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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la solemne eucaristía celebrada el Día de las Madres.

10 de mayo de 2007

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo.

Particularmente saludo a todas las mujeres, que de alguna manera son madres, porque esa es su misión, esa es su tarea, aportar el cariño, la ternura, la delicadeza, el sacrificio, aunque a las feministas esto no les guste escuchar; el sacrificio callado y silencioso.

Felicito a todas estas mujeres aquí presentes, no sólo a las que han dado a luz, hay muchas que no han dado a luz y son verdaderas madres; las tías, por ejemplo.

A las madres, a las mujeres que trabajan en este Santuario, que están aquí en el pasillo central, que son de alguna manera, esta presencia femenina del amor de Dios, del amor de la Madre. Saludo a todas aquellas que, y las pongo en el corazón de Santa María de Guadalupe, dudan, se angustian que no saben que decidir; al contemplar o al no querer contemplar el milagro que se está gestando en su vientre, en sus entrañas.

Saludo a mis hermanos en el ministerio, diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe. Y los invito a todos a alabar al Padre de nuestro Hermano y Señor Jesucristo, por medio de María, esposa fiel del Espíritu Santo, pues, ha querido en su admirable providencia darnos en Ella un signo más de su amor por nosotros, especialmente para México y para este continente que ha puesto bajo su especial protección. Así lo decía, esta madrugada el Papa Benedicto XVI al llegar a estas tierras de América, allá en el Brasil.

Mis hermanos, no podríamos honrar con nuestra gratitud, admiración y respeto a las madres que nos han dado la vida temporal, sin recordar a quien es madre de todos los creyentes, de todos los que esperan y aman la vida de Dios, que nos ofrece plenitud por medio de su Hijo y Hermano nuestro Jesucristo.

A todos los presentes en este Sagrado Recinto, en esta Casita de la Madre y nuestra casita dedicada al Dios uno y trino. En honor de la Madre de Dios los invito a agradecer al Padre; el gran don de tener en María el modelo perfecto de fe, esperanza y amor, así como de su cercanía, como intercesora y protectora especial.

No podemos honrar suficientemente, mis hermanos, a Dios y mostrar nuestra veneración por tan gran Señora, sin dejar que la Palabra de Dios que hemos escuchado penetre en lo más profundo de nuestro ser y nos haga cada vez más dignos de ser miembros de la familia de Dios, a la que pertenecemos junto con María, por obra de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, Palabra viva del Padre. Nadie como Ella, nuestra Niña y Madrecita que está al servicio de su Hijo, pero como instrumento excelente de Dios, está también a nuestro servicio, con lo cual aparece ante nuestros ojos como la fiel oyente de la Palabra, la cual contemplaba y meditaba en su corazón. Al festejarla y honrarla en este Día de las Madres, acogemos con atención y gratitud la Palabra que Dios nuestro Padre nos regala en esta celebración eucarística.

El texto que escuchamos tomado del libro del Génesis; es conocido en la tradición cristiana como el Protoevangelio; es decir, Como primera, buena, nueva de la salvación, para la humanidad: “Dios no abandona a su criatura a pesar de su rebeldía y de su desobediencia”. En este proyecto aparece la descendencia de la mujer, como protagonista de la salvación.

San Pablo nos dirá más tarde que llegada la plenitud de los tiempos; nació el Hijo de Dios, de una mujer, bajo el dominio de la ley, para liberarnos del dominio de la ley y hacer que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios.
Nosotros, mis queridos hermanos, creemos que esto lo ha cumplido Jesucristo desde la encarnación hasta su muerte y gloriosa resurrección. San Juan, por su parte, nos dice en el Evangelio que acabamos de proclamar que la Madre de Jesús al contrario de Eva, la primera mujer, María intercede primero ante Jesús, por los nuevos esposos para que su fiesta no decaiga y después invita hacer lo que Jesús pida, todo lo contrario de Eva.

Desde la aurora de la Creación, tenemos, pues mis hermanos, a María ya presente en el horizonte de la historia de la salvación, como la antagonista de Eva que nos indujo al pecado. Ella cuando llegó la plenitud de los tiempos; aparece desde la anunciación, de la encarnación del Hijo de Dios hasta su muerte, como la Madre de todos los que han creído en el Hijo de Dios. Su respuesta a la propuesta divina es la colaboración más trascendente y decisiva de toda la historia de la humanidad por la cual ésta llega a la etapa definitiva en el proyecto eterno del Padre para hacernos hijos suyos.

Ella, nuestra Niña y Madrecita, como Madre del Redentor hizo posible con su obediencia, a diferencia de Eva, la presencia del Redentor, quien por su obediencia absoluta al Padre restableció la paz entre Dios y la humanidad. Ella es la perfecta siempre Virgen María, Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive. El Creador de las personas. El dueño del cerca y del junto. El dueño del cielo. El dueño de la Tierra. Santa María de Guadalupe es la Virgen Madre de Dios, la Madre de Cristo, según la carne. De Ella por obra del Espíritu Santo, el Verbo de Dios recibió carne humana, y por eso es invocada desde antiguo en la Iglesia como Madre de Dios. En su seno se unieron lo divino y lo humano, es la verdad fundamental que proclamamos en el Credo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen y se hizo hombre.

