidad de los creyentes en Cristo, y también se hace colaboradora en el renacimiento espiritual de los discípulos” (266). “La Virgen de Nazaret tuvo una misión única en la historia de salvación, concibiendo, educando y acompañando a su Hijo…” Y Él, a su vez, “desde la cruz, confió a sus discípulos, representados por Juan, el don de la maternidad de María…” Desde entonces, “como Madre de tantos, fortalece los vínculos fraternos entre todos, alienta a la reconciliación y el perdón, y ayuda a que los discípulos de Jesucristo se experimenten como una familia, la familia de Dios. En María, nos encontramos con Cristo, con el Padre y el Espíritu Santo, como asimismo con los hermanos” (267).

Hermanos, a pesar de tantas y tan grandes fallas en nuestra respuesta real e histórica y de los momentos presentes al proyecto amoroso de Dios, manifiesto en la presencia bendita de tan celestial Señora. María, podemos decir parafraseando a Isabel: ¡DICHOSO TÚ, PUEBLO DE DIOS, QUE HAS CREÍDO, PORQUE SE CUMPLIRÁ CUANTO TE FUE ANUNCIADO DE PARTE DEL SEÑOR POR PARTE DE MARÍA! Pero también, podemos añadir, date cuenta de que tienes una gran responsabilidad, en la historia y ante Dios, por tan grandes dones recibidos. Por eso, imita a María, tu Madre en su entrega fiel al servicio del Evangelio, es decir de Jesucristo, tu Señor. Si de veras la amas y eres devoto suyo imítala en su solicitud por los pobres y los más necesitados. Y hazlo desinteresadamente no para fines de lucro o de frívola publicidad. CONOCE MÁS A JESÚS, COMO QUIERE NUESTRA MADRE. Conócelo y comprométete a seguirlo como discípulo obediente, fiel y perseverante en todos los aspectos de tu vida: familiar, laboral, política, social, económica y religiosa: que tu vida sea íntegra; evita, con su ayuda, la esquizofrenia de quienes practican la religión sólo en lo que les gusta y acomoda. Ella quiere que crezcas abandonando viejas costumbres y prácticas que te atan y te impiden ser más conforme a la altísima vocación que has recibido de Dios y te ha enseñado María de Guadalupe. Aléjate, entonces, para siempre de la corrupción, de la mentira, de la violencia intrafamiliar y social, así como de la que produce la explotación y el abuso de de los que más tienen y pueden sobre los indefensos, pobres y humildes. Renuncia a la codicia y la avaricia que produce cada vez más pobres. Reconoce que esto contradice tu ser creyente y discípulo de Jesús así como tu ser hijo de la Morenita, nuestra amada Lupita.

Dueña mía, Señora, Reina, Hijita Mía la más amada, Mi Virgencita, gracias por permanecer de camino con nosotros. No nos abandones. Continúa mostrándonos el rostro amoroso y paciente de Dios nuestro Padre y el amor fiel y firme de tu Hijo. Alcánzanos la gracia de ser dichosos y felices como tú, que creíste y permaneciste fiel a la voluntad soberana del Padre. Que aprendamos de ti a decir siempre, desde lo más profundo de nuestro ser, ‘sí’ a Dios en todo lo que Jesús nos manda. ¡Bendita y alabada seas la perfecta siempre Virgen María, Vida, Dulzura y Esperanza, Madre de Dios y Madre nuestra!

Hoy más que nunca, Señora, dueña nuestra, te miramos e invocamos. Mira nuestra patria; tal  pareciera que se desmorona, que se resquebraja en nuestras manos sin que nada o casi nada podamos hacer. Nuestras calles no son seguras; hemos hecho de nuestros hogares fortalezas; vivimos espantados, tenemos miedo de salir, de jugar con nuestros niños en los parques, de ver caminar a nuestros jóvenes sin que éstos sean presas de la droga, de la violencia, de la corrupción, del crimen organizado, de los secuestros y de otros tantos males que nos aquejan.

Niña y Señora, Madre del que es la Vida: mira a las madres embarazadas, suscita en ellas el asombro, la admiración y el amor por la vida que nace y se desarrolla es sus entrañas, que experimenten la alegría de la maternidad y con ella la esperanza de un nuevo ser capaz de amar y de servir, de realizarse y de alcanzar la plenitud. Sé para ellas modelo y guía de madre, no permitas que intereses desleales y sin escrúpulos, que la ausencia de sus parejas o con el consentimiento de las mismas, las orillen a optar el crimen del aborto. Concede Señora,  a los padres de familia, contemplar de rodillas a sus hijos, frutos del amor.

Señora, Muchachita nuestra, ¡nos queda tanto por hacer! Sin ti no podemos; ven en nuestra ayuda. No olvides, Madre, a nuestros ancianos, a los abandonados, a los presos, a los enfermos terminales, a los perseguidos, a los niños huérfanos, a quienes les ha sido arrebatada su libertad. Señora, queremos seguir danzando y cantando para ti, pero esto no será posible mientras siga existiendo entre nosotros pobreza, marginación, falta de servicios de salud, educación y lo más indispensable para vivir dignamente.

Madre nuestra, Señora del Tepeyac, ponemos también bajo tu protección a nuestros hermanos migrantes e indígenas, a los indigentes y a todos los que viven en situación de calle. Sé tú para ellos fuente de alegría y manantial de esperanza.

Señora, Madrecita nuestra, sal a nuestro encuentro y enséñanos otra vez el camino de tu Hijo; aparta de nosotros el abuso y el poder, las diferencias ideológicas, las mezquindades, el interés por los puestos públicos cuando éstos no buscan servir a los hermanos. Señora y Niña nuestra, te pedimos que en ti volvamos a ser Familia, Iglesia, Nación y Continente.

Madre nuestra, en tu regazo ponemos esta amada tierra de México, la que hoy baila y canta por ti, a los pueblos de toda América. Míranos compasiva y misericordiosa, tú que nos has visto nacer y crecer, que sabes de nuestros esfuerzos y trabajos, de nuestras luchas e ideales, de nuestras aspiraciones y deseos. Madre y Señora nuestra, haz que experimentemos siempre tu protección, que no nos cansemos de invocarte, mirarte, buscarte, amarte…, porque en ti está nuestra conciencia y nuestro destino.

Queremos, Madre, un México más justo, solidario y democrático; en paz y sin violencia, donde la sana convivencia y la búsqueda de estos valores sean el motor que pongan en marcha a este país, a este continente y así, construir un verdadero templo y una sociedad que anuncie al esperado de los tiempos, Jesucristo, nuestra esperanza.  

Maranatha.

Amén.

 

 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina anterior