Reunidos en este lugar, tan privilegiado por
la materna presencia de la Madre de Dios, y en comunión con
toda la comunidad cristiana, celebramos el tercer domingo de
Pascua. Entre los presentes reunidos aquí en oración se encuentran
fieles que frecuentan muy asiduamente este santuario y peregrinos
venidos de muchos lugares, entre los cuales nos encontramos
también nosotros, miembros de las diez Instituciones que forman
la Familia Paulina, fundada por el beato Santiago. Alberione.
Y en particular el Gobierno General y los Superiores Mayores
de la Sociedad de San Pablo que nos encontramos en México para
nuestra Asamblea Intercapitular. Con una breve meditación de la Palabra de Dios que ha sido
proclamada, quiero transmitirles el entusiasmo y la fuerza que
nos permita poder vivir plenamente nuestra vida de fe en Cristo.
La primera lectura (Hechos 5,27-32.40-41) nos presenta
los efectos que tuvo la experiencia de Jesús resucitado sobre
san Pedro y sobre los apóstoles. En este episodio los apóstoles
ya no se muestran como personas temerosas, desorientadas o desilusionadas
por el final que ha tenido su Maestro, muerto y sepultado. Su
encuentro con Cristo resucitado representa una fuerza tan grande
que les infunde el valor de enfrentar el tribunal religioso
que los interroga, los golpea y les prohíbe que hablen. Durante
todos estos acontecimientos san Pedro y los Apóstoles dan testimonio
de su fe en Cristo resucitado: "... nosotros somos testigos
de todo esto y también lo es el Espíritu Santo" y, después
de haber sido flagelados, "se retiraron del sanedrín, felices
de haber padecido aquellos ultrajes por el nombre de Jesús".
Todo esto fue posible porque se encontraron con Cristo resucitado.
En la segunda lectura (Apocalipsis 5, 11-14) el apóstol
san Juan contempla, en una visión mística, los efectos de la
muerte y resurrección de Cristo en aquellos que viven ya con
Dios en el cielo. Cristo, es presentado como "cordero inmolado"
y exaltado por todos los ángeles que se encuentran junto a los
cuatro seres vivientes (personificación de todos los lugares
del cosmos) y a los ancianos (representación colectiva di todos
los justos del Antiguo Testamento) y "de todas las criaturas
que hay en el cielo, en la tierra, debajo de la tierra y en
el mar - todo cuanto existe-". Se trata de la resurrección,
vivida en la presencia de Dios y del Cristo resucitado, reconocido
y alabado como Dios.
El pasaje del Evangelio (Juan 21, 1-19) narra el encuentro
de Cristo resucitado con siete de sus discípulos, entre los
que se encuentra Pedro, quienes después de la muerte de Jesús,
regresaron a su vida ordinaria de pescadores.
Los siete pescadores se encuentran regresando de pescar
sin ningún pescado; un desconocido, desde la orilla del mar,
les ordena arrojar las redes a la derecha de la barca, la cual,
en poco tiempo, se llena de peces. Este suceso hace que el discípulo
"que Jesús amaba" exclame: "¡Es el Señor!"
y en ese mismo momento Pedro se arroja al agua para llegar
hasta la persona que se encuentra a la orilla. Los demás discípulos
llegan después con la barca y los peces.
Después de haber comido juntos pan y pescado, Cristo resucitado
interroga a Pedro tres veces: "Simón, hijo de Juan, ¿me
amas?". Pedro, a cada pregunta, responde de modo afirmativo
y Jesús concluye: "¡Pastorea mis ovejas!".
