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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario en la celebración de la Solemidad de Jesucristo Rey del Universo.

Domingo 20 de noviembre del 2005

CRISTO PASTOR Y REY

Alabemos, hermanos, a Dios nuestro Padre porque ha constituido Rey y Señor del Universo a su Hijo único, Jesucristo. De esta manera nos ha hecho a nosotros, sus hermanos, miembros de su reino para alabanza de su gloria y salvación nuestra.

Hermanos, ningún nombre, ningún concepto, agota el misterio de Dios. Es decir, las palabras humanas y todo lo que digamos de Dios apenas nos permite expresar algunos de tantos atributos que le corresponden por naturaleza. Y lo que logramos expresar se queda corto ante la realidad de su misterio. La Sagrada Escritura se refiere a Él de muchas formas, pero siempre a partir de realidades humanas, todas al alcance de experiencias de cada día, las más nobles, pero al fin muy humanas y limitadas.

Es el caso de las imágenes, tan familiares a los judíos comunes, como son el pastor y las ovejas. En el texto del profeta Ezequiel, de donde se ha tomado la primera lectura, Dios se hace reconocer como un pastor, aunque muy diferente del común de los pastores. Él se pone al servicio especialmente de las descarriadas, de las enfermas y de las débiles, sin desentenderse de las sanas y fuertes.

Estas palabras del profeta se encuentran en el contexto de un reproche a los malos pastores, civiles y religiosos, reyes, sacerdotes y hasta profetas, porque en lugar de cuidar del rebaño, es decir del pueblo, lo han descuidado e incluso se han aprovechado de él. En lugar de alimentarlo, los gobernantes y líderes religiosos sean alimentado a sí mismos y han hecho de las ovejas su propio alimento. No han gobernado con justicia sino lo han oprimido de una manera prepotente. Pero también el profeta se refiere a los ricos y poderosos que han explotado a los pobres y débiles.

Conviene recordar que Ezequiel pronuncia su oráculo profético en medio del destierro de los judíos en Babilonia a donde han sido llevados cautivos los judíos. Por eso Dios, éste Dios –pastor, dice que Él mismo cuidará de sus ovejas conduciéndolas por buenos pastos para atraerlas y reunirlas de todos los lugares por donde se habían dispersado precisamente por el desinterés de sacerdotes y reyes irresponsables y abusivos. Por eso el texto tiene un fuerte sentido mesiánico, de redención y liberación ya que Dios dice que pondrá a su siervo David —figura del Mesías— al frente de su pueblo a fin de que, bajo su reinado goce de todos los bienes como en el paraíso.

De hecho, mis hermanos, no hay que ignorar que después el exilio, Israel ya no tiene rey sino que inicia una verdadera teocracia, es decir, un régimen en el que no hay otro soberano que Dios mismo. Por tanto, a la luz de este texto de gran carga mesiánica, podemos entender mejor el texto del evangelista Mateo que describe con imágenes grandiosas la venida de Jesús, rey Mesías que dará posesión de la herencia de su Padre a todos sus elegidos, herencia preparada para ellos, desde que empezó el mundo.

El rey mesías es el mismo del libro de Ezequiel, pues juzga entre oveja y oveja y entre oveja y macho cabrío. Es decir entre justo e injusto, a partir de las obras de misericordia como único criterio de justicia, por encima de cualquier otra acción religiosa en la vida presente.

A diferencia de los reyes de la tierra —entendamos cualquier autoridad— que mucho se caracterizan por su prepotencia y autoritarismo, el rey mesías, es decir, Cristo Rey, ejerce su soberanía como un servicio al hombre. Su mensaje y su obra miran a su salvación. El Señor no tiene otro interés que no sea el de que el hombre alcance con la práctica de la misericordia el destino que Dios mismo le ha señalado desde el principio del mundo. Este Rey, que viene rodeado de su gloria y se sienta en su trono de gloria quiere llevar al hombre a estar con Él con la única condición, para alcanzar la promesa y el destino señalado por Dios, de que sea capaz de ser como Dios a cuya imagen fue hecho, es decir, que sea misericordioso hoy.

No dejemos, entonces, mis hermanos, que el discurso del fin del mundo nos haga fantasear sobre ese día incierto. Es necesario que nos detengamos a considerar que es hoy, aquí y ahora, donde nos ganamos la gloria prometida. El Reino de Dios ya está, como dijo Jesús, en medio de nosotros (Mt 12,28). Su actualidad exige de nosotros decisión, es decir conversión. Las obras de misericordia no son otra cosa que la práctica del amor que se nos dio como mandato. Y es en la práctica de la caridad, signo creíble de conversión, como se reconoce la actualidad del Reino. Son nuestras actitudes de solidaridad, de servicio y de compasión hacia los pequeños, los pobres y necesitados de cualquier índole, las que manifiestan que Dios es Rey. Éstas son las actitudes que verdaderamente dan testimonio de que somos discípulos del gran Rey, pues él mismo nos dijo: por esto conocerán todos que son mis discípulos, si se aman unos a otros (Jn 13,34). Vale la pena, pues, creer, esperar y amar siendo discípulos de Cristo. Y la mejor manera de darle la gloria que sólo él merece, al mismo tiempo que es causa de nuestra salvación, es amar como él nos amó (Jn 13, 34-35; 15,12.17).

Vivir cristianamente, implica vivir encendidos en el fuego del Espíritu Santo que es Amor; ese fuego que Jesús trajo al mundo y que no nos permite vivir en la indiferencia, el la tibieza o en la mediocridad, sino por el contrario, con calor, con pasión y ardor con valentía, en solidaridad con los más necesitados y en adhesión existencial al Señor de la historia, al Rey y único salvador Jesucristo; precisamente como valientemente lo testificaron los 13 Mártires Mexicanos que esta tarde serán beatificados en la ciudad de Guadalajara, por el representante del Papa Benedicto XVI, el presidente para la causa de los Santos, su Eminencia el Cardenal José Saraiva Martins.

Al fin de nuestro paso por este mundo, en la tarde de nuestra vida, como dice alguien “seremos examinados sobre el amor”. No se nos olvide, hermanos, ni nos confundamos, pues puede ser fatal. Al término del año litúrgico; después de repasar durante ese tiempo todas las enseñanzas de Jesús, nos debe quedar bien claro que, después de todo, lo que no debemos perder de vista es que lo más importante es amar porque es lo que mejor nos asemeja a Dios y lo que realmente nos hace dignos de su Reino en Cristo Jesús.

Que la Eucaristía, signo sacramental del amor de Dios en el que se actualiza la muerte de aquel que nos dijo que nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos (Jn 15,13) sea para nosotros fuente de gracia y expresión más noble de nuestra sumisión y nuestra gratitud al gran Rey que vino, no a ser servido sino a servirnos. Y que María, nuestra Señora de Guadalupe, nos conduzca con su ejemplo de obediencia humilde, y nos proteja con su intercesión para que logremos, como ella, hacer de nuestra vida una oblación perfecta a Dios por medio de Jesucristo. Amén.

 
 
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