Queridos
hermanos y hermanas:
La liturgia de esta fiesta hace memoria de la Presentación
de Jesús en el templo de Jerusalén: Cuando llegó el tiempo
de la purificación de María llevaron a Jesús a Jerusalén, para
presentarlo al Señor y para entregar la oblación (Lc 2,22).
El recuerdo de aquel hecho, expresa también nuestro deseo de
acoger a Cristo en la vida presente. Hemos renovado hoy la tradición
cristiana de encender una vela y bendecida para que, en medio
de las tinieblas de la historia, la búsqueda del Señor sea una
constante en la vida de los bautizados. Esta hermosa liturgia
se inició en el siglo IV. El Papa Sergio transformó una tradición
pagana por un gesto en favor de la búsqueda de Jesucristo, presente
en medio de los hombres.
En este contexto litúrgico el Papa Juan Pablo II instituyó
en 1997 la Jornada de la Vida Consagrada con tres finalidades
(Cfr. Mensaje del Santo Padre para la primera Jornada de
la vida consagrada, 6-1-1997):
En primer lugar, alabar al Señor y darle gracias por
el don de la vida consagrada, que enriquece y alegra la comunidad cristiana. Sus carismas
son un don que viene de lo alto y los impulsan a seguir las
huellas de Cristo, en una forma de particular seguimiento, mediante
la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza
y obediencia. Damos gracias a Dios por este don del Espíritu
Santo que anima y sostiene a la Iglesia en su comprometido camino
en el mundo.
En segundo lugar, esta Jornada tiene como finalidad
promover en todo el pueblo de Dios el conocimiento y la
estima de la vida consagrada. Al contemplar el don de
la vida consagrada, los cristianos descubrimos nuestra íntima
vocación de pertenecer solo a Dios y nuestra llamada a seguir
a Cristo con la luz y la fuerza del Espíritu Santo.
En un mundo que, demasiadas veces, olvida a Dios y pretende
construirse al margen del Evangelio, su presencia nos recuerda
a Cristo y nos invita a seguirle. La vida consagrada es, por
tanto, un motivo de esperanza para el mundo presente.
El tercer motivo de esta Jornada se refiere directamente
a las personas consagradas. Esta celebración ha de servir para gozar de la belleza
de su vocación y para hacer más viva la conciencia de su misión
en la Iglesia y en el mundo. Es un día para volver a las
fuentes de nuestra vocación, hacer balance de la propia vida
y renovar el compromiso de nuestra consagración. De ese modo
podremos lanzamos con brío por los caminos de la nueva evangelización.
Demos gracias a Dios por esta Jornada que nos permite considerar
aspectos tan profundos y actuales de la vida consagrada en el
Santuario de Santa María de Guadalupe.
Hermanos y Hermanas, el Evangelio de San Lucas nos brinda un
escenario lleno de significado.
La presencia del Verbo Encarnado crea una expectativa y una
tensión: la expectativa de encontrar al Salvador y la tensión
de la contemplación que descubre a Cristo y da testimonio de
El. Jesús Niño se pone ante Dios como ofrenda de Redención,
que abre a los hombres la puerta de acceso a la Vida en Dios.
El anciano Simeón representa la expectativa de toda una vida
aguardando la manifestación del Salvador. Es la espera del Antiguo
Testamento.
Ana, la profetisa, encarna el ofrecimiento contemplativo de
una vida que sirve al Señor en gratuidad e incondicionalmente.
María, la madre de Jesús, sintetiza la acogida confiada del
Señor; acogida que, guiada por el amor redentor, compromete
hasta las últimas consecuencias, hasta la entrega generosa y
el sacrificio del corazón.
El templo de Jerusalén expresa también la amplitud de Dios,
que enmarca la historia humana en la que acontece el misterio
salvífico del Verbo de Dios hecho hombre. Todo animado por la
acción del Espíritu Santo.
Este es el marco en el cual nos sitúa la Palabra de Dios, en
este día de la Presentación del Señor en el templo, en esta
jornada, dedicada por la Iglesia a la Vida Consagrada, los invito
a todos a redescubrir el Rostro de Cristo, como discípulos de
la esperanza, particularmente en estos tiempos tan llenos de
pesimismos y depresión.
Cristo irrumpe hoy en la vida de los hombres y mujeres, pero
sólo los que permanecen atentos son capaces de descubrirlo y
mostrarlo a los demás. Toda la Iglesia, como María, es portadora
del Verbo Encarnado. En este templo del Dios vivo que es la
humanidad, los Consagrados, como Simeón y Ana, tienen como misión
propia permanecer atentos a los movimientos del Espíritu Santo.
Desde la plena confianza en la promesa del Padre, acudiendo
a la oración y al crecimiento interior que procura la contemplación
del misterio, es posible conocer la sencillez de la presencia
del Salvador.
De la actitud pobre, casta y obediente, liberada de las cosas
de este mundo para amar sin limitaciones, disponible para la
misión salvadora... surge la espontaneidad del testimonio evangélico
que es capaz de remover los cimientos de la tierra.
Ya desde el inicio de Acontecimiento Guadalupano, la vida religiosa
quedo unida íntimamente a santa María de Guadalupe en la persona
del Obispo Fray Juan de Zumárraga de la orden de los franciscanos.
Los primeros pasos de la Evangelización en el México Naciente
son obra monumental de cientos de hombres y mujeres de la vida
consagrada, que en la persona de los primeros misioneros y evangelizadores
cimentaron la fe del pueblo mexicano.
Ese signo hoy se hace presente en este Santuario y engalana
con su alegría esta fiesta de la Presentación del Señor. Queridos
hermanos y hermanas de la vida consagrada son ustedes un signo
vivo, una luz que ilumina la vida de la Iglesia y atrae a todos
los hombres y mujeres al conocimiento de la vida de Cristo y
a la renovación del mundo según el espíritu de las bienaventuranzas.
Permanezcan siempre atentos y vigilantes a la llegada y a la
presencia del Señor y tengan el coraje de anunciado con decisión
y libertad ante todo hombre y mujer.
Como Simeón y Ana, tomen a Jesús de los brazos de su santísima
Madre y, llenos de alegría por el don de su vocación, llévenlo
a todos. Sean luz y consuelo para toda persona que encuentren.
Como velas encendidas, arda su amor por Cristo. Gracias a su
valioso testimonio y servicio a la Iglesia de Cristo, el Señor. |