Mis amados hermanos y hermanas, fieles
laicos de Cristo.
Particularmente saludo a todas las
mujeres, que de alguna manera son madres, porque esa es su misión,
esa es su tarea, aportar el cariño, la ternura, la delicadeza,
el sacrificio, aunque a las feministas esto no les guste escuchar;
el sacrificio callado y silencioso.
Felicito a todas estas mujeres aquí
presentes, no sólo a las que han dado a luz, hay muchas que
no han dado a luz y son verdaderas madres; las tías, por ejemplo.
A las madres, a las mujeres que trabajan
en este Santuario, que están aquí en el pasillo central, que
son de alguna manera, esta presencia femenina del amor de Dios,
del amor de la Madre. Saludo a todas aquellas que, y las pongo
en el corazón de Santa María de Guadalupe, dudan, se angustian
que no saben que decidir; al contemplar o al no querer contemplar
el milagro que se está gestando en su vientre, en sus entrañas.
Saludo a mis hermanos en el ministerio,
diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe. Y los invito a todos
a alabar al Padre de nuestro Hermano y Señor Jesucristo, por
medio de María, esposa fiel del Espíritu Santo, pues, ha querido
en su admirable providencia darnos en Ella un signo más de su
amor por nosotros, especialmente para México y para este continente
que ha puesto bajo su especial protección. Así lo decía, esta
madrugada el Papa Benedicto XVI al llegar a estas tierras de
América, allá en el Brasil.
Mis hermanos, no podríamos honrar con
nuestra gratitud, admiración y respeto a las madres que nos
han dado la vida temporal, sin recordar a quien es madre de
todos los creyentes, de todos los que esperan y aman la vida
de Dios, que nos ofrece plenitud por medio de su Hijo y Hermano
nuestro Jesucristo.
A todos los presentes en este Sagrado
Recinto, en esta Casita de la Madre y nuestra casita dedicada
al Dios uno y trino. En honor de la Madre de Dios los invito
a agradecer al Padre; el gran don de tener en María el modelo
perfecto de fe, esperanza y amor, así como de su cercanía, como
intercesora y protectora especial.
No podemos honrar suficientemente, mis hermanos, a Dios y mostrar
nuestra veneración por tan gran Señora, sin dejar que la Palabra
de Dios que hemos escuchado penetre en lo más profundo de nuestro
ser y nos haga cada vez más dignos de ser miembros de la familia
de Dios, a la que pertenecemos junto con María, por obra de
nuestro Señor y Salvador Jesucristo, Palabra viva del Padre.
Nadie como Ella, nuestra Niña y Madrecita que está al servicio
de su Hijo, pero como instrumento excelente de Dios, está también
a nuestro servicio, con lo cual aparece ante nuestros ojos como
la fiel oyente de la Palabra, la cual contemplaba y meditaba
en su corazón. Al festejarla y honrarla en este Día de las Madres,
acogemos con atención y gratitud la Palabra que Dios nuestro
Padre nos regala en esta celebración eucarística.
El texto que escuchamos tomado del
libro del Génesis; es conocido en la tradición cristiana como
el Protoevangelio; es decir, Como primera, buena, nueva
de la salvación, para la humanidad: “Dios no abandona a su
criatura a pesar de su rebeldía y de su desobediencia”.
En este proyecto aparece la descendencia de la mujer, como protagonista
de la salvación.
San Pablo nos dirá más tarde que llegada la plenitud de los
tiempos; nació el Hijo de Dios, de una mujer, bajo el dominio
de la ley, para liberarnos del dominio de la ley y hacer que
recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios. Nosotros, mis queridos hermanos, creemos
que esto lo ha cumplido Jesucristo desde la encarnación hasta
su muerte y gloriosa resurrección. San Juan, por su parte, nos
dice en el Evangelio que acabamos de proclamar que la Madre
de Jesús al contrario de Eva, la primera mujer, María intercede
primero ante Jesús, por los nuevos esposos para que su fiesta
no decaiga y después invita hacer lo que Jesús pida, todo lo
contrario de Eva.
