Juan
Diego Cuauhtlatoatzin
Biografía
del vidente de Nuestra Señora de Guadalupe, basada en el libro
del postulador de la causa de Canonización del Beato
Juan Diego Cuauhtlatoatzin, P. Dr. Eduardo Chávez.
El Beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin
(que significa: Águila que habla o El que habla como águila)
es conocido por el Acontecimiento Guadalupano, que consiste en las Apariciones
de Nuestra Señora de Guadalupe, que tuvieron lugar en el año
de 1531, y en donde, Juan Diego fue uno de los protagonistas centrales.
Juan Diego nace en torno al año
1474, en Cuauhtitlán, que pertenecía al reino de Texcoco;
y su muerte tuvo lugar en 1548, poco después de otro importante
protagonista de ese Acontecimiento, el arzobispo de México, fray
Juan de Zumárraga.
Juan Diego es llamado embajador-mensajero
de Santa María de Guadalupe. Fue beatificado en la Insigne y
Nacional Basílica de Guadalupe de la ciudad de México
el 6 de mayo de 1990 por el Papa Juan Pablo II, durante su segundo viaje
apostólico a México.
Desde el siglo XVI, existen documentos
en donde se sabe de la vida y fama de santidad de Juan Diego, uno de
los más importantes fue, sin lugar a dudas, las llamadas Informaciones
Jurídicas de 1666, importante Proceso Canónico, aprobado
después por la Santa Sede y constituido como Proceso Apostólico,
cuando se pidió la aprobación para celebrar la Fiesta
de la Virgen de Guadalupe los días 12 de Diciembre. Estas Informaciones
están constituidas por testimonios de ancianos vecinos de Cuauhtitlán
(alguno de ellos de más de cien años de edad); quienes
testificaron y confirmaron la vida ejemplar de Juan Diego. Uno de estos
testigos, Marcos Pacheco, sintetizó la personalidad y la fama
de santidad de Juan Diego: “Era un indio que vivía honesta
y recogidamente y que era muy buen cristiano y temeroso de Dios y de
su conciencia, de muy buenas costumbres y modo de proceder, en tanta
manera que, en muchas ocasiones, le decía a este testigo su Tía:
«Dios os haga como Juan Diego y su Tío», porque los
tenía por muy buenos indios y muy buenos cristianos”[1];
otro testimonio es el de Andrés Juan quien decía que Juan
Diego era un “Varón Santo” [2];
en estos conceptos concuerdan, unánimes, los otros testigos en
estas Informaciones Jurídicas, como por ejemplo: Gabriel Xuárez,
doña Juana de la Concepción, don Pablo Xuárez,
don Martín de San Luis, don Juan Xuárez, Catarina Mónica,
etc.
Juan Diego, efectivamente, era para
el pueblo “un indio bueno y cristiano”, o un “varón
santo”; ya sólo estos títulos bastarían para
entender la fortaleza de su fama; pues los indios eran muy exigentes
para atribuir a alguno de ellos el apelativo de “buen indio”
y mucho menos atribuir que era tan “bueno” que llegaba a
considerarse ya “santo” como para pedirle a Dios que a sus
propios hijos o familiares los hiciera igual de buenos y santos como
a Juan Diego.
Gracias a las fuentes históricas,
conocemos las circunstancias de lo que fue la vida normal de Juan Diego,
su familia, sus casas y tierras; y su actitud decidida a retirarse de
toda comodidad para ir a vivir y servir en la ermita recién construida,
según la voluntad de Nuestra Señora de Guadalupe, a los
pies del cerro del Tepeyac, y en donde fue colocada la sagrada Imagen.
Según la tradición oral
continua e ininterrumpida y según varios documentos históricos,
como los llamados Nican Mopohua y el Nican Motecpana y otros, en Diciembre
de 1531 tuvieron lugar las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe
a Juan Diego, un encuentro extraordinario. Juan Diego era un hombre
maduro, bautizado poco antes por los primeros misioneros franciscanos,
perteneciente a la etnia indígena de los chichimecas de Texcoco.
Diez años después de
la conquista y cuando se iniciaba lentamente la evangelización
de estas tierras, el Sábado 9 de Diciembre de 1531, muy de mañana,
Juan Diego que tenía pocos años de haberse convertido
y bautizado, natural del pueblo de Cuauhtitlán, que había
sido casado con una india llamada María Lucía y que en
este tiempo vivían en el pueblo de Tulpetlac con su tío
Juan Bernardino, se dirigía a la Misa Sabatina de la Virgen María
y al catecismo, a la “doctrina” en Tlatelolco, atendida
por los franciscanos del primer convento que entonces se había
erigido en la Ciudad de México.
