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Homilía
pronunciada por Mons. Jorge Palencia,
en la Fiesta de la Presentación del Señor en el Templo Jornada  para la Vida Consagrada, en la Basílica de Guadalupe.

2 de febrero de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de esta fiesta hace memoria de la Presentación de Jesús en el templo de Jerusalén: Cuando llegó el tiempo de la purificación de María llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor y para entregar la oblación (Lc 2,22).

El recuerdo de aquel hecho, expresa también nuestro deseo de acoger a Cristo en la vida presente. Hemos renovado hoy la tradición cristiana de encender una vela y bendecida para que, en medio de las tinieblas de la historia, la búsqueda del Señor sea una constante en la vida de los bautizados. Esta hermosa liturgia se inició en el siglo IV. El Papa Sergio transformó una tradición pagana por un gesto en favor de la búsqueda de Jesucristo, presente en medio de los hombres.

En este contexto litúrgico el Papa Juan Pablo II instituyó en 1997 la Jornada de la Vida Consagrada con tres finalidades (Cfr. Mensaje del Santo Padre para la primera Jornada de la vida consagrada, 6-1-1997):

En primer lugar, alabar al Señor y darle gracias por el don de la vida consagrada, que enriquece y alegra la comunidad cristiana. Sus carismas son un don que viene de lo alto y los impulsan a seguir las huellas de Cristo, en una forma de particular seguimiento, mediante la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. Damos gracias a Dios por este don del Espíritu Santo que anima y sostiene a la Iglesia en su comprometido camino en el mundo.

En segundo lugar, esta Jornada tiene como finalidad promover en todo el pueblo de Dios el conocimiento y la estima de la vida consagrada. Al contemplar el don de la vida consagrada, los cristianos descubrimos nuestra íntima vocación de pertenecer solo a Dios y nuestra llamada a seguir a Cristo con la luz y la fuerza del Espíritu Santo.

En un mundo que, demasiadas veces, olvida a Dios y pretende construirse al margen del Evangelio, su presencia nos recuerda a Cristo y nos invita a seguirle. La vida consagrada es, por tanto, un motivo de esperanza para el mundo presente.

El tercer motivo de esta Jornada se refiere directamente a las personas consagradas. Esta celebración ha de servir para gozar de la belleza de su vocación y para hacer más viva la conciencia de su misión en la Iglesia y en el mundo. Es un día para volver a las fuentes de nuestra vocación, hacer balance de la propia vida y renovar el compromiso de nuestra consagración. De ese modo podremos lanzamos con brío por los caminos de la nueva evangelización.

Demos gracias a Dios por esta Jornada que nos permite considerar aspectos tan profundos y actuales de la vida consagrada en el Santuario de Santa María de Guadalupe.

Hermanos y Hermanas, el Evangelio de San Lucas nos brinda un escenario lleno de significado.

La presencia del Verbo Encarnado crea una expectativa y una tensión: la expectativa de encontrar al Salvador y la tensión de la contemplación que descubre a Cristo y da testimonio de El. Jesús Niño se pone ante Dios como ofrenda de Redención, que abre a los hombres la puerta de acceso a la Vida en Dios.

El anciano Simeón representa la expectativa de toda una vida aguardando la manifestación del Salvador. Es la espera del Antiguo Testamento.

Ana, la profetisa, encarna el ofrecimiento contemplativo de una vida que sirve al Señor en gratuidad e incondicionalmente.

María, la madre de Jesús, sintetiza la acogida confiada del Señor; acogida que, guiada por el amor redentor, compromete hasta las últimas consecuencias, hasta la entrega generosa y el sacrificio del corazón.

El templo de Jerusalén expresa también la amplitud de Dios, que enmarca la historia humana en la que acontece el misterio salvífico del Verbo de Dios hecho hombre. Todo animado por la acción del Espíritu Santo.

Este es el marco en el cual nos sitúa la Palabra de Dios, en este día de la Presentación del Señor en el templo, en esta jornada, dedicada por la Iglesia a la Vida Consagrada, los invito a todos a redescubrir el Rostro de Cristo, como discípulos de la esperanza, particularmente en estos tiempos tan llenos de pesimismos y depresión.

Cristo irrumpe hoy en la vida de los hombres y mujeres, pero sólo los que permanecen atentos son capaces de descubrirlo y mostrarlo a los demás. Toda la Iglesia, como María, es portadora del Verbo Encarnado. En este templo del Dios vivo que es la humanidad, los Consagrados, como Simeón y Ana, tienen como misión propia permanecer atentos a los movimientos del Espíritu Santo. Desde la plena confianza en la promesa del Padre, acudiendo a la oración y al crecimiento interior que procura la contemplación del misterio, es posible conocer la sencillez de la presencia del Salvador.

De la actitud pobre, casta y obediente, liberada de las cosas de este mundo para amar sin limitaciones, disponible para la misión salvadora... surge la espontaneidad del testimonio evangélico que es capaz de remover los cimientos de la tierra.

Ya desde el inicio de Acontecimiento Guadalupano, la vida religiosa quedo unida íntimamente a santa María de Guadalupe en la persona del Obispo Fray Juan de Zumárraga de la orden de los franciscanos. Los primeros pasos de la Evangelización en el México Naciente son obra monumental de cientos de hombres y mujeres de la vida consagrada, que en la persona de los primeros misioneros y evangelizadores cimentaron la fe del pueblo mexicano.

Ese signo hoy se hace presente en este Santuario y engalana con su alegría esta fiesta de la Presentación del Señor. Queridos hermanos y hermanas de la vida consagrada son ustedes un signo vivo, una luz que ilumina la vida de la Iglesia y atrae a todos los hombres y mujeres al conocimiento de la vida de Cristo y a la renovación del mundo según el espíritu de las bienaventuranzas.

Permanezcan siempre atentos y vigilantes a la llegada y a la presencia del Señor y tengan el coraje de anunciado con decisión y libertad ante todo hombre y mujer.

Como Simeón y Ana, tomen a Jesús de los brazos de su santísima Madre y, llenos de alegría por el don de su vocación, llévenlo a todos. Sean luz y consuelo para toda persona que encuentren. Como velas encendidas, arda su amor por Cristo. Gracias a su valioso testimonio y servicio a la Iglesia de Cristo, el Señor.

 
 
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