Desde la aurora de la Creación, tenemos,
pues mis hermanos, a María ya presente en el horizonte de la
historia de la salvación, como la antagonista de Eva que nos
indujo al pecado. Ella cuando llegó la plenitud de los tiempos;
aparece desde la anunciación, de la encarnación del Hijo de
Dios hasta su muerte, como la Madre de todos los que han creído
en el Hijo de Dios. Su respuesta a la propuesta divina es la
colaboración más trascendente y decisiva de toda la historia
de la humanidad por la cual ésta llega a la etapa definitiva
en el proyecto eterno del Padre para hacernos hijos suyos.
Ella, nuestra Niña y Madrecita, como
Madre del Redentor hizo posible con su obediencia, a diferencia
de Eva, la presencia del Redentor, quien por su obediencia absoluta
al Padre restableció la paz entre Dios y la humanidad. Ella
es la perfecta siempre Virgen María, Madre del
Verdaderísimo Dios por quien se vive. El Creador de las personas.
El dueño del cerca y del junto. El dueño del cielo. El dueño
de la Tierra. Santa
María de Guadalupe es la Virgen Madre de Dios, la Madre de Cristo,
según la carne. De Ella por obra del Espíritu Santo, el Verbo
de Dios recibió carne humana, y por eso es invocada desde antiguo
en la Iglesia como Madre de Dios. En su seno se unieron lo divino
y lo humano, es la verdad fundamental que proclamamos en el
Credo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la
Virgen y se hizo hombre.
Mis
amados hermanos y hermanas, esta maternidad de María tiene una
realidad de tipo físico, en su cuerpo es formado; el cuerpo
de Cristo y una realidad espiritual, María es hecha Madre de
Dios en su espíritu, en su alma aún antes que en su cuerpo,
por haber escuchado la Palabra de Dios y haber dado el sí, comparada
con Eva. Un sí decisivo, un sí desde toda su voluntad. Por eso
María es comparada con Eva, como Eva obedeciendo a la palabra
de la serpiente engendro la muerte, así María obedeciendo la
palabra del ángel es hecha Madre de vida. Santa María de Guadalupe
es Madre de Cristo total y por tanto de todos miembros del cuerpo
místico de Jesucristo, que es la Iglesia, que somos nosotros.
Si bien, Ella es la Madre de Dios también es criatura y tiene
en primer lugar deberes que cumplir con Él; darlo a conocer,
glorificarlo, manifestarlo, entregarlo a la gente. Ella misma lo
expresa bellamente en las tiernas, amorosas y delicadas palabras
que le dirige a nuestro querido san Juan Diego Cuauhtlatoatzin
cuando se le aparece a unos pasos de aquí, en el Tepeyac, aquella
venturosa mañana del 9 de diciembre de 1531. “Lo daré a
las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva,
en mi auxilio, en mi salvación, porque yo en verdad soy vuestra
madre compasiva”.
Pero, mis amados hermanos ¿por qué tanto empeño de la Virgen
Madre en dar a conocer a Dios y en la manera como quiere hacerlo?
He aquí la respuesta clara que está en el Nican Mopohua:
porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva. Hay que decirlo
claramente: el Evangelio del Tepeyac es todo un cántico a la
maternidad espiritual de María, entonado por Ella misma.
Las primeras palabras que brotan de sus labios lo proclama con
elocuencia, “escucha hijo mío el menor, Juantzin, Juan Diegontzin,
¿a dónde te diriges?” En el relato del Nican Mopohua
se multiplican a profusión frases maternales llenas de ternura
y de amor: hijo mió el más pequeño. Escucha, el más pequeño
de mis hijos. Bien está hijito mío, Juantzin, Juan Diegontzin.
Y no se diga, si recordamos la conmovedora escena de la cuarta
aparición: escucha ponlo en tu corazón hijo mío, el menor
que no es nada lo que te espante, lo que te aflige. Que no se
turbe tu rostro, tu corazón. No temas a esta enfermedad, ni
ninguna otra enfermedad, ni ninguna otra cosa punzante o aflictiva,
¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra
y mi resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en
el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad
de alguna otra cosa?
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