Cuando el humilde indio llegó
a las faldas del cerro llamado Tepeyac, de repente escuchó cantos
preciosos, armoniosos y dulces que venían de lo alto del cerro,
le pareció que eran coros de distintas aves que se respondían
unos a otros en un concierto de extraordinaria belleza, observó
una nube blanca y resplandeciente, y que se alcanzaba a distinguir un
maravilloso arcoiris de diversos colores. El indio quedó absorto
y fuera de sí por el asombro y “se dijo ¿Por ventura
soy digno, soy merecedor de lo que oigo? ¿Quizá nomás
lo estoy soñando? ¿Quizá solamente lo veo como
entre sueños? ¿Dónde estoy? ¿Dónde
me veo? ¿Acaso allá donde dejaron dicho los antiguos nuestros
antepasados, nuestros abuelos: en la tierra de las flores, en la tierra
del maíz, de nuestra carne, de nuestro sustento, acaso en la
tierra celestial? Hacia allá estaba viendo, arriba del cerrillo,
del lado de donde sale el sol, de donde procedía el precioso
canto celestial.” [3]
Estando en este arrobamiento, de pronto,
cesó el canto, y oyó que una voz como de mujer, dulce
y delicada, le llamaba, de arriba del cerrillo, le decía por
su nombre: «Juanito, Juan Dieguito». Sin ninguna turbación,
el indio decidió ir a donde lo llamaban, alegre y contento comenzó
a subir el cerrillo y cuando llegó a la cumbre se encontró
con una bellísima Doncella que allí lo aguardaba de pie
y lo llamó para que se acercara. Y cuando llegó frente
a Ella se dio cuenta, con gran asombro, de la hermosura de su rostro,
su perfecta belleza, “su vestido relucía como el sol, como
que reverberaba, y la piedra, el risco en el que estaba de pie, como
que lanzaba rayos; el resplandor de Ella como preciosas piedras, como
ajorca (todo lo más bello) parecía: la tierra como que
relumbraba con los resplandores del arcoiris en la niebla. Y los mezquites
y nopales y las demás hierbecillas que allá se suelen
dar, parecían como esmeraldas. Como turquesa aparecía
su follaje. Y su tronco, sus espinas, sus aguates, relucían como
el oro.” [4] Todo manifestaba la presencia divina.
Ante Ella, Juan Diego se postró,
y escuchó la voz de la dulce y afable Señora del Cielo,
en idioma Mexicano, “le dijo: «Escucha, hijo mío
el menor, Juanito. ¿A dónde te diriges?» Y él
le contestó: «Mi Señora, Reina, Muchachita mía,
allá llegaré, a tu casita de México Tlatilolco,
a seguir las cosas de Dios que nos dan, que nos enseñan quienes
son las imágenes de Nuestro Señor, nuestros Sacerdotes.»”
[5] De esta manera, dialogando con Juan Diego, la preciosa
Doncella le manifiestó quién era y su voluntad “«Sábelo,
ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo
soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero
Dios por quien se vive, el creador de las personas, el dueño
de la cercanía y de la inmediación, el dueño del
cielo, el dueño de la tierra. Mucho quiero, mucho deseo que aquí
me levanten mi casita sagrada, en donde lo mostré, lo ensalzaré
al ponerlo de manifiesto: lo daré a las gentes en todo mi amor
personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación:
porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva, tuya y de todos los
hombres que en esta tierra estáis en uno, y de las demás
variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a mí clamen,
los que me busquen, los que confíen en mí, porque ahí
escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas
sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores. Y para realizar lo
que pretende mi compasiva mirada misericordiosa, anda al palacio del
Obispo de México, y le dirás cómo yo te envío,
para que le descubras cómo mucho deseo que aquí me provea
de una casa, me erija en el llano mi templo; todo le contarás,
cuanto has visto y admirado, y lo que has oído.” [6]
Y la Señora del Cielo le hace una especial promesa: “ten
por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré, que por
ello te enriqueceré, te glorificaré; [7]
y mucho de allí merecerás con que yo retribuya tu cansancio,
tu servicio con que vas a solicitar el asunto al que te envío.”
[8]
Así, de esta manera tan sublime,
la Señora del cielo envía a Juan Diego como su mensajero
ante la cabeza de la Iglesia en México, el obispo fray Juan de
Zumárraga. El humilde y obediente Juan Diego se postró
por tierra y pronto se puso en camino, derecho a la Ciudad de México,
para cumplir el deseo de la Señora del Cielo.
Llegó a la casa del obispo,
el franciscano fray Juan de Zumárraga, y le pidió a los
servidores y ayudantes que le avisaran que traía un mensaje para
él, pero estos al verlo tan pobre y humilde, simplemente, lo
ignoraron y lo hicieron esperar; pero Juan Diego, con infinita paciencia,
estaba dispuesto ha cumplir con su misión así que esperó,
hasta que por fin le avisaron al Obispo y este pidió que lo trajeran
a su presencia. Juan Diego entró y se arrodilló ante él,
inmediatamente le comunicó todo lo que admiró, contempló
y escuchó, le dijo puntualmente el mensaje de la Señora
del Cielo, la Madre de Dios, que le había enviado y cual era
su voluntad. El Obispo escuchó al indio incrédulo de sus
palabras, juzgando que era parte de la imaginación del indio,
máxime que era un recién convertido, y aunque le hizo
muchas preguntas acerca de lo que había referido, y captó
que era constante y claro su mensaje, de todos modos no hizo mucho aprecio
a sus palabras; así que lo despidió, si bien con respeto
y cordialidad, pero sin darle crédito a lo que le había
dicho; el Obispo se tomaría un tiempo para reflexionar sobre
este mensaje. Salió el indio de la casa del Obispo muy triste
y desconsolado, ya que se dio cuenta que no se le había dado
crédito ni fe a sus palabras, como por no haber podido fructificar
la voluntad de María Santísima.
