Alabemos, hermanos, a Dios nuestro Padre porque ha constituido Rey y Señor del
Universo a su Hijo único, Jesucristo. De esta manera nos ha
hecho a nosotros, sus hermanos, miembros de su reino para alabanza
de su gloria y salvación nuestra.
Hermanos, ningún nombre, ningún concepto, agota
el misterio de Dios. Es decir, las palabras humanas y todo lo
que digamos de Dios apenas nos permite expresar algunos de tantos
atributos que le corresponden por naturaleza. Y lo que logramos
expresar se queda corto ante la realidad de su misterio. La
Sagrada Escritura se refiere a Él de muchas formas, pero siempre
a partir de realidades humanas, todas al alcance de experiencias
de cada día, las más nobles, pero al fin muy humanas y limitadas.
Es el caso de las imágenes, tan familiares a los judíos comunes,
como son el pastor y las ovejas. En el texto del profeta
Ezequiel, de donde se ha tomado la primera lectura, Dios se hace
reconocer como un pastor, aunque muy diferente del común de los
pastores. Él se pone al servicio especialmente de las descarriadas,
de las enfermas y de las débiles, sin desentenderse de las sanas
y fuertes.
Estas palabras del profeta se encuentran en el contexto de
un reproche a los malos pastores, civiles y religiosos, reyes, sacerdotes
y hasta profetas, porque en lugar de cuidar del rebaño, es
decir del pueblo, lo han descuidado e incluso se han aprovechado
de él. En lugar de alimentarlo, los gobernantes y líderes religiosos
sean alimentado a sí mismos y han hecho de las ovejas su propio
alimento. No han gobernado con justicia sino lo han oprimido
de una manera prepotente. Pero también el profeta se refiere a los
ricos y poderosos que han explotado a los pobres y débiles.
Conviene recordar que Ezequiel pronuncia su oráculo profético
en medio del destierro de los judíos en Babilonia a donde han sido
llevados cautivos los judíos. Por eso Dios, éste Dios –pastor, dice
que Él mismo cuidará de sus ovejas conduciéndolas por
buenos pastos para atraerlas y reunirlas de todos los lugares
por donde se habían dispersado precisamente por el desinterés de
sacerdotes y reyes irresponsables y abusivos. Por eso el texto
tiene un fuerte sentido mesiánico, de redención y liberación
ya que Dios dice que pondrá a su siervo David —figura del Mesías—
al frente de su pueblo a fin de que, bajo su reinado goce de todos
los bienes como en el paraíso.
De hecho, mis hermanos, no hay que ignorar que después el exilio,
Israel ya no tiene rey sino que inicia una verdadera teocracia,
es decir, un régimen en el que no hay otro soberano que Dios
mismo. Por tanto, a la luz de este texto de gran carga mesiánica,
podemos entender mejor el texto del evangelista Mateo que
describe con imágenes grandiosas la venida de Jesús, rey Mesías
que dará posesión de la herencia de su Padre a todos sus elegidos,
herencia preparada para ellos, desde que empezó el mundo.
El rey mesías es el mismo del libro de Ezequiel, pues juzga entre
oveja y oveja y entre oveja y macho cabrío. Es decir entre justo
e injusto, a partir de las obras de misericordia como único
criterio de justicia, por encima de cualquier otra acción religiosa
en la vida presente.
A diferencia de los reyes de la tierra —entendamos cualquier
autoridad— que mucho se caracterizan por su prepotencia y autoritarismo,
el rey mesías, es decir, Cristo Rey, ejerce su
soberanía como un servicio al hombre. Su mensaje y su obra miran
a su salvación. El Señor no tiene otro interés que no sea el de
que el hombre alcance con la práctica de la misericordia el destino
que Dios mismo le ha señalado desde el principio del mundo. Este
Rey, que viene rodeado de su gloria y se sienta en su trono
de gloria quiere llevar al hombre a estar con Él con la única
condición, para alcanzar la promesa y el destino señalado por
Dios, de que sea capaz de ser como Dios a cuya imagen fue hecho,
es decir, que sea misericordioso hoy.
No dejemos, entonces, mis hermanos, que el discurso del fin
del mundo nos haga fantasear sobre ese día incierto. Es necesario
que nos detengamos a considerar que es hoy, aquí y ahora, donde
nos ganamos la gloria prometida. El Reino de Dios ya está, como
dijo Jesús, en medio de nosotros (Mt 12,28). Su actualidad
exige de nosotros decisión, es decir conversión. Las obras de
misericordia no son otra cosa que la práctica del amor que se nos
dio como mandato. Y es en la práctica de la caridad, signo creíble
de conversión, como se reconoce la actualidad del Reino. Son
nuestras actitudes de solidaridad, de servicio y de compasión hacia
los pequeños, los pobres y necesitados de cualquier índole,
las que manifiestan que Dios es Rey. Éstas son las actitudes
que verdaderamente dan testimonio de que somos discípulos del gran
Rey, pues él mismo nos dijo: por esto conocerán todos que son
mis discípulos, si se aman unos a otros (Jn 13,34). Vale la
pena, pues, creer, esperar y amar siendo discípulos de Cristo. Y
la mejor manera de darle la gloria que sólo él merece, al mismo
tiempo que es causa de nuestra salvación, es amar como él nos amó
(Jn 13, 34-35; 15,12.17).
Vivir cristianamente, implica vivir encendidos en el fuego
del Espíritu Santo que es Amor; ese fuego que Jesús trajo
al mundo y que no nos permite vivir en la indiferencia, el la
tibieza o en la mediocridad, sino por el contrario, con calor, con
pasión y ardor con valentía, en solidaridad con los más necesitados
y en adhesión existencial al Señor de la historia, al Rey y único
salvador Jesucristo; precisamente como valientemente lo testificaron
los 13 Mártires Mexicanos que esta tarde serán beatificados
en la ciudad de Guadalajara, por el representante del Papa Benedicto
XVI, el presidente para la causa de los Santos, su Eminencia
el Cardenal José Saraiva Martins.
Al fin de nuestro paso por este mundo, en la tarde de nuestra
vida, como dice alguien “seremos examinados sobre el amor”.
No se nos olvide, hermanos, ni nos confundamos, pues puede ser fatal.
Al término del año litúrgico; después de repasar durante ese tiempo
todas las enseñanzas de Jesús, nos debe quedar bien claro que, después
de todo, lo que no debemos perder de vista es que lo más importante
es amar porque es lo que mejor nos asemeja a Dios y lo que realmente
nos hace dignos de su Reino en Cristo Jesús.
Que la Eucaristía, signo sacramental del amor de Dios
en el que se actualiza la muerte de aquel que nos dijo que nadie
tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos (Jn
15,13) sea para nosotros fuente de gracia y expresión más
noble de nuestra sumisión y nuestra gratitud al gran Rey que
vino, no a ser servido sino a servirnos. Y que María, nuestra
Señora de Guadalupe, nos conduzca con su ejemplo de obediencia
humilde, y nos proteja con su intercesión para que logremos, como
ella, hacer de nuestra vida una oblación perfecta a Dios por
medio de Jesucristo. Amén.