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Homilía
pronunciada por Revmo. Padre Silvo Sassi, Superior General de la Sociedad de San Pablo, en la Peregrinación de la Sociedad de San Pablo, a la Basílica de Guadalupe.

22 de abril de 2007

Reunidos en este lugar, tan privilegiado por la materna presencia de la Madre de Dios, y en comunión con toda la comunidad cristiana, celebramos el tercer domingo de Pascua. Entre los presentes reunidos aquí en oración se encuentran fieles que frecuentan muy asiduamente este santuario y peregrinos venidos de muchos lugares, entre los cuales nos encontramos también nosotros, miembros de las diez Instituciones que forman la Familia Paulina, fundada por el beato Santiago. Alberione. Y en particular el Gobierno General y los Superiores Mayores de la Sociedad de San Pablo que nos encontramos en México para nuestra Asamblea Intercapitular. Con una breve meditación de la Palabra de Dios que ha sido proclamada, quiero transmitirles el entusiasmo y la fuerza que nos permita poder vivir plenamente nuestra vida de fe en Cristo.

La primera lectura (Hechos 5,27-32.40-41) nos presenta los efectos que tuvo la experiencia de Jesús resucitado sobre san Pedro y sobre los apóstoles. En este episodio los apóstoles ya no se muestran como personas temerosas, desorientadas o desilusionadas por el final que ha tenido su Maestro, muerto y sepultado. Su encuentro con Cristo resucitado representa una fuerza tan grande que les infunde el valor de enfrentar el tribunal religioso que los interroga, los golpea y les prohíbe que hablen. Durante todos estos acontecimientos san Pedro y los Apóstoles dan testimonio de su fe en Cristo resucitado: "... nosotros somos testigos de todo esto y también lo es el Espíritu Santo" y, después de haber sido flagelados, "se retiraron del sanedrín, felices de haber padecido aquellos ultrajes por el nombre de Jesús". Todo esto fue posible porque se encontraron con Cristo resucitado.

En la segunda lectura (Apocalipsis 5, 11-14) el apóstol san Juan contempla, en una visión mística, los efectos de la muerte y resurrección de Cristo en aquellos que viven ya con Dios en el cielo. Cristo, es presentado como "cordero inmolado" y exaltado por todos los ángeles que se encuentran junto a los cuatro seres vivientes (personificación de todos los lugares del cosmos) y a los ancianos (representación colectiva di todos los justos del Antiguo Testamento) y "de todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, debajo de la tierra y en el mar - todo cuanto existe-". Se trata de la resurrección, vivida en la presencia de Dios y del Cristo resucitado, reconocido y alabado como Dios.

El pasaje del Evangelio (Juan 21, 1-19) narra el encuentro de Cristo resucitado con siete de sus discípulos, entre los que se encuentra Pedro, quienes después de la muerte de Jesús, regresaron a su vida ordinaria de pescadores.

Los siete pescadores se encuentran regresando de pescar sin ningún pescado; un desconocido, desde la orilla del mar, les ordena arrojar las redes a la derecha de la barca, la cual, en poco tiempo, se llena de peces. Este suceso hace que el discípulo "que Jesús amaba" exclame: "¡Es el Señor!" y en ese mismo momento Pedro se arroja al agua para llegar hasta la persona que se encuentra a la orilla. Los demás discípulos llegan después con la barca y los peces.

Después de haber comido juntos pan y pescado, Cristo resucitado interroga a Pedro tres veces: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?". Pedro, a cada pregunta, responde de modo afirmativo y Jesús concluye: "¡Pastorea mis ovejas!".

