Hermanos y hermanas, el miércoles pasado,
el miércoles de ceniza, hemos comenzado nuestra santa Cuaresma,
cuarenta días de preparación hacia la Pascua, y hoy, primer
domingo de la Cuaresma, tenemos la alegría de recibir a nuestros
hermanos del Club de Motociclistas los Dragones, en su peregrinación
anual.
La palabra de Dios hoy, creo que es muy clara y nos recuerda exactamente
qué hacer cuando el mal se presenta delante de nosotros, en
este caso vemos en el santo Evangelio como el demonio, Satanás,
se presenta delante de Jesús.
Quizás en la actualidad, hermanos, una de las cosas que nuestra
cultura ha desfigurado más es al maligno, al diablo, a Satanás.
El Cine, la Televisión, lo presentan de una manera tan espantosa,
tan horrible, al grado que sale uno despavorido. Pero sabemos
muy bien, hermanos, que Satanás no busca espantarnos sino al
contrario seducirnos, a través de esas tentaciones el maligno
va atrayéndonos hacia él y apartándonos de Dios.
Quien de los aquí presentes no ha sentido
esa presencia y no necesariamente nos hemos espantado como si
estuviéramos viendo una película, sino al contrario, que hemos
entrado en el juego de la seducción al grado que de la tentación
hemos caído en pecado y cuando nos damos cuenta ya hemos rechazado
la voluntad de Dios, la verdad, la justicia, hemos negado el
perdón.
La soberbia, la egolatría nuestra nos ha envuelto casi como
en una burbuja al grado de decir adórenme a mí para eso estoy.
Y eso, hermanos, es lo más serio y lo más triste que sucede
en nuestro tiempo.
Llega el Evangelio de hoy, en este
domingo que abre la Cuaresma a recordarnos que hacer cuando
el maligno se presenta. Muy sencillo, Jesús empieza a colocarlo
en su lugar, a rechazarlo, a decirle: Cállate, no tienes nada
que ver en mi vida. Y va echando al maligno hacía atrás. No
sólo de pan vive el hombre.
No tentarás al Señor tu Dios. Jesús va respondiendo con la profundidad
de la Palabra de Dios para ir ubicando nuevamente la realidad
de que el mal puede retroceder.
Hermanos, hermanas, vivimos en tiempos
difíciles, cuando las cosas están muy mezcladas y cuando el
paganismo pareciera que nos envuelve. En la actualidad cuando
el bien y el mal guerrean, pelean, empieza la duda, ¿quién va
a ganar?, ¿el bien?, ¿el mal? Hermanos, así piensan los paganos.
Nosotros los cristianos, los discípulos de Jesús, de Cristo
el salvador, cuando tenemos eso en nuestras vidas, esa pregunta
tan radical, tan profunda: ¿quién va a ganar? ¿el bien o el
mal?, el cristiano inmediatamente tiene que afirmar: Señor,
Padre mio, sé que el bien siempre triunfará. Y esto es importante
hermanos, porque si desde ese fundamento de nuestra fe vacilamos,
caemos en paganismo, dándole poder a las situaciones y corrientes
del mal que pueden desencadenar muchas cosas en nuestra vida,
pueden desencadenar la idolatría, no que tengamos muchos idolitos,
sino que ese ídolo podemos ser nosotros mismos, que nos subimos
en un pedestal y decimos: aquí yo soy Dios. Qué Papá o mamá,
no hace eso en su casa o el hermano mayor, que dice aquí yo
soy Dios. Y todos se callan, y todos me tributan un culto.
Hermanos, en la cultura actual, en
nuestro tiempo estamos tan acostumbrados a que se nos rinda
un culto a la persona, a nuestra persona, a la persona de ciertas
entidades. Cuando Jesús nos dice: al Señor, sólo Dios adorarás.
Que complejo es esto, hermanos, en nuestras vidas. Pero al inicio
de nuestra Cuaresma nosotros tenemos que decidir si nosotros
bajamos de esos tronos, de esos pedestales y decimos: ¡Señor
perdón! Ese es tu lugar y nadie más, menos yo, menos mi egoísmo,
menos mi idolatría tiene que ocupar este lugar, es tu lugar
Señor, es tu voluntad la que debe regir precisamente nuestras
vidas.
Y ante la situación de esa necesidad
física que tuvo Cristo por haber ayunado cuarenta días, cuarenta
noches, y sintió hambre. Caer en la tentación de decir: haber
estas piedras conviértelas en pan. Jesús nos da la respuesta
para dominar nuestras pasiones, hermanos, en nuestro tiempo
pareciera que el cristiano es como una pequeña velita, una vela
encendida ahí en medio de una tormenta, de un huracán, vientos
fuertes que tratan de apagar la fe que nos hacen entonces ser
dominados por nuestras pasiones. Pasiones desordenadas que van
desde la lujuria, la gula, la soberbia, la mentira, todo aquello
que desencadena en nosotros esa posibilidad de aplastar, de
ofender, de interrumpir esa comunicación con el prójimo con
Dios, y Jesús nos dice: espérate, domínate; Él sintió hambre
pero no cedió.
Y esto hermanos, es lo que ennoblece
al cristiano y es lo que necesariamente necesitamos empezar
a colocar en nuestro corazón, tener esa satisfacción, poder
ver a Dios a la cara, hoy que llegamos ante María Santísima
poder ver a la Madre de Dios, así derechito a la cara y poder
decir: sí, Señora, Niña y Señora Nuestra he vencido al mal,
he empezado a dominar mis pasiones. Y si no lo hemos hecho,
hermanos, creo que al llegar hoy a esta Basílica, casa de nuestra
Madre Santísima de Guadalupe podemos empezar a planear que queremos
hacer en nuestra Cuaresma. No convirtamos nuestra Cuaresma
en una caricatura, hay no voy a comer carne los viernes, me
voy a tascar de camarones o de jaibas, voy ayunar así poquito
y en la noche me atraganto todo, veinte tacos.
Hermanos, pensemos que queremos hacer
en esta Cuaresma, como verdaderamente vivirla, como empezar
a refrenar nuestras pasiones y cada uno de nosotros sabe exactamente,
en es cuartito que tenemos dentro de nosotros, que se llama
conciencia, y que nada, ni nadie, pueda callar, exactamente
cuales, esas pasiones muchas veces desordenadas que tenemos
que empezar a dominar. Para poder presentarnos ante Dios, ante
nuestra Madre Santísima y decirle con orgullo: Madre mía, Madre
y Señora mía he vencido al mal, sí me ha costado trabajo, sí,
pero lo he vencido.
Hermano, hermana, peregrino, has la
prueba, avienta a Satanás para atrás, y sentirás entonces, si,
la paz. Una paz y una alegría como nadie en esté mundo te la
puede dar y ver a Dios con la frente en alto y diciéndole: Señor
con tu gracia, con tu ayuda he vencido, como lo hizo Jesús,
gracias Señor, gracias Niña y Madre nuestra porque me lo has
permitido con tu gran amor, con tu fuerza, con toda esa potencia
y energía que nos da el saber que estamos haciendo lo que Jesús
nos pide, lo que Jesús nos enseñó. Presentarnos como hombres,
como mujeres de fe ante el mal y decirle: vete lejos, en mi
vida no cabes.
Entonces, hermanos, nuestras vidas
personales, de familia, de grupo, de ciudad, de país empezarán
a cambiar.
Que así sea. |
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