Juan Diego regresó al cerrillo
al mismo punto en donde se le había aparecido la Madre de Dios
“y en cuanto la vio, ante Ella se postró, se arrojó
por tierra, le dijo: «Patroncita, Señora, Reina, Hija mía
la más pequeña, mi Muchachita, ya fui a donde me mandaste
a cumplir tu amable aliento, tu amable palabra; aunque difícilmente
entré a donde es el lugar del Gobernante Sacerdote, lo vi, ante
él expuse tu aliento, tu palabra, como me lo mandaste. Me recibió
amablemente y lo escuchó perfectamente, pero, por lo que me respondió,
como que no lo entendió, no lo tiene por cierto. Me dijo: «Otra
vez vendrás; aún con calma te escucharé, bien aun
desde el principio veré por lo que has venido, tu deseo, tu voluntad».”[9]
Juan Diego entendió que el obispo pensaba que le mentía
o que fantaseaba, y con toda humildad le dice a la Señora del
Cielo: “«mucho te suplico, Señora mía, Reina,
Muchachita mía, que a alguno de los nobles, estimados, que sea
conocido, respetado, honrado, le encargues que conduzca, que lleve tu
amable aliento, tu amable palabra para que le crean. Porque en verdad
yo soy un hombre del campo, soy mecapal, soy parihuela, soy cola, soy
ala; yo mismo necesito ser conducido, llevado a cuestas, no es lugar
de mi andar ni de mi detenerme allá a donde me envías.
[10] Virgencita mía, Hija mía menor,
Señora, Niña; por favor dispénsame: afligiré
con pena tu rostro, tu corazón; iré a caer en tu enojo,
en tu disgusto, Señora Dueña mía».”
[11]
La Reina del Cielo escuchó con
ternura y bondad, y con firmeza le respondió al indio: “«Escucha,
el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son
escasos mis servidores, mis mensajeros, a quien encargue que lleven
mi aliento, mi palabra, para que efectúen mi voluntad; pero es
necesario que tú, personalmente, vayas, ruegues, que por tu intercesión
se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad. Y mucho te ruego,
hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana
a ver al Obispo. Y de mi parte hazle saber, hazle oír mi querer,
mi voluntad, para que realice, haga mi templo que le pido. Y bien, de
nuevo dile de qué modo yo, personalmente, la siempre Virgen Santa
María, yo, que soy la Madre de Dios, te mando».”
[12]
Juan Diego, todavía entristecido
por lo que había sucedido, se despidió de la Señora
del Cielo asegurándole que al día siguiente realizaría
su voluntad, aunque guardaba la duda de que fuera creída su palabra,
aún así, le aseguró que obedecería y esperaría;
se despidió de María Santísima y se fue a su casa
a descansar.
Al día siguiente, Domingo diez
de diciembre, Juan Diego se preparó muy temprano y salió
directo a Tlatelolco, y después de haber oído Misa y asistir
a la catequesis, se dirigió a la casa del Obispo, en donde, nuevamente,
los ayudantes del obispo lo hicieron esperar mucho tiempo; al entrar
ante él, Juan Diego se arrodilló y entre lágrimas
le comunicó la voluntad de la Señora del Cielo, certificándole
que se trataba de la Madre de Dios, la Siempre Virgen María y
que pedía le edificase su casita sagrada en aquel lugar del Tepeyac.
El Obispo lo escuchó con gran interés, pero para certificar
la verdad del mensaje de Juan Diego le hizo varias preguntas acerca
de lo que afirmaba, de cómo era esa Señora del Cielo,
de todo lo que había visto y escuchado. El Obispo comenzó
a comprender que no era posible que hubiera sido un sueño o una
fantasía lo que Juan Diego le refería, pero le pidió
una señal para constatar la verdad de las palabras del indio.
Juan Diego, sin turbarse, aceptó ir con María Santísima
con la petición del Obispo. Al tiempo que Juan Diego se ponía
en marcha, el Obispo mandó dos personas de su entera confianza
que vigilaran a Juan Diego y que, sin perderlo de vista, lo siguieran
para saber a dónde se dirigía y con quién hablaba.