Mis amados hermanos y hermanas, esta maternidad de María tiene una realidad de tipo físico, en su cuerpo es formado; el cuerpo de Cristo y una realidad espiritual, María es hecha Madre de Dios en su espíritu, en su alma aún antes que en su cuerpo, por haber escuchado la Palabra de Dios y haber dado el sí, comparada con Eva. Un sí decisivo, un sí desde toda su voluntad. Por eso María es comparada con Eva, como Eva obedeciendo a la palabra de la serpiente engendro la muerte, así María obedeciendo la palabra del ángel es hecha Madre de vida. Santa María de Guadalupe es Madre de Cristo total y por tanto de todos miembros del cuerpo místico de Jesucristo, que es la Iglesia, que somos nosotros.

Si bien, Ella es la Madre de Dios también es criatura y tiene en primer lugar deberes que cumplir con Él; darlo a conocer, glorificarlo, manifestarlo,
entregarlo a la gente. Ella misma lo expresa bellamente en las tiernas, amorosas y delicadas palabras que le dirige a nuestro querido san Juan Diego Cuauhtlatoatzin cuando se le aparece a unos pasos de aquí, en el Tepeyac,  aquella venturosa  mañana del 9 de diciembre de 1531. “Lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación, porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva”.

Pero, mis amados hermanos ¿por qué tanto empeño de la Virgen Madre en dar a conocer a Dios y en la manera como quiere hacerlo? He aquí la respuesta clara que está en el Nican Mopohua: porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva. Hay que decirlo claramente: el Evangelio del Tepeyac es todo un cántico a la maternidad espiritual de María, entonado por Ella misma.

Las primeras palabras que brotan de sus labios lo proclama con elocuencia, “escucha hijo mío el menor, Juantzin, Juan Diegontzin, ¿a dónde te diriges?” En el relato del Nican Mopohua se multiplican a profusión frases maternales llenas de ternura y de amor: hijo mió el más pequeño. Escucha, el más pequeño de mis hijos. Bien está hijito mío, Juantzin, Juan Diegontzin.

Y no se diga, si recordamos la conmovedora escena de la cuarta aparición: escucha ponlo en tu corazón hijo mío, el menor que no es nada lo que te espante, lo que te aflige. Que no se turbe tu rostro, tu corazón. No temas a esta enfermedad, ni ninguna otra enfermedad, ni ninguna otra cosa punzante o aflictiva, ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y mi resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?

Mis amados hermanos y hermanas, lo que acabamos de escuchar de los labios de la Virgen María es una cascada de expresiones de intenso amor maternal. Juan Diego está en los brazos de la Virgen Madre a la manera como los hijos de las indias son llevados por éstas entre los pliegues de sus rebozos o inclusive cargados en las espaldas. Se ha dicho, y con justicia, que estas palabras son lo más tierno de toda la literatura universal sobretodo, mis hermanos, si se leen en su original náhuatl.

Mis amados hermanos y hermanas, la maternidad espiritual de Santa María de Guadalupe en el Tepeyac, no puede ser sino la perpetuación o mejor la actualización de su maternidad en el Calvario y en Pentecostés. Toda la actuación de María en la historia de la salvación aunada a la voluntad de su Hijo en el momento culminante de su paso por este mundo, es lo que hace que María sea verdadera Madre y Maestra que nos lleva a la obediencia de la fe en el amor y en la fidelidad a Dios y en el servicio generoso a los hermanos. Ella peregrina, pues, en la Iglesia desde el principio, cumpliendo el encargo de su Hijo, camina con la Iglesia y con cada uno de sus miembros para interceder, alentar, enseñar y consolar a todos sin excepción.

Aquí, la tenemos nosotros, los cristianos de este maravilloso pueblo de México y de este gran continente; como modelo y guía segura de seguimiento fiel y obediente del Evangelio, es decir; de Jesucristo mismo. ¡Madre y Reina de México! ¡Madre y Emperatriz de América! Aunque María es modelo de todo creyente, hombre o mujer, adóptenla ustedes queridas mamás de manera especial, como modelo a seguir en la educación de la fe de sus hijos. Este continente que no es una isla en el mundo, está llamado a ser renuevo de la fe; esto significa la presencia del Papa Benedicto XVI con los obispos de todo el continente, en Aparecida de Brasil, esta mañana y estos cinco días.

Asuman, ustedes mamás, el papel que Dios les ha encomendado de ser las primeras educadoras en los valores del Evangelio. Es urgente que todas ustedes mamás, caigan en la cuenta de la belleza y la nobleza de la misión que Dios les ha encomendado. En nuestras realidades continentales, todavía tienen ustedes muchas oportunidades para hacer que nuestras sociedades, sean lugares de encuentro vivo con el Evangelio. Especialmente, quiero señalar; el servicio como valor supremo, como expresión de caridad. Pues, muy probablemente lo que más urgen en esta sociedad, cada vez más egoísta, cada vez más individualista, cada vez más consumista. El ejemplo de todas ustedes queridas madres, como el de María ha de ser, como de hecho es junto con el de los padres el medio más seguro de educación en los valores, puesto que están como nadie al servicio del bien supremo, que es la vida.

Que Dios, Padre bueno con la intercesión de la Madre común Santa María de Guadalupe las bendiga a todas ustedes, sea cual sea la condición en que se encuentren, especialmente a las enfermas, a las viudas, a las ancianas, a las que tienen que hacerle de padre y madre, a las más necesitadas de desarrollo, de compresión y de compañía, a fin de que sigan siendo como María, la Madre del Señor, el rostro y la presencia del Dios del amor.

Que así sea, mis hermanos.

 
 
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