Las tres respuestas positivas de Pedro hacen referencia a su
triple negación en la pasión de Cristo. Con estas preguntas
Cristo resucitado ofrece nuevamente a Pedro y a los otros discípulos
la posibilidad de ser sus amigos íntimos para continuar en la
tierra con su misión. Los mismos discípulos que han abandonado
a Cristo en los momentos de dolor y de muerte, constatan como
Cristo resucitado les ofrece de nuevo su confianza que no sólo
incluye el perdón, sino también una nueva valorización. Los contenidos de las lecturas de hoy son una auténtica
motivación para superar nuestro agotamiento en el creer y nuestras
infidelidades: si mantenemos el contacto con Cristo resucitado,
si hemos creído en la contemplación de su divinidad y lo imitamos
como hombre nuevo amado del Padre celestial, se nos da la posibilidad
de ser colaboradores de Dios.
Si al centro de nuestra vida de bautizados permanece
viva la experiencia con Cristo resucitado, la vida de todos
los días se transforma en una oportunidad de ser útiles a Dios:
el bien que cada una y cada uno de nosotros puede realizar
en el lugar donde la Providencia nos ha llamado a vivir, nadie
lo puede realizar por nosotros. Dios tiene necesidad de
nosotros, a pesar de que, por nuestras flaquezas, nos sintamos
indignos de ayudar a Dios. Dios no nos pide milagros, sino que
valoriza todo: tomando en cuenta hasta el vaso de agua que podamos
ofrecer con amor.
Hoy también a cada uno de nosotros se nos hace la pregunta
de Cristo resucitado: "¿Me amas?" y la respuesta
afirmativa no debe darse sólo con las palabras, sino también
con las obras: con los valores que orientan nuestra vida, en
la familia y en el amor, en el trabajo, en el desgaste que se
sufre en la lucha por un nivel de vida digno, en el dolor y
en la desgracia, en el consumo de los productos y de la información,
en nuestra participación de la vida social y política y en el
trabajo cultural y caritativo.
Por nuestra parte, los Paulinos y Paulinas, integrados
a la comunidad de bautizados, queremos colaborar con Dios de
modo que todo lo que Cristo resucitado ha hecho y dicho, sea
propuesto también a través de las diversas formas de comunicación
de hoy en día. Estamos convencidos que Cristo pregunta también
a toda la comunicación actual: "¿Me amas?".
A la que se puede responder de modo positivo, presentando la
persona y la enseñanza de Cristo, las bienaventuranzas y las
obras de caridad cristiana, tanto con libros y periódicos como
con la televisión y la radio, el cine y la música, las fotografías
y las caricaturas, las páginas de Internet. Dios no está ausente
de la comunicación, si puede estar presente a través de los
hombres y las mujeres que creen en el Resucitado y en la comunicación.
Hemos venido en peregrinación ante la dulce imagen de la Virgen
de Guadalupe, conscientes de nuestras limitaciones para ayudar
a Dios, que a veces nos hacen repetir las palabras de san Juan
Diego: "Mejor confía tu encargo a otras personas más
importantes y estimadas". Al mismo tiempo, a pesar de nuestras
carencias, renovemos nuestra disponibilidad a seguir
el ejemplo de la Virgen de -Guadalupe, teniendo presentes las
palabras expresadas el 22 de enero de 1999 por el Papa Juan
Pablo II al afirmar que toda América reconoce "en el rostro
morenito de la Virgen de Guadalupe un ejemplo fundamental de
evangelización perfectamente inculturada".
Después de la reflexión de la Palabra de Dios de hoy, cada
uno de nosotros, aún conscientes de nuestras propias limitaciones,
mostrémonos disponibles a vivir y a dar testimonio de Cristo
resucitado. Y nosotros, Paulinos y Paulinas, hagamos
nuestro en este santuario todo lo que Juan Pablo II escribió
en la exhortación apostólica Ecclesia in America sobre
los medios de comunicación: "Usándolos de manera correcta
y competente, se puede llevar a cabo una auténtica inculturación
del Evangelio" (n. 72).
Que la Virgen de Guadalupe sea para todos nosotros la
Reina de los Apóstoles: modelo y auxilio para que seamos
el rostro materno de Dios al momento de dar testimonio
de la resurrección de Cristo en la vida cotidiana y en la comunicación
actual. |
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