Juan Diego llegó a un puente en donde pasaba un río, y
ahí los sirvientes lo perdieron de vista y, por más que
lo buscaron, no lograron encontrarlo; los sirvientes estaban muy molestos
por lo que había sucedido y, al regresar, le dijeron al Obispo
que Juan Diego era un embaucador, mentiroso y hechicero y le advirtieron
que no le creyera que sólo lo engañaba por lo que, si
volvía, merecía ser castigado.
Mientras tanto, Juan Diego había
llegado nuevamente al Tepeyac y encontró a María Santísima
que lo aguardaba; Juan Diego se arrodilló ante Ella y le comunicó
todo lo que había acontecido en la casa del Obispo; quien le
preguntó minuciosamente todo lo que había visto y oído,
y le pidió una señal para que pudiera dar crédito
a su mensaje.
María Santísima le agradeció
a Juan Diego la diligencia e interés que había demostrado
para cumplir su voluntad con palabras amables y llenas de cariño,
y le mandó que regresara al día siguiente al mismo lugar
y que ahí le daría la señal que solicitaba el Obispo.
Al día siguiente, Lunes once
de Diciembre, Juan Diego no pudo volver ante la Señora del Cielo
para llevar la señal al Obispo; pues su tío, de nombre
Juan Bernardino, a quien amaba entrañablemente como si fuera
su mismo padre, estaba gravemente enfermo de lo que los indios llamaban
Cocoliztli; buscó un médico para lograr su curación
pero no logró encontrar a nadie. Ya de madrugada, el Martes doce
de Diciembre, el tío le rogó a su sobrino que se dirigiera
al Convento de Santiago Tlatelolco a llamar a uno de los Religiosos
para que lo confesase y preparase porque era conciente de que le quedaba
poco tiempo de vida. Juan Diego se dirigió presuroso a Tlatelolco
para cumplir la voluntad del moribundo y habiendo llegado cerca del
sitio en donde se le aparecía la Señora del Cielo, reflexionó
con candidez, que era mejor desviar sus pasos por otro camino, rodeando
el cerro del Tepeyac por la parte Oriente y, de esta manera, no entretenerse
con Ella y poder llegar lo más pronto posible al convento de
Tlatelolco, pensando que más tarde podría regresar ante
la Señora del Cielo para cumplir con llevar la señal al
Obispo.
Pero María Santísima
bajó del cerro y pasó al lugar donde mana una fuente de
agua aluminosa, salió al encuentro de Juan Diego y le dijo: “«¿Qué
pasa, el más pequeño de mis hijos? ¿A dónde
vas, a dónde te diriges?»”. [13]
El indio quedó sorprendido, confuso, temeroso y avergonzado,
y le respondió con turbación y postrado de rodillas: “«Mi
Jovencita, Hija mía la más pequeña, Niña
mía, ojalá que estés contenta: ¿cómo
amaneciste? ¿Acaso sientes bien tu amado cuerpecito, Señora
mía, Niña mía? Con pena angustiaré tu rostro,
tu corazón: te hago saber, Muchachita mía, que está
muy grave un servidor tuyo, tío mío. Una gran enfermedad
se le ha asentado, seguro que pronto va a morir de ella. Y ahora iré
de prisa a tu casita de México, a llamar a algún de los
amados de Nuestro Señor, de nuestros Sacerdotes, para que vaya
a confesarlo y a prepararlo; que vinimos a esperar el trabajo de nuestra
muerte. Mas, si voy a llevarlo a efecto, luego aquí otra vez
volveré para ir a llevar tu aliento, tu palabra, Señora,
Jovencita mía. Te ruego me perdones, tenme todavía un
poco de paciencia, porque con ello no te engaño, Hija mía
la menor, Niña mía, mañana sin falta vendré
a toda prisa».” [14]
María Santísima escuchó
la disculpa del indio con apacible semblante; comprendía, perfectamente,
el momento de gran angustia, tristeza y preocupación que vivía
Juan Diego, pues su tío, un ser tan querido, se encontraba moribundo;
y es precisamente en este momento en donde la Madre de Dios le dirige
unas de las más bellas palabras, las cuales penetraron hasta
lo más profundo de su ser:
“«Escucha, ponlo en tu
corazón, Hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó,
lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón;
no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante
aflictiva. ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No
estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente
de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto,
en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?»”
[15] Y la Señora del Cielo le aseguró:
“«Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe; que no te
apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá
por ahora. Ten por cierto que ya está bueno».” [16]
Y efectivamente, en ese preciso momento,
María Santísima se encontró con el tío Juan
Bernardino dándole la salud, de esto se enteraría más
tarde Juan Diego.
Juan Diego tuvo fe total en lo que
le aseguraba María Santísima, la Reina del Cielo, así
que consolado y decidido le suplicó inmediatamente que lo mandara
a ver al Obispo, para llevarle la señal de comprobación,
para que creyera en su mensaje.
La Virgen Santísima le mandó
que subiera a la cumbre del cerrillo, en donde antes se habían
encontrado; y le dijo: “«Allí verás que hay
variadas flores: córtalas, reúnelas, ponlas todas juntas:
luego baja aquí; tráelas aquí, a mi presencia».”[17]
Juan Diego inmediatamente subió
al cerrillo, no obstante que sabía que en aquel lugar no habían
flores, ya que era un lugar árido y lleno de peñascos,
y sólo había abrojos, nopales, mezquites y espinos; además,
estaba haciendo tanto frío que helaba; pero cuando llegó
a la cumbre, quedó admirado ante lo que tenía delante
de él, un precioso vergel de hermosas flores variadas, frescas,
llenas de rocío y difundiendo un olor suavísimo; y poniéndose
la tilma o ayate a la manera acostumbrada de los indios, comenzó
a cortar cuantas flores pudo abarcar en el regazo de su ayate. Inmediatamente
bajó el cerro llevando su hermosa carga ante la Señora
del Cielo.
María Santísima tomó
en sus manos las flores colocándolas nuevamente en el hueco de
la tilma de Juan Diego y le dijo: “«Mi hijito menor, estas
diversas flores son la prueba, la señal que llevarás al
Obispo; de mi parte le dirás que vea en ellas mi deseo, y que
por ello realice mi querer, mi voluntad; y tú ..., tú
que eres mi mensajero..., en ti absolutamente se deposita la confianza;
y mucho te mando con rigor que nada mas a solas, en la presencia del
Obispo extiendas tu ayate, y le enseñes lo que llevas; y le contarás
todo puntualmente, le dirás que te mandé que subieras
a la cumbre del cerrito a cortar flores, y cada cosa que viste y admiraste,
para que puedas convencer al Obispo, para que luego ponga lo que está
de su parte para que se haga, se levante mi templo que le he pedido».”
[18]
Y dicho esto, la Virgen María
despidió a Juan Diego. Quedó el indio tranquilo en su
corazón, muy alegre y contento con la señal, porque entendió
que tendría éxito y surtiría efecto su embajada,
y cargando con gran tiento las rosas sin soltar alguna, las iba mirando
de rato en rato, gustando de su fragancia y hermosura.
Juan Diego llegó a la casa del
Obispo, y suplicó al portero y a los demás servidores
que le dijeran al Obispo que deseaba verlo; pero ninguno quiso; fingían
que no entendían, quizá porque todavía estaba oscuro,
o porque ya lo conocían, o que nomás los molestaba y los
importunaba. Juan Diego espero por un larguísimo tiempo; y cuando
los sirvientes vieron que el indio todavía seguía ahí,
sin hacer nada, esperando que lo llamaran, y observando también
que algo cargaba en su tilma, se acercaron para ver que traía.
Juan Diego no pudo ocultarles lo que llevaba, pues podrían empujarlo
y hasta maltratar las flores, así que abriendo un poquito la
tilma, se dieron cuenta que eran preciosas flores que despedían
un perfume maravilloso. Y quisieron agarrar unas cuantas, tres veces
lo intentaron, pero no pudieron, porque cuando hacían el intento
ya no podían ver las flores, sino que las veían como si
estuvieran pintadas, o bordadas, o cosidas en la tilma.
Inmediatamente fueron a decirle al
Obispo lo que habían visto; y cómo deseaba verlo el indito
que otras veces había venido, y que ya hacía muchísimo
rato que estaba allí aguardando el permiso, porque quería
verlo. Y el Obispo, en cuanto lo oyó, comprendió que Juan
Diego portaba la prueba para convencerlo, para poner en obra lo que
solicitaba el indio. Enseguida dio orden de que pasara a verlo. Y Juan
Diego habiendo entrado, en su presencia se postró, como ya antes
lo había hecho; de nuevo le contó lo que había
visto, admirado y su mensaje.
Y en ese momento, Juan Diego entregó
la señal de María Santísima extendiendo su tilma,
cayendo en el suelo las preciosas flores; y se vio en ella, admirablemente
pintada, la Imagen de María Santísima, como se ve el día
de hoy, y se conserva en su sagrada casa. El Obispo Zumárraga,
junto con su familia y la servidumbre que estaba en su entorno, sintieron
una gran emoción, no podían creer lo que sus ojos contemplaban,
una hermosísima Imagen de la Virgen, la Madre de Dios, la Señora
del Cielo. La veneraron como cosa celestial. El Obispo “con llanto,
con tristeza, le rogó, le pidió perdón por no haber
realizado su voluntad, su venerable aliento, su venerable palabra.”
[19]
Y cuando el Obispo se puso de pie, desató
del cuello de Juan Diego la tilma en la que se apareció la Reina
Celestial. Posteriormente, la colocó en su oratorio. Juan Diego
pasó un día en la casa del Obispo; y, al día siguiente,
éste le dijo: «Anda, vamos a que muestres dónde
es la voluntad de la Reina del Cielo que le erijan su templo»”
[20].