Las tres respuestas positivas de Pedro hacen referencia a su triple negación en la pasión de Cristo. Con estas preguntas Cristo resucitado ofrece nuevamente a Pedro y a los otros discípulos la posibilidad de ser sus amigos íntimos para continuar en la tierra con su misión. Los mismos discípulos que han abandonado a Cristo en los momentos de dolor y de muerte, constatan como Cristo resucitado les ofrece de nuevo su confianza que no sólo incluye el perdón, sino también una nueva valorización. Los contenidos de las lecturas de hoy son una auténtica motivación para superar nuestro agotamiento en el creer y nuestras infidelidades: si mantenemos el contacto con Cristo resucitado, si hemos creído en la contemplación de su divinidad y lo imitamos como hombre nuevo amado del Padre celestial, se nos da la posibilidad de ser colaboradores de Dios.

Si al centro de nuestra vida de bautizados permanece viva la experiencia con Cristo resucitado, la vida de todos los días se transforma en una oportunidad de ser útiles a Dios: el bien que cada una y cada uno de nosotros puede realizar en el lugar donde la Providencia nos ha llamado a vivir, nadie lo puede realizar por nosotros. Dios tiene necesidad de nosotros, a pesar de que, por nuestras flaquezas, nos sintamos indignos de ayudar a Dios. Dios no nos pide milagros, sino que valoriza todo: tomando en cuenta hasta el vaso de agua que podamos ofrecer con amor.

Hoy también a cada uno de nosotros se nos hace la pregunta de Cristo resucitado: "¿Me amas?" y la respuesta afirmativa no debe darse sólo con las palabras, sino también con las obras: con los valores que orientan nuestra vida, en la familia y en el amor, en el trabajo, en el desgaste que se sufre en la lucha por un nivel de vida digno, en el dolor y en la desgracia, en el consumo de los productos y de la información, en nuestra participación de la vida social y política y en el trabajo cultural y caritativo.

Por nuestra parte, los Paulinos y Paulinas, integrados a la comunidad de bautizados, queremos colaborar con Dios de modo que todo lo que Cristo resucitado ha hecho y dicho, sea propuesto también a través de las diversas formas de comunicación de hoy en día. Estamos convencidos que Cristo pregunta también a toda la comunicación actual: "¿Me amas?". A la que se puede responder de modo positivo, presentando la persona y la enseñanza de Cristo, las bienaventuranzas y las obras de caridad cristiana, tanto con libros y periódicos como con la televisión y la radio, el cine y la música, las fotografías y las caricaturas, las páginas de Internet. Dios no está ausente de la comunicación, si puede estar presente a través de los hombres y las mujeres que creen en el Resucitado y en la comunicación.

Hemos venido en peregrinación ante la dulce imagen de la Virgen de Guadalupe, conscientes de nuestras limitaciones para ayudar a Dios, que a veces nos hacen repetir las palabras de san Juan Diego: "Mejor confía tu encargo a otras personas más importantes y estimadas". Al mismo tiempo, a pesar de nuestras carencias, renovemos nuestra disponibilidad a seguir el ejemplo de la Virgen de -Guadalupe, teniendo presentes las palabras expresadas el 22 de enero de 1999 por el Papa Juan Pablo II al afirmar que toda América reconoce "en el rostro morenito de la Virgen de Guadalupe un ejemplo fundamental de evangelización perfectamente inculturada".

Después de la reflexión de la Palabra de Dios de hoy, cada uno de nosotros, aún conscientes de nuestras propias limitaciones, mostrémonos disponibles a vivir y a dar testimonio de Cristo resucitado. Y nosotros, Paulinos y Paulinas, hagamos nuestro en este santuario todo lo que Juan Pablo II escribió en la exhortación apostólica Ecclesia in America sobre los medios de comunicación: "Usándolos de manera correcta y competente, se puede llevar a cabo una auténtica inculturación del Evangelio" (n. 72).

Que la Virgen de Guadalupe sea para todos nosotros la Reina de los Apóstoles: modelo y auxilio para que seamos el rostro materno de Dios al momento de dar testimonio de la resurrección de Cristo en la vida cotidiana y en la comunicación actual.

 
 
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