Juan Diego le mostró los sitios
en que había visto y hablado las cuatro veces con la Madre de
Dios y pidió permiso para ir a ver a su tío Juan Bernardino,
a quien había dejado gravemente enfermo; el Obispo pidió
a algunos de su familia para que acompañaran a Juan Diego, y
les ordenó que si hallasen sano al enfermo, lo llevasen a su
presencia.
Al llegar al pueblo de Tulpetlac vieron
que el tío, Juan Bernardino, estaba totalmente sano, nada le
dolía; y él, por su parte, estaba admirado de la forma
en que su sobrino era acompañado y muy honrado por los españoles
enviados por el Obispo. Juan Diego le contó a su tío cómo
había sucedido su encuentro con la Señora del Cielo, cómo
lo había enviado a ver al Obispo con la señal prometida
para que se le edificara un templo en el Tepeyac y, finalmente, como
le había asegurado que él estaba ya sano. Inmediatamente,
Juan Bernardino confirmó esto, que en ese presido momento a él
también se le había aparecido la Virgen, exactamente en
la misma forma como la describía su sobrino; y que también
a él lo había enviado a México a ver al Obispo;
y que le testificara lo que había visto y le platicara la manera
maravillosa de cómo lo había sanado, “y que bien
así la llamaría, bien así se nombraría:
LA PERFECTA VIRGEN SANTA MARÍA DE GUADALUPE, su Amada Imagen.”
[21]
Cumpliendo con esta disposición,
Juan Bernardino fue llevado ante el Obispo para que contara su testimonio
y, junto con su sobrino Juan Diego, lo hospedó en su casa unos
cuantos días, de esta manera supo con exactitud lo que había
pasado, cómo había recobrado su salud y cómo era
la Señora del Cielo.
De una manera asombrosa, ya se había
difundido la fama del milagro y acudían los vecinos de la ciudad
a la casa Episcopal a venerar la Imagen. Al darse cuenta el Obispo de
la gran cantidad de personas que llegaban a ver de cerca lo que había
acontecido; decidió llevar la Imagen santa a la Iglesia mayor
y la puso en el Altar, donde todos la gozaran; aquí permaneció
mientras se edificaba una Ermita en el lugar que había señalado
Juan Diego.
Todos contemplaron con asombro la Sagrada
Imagen. “Y absolutamente toda esta ciudad, sin faltar nadie, se
estremeció cuando vino a ver, a admirar su preciosa Imagen. Venían
a reconocer su carácter divino. Venían a presentarle sus
plegarias. Mucho admiraron en qué milagrosa manera se había
aparecido puesto que absolutamente ningún hombre de la tierra
pintó su amada Imagen.” [22]
Juan Diego se entregó plenamente
al servicio de María Santísima de Guadalupe, y le apenaba
mucho encontrarse tan distante su casa y su pueblo. Él quería
estar cerca de Ella todos los días, barriendo el templo (que
para los indígenas era un verdadero honor), transmitiendo lo
que había visto y oído, y orando con gran devoción;
por lo cual, Juan Diego suplicó al señor Obispo poder
estar en cualquier parte que fuera, junto a las paredes del templo,
y servirle. El Obispo, que estimaba mucho a Juan Diego, accedió
a su petición y permitió que se le construyera una casita
junto a la Ermita de la Señora del Cielo. Viendo su tío
Juan Bernardino que su sobrino servía muy bien a Nuestro Señor
y a su preciosa Madre, quería seguirle, para estar juntos; “pero
Juan Diego no accedió. Le dijo que convenía que se estuviera
en su casa, para conservar las casas y tierras que sus padres y abuelos
les dejaron”. [23]
Juan Diego fue una persona humilde,
con una fuerza religiosa que envolvía toda su vida; que dejó
sus tierras y casas para ir a vivir a una pobre choza, a un lado de
la Ermita; a dedicarse completamente al servicio del templo de su amada
Niña del Cielo, la Virgen Santa María de Guadalupe, quien
había pedido ese templo para en él ofrecer su consuelo
y su amor maternal a todos lo hombres. Juan Diego edificó con
su testimonio y su palabra; de hecho, se acercaban a él para
que intercediera por las necesidades, peticiones y súplicas de
su pueblo. Juan Diego nunca descuidó la oportunidad de narrar
la manera en que había ocurrido el encuentro maravilloso que
había tenido, y el privilegio de haber sido el mensajero de la
Virgen de Guadalupe. La gente sencilla lo reconoció y lo veneró
como verdadero santo; incluso, como decíamos, los indios lo ponían
como modelo para sus hijos, y no había empacho de llamarlo “Varón
Santo”. [24]
El mismo pueblo fue quien comunicó
por todas partes el gran Acontecimiento Guadalupano y, con la característica
memoria indígena, fue transmitido de padres a hijos, de abuelos
a nietos.
Una de estas narraciones que actualmente
se escucha y que recoge lo esencial y lo más hermoso del Evento
Guadalupano, y en donde es llamado Juan Diego “uno de los nuestros”,
la tenemos en Zozocolco, Veracruz, pueblecito perdido en las montañas
entre Papantla y Poza Rica, a seis horas hacia la montaña, el
padre Ismael Olmedo Casas, el doce de diciembre de 1995, tuvo la idea
de preguntar a los fieles indígenas qué era lo que celebraban,
antes de predicárselos él:
“–¡Buenos días,
Grandes Jefes! Queremos que nos platiquen sobre la Virgen de Guadalupe.
Hoy, en la fiesta de la Virgen de Guadalupe.
“–¡Señor Cura,
Jefe servidor de las cosas santas, buenos días!
“–Te platico lo que hemos
oído a los ancianos, nuestros abuelos: Hace muchas pascuas [fiestas]
de San Miguel, hace casi mil cosechas [dos por año], hace casi
500 vuelos del Palo Volador [un vuelo cada año durante una fiesta],
sucedió que allá en el centro de donde nos mandaban a
nosotros, que éramos servidores del Emperador Gran Señor,
que vestía fina manta y hermosos plumajes, y ofrecía por
el pueblo al Dios Bueno lo que la tierra producía y la sangre
de sus hijos para que el orden de la vida siguiera adelante, llegaron
hombres de cabello de sol, que nosotros ya sabíamos de su llegada;
pero no esperábamos esos malos tratos de su parte, porque los
creíamos enviados de los Ángeles, y sólo trajeron
mugre, enfermedad, destrucción, muerte y mentira: Nos hablaban
de un Dios que amaba, pero ellos con su vida odiaban.
“–El pueblo ya estaba cansado,
cuando en una obscura mañana de la media cosecha fuerte del café
[mediados de diciembre], a uno de los nuestros le regaló Dios,
Dios Espíritu Santo, un mensaje del cielo. Como lo dijera el
Libro Grande de nuestros hermanos los mayas [el Popol Vuh]: El hombre
se había portado mal, y el gran Dios mandaría a alguien
para rehacer al hombre del maíz.
“–También el Libro
Grande de los españoles [la Biblia] dice que después de
que el hombre destruyó la armonía que había en
el Universo, manifestado en el vuelo perfecto del Volador, merecía
la vida sin felicidad, pero Dios prometió que alguien nacido
de una de nuestra raza, Mujer, nos devolvería la sonrisa a nuestros
rostros, nos quitaría el mecapal con la carga en la cuesta más
pesada, y haríamos fiesta días enteros, sin acabarse [la
Vida Eterna].
“–Apareció, así
lo dicen los Jefes, en el Cerro del Anáhuac, una señal
del mismo Cielo, a donde llega la manzana del Volador: Una Mujer con
gran importancia, más que los mismos Emperadores, que, a pesar
de ser mujer, su poderío es tal que se para frente al Sol, nuestro
dador de vida, y pisa la Luna, que es nuestra guía en la lucha
por la luz, y se viste con las Estrellas, que son las que rigen nuestra
existencia y nos dicen cuándo debemos sembrar, doblar o cosechar.
“–Es importante esta Mujer,
porque se para frente al Sol, pisa la Luna y se viste con las Estrellas,
pero su rostro nos dice que hay alguien mayor que Ella, porque está
inclinada en signo de respeto.
“–Nuestros mayores ofrecían
corazones a Dios, para que hubiera armonía en la vida. Esta Mujer
dice que, sin arrancarlos, le pongamos los nuestros entre sus manos,
para que Ella los presente al verdadero Dios.
“–Los tres volcanes surgen
de sus manos y en el pecho, aquellos que flanquean el Anáhuac
y el que vio la llegada de nuestros dominadores, que para Ella tienen
que ser tenidos y tenerlos como de una nueva raza, por eso su rostro
no es ni de ellos ni de nosotros, sino de ambos. En su túnica
se pinta todo el Valle del Anáhuac y centra la atención
en el vientre de esta Mujer, que, con la alegría de la fiesta,
danza, porque nos dará a su Hijo, para que con la armonía
del Ángel que sostiene el cielo y la tierra [manto y túnica]
se prolongue una vida nueva. Esto es lo que recibimos de nuestros ancianos,
de nuestros abuelos, que nuestra vida no se acaba, sino que tiene un
nuevo sentido, y como lo dice el Libro Grande de los españoles
[la Biblia], que apareció una señal en el cielo, una Mujer
vestida de Sol, con la Luna bajo sus pies y una corona de Estrellas,
y está a punto de parir.
“–Esto es lo que hoy celebramos,
Señor Cura: la llegada de esta señal de unidad, de armonía,
de nueva vida.” [25]
También el Santo Padre, Juan
Pablo II, transmite con gran fuerza la importancia del Mensaje Guadalupano
comunicado por el Beato Juan Diego y confirma la perfecta evangelización
que nos ha sido donada por Nuestra Madre, María de Guadalupe;
“Y América, –declara el Papa– que históricamente
ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido «en el rostro mestizo
de la Virgen del Tepeyac, [...] en Santa María de Guadalupe,
[...] un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada».
Por eso, no sólo en el Centro y en el Sur, sino también
en el Norte del Continente, la Virgen de Guadalupe es venerada como
Reina de toda América.” [26] El Papa
Juan Pablo II reafirma la fuerza y la ternura del mensaje de Dios por
medio de la estrella de la evangelización, María de Guadalupe,
y su fiel, humilde y verdadero mensajero Juan Diego; momento histórico
para la evangelización de los pueblos, “La aparición
de María al indio Juan Diego –reafirma el Santo Padre–
en la colina del Tepeyac, el año de 1531, tuvo una repercusión
decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá
de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente.”
[27]
El Beato Juan Diego continúa
difundiendo al mundo entero este gran Acontecimiento Guadalupano, un
gran Mensaje de Paz, de Unidad y de Amor que se sigue transmitiendo
también por medio de cada uno de nosotros, convirtiendo nuestra
pobre historia humana en una maravillosa Historia de Salvación,
ya que en el centro de la Sagrada Imagen, en el centro del Acontecimiento
Guadalupano, en el centro del corazón de la Santísima
Virgen María de Guadalupe, se encuentra Jesucristo Nuestro Salvador.
Oración a Juan Diego
Juan Diego gracias por el mensaje evangelizador
que con humildad nos has entregado, gracias a ti sabemos que la Virgen
Santísima de Guadalupe es la Madre del verdadero Dios por quien
se vive y es la portadora de Jesucristo que nos da su Espíritu
que vivifica a nuestra Iglesia.
Gracias a ti sabemos que Santa María
de Guadalupe es también nuestra Madre amorosa y compasiva, que
escucha nuestro llanto, nuestra tristeza; porque Ella remedia y cura
nuestras penas, nuestras miserias y dolores. Gracias al obediente cumplimiento
de tu misión sabemos que Santa María de Guadalupe nos
ha colocado en su corazón, que estamos bajo su sombra y resguardo,
que es la fuente de nuestra alegría, que estamos en el hueco
de su manto, en el cruce de sus brazos.
Gracias Juan Diego por este mensaje
que nos fortifica en la Paz, en la Unidad y en el Amor.
AMÉN
Notas
[1] «Testimonio
de Marcos Pacheco», en Informaciones Jurídicas de 1666,
Archivo Histórico de la Basílica de Guadalupe, Ramo Histórico,
f. 12v.
[2] «Testimonio de Andrés Juan»,
en Informaciones Jurídicas de 1666, Archivo Histórico
de la Basílica de Guadalupe, Ramo Histórico, f. 28v.
[3] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, traducción
del náhuatl al castellano del P. Mario Rojas Sánchez,
Ed. Fundación La Peregrinación, México 1998, p.
27.
[4] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 29.
[5] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 30.
[6] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, pp. 30-33.
[7] Te glorificaré: nimitzcuiltonoz, nimitztlamachtiz;
los dos verbos usados significan una dicha y felicidad no ordinarias.
[8] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 34.
[9] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 37.
[10] Mecapal, cacaxtli: (parihuela) enseres de carga,
aún en uso en muchas regiones del país; el primero: una
faja de ixtle que pasa por la frente y ayuda a sostener la carga; el
segundo: un armadijo de varas y cuerdas donde se acomoda el fardo, y
va apoyado en las espaldas del cargador. Son expresiones de mucha humildad,
tomadas de los refranes y modos de hablar de aquel entonces, del habla
popular. Como si dijera: “No soy más que un animal de carga;
necesito que otras personas me guíen; me siento fuera de mi ambiente
en esos lugares a donde me mandas...”
[11] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 38.
[12] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, pp. 38-39.
[13] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 48.
[14] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, pp. 48-49.
[15] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 50.
[16] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 51.
[17] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 52.
[18] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 54.
[19] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 61.
[20] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 62.
[21] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 64.
[22] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, pp. 66-67.
[23] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican Motecpana,
en Ernesto de la Torre Villar y Ramiro Navarro de Anda, Testimonios
Históricos Guadalupanos, Ed. FCE, México 1982, p. 305.
[24] «Testimonio de Andrés Juan»,
en Informaciones Jurídicas de 1666, Archivo Histórico
de la Basílica de Guadalupe, Ramo Histórico, f. 28v.
[25] El texto completo y su ratificación judicial,
se encuentra en la Sagrada Congregación para las Causas de los
Santos, Archivo para la Causa de Canonización de Juan Diego.
[26] El Papa Juan Pablo II cita literalmente la IV
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Santo Domingo a
12 de Octubre de 1992, 24. Citado también en AAS, 85 (1993) p.
826. El Santo Padre también menciona la declaración realizada
por los obispos de los Estados Unidos de Norteamérica en: National
Conference of Catholic Bishops, Behold Your Mother Woman of Faith, Washington
1973, 37.
[27] Juan Pablo II, Ecclesia in America, Librería
Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1999